Kooch: el dios creador primordial de los tehuelches

En breve. Kooch es el dios creador primordial de los tehuelches, ser solitario que existía en la oscuridad absoluta antes del tiempo y de cuyo llanto surgieron el mar y el viento que dieron origen al mundo. Concluida la creación, se retiró al cielo y delegó en el héroe cultural Elal la civilización de los humanos, en una versión especialmente escueta dentro del corpus mítico del sur americano.

Origen culturalPueblo aoniken (tehuelche meridional) de la Patagonia austral argentina y chilena; presencia menor en variantes teushen y günün-a-küne del norte patagónico
TipoDios creador primordial, ser único de las tinieblas anteriores al tiempo, retirado tras la creación al cielo permanente
Función míticaExistir en la oscuridad absoluta del principio; suspirar y llorar para producir el viento, el mar y el sol; delegar la civilización de los humanos en Elal; retirarse al cielo tras concluir la creación
AtestaciónRamón Lista, Los indios tehuelches (1894); Federico Escalada, El complejo tehuelche (1949); Rodolfo Casamiquela, obras varias; Adolfo Colombres, Seres mitológicos argentinos (1984); Miguel Alberto Bartolomé, estudios sobre mitologías del Cono Sur
Vigencia hoyFigura preservada por las comunidades tehuelches contemporáneas de Santa Cruz y Chubut en proceso de reactivación cultural; presente en la literatura patagónica del siglo XX (María Elena Walsh recogió una versión infantil en Zoo loco y en Cuentopos de Gulubú)

El ciclo aoniken de la Patagonia austral se abre con una escena de origen de economía radical: al principio existía solo Kooch, en la oscuridad total, sin nada alrededor. La palabra kooch en aoniken significa «cielo», pero también «lo alto» y «lo que está siempre encima». La designación no describe una función divina específica; nombra una presencia casi geométrica: el dios que era, antes del tiempo, la única cosa que existía en el universo.

La narración canónica del ciclo, recogida por Ramón Lista de informantes aoniken auténticos hacia 1890 y sistematizada después por Federico Escalada y Rodolfo Casamiquela, describe la creación mediante actos exclusivamente corporales del dios único. Kooch, cansado de la oscuridad eterna, comenzó a suspirar profundamente; de su suspiro nació el viento. Después, sintiendo una tristeza sin objeto, comenzó a llorar; de sus lágrimas nació el mar, que se extendió por debajo del dios sin alcanzar límite alguno. Al terminar el llanto, Kooch limpió sus ojos con el viento y por primera vez pudo ver: fue entonces cuando surgió la luz y detrás de ella el sol, y el mundo comenzó a existir como cosmos visible.

La elegancia narrativa del ciclo es notable. Los elementos primordiales —viento, mar, luz, sol— no surgen por decreto verbal del dios (como en el Génesis bíblico) ni por acto demiúrgico externo, sino por reacciones fisiológicas del propio Kooch. El dios llora y crea el mar; suspira y produce el viento; abre los ojos y hace nacer la luz. La creación no opera sobre algo externo: se despliega desde el propio cuerpo de la deidad hasta configurar el mundo. El especialista Rodolfo Casamiquela sostuvo que esta cosmogonía «somática» —donde el cuerpo de la deidad se convierte en el mundo— tiene paralelos con cosmogonías polinesias y con ciertas tradiciones sudsiberianas, aunque su formulación aoniken conserva una economía única.

La delegación en Elal y el retiro al cielo

Concluida la creación de los elementos primordiales, Kooch continuó su tarea creando la tierra firme por encima del mar, las montañas, las llanuras patagónicas, los ríos y los primeros animales. Cuando llegó el momento de crear al ser humano, sin embargo, Kooch decidió no hacerlo él mismo. La tradición aoniken presenta este momento como una decisión consciente de la deidad: crear humanos exigía dedicarles atención permanente, resolver sus conflictos, enseñarles las técnicas de supervivencia, castigar sus errores. Kooch, dios solitario acostumbrado a la oscuridad del principio, prefirió delegar toda esa tarea en una figura intermedia: el héroe cultural Elal, hijo de los gigantes Nóshtex y Teo, que se encargaría de la civilización humana.

La delegación teológica tiene consecuencias precisas para la pensamiento religioso aoniken. Kooch, retirado al cielo permanente tras concluir la creación, no interviene directamente en los asuntos humanos y no recibe culto individual. No hay templos dedicados a Kooch, no hay sacerdotes especializados en su servicio, no hay ceremonias regulares para propiciarlo. El dios primordial existe como fondo cósmico permanente pero remoto, mientras que la religiosidad activa se dirige a Elal y a los espíritus intermedios (los gualichos, los espíritus territoriales de las montañas, los animales tutelares). La estructura tiene analogía con la teología nahua de Tonacatecuhtli-Omecíhuatl, ancestros primordiales del Omeyocan igualmente remotos y sin culto público.

El antropólogo Adolfo Colombres, en Seres mitológicos argentinos (1984), argumentó que la retirada de Kooch al cielo distante refleja una lógica cosmológica común a varias tradiciones sudamericanas: el «dios ocioso» (deus otiosus en la terminología clásica de Mircea Eliade), creador primordial que después de la creación se desentiende del mundo y deja su gobierno a divinidades secundarias más accesibles. En el caso tehuelche, sin embargo, la retirada de Kooch no implica indiferencia sino más bien respeto: el dios que se fue no fue derrotado ni desplazado, simplemente decidió no intervenir en la esfera de los humanos y delegó esa tarea con confianza en Elal.

Elementos y paisajes de la creación

El paisaje patagónico está tejido, en la sistema simbólico aoniken, con los actos creativos originarios de Kooch. El viento permanente que caracteriza a la estepa —esos ochenta o cien kilómetros por hora sostenidos durante días que hacen de la Patagonia austral una de las regiones más ventosas del planeta— no es fenómeno meteorológico neutro sino la persistencia del primer suspiro del dios en la creación. El océano Atlántico y sus mareas violentas son la extensión eterna del llanto primordial. El sol invernal débil y bajo del sur austral es la primera luz que Kooch hizo surgir al limpiarse los ojos. Cada elemento del paisaje conserva materialmente la traza del gesto divino que lo originó.

Esta lectura del paisaje como huella teológica hace que la modo de ver el mundo aoniken funcione simultáneamente como cosmogonía y como fenomenología del territorio. Comprender el sur patagónico requiere, para el pensamiento aoniken tradicional, reconocer en cada ráfaga de viento un suspiro divino, en cada ola del mar una lágrima primordial, en cada amanecer la reactualización cíclica del acto de apertura de los ojos. El etnógrafo Casamiquela subrayó que los tehuelches del siglo XIX aún saludaban al viento con fórmulas rituales específicas que se dirigían a Kooch, y que las descargas emocionales personales (llanto, suspiros profundos) eran interpretadas como participaciones parciales en el gesto creador original.

La escritora argentina María Elena Walsh, en Cuentopos de Gulubú (1966) y en otros libros infantiles, incorporó una versión estilizada del ciclo cosmogónico de Kooch para el público lector de niños, contribuyendo a preservar la memoria del mito en la cultura nacional argentina más allá de las comunidades tehuelches propiamente. La estilización literaria simplificó algunos elementos del ciclo pero mantuvo su núcleo poético: un dios solitario que llora y suspira para hacer el mundo. Otras adaptaciones literarias contemporáneas de Diana Bellessi, Cristian Aliaga y Susana Reyes han seguido esta línea recuperando a Kooch como referente estético y cultural del sur argentino.

Para terminar

Kooch es un dios que se caracteriza por su ausencia activa. Creó el mundo y se retiró; no exige culto, no interviene en asuntos humanos, no premia ni castiga. Pero el paisaje patagónico entero es su huella permanente. En cada viento que azota la meseta austral, en cada ola que golpea el litoral atlántico, en cada amanecer sobre Puerto Deseado, el dios ausente sigue presente en el paisaje: viento, mar y luz que se renuevan cada mañana.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Kooch?

Del aoniken kooch, palabra que significa «cielo», «lo alto» y «lo que está siempre encima». La designación no captura una función divina específica sino una presencia pura: el dios que era, antes del tiempo, la única cosa que existía en el universo, y que después de la creación volvió a habitar el cielo permanente sin volver a intervenir en el mundo terrenal.

¿Cómo crea el mundo según el mito?

Mediante actos exclusivamente corporales. Kooch, cansado de la oscuridad eterna, comenzó a suspirar y de su suspiro nació el viento. Después lloró y de sus lágrimas nació el mar. Al limpiar sus ojos con el viento, surgió la luz y detrás de ella el sol. La creación no es acción sobre algo externo sino manifestación del propio cuerpo divino, extendiéndose desde la interioridad de la deidad hasta configurar el mundo.

¿Por qué no crea a los humanos directamente?

Porque crear humanos exigía dedicarles atención permanente, resolver conflictos, enseñar técnicas de supervivencia. Kooch, dios solitario acostumbrado a la oscuridad del principio, prefirió delegar esa tarea en Elal, héroe cultural intermedio hijo de los gigantes Nóshtex y Teo. Este delegación explica por qué Kooch, tras la creación, no recibe culto individual y por qué la religiosidad activa aoniken se dirige a Elal y a los espíritus intermedios.

¿Sigue estando presente en el paisaje?

Sí, en la esquema conceptual aoniken. El viento permanente que caracteriza a la Patagonia austral es la persistencia del primer suspiro del dios. El océano Atlántico y sus mareas son la extensión eterna del llanto primordial. El sol invernal es la primera luz que Kooch hizo surgir al limpiarse los ojos. Cada elemento del paisaje conserva materialmente la traza del gesto divino que lo originó, en una lectura que integra cosmogonía y fenomenología del territorio.

¿Cómo llegó su historia a la literatura moderna?

La escritora argentina María Elena Walsh incorporó una versión estilizada del ciclo cosmogónico en Cuentopos de Gulubú (1966) y otros libros infantiles, contribuyendo a preservar la memoria del mito en la cultura nacional. Otras adaptaciones literarias contemporáneas de Diana Bellessi, Cristian Aliaga y Susana Reyes han recuperado a Kooch como referente estético y cultural del sur argentino, manteniendo el núcleo poético del dios que llora y suspira para hacer el mundo.

Deja un comentario