Great Turtle, la tortuga cósmica iroquesa soporte de Turtle Island Norteamérica

En síntesis: la Gran Tortuga sobre cuyo caparazón descansa Norteamérica es la figura primordial del ciclo cosmogónico haudenosaunee. Cuando Sky Woman cayó del Cielo Superior tras el desprendimiento del árbol Onodja, la tortuga emergió del mar primigenio para sostenerla; sobre ese caparazón, con el barro que trajo del fondo la humilde rata almizclera, creció el continente que los pueblos originarios llaman todavía hoy Turtle Island, la Isla de la Tortuga.

Origen culturalIroqués Haudenosaunee (mohawk, oneida, onondaga, cayuga, seneca, tuscarora) con paralelos entre pueblos algonquinos y siouanos del noreste norteamericano (Delaware, Abenaki, Ojibwe, Wyandot)
TipoTortuga cósmica primordial, soporte continental
Función míticaEmerger del mar primigenio para sostener a Sky Woman en su descenso y crear Turtle Island (Norteamérica) sobre su caparazón mediante el barro del fondo del mar
AtestaciónJohn Norton (1816), David Cusick (1828), J.N.B. Hewitt (1903-1928), Arthur Parker (1923)
Vigencia hoyNombre «Turtle Island» adoptado por el movimiento indígena norteamericano contemporáneo; emblema central de la política ambiental haudenosaunee y de la resistencia territorial actual

Entre los pueblos de habla iroquesa del noreste norteamericano, el mito de origen más recurrente empieza en el Cielo Superior, un plano celeste habitado por seres luminosos que vivían junto a un árbol sagrado de raíces resplandecientes. Ese árbol —llamado Onodja en la variante seneca— sostenía el orden del mundo de arriba, y su florecimiento marcaba el ritmo de la vida celestial. Cuando la mujer embarazada Awenhaí, a quien los primeros etnógrafos ingleses llamaron simplemente Sky Woman, se asomó al hueco abierto entre las raíces del árbol y cayó hacia el vacío, comenzó la historia que hoy los pueblos haudenosaunee siguen contando como el punto de partida del continente. La caída no fue un accidente aislado: fue la primera fractura entre dos mundos y la condición previa para que el mundo de abajo pudiera existir.

Abajo no había tierra todavía. Solo un mar primigenio se extendía en todas direcciones, poblado por pájaros que volaban sobre el agua y por animales acuáticos —el loon, la nutria, el castor, la rata almizclera— que nadaban entre las olas sin saber qué era una orilla. Cuando vieron a Sky Woman descender desde el hueco abierto en el cielo, una asamblea urgente decidió cómo recibirla. Los grandes pájaros —gansos migratorios, garzas azules, grullas blancas— formaron un lecho vivo de alas entrelazadas para amortiguar su caída; los animales del agua debatieron entre ellos quién podría bajar hasta el lodo del fondo del mar y traer un poco de barro para hacerle un sitio donde vivir. El problema práctico era enorme: sin tierra firme, la mujer moriría; con tierra firme improvisada sobre alguna base flotante, podría vivir y engendrar una nueva raza.

En ese momento, silenciosa entre la deliberación de los otros, la Gran Tortuga emergió de las aguas y se ofreció a recibir a la mujer sobre su caparazón. Los animales acuáticos entendieron entonces que la tarea era doble: había que traer el barro del fondo y había que tener dónde ponerlo. La tortuga sería el continente; el barro sería la tierra que crecería sobre ella. Lo que empezó como el gesto callado de una criatura del mar terminó siendo el fundamento sobre el que se sostiene, todavía hoy en el presente eterno del mito, Norteamérica entera —Turtle Island, la Isla de la Tortuga— en la memoria de los pueblos del noreste. La Gran Tortuga es, así, tanto un personaje mítico como una geografía viva, tanto una anciana ancestral como el continente mismo.

El ciclo cosmogónico haudenosaunee

La palabra Haudenosaunee —»los que construyen la casa larga»— es el nombre propio de la Confederación Iroquesa, formada originalmente por cinco pueblos (mohawk, oneida, onondaga, cayuga, seneca) que se unieron en algún momento entre los siglos XV y XVI bajo la Gran Ley de la Paz atribuida al legendario Deganawidah, y a los que se incorporaron los tuscarora en 1722 para formar las Seis Naciones. Su territorio histórico se extendía por lo que hoy es el estado de Nueva York, Ontario y Quebec, y su organización social era estrictamente matrilineal: las mujeres de más edad de cada casa larga —las gantowisas, según la reconstrucción etnográfica de Barbara Alice Mann— nombraban y podían destituir a los jefes hereditarios. Este marco social importa aquí porque el mito de Sky Woman coloca a una mujer como agente detonante de la creación, y esa colocación no es accidental: refleja el lugar central de las mujeres en la vida ceremonial y política haudenosaunee, un rasgo que sorprendió profundamente a los cronistas jesuitas franceses del siglo XVII y que se documenta también en las relaciones diplomáticas de la Confederación con las colonias británicas y neerlandesas.

La recogida textual del mito atravesó varias etapas superpuestas a lo largo de dos siglos. La primera versión sistemática la anotó John Norton (Teyoninhokarawen), un mestizo escocés-cheroqui adoptado por los mohawk, en el diario de su viaje por el interior norteamericano que la Champlain Society publicaría póstumamente en 1970 pero cuyo manuscrito data de 1816. Doce años después, en 1828, David Cusick, un tuscarora convertido al metodismo, publicó Sketches of Ancient History of the Six Nations, considerado el primer libro de historia nativa escrito por un autor nativo en lengua inglesa. Cusick incluyó el descenso de Sky Woman y la ofrenda de la tortuga como el episodio inaugural del mundo, y su publicación —barata, en pequeños cuadernos vendidos puerta a puerta— circuló por reservas y ciudades del norte del estado de Nueva York durante décadas. A finales del siglo XIX, J.N.B. Hewitt —tuscarora por línea materna, empleado del Bureau of American Ethnology del Smithsonian— dedicó cuatro décadas a recoger cinco versiones textuales del mito en mohawk, onondaga y seneca, publicadas en Iroquoian Cosmology en dos entregas: la primera en 1903 y una segunda parte póstuma en 1928 preparada por su viuda.

La quinta gran recopilación es la de Arthur Parker (Gawasowaneh), un seneca formado como arqueólogo, que publicó Seneca Myths and Folk Tales en 1923 para la Buffalo Historical Society. Parker escribe en la apertura del volumen: «En el principio no había mundo, ni tierra ni océano; solo un vacío enorme, y sobre él, más arriba de lo que la mente puede alcanzar, el cielo iluminado por seres antiguos.» Esa frase resume el punto de partida de todas las versiones haudenosaunee: el Cielo Superior existía antes que la tierra, y la tierra fue una consecuencia posterior de un desequilibrio, de un accidente celeste que obligó a los animales del mar a improvisar una respuesta. En el ciclo completo, el descenso de Sky Woman inaugura una saga que incluye el nacimiento de sus dos nietos gemelos —Sapling y Flint, los hermanos creador y destructor— y culmina con la instauración de las ceremonias del calendario ritual haudenosaunee. Pero la Gran Tortuga es el punto de anclaje: sin ella, el mundo de abajo no habría tenido dónde asentarse. En la lectura de William N. Fenton, decano de los estudios iroqueses del siglo XX, esta figura funciona como la primera pieza estable del universo, la que hace posible que la historia posterior pueda desplegarse.

La caída de Sky Woman y la ofrenda de la tortuga

Las versiones del descenso varían en detalles importantes, pero coinciden en la escena central. Awenhaí, la mujer del Cielo Superior, estaba embarazada y se le antojó comer las raíces blancas del árbol Onodja. En unas versiones —la más común entre los onondaga recogida por Hewitt en 1900— fue ella misma quien pidió que se arrancara el árbol; en otras —recogidas por el mismo Hewitt entre los seneca a partir de la informante Mary Jamieson— fue su marido celoso, sospechando que el embarazo no era suyo, quien la empujó por el hueco abierto entre las raíces. En la variante mohawk transcrita por Norton, el gesto es más ambiguo: Awenhaí se inclinó para mirar el mundo de abajo y perdió el equilibrio en un movimiento accidental. Lo relevante es lo que ocurre después: la mujer cae, y con ella cae también un puñado de semillas —tabaco, maíz, frijol, calabaza— que llevaba apretadas en la mano y que serán el germen de la agricultura terrena posterior.

Los grandes pájaros del mar —gansos migratorios, garzas azules, grullas blancas— la vieron descender desde el hueco luminoso del cielo y formaron una plataforma viva con sus alas entrelazadas para frenar el impacto. La bajaron despacio hasta la superficie del agua sin que la mujer perdiera nunca del todo el equilibrio. Allí, los animales acuáticos debatían con urgencia. Alguien tenía que traer barro del fondo del mar para hacerle un lugar donde apoyarse; sin ese barro, los pájaros no podrían sostenerla eternamente. Lo intentó primero el loon, el ave zambullidora de plumaje moteado; bajó, resistió cuanto pudo, subió a la superficie sin nada. Lo intentó la nutria, después el castor, después el escualo: todos bajaron y todos subieron con las manos vacías o sin subir siquiera —algunos murieron ahogados en el intento por alcanzar un fondo que estaba demasiado profundo para sus pulmones. Al final quedó solo la rata almizclera, la muskrat, la más pequeña de todas y la que tenía menos aire acumulado en los pulmones. Nadie confiaba en ella; los mayores incluso trataron de disuadirla. Aun así, se lanzó al agua sin dudar.

La rata almizclera tardó tanto en volver que los demás la dieron por perdida. Cuando por fin apareció flotando en la superficie estaba muerta, pero apretaba en el puño un pequeño trozo de barro húmedo del fondo del océano. Ese puñado bastó. La Gran Tortuga —que hasta ese momento había permanecido silenciosa bajo el agua, escuchando la deliberación de los animales sin intervenir— emergió entonces y ofreció su caparazón como plataforma continental. Sky Woman, ayudada a bajar por los pájaros que aún la sostenían, tomó el barro de las manos rígidas de la rata almizclera y comenzó a esparcirlo sobre la superficie curva del caparazón mientras cantaba una canción sin palabras. Mientras lo hacía bailaba en sentido inverso al recorrido del sol —contra las agujas del reloj, como bailan hoy todavía las mujeres haudenosaunee en las ceremonias del ciclo ritual anual. Con cada vuelta el barro crecía. Al cabo de un tiempo era ya una isla; después un continente entero; y finalmente, según algunas versiones seneca recogidas por Parker, Norteamérica completa desde el Ártico hasta las tierras cálidas del sur.

Robin Wall Kimmerer, botánica potawatomi y autora de Braiding Sweetgrass (2013), resume así el sentido del gesto: «Sky Woman no cayó a un mundo vacío; cayó a un mundo donde los seres —los pájaros, la tortuga, la rata almizclera— estaban esperando para ayudarla, y donde su primer acto fue dar gracias.» La diferencia con el mito bíblico del Edén es explícita en la lectura de Kimmerer: mientras Eva desobedece y es expulsada del jardín, Sky Woman es recibida por una asamblea de animales que arriesga su vida para acogerla; mientras Eva es castigada con el trabajo agrícola como maldición, Sky Woman trae ella misma las semillas y funda la agricultura como don. La Gran Tortuga es la infraestructura sobre la que ese acto fundacional se hace posible. Sigue estando ahí, según la tradición viva de los pueblos haudenosaunee, sosteniendo el continente en el presente eterno del mito; sus movimientos generan las corrientes marinas del Atlántico norte, y cuando se sacude —muy raramente— se producen los terremotos que conocen bien los pueblos del noreste.

Los trece escudos lunares y la Norteamérica indígena contemporánea

La observación etnobiológica se cruza con la mitología en un detalle que los abuelos haudenosaunee subrayan hoy con frecuencia frente a los niños que aprenden el ciclo ritual: el caparazón de la tortuga norteamericana común tiene trece escudos centrales grandes rodeados por veintiocho escudos más pequeños en el perímetro. Los trece escudos centrales corresponden a los trece meses lunares del calendario ritual haudenosaunee —cada luna con su nombre propio y su ceremonia asociada, desde la Luna del Azúcar de Arce en marzo hasta la Luna del Frío en diciembre. Los veintiocho escudos exteriores corresponden a los veintiocho días del ciclo lunar completo, de luna nueva a luna nueva. Este cómputo no es exclusivo de los haudenosaunee: lo comparten prácticamente todos los pueblos algonquinos y varios siouanos del noreste norteamericano, y en algunas variantes wendat y ojibwe la lectura numérica del caparazón se traduce directamente en las cuentas ceremoniales del año agrícola. La espalda de la tortuga es, en sentido literal, un almanaque vivo que puede consultarse abriendo los ojos al primer animal que aparece en cualquier estanque.

El nombre Turtle Island para referirse a Norteamérica en clave indígena tiene una historia larga y una popularización relativamente reciente en el uso público en inglés. Los pueblos haudenosaunee lo usaban internamente —Anówara Kawennón:ni, «la isla-tortuga que ha llegado a existir», en mohawk contemporáneo— desde tiempos precoloniales, y las delegaciones diplomáticas de la Confederación lo empleaban en tratados y discursos formales del siglo XVIII documentados en los archivos coloniales británicos. El uso masivo en inglés como término identitario del movimiento indígena norteamericano moderno se disparó a partir de 1974, cuando el poeta californiano Gary Snyder publicó el poemario Turtle Island —que ganaría el Premio Pulitzer de poesía en 1975— con un prefacio que explicaba explícitamente que estaba tomando prestado el nombre del ciclo mítico haudenosaunee y algonquino. En los años siguientes, el término se convirtió en marca del renacimiento cultural indígena post-1970: se usó en publicaciones del American Indian Movement, en los tratados intertribales del noroeste del Pacífico, y hoy aparece rutinariamente en documentos oficiales de las Seis Naciones para referirse al continente entero como territorio indígena originario.

El paralelo comparativo más citado por los estudiosos es el de la tortuga cósmica Kurma, segundo avatar del dios hindú Vishnu, que sostiene el monte Mandara durante el batido del océano de leche en el Bhagavata Purana. También existen tortugas continentales cósmicas en la mitología china (Ao, la tortuga primordial cuyas patas los dioses cortaron para sostener los pilares del cielo), en las estelas Bixi que sostienen inscripciones imperiales chinas grabadas sobre lomos de tortuga de piedra, en variantes del sudeste asiático donde la Naga marina y la tortuga se entrelazan como sostenes duales del mundo, y en el kappa japonés que combina rasgos de tortuga y espíritu del agua. La antropóloga Barbara Alice Mann ha advertido, sin embargo, contra la asimilación demasiado rápida de estos paralelos: la Gran Tortuga haudenosaunee no es una divinidad —no se le reza, no se le ofrenda, no tiene templo ni sacerdocio dedicado—; es más bien una anciana familiar, una presencia ontológica anterior a la separación entre dioses y animales. Sigue siendo, en el vocabulario ceremonial actual, «nuestra abuela», una figura de parentesco antes que un objeto de culto.

Lo que permanece

La imagen de la tortuga sostenedora del continente entró en el vocabulario político del renacimiento indígena norteamericano casi como sinónimo de soberanía territorial y de resistencia frente a la despojación colonial. Cuando los mohawk de Kanehsatà:ke bloquearon en 1990 la ampliación de un campo de golf sobre un cementerio ancestral —la llamada Crisis de Oka, que enfrentó a la comunidad con la policía provincial de Quebec y con el ejército canadiense durante 78 días—, los carteles de solidaridad que aparecieron en las reservas iroquesas al norte y al sur mostraban la Gran Tortuga con el mapa continental sobre el caparazón. La misma imagen se usó en la resistencia contra el oleoducto Dakota Access en Standing Rock en 2016-2017, aunque allí el pueblo protagonista era lakota. La Gran Tortuga funciona hoy como emblema panindígena norteamericano precisamente porque su historia se cuenta con variantes propias en decenas de pueblos —lenape, abenaki, wendat, ojibwe, powhatan, wyandot— y todos reconocen en el nombre Turtle Island una referencia territorial y espiritual común, más allá de las fronteras estatales impuestas por los tratados coloniales del siglo XIX.

Vine Deloria Jr. escribió en God Is Red (1973) que los mitos indígenas de origen no describen un pasado remoto sino una condición actual: la tortuga sostiene el continente ahora, en este mismo momento, y cualquier daño hecho a la tierra es un daño hecho a su cuerpo. Esta lectura no es meramente metafórica en el discurso jurídico indígena contemporáneo; es literal en el sentido ritual y territorial que las Seis Naciones han defendido en sus tratados y en sus alegatos ante Naciones Unidas y ante los tribunales federales estadounidenses y canadienses. El caparazón, con sus trece escudos lunares y sus veintiocho pequeños del perímetro, es simultáneamente mapa continental, calendario ritual y cuerpo vivo que necesita cuidado y respeto. La rata almizclera —la más humilde, la que nadie eligió, la que murió trayendo un puñado de barro— sigue siendo el recordatorio permanente de que el barro con el que se hizo el mundo lo trajo el más pequeño y el más despreciado de los animales de la asamblea.

Que Sky Woman —una mujer embarazada— sea el agente detonante y que la Gran Tortuga —una anciana silenciosa emergida del mar— sea el fundamento sobre el que todo se sostiene son dos elecciones narrativas que las autoras haudenosaunee contemporáneas, de Barbara Alice Mann a Robin Wall Kimmerer, subrayan como parte de un modelo de mundo en el que la reciprocidad y la humildad, más que la conquista y la fuerza, son las virtudes fundacionales. Cinco siglos después del contacto europeo y de dos siglos de despojación territorial sistemática, Turtle Island sigue nadando; y quienes la nombran la reconocen como un territorio que, incluso bajo cartografías coloniales superpuestas, sigue teniendo en el fondo de todo el caparazón de una tortuga anciana esperando.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente Turtle Island y qué territorios abarca?

Turtle Island —la Isla de la Tortuga— es el nombre indígena para el continente norteamericano en su conjunto, según lo transmiten los pueblos haudenosaunee y varios pueblos algonquinos del noreste. En mohawk se dice Anówara Kawennón:ni, literalmente «la isla-tortuga que ha llegado a existir». El término no se limita al territorio actual de las Seis Naciones (Nueva York, Ontario, Quebec); se refiere al continente entero, desde Alaska hasta el istmo de Panamá según algunas interpretaciones panindígenas contemporáneas, y desde el Ártico canadiense hasta el golfo de México según lecturas más estrictas. El uso identitario del término se popularizó en inglés a partir del renacimiento cultural indígena de los años 70 y hoy aparece rutinariamente en tratados intertribales, documentos oficiales de las Seis Naciones y arte político panindígena norteamericano contemporáneo, desde carteles de protesta hasta declaraciones formales de soberanía territorial.

¿Por qué la rata almizclera y no otro animal fue la que consiguió el barro?

El detalle de que sea la rata almizclera —la muskrat, el animal más pequeño y con menor capacidad pulmonar entre los buceadores del panteón acuático haudenosaunee— quien logra traer el barro del fondo es central en el sentido moral del mito y no un adorno narrativo secundario. Grandes animales como el loon, la nutria y el castor lo intentaron primero y fallaron; algunos murieron ahogados en el descenso. La rata almizclera se lanzó al agua cuando ya nadie confiaba en ella, cuando incluso los mayores le sugerían no intentarlo, y regresó muerta a la superficie con el puñado de lodo apretado en el puño rígido. Los relatores haudenosaunee actuales subrayan que la lección es explícita y se transmite con esa forma a los niños: el fundamento del mundo lo trajo el más humilde de los animales, el que menos aire tenía en los pulmones, y por eso los pequeños seres del bosque y del agua merecen respeto ritual. La rata almizclera es aún hoy un animal totémico en varios clanes haudenosaunee del norte del estado de Nueva York.

¿Qué significan los trece escudos del caparazón?

El caparazón de la tortuga norteamericana común presenta trece escudos centrales grandes rodeados por veintiocho escudos exteriores más pequeños en el perímetro. En el sistema ceremonial haudenosaunee, los trece corresponden a las trece lunas del año ritual —cada una con su nombre propio, su ceremonia y su cosecha asociada, desde la Luna del Azúcar de Arce a la Luna del Frío— y los veintiocho corresponden a los veintiocho días del ciclo lunar completo, de luna nueva a luna nueva. Esta lectura numérica es compartida por múltiples pueblos algonquinos y siouanos del noreste norteamericano, y funciona en el calendario tradicional como un recordatorio permanente y siempre disponible del tiempo cíclico: la propia espalda de la tortuga es un almanaque vivo que puede leerse abriendo los ojos al primer animal que aparece en cualquier estanque o río. Los abuelos haudenosaunee usan todavía hoy la referencia a las trece lunas para enseñar el ciclo agrícola y ceremonial a los niños.

¿Es este mito compartido más allá de los iroqueses?

El mito del descenso desde el Cielo Superior y de la Gran Tortuga sostenedora existe con variantes propias en al menos una docena de pueblos indígenas del noreste norteamericano: los lenape (Delaware), los abenaki de Nueva Inglaterra, los powhatan de Virginia, los wendat (huron), los wyandot y los ojibwe de la región de los Grandes Lagos —donde el protagonista de la creación es el héroe cultural Nanabush o Manabozho en lugar de Sky Woman—. En todas estas variantes la tortuga funciona como plataforma continental y el barro trepa desde el fondo del mar traído por algún animal pequeño buceador. Fuera del noreste específicamente iroqués, la figura de la tortuga cósmica sostenedora aparece también en pueblos algonquinos del norte de las llanuras y en algunas tradiciones siouanas centrales. El nombre panindígena Turtle Island funciona como paraguas identitario precisamente por esta coincidencia extensa de tradiciones cosmogónicas emparentadas.

¿Quién popularizó el nombre Turtle Island en la actualidad?

El uso interno del nombre por parte de los pueblos haudenosaunee es precolonial y aparece documentado en tratados diplomáticos del siglo XVIII con las colonias británicas y neerlandesas. Su popularización en inglés como término identitario del movimiento indígena norteamericano moderno se disparó a partir de 1974 con la publicación del poemario Turtle Island del poeta californiano Gary Snyder, que ganaría el Pulitzer de poesía en 1975. Snyder explicitó en el prefacio del libro que tomaba prestado el nombre del ciclo mítico haudenosaunee y algonquino como acto de reconocimiento explícito de la geografía indígena del continente. A partir de ese momento el término se adoptó ampliamente en la prensa del American Indian Movement, en los tratados intertribales del Pacífico noroeste y en documentos oficiales de las Seis Naciones. Hoy es común escuchar a los activistas indígenas norteamericanos referirse al continente como Turtle Island tanto en contextos ceremoniales como en debates políticos ambientales contemporáneos sobre oleoductos, minería, deforestación y aguas.

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