Para empezar: Guahayona es el gran embaucador taíno, el héroe cultural que rapta a las mujeres primordiales para llevarlas a Matininó, la isla habitada solo por mujeres. Su ciclo mítico, registrado por fray Ramón Pané hacia 1498 en la única fuente etnográfica directa sobre las Antillas precolombinas, explica cómo se separaron los sexos en el origen del mundo antillano, cómo los niños abandonados se transformaron en ranas llamando a la madre ausente y cómo Guahayona regresó de la isla dorada de Guanín portando los guanines de oro que legitimarían después el poder cacical taíno de todos los cacicazgos antillanos.
| Origen cultural | Taíno arahuaco (Antillas Mayores) |
| Tipo | Héroe cultural embaucador, patrón de las migraciones y del poder cacical |
| Función mítica | Separar los sexos, originar los niños-rana «tona», recibir los guanines dorados del cacicazgo |
| Atestación | Ramón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios (~1498), caps. II-V |
| Vigencia hoy | Motivo estructural del ciclo Deminán-Guahayona reinterpretado en literatura antillana contemporánea |
Los taínos que habitaban las Antillas Mayores en 1492 explicaban su propio origen a través de un ciclo mítico centrado en dos cuevas de La Española: Cacibajagua («cueva del jaguar») y Amayaúna («sin importancia» o «cueva de los que no valen»). De la primera salieron los hombres taínos; de la segunda, todos los demás pueblos del mundo. La cueva Cacibajagua se localizaba, según Pané, «en el país de Caonao», en el actual territorio dominicano, aunque otros informantes situaban el mito de origen en Cuba oriental o en Puerto Rico occidental. Cada cacicazgo parece haber tenido su versión localizada del mito, y los behíques ancianos podían recitar genealogías completas que remontaban su linaje cacical hasta el momento mismo de la salida de Cacibajagua.
Al principio, cuando los taínos aún vivían dentro de la cueva Cacibajagua, no había separación entre hombres y mujeres del modo en que después existiría. Los primeros seres humanos permanecían escondidos durante el día por temor al sol, que ya había transformado a algunos de ellos en piedras, jobos y animales cuando los sorprendió fuera de la cueva. Solo salían de noche a buscar comida, protegidos por un guardián llamado Marocael que vigilaba las bocas de entrada. Sobre esa vida clandestina y comunal se construyen los primeros capítulos de la Relación de Pané, dedicados a explicar cómo la humanidad taína primordial pasó del encierro nocturno de Cacibajagua a la vida diurna dispersa por todo el archipiélago antillano.
Dentro de esa comunidad primordial, un personaje concentra la iniciativa narrativa: Guahayona, cuyo nombre puede leerse como «hijo de Guaharibo» o, según José Juan Arrom, «nuestra brillantez». Él será quien saque a las mujeres de la cueva y las abandone en Matininó; él será después el que llegue a Guanín, la tierra dorada del sur, y regrese portando los guanines y las cibas de piedra que después legitimarán el poder de todos los caciques taínos históricos. Su ciclo ocupa cinco capítulos del texto de Pané y es la historia mítica más extensa que sobrevive del panteón antillano precolombino, más incluso que el ciclo de Itiba Cahubaba y sus cuatro hijos gemelos.
Cacibajagua, Amayaúna y el mundo antes de la separación
Índice
La cueva Cacibajagua no era para los taínos un lugar puramente simbólico. Los estudios arqueológicos dirigidos por José Juan Arrom y después por Ricardo Alegría en los años setenta y ochenta identificaron varios candidatos concretos en la actual República Dominicana, particularmente en la sierra de Bahoruco y en el macizo de Cordillera Central. Algunas de estas cuevas conservan pictografías precolombinas con figuras humanas, círculos concéntricos y espirales que los arqueólogos han interpretado como representaciones del mito de origen registrado por Pané. La más citada es la cueva José María en el actual Parque Nacional del Este dominicano, con más de mil doscientas pictografías catalogadas.
La mención a Amayaúna, la segunda cueva, es igualmente significativa. Que los taínos reconocieran un origen mítico separado para los demás pueblos —los «otros», los que no eran taínos arahuaco-hablantes— indica un pensamiento etnogenético sofisticado. Sebastián Robiou-Lamarche (Taínos y caribes, Punto y Coma, 2003) sugiere que la categoría de Amayaúna incluía a los caribes de las Antillas Menores, los guanahatabeyes de Cuba occidental y quizás también a los grupos macorix pre-arahuacos que aún habitaban zonas del este de La Española cuando llegaron los taínos. La distinción entre Cacibajagua y Amayaúna no era racial en el sentido moderno, sino cultural y ritual: se refería a quiénes hablaban taíno, cultivaban yuca de la manera correcta y celebraban los areytos según el patrón heredado.
El ciclo de Guahayona se inscribe en este marco: un mundo poblado por gente que aún vive en cuevas, temerosa del sol, sin agricultura estable, y donde los sexos aún no se han separado del modo definitivo que después caracterizaría a la vida taína histórica. Guahayona no es un dios en el sentido estricto del término —los taínos no tenían dioses en el sentido europeo, sino cemíes, espíritus tutelares—; es un héroe cultural que introduce cambios estructurales en el orden del mundo mediante actos de astucia, engaño y viaje marítimo. Como todos los héroes culturales amerindios, su moralidad es ambigua: hace cosas que hoy consideraríamos crueles o injustas, pero cada una de esas acciones produce, como consecuencia estructural, un rasgo del mundo tal como los taínos lo habitaron.
Los estudios de Fatima Bercht y sus colaboradores en Taíno: Pre-Columbian Art and Culture from the Caribbean (Monacelli Press/El Museo del Barrio, 1997) han identificado varias representaciones iconográficas asociadas al ciclo Guahayona en la cerámica y en las tallas de madera y piedra recuperadas en las Antillas Mayores. Particularmente notables son las figuras dobles con cabezas invertidas —interpretadas como representaciones del héroe embaucador y de su hermana Guabonito la sanadora— y las piezas rituales llamadas «guanines» propiamente dichas: discos de oro laminado que los caciques taínos llevaban colgando del pecho como símbolo de linaje y de conexión con el mundo mítico primordial. Muchos de estos guanines fueron fundidos por los colonizadores en los primeros años tras 1492, pero algunos ejemplares sobreviven hoy en museos de La Habana, Santo Domingo, San Juan y Nueva York.
El engaño de las mujeres y los niños-rana «tona»
Pané inicia el ciclo propiamente dicho en el capítulo III de su Relación con una frase que ha desconcertado a generaciones de comentaristas: «Uno de ellos, que se llamaba Guahayona, dijo a otro que se llamaba Yahubaba: vete a coger una hierba llamada digo, con que se limpian el cuerpo cuando van a bañarse». Yahubaba sale de la cueva al alba y es transformado por el sol en el pájaro que canta al amanecer, «el ruiseñor». Guahayona, que había planeado la salida sabiendo el riesgo que corría su compañero, ya está tramando lo siguiente. El primer engaño del ciclo se comete sobre un varón; los siguientes recaerán sobre las mujeres y los niños de la cueva primordial, en una escalada narrativa que Pané no juzga pero sí transcribe con exactitud etnográfica.
El paso decisivo llega en el capítulo IV. Guahayona convoca a las mujeres taínas y les dice: «Dejad a vuestros maridos, y vámonos a otras tierras y llevaremos mucho güeyo». El güeyo es una hierba psicotrópica —probablemente Anadenanthera peregrina, la cohoba, o quizá Piptadenia peregrina— que los taínos usaban en ceremonias rituales inhalada por la nariz a través de tubos bifurcados de madera o hueso. Las mujeres aceptan la propuesta, dejan a sus hijos junto a un arroyo y se embarcan con Guahayona rumbo a Matininó, una isla que Pané sitúa «hacia el sudeste» y que la tradición identifica con la actual Martinica o con una isla mítica de las Antillas Menores. La escena del rapto ocurre en silencio, sin resistencia, y Pané no explica —quizá porque tampoco lo entendía— por qué las mujeres aceptaron seguir al embaucador.
Guahayona abandona a las mujeres en Matininó y sigue viaje solo. Mientras tanto, los niños dejados junto al arroyo comienzan a tener hambre. Piden agua llorando: «toa, toa», que en taíno significa «madre, madre». Pané escribe en el mismo capítulo IV: «Y como tuviesen sed no cesaban de llamar a la madre que se había ido con Guahayona, diciendo toa, toa, como quien mucho lo pide con gran deseo. Y de este modo lloraban por su madre llamada toa; y así por no haber podido hallarla, se convirtieron todos en unos animalejos pequeños al modo de las ranas, y se llamaron tona por la petición que hacían del pecho, y así quedaron todos convertidos en ranas». El pasaje es una de las etimologías míticas más precisas del texto de Pané: la palabra taína para rana («tona») queda explicada como onomatopeya del llanto infantil que llama a la madre ausente.
El ciclo continúa. Guahayona llega a Guanín, la isla dorada del sur —identificada por algunos con la costa de Venezuela y por otros con una tierra puramente mítica situada más allá del horizonte antillano—, y allí conoce a Guabonito, una mujer marina que lo cura de bubas, la enfermedad de la piel que había contraído en sus viajes. Guabonito le entrega los guanines de oro y las cibas de piedra, símbolos que después portarán todos los caciques taínos como señal de linaje y de conexión con el poder ancestral. «Y así, dice Pané en el capítulo V, quedó Guahayona por señor de la tierra, y aquellas piedras y aquellos guanines los tuvo por muy sagrados y los repartió entre los caciques». El reparto ritual de los objetos áureos cierra el ciclo y funda, en el mismo movimiento, la legitimidad política del cacicazgo taíno tal como los europeos lo encontraron en 1492.
Vale la pena detenerse en Matininó, la isla donde Guahayona abandona a las mujeres raptadas. En la geografía mítica taína, Matininó es una isla habitada solo por mujeres, un espacio-otro que se sitúa «hacia el sudeste» desde el corazón del cacicazgo dominicano. Colón mismo la buscó en su primer viaje —cita expresamente el nombre en su Diario de a bordo del 15 de enero de 1493—, convencido de que se trataba de la isla de las amazonas descrita por los cronistas de Marco Polo. La confusión entre el mito taíno y el mito europeo produjo uno de los primeros grandes malentendidos coloniales: durante décadas los mapas europeos incluyeron «islas de las amazonas» en distintos puntos del Caribe, siempre desplazadas hacia el sudeste, siempre buscando el Matininó de Pané que ningún europeo pudo verificar como territorio real.
El embaucador panamerindio y el poder cacical
El ciclo de Guahayona es, en la lectura de Arrom (1975) y Robiou-Lamarche (2003), un mito de separación primordial que explica varias realidades taínas simultáneamente: la separación entre hombres y mujeres como base de la exogamia y del intercambio matrimonial entre cacicazgos; el origen de las ranas —animales rituales asociados a la lluvia y a los cemíes de agua—; y la legitimidad del poder cacical, fundada en la posesión de los guanines dorados que Guahayona repartió al regresar de Guanín. Ninguna de estas tres funciones agota el sentido del mito; las tres operan en paralelo dentro del mismo relato y se refuerzan mutuamente al ser recordadas durante los areytos ceremoniales del cacicazgo.
La estructura del embaucador que separa los sexos es panamerindia. En el mundo tupí-guaraní continental, Kerana es raptada por Tau y de esa unión nacen los siete hijos monstruosos que después poblarán la selva sudamericana. En el mundo mexica, Tezcatlipoca engaña a Quetzalcóatl y provoca su exilio hacia Tlillan Tlapallan. En el mundo iroqués, el Coyote-embaucador introduce el conflicto sexual mediante artimañas semejantes. Guahayona pertenece a esta familia panamerindia de figuras liminares que reordenan el mundo mediante actos deshonestos pero estructuralmente necesarios: sin su engaño, no hay separación sexual entre hombres y mujeres, no hay ranas cantando en la noche, no hay guanines dorados en el pecho de los caciques y no hay cacicazgo taíno tal como los europeos lo encontraron.
El detalle de las bubas ha sido interpretado de dos formas complementarias. La lectura literal —defendida por Ricardo Alegría en Cristóbal Colón y el tesoro de los indios Taínos de La Española (1980)— sostiene que se trata de una enfermedad venérea real, probablemente sífilis o pinta, que los taínos conocían y trataban con Guabonito, la mujer marina asociada a la sanación. La lectura simbólica —defendida por Arrom y matizada por Robiou-Lamarche— entiende las bubas como marca de tránsito iniciático: Guahayona atraviesa una muerte simbólica en Guanín antes de renacer como portador legítimo del poder cacical. La sarna, la úlcera y la infección son motivos recurrentes en los mitos amerindios de tránsito iniciático, desde el Popol Vuh maya-quiché hasta las tradiciones orales inuit del Ártico, y en todos ellos marcan al héroe como persona que ha vuelto de un espacio-otro con conocimientos que los demás no poseen.
Los niños transformados en ranas («tona») merecen atención aparte. José Barreiro (Panchito, cacique de montaña, 2001) recogió a finales del siglo XX testimonios de descendientes taínos de Cuba oriental que aún asociaban el canto de las ranas nocturnas con las almas de los niños abandonados por sus madres. Sin ser una supervivencia directa del mito prehispánico —el taíno como lengua se extinguió hacia 1560—, este eco contemporáneo sugiere que ciertos motivos rituales taínos persistieron en el sustrato campesino antillano durante siglos, transmitidos oralmente en español o en criollo, e integrados en el folklore local sin conciencia explícita de su origen precolombino. La rana antillana sigue siendo hoy, en gran parte del imaginario popular caribeño, un animal con connotaciones simultáneamente melancólicas y ancestrales.
El motivo de las bubas curadas por Guabonito ha suscitado también un debate historiográfico que va mucho más allá de los estudios taínos. En el siglo XVI, el médico sevillano Ruy Díaz de Isla publicó un tratado (Fruto de todos los santos contra el mal serpentino, 1539) donde argumentaba que la sífilis había llegado a Europa con los marineros de Colón, contagiada en La Española por contacto con mujeres taínas. La hipótesis «colombina» del origen americano de la sífilis, defendida después por Bartolomé de las Casas, siguió siendo objeto de disputa hasta bien entrado el siglo XX. Que el propio Pané registrara en el capítulo V la escena de Guahayona cubierto de bubas y curado por una mujer marina alimentó durante décadas la lectura literal de Alegría (1980), aunque la mayoría de los taínólogos actuales prefiere la lectura simbólica que Arrom había defendido desde 1975.
Para terminar
Guahayona es una figura incómoda para la lectura moderna. Rapta mujeres, las abandona en una isla remota, engaña a Yahubaba para que se transforme en pájaro cantor, y aun así regresa cubierto de gloria portando los símbolos del poder cacical. Su ciclo no es moralmente edificante en el sentido europeo, pero es antropológicamente coherente: los héroes culturales amerindios rara vez son santos; casi siempre son embaucadores cuya astucia produce, casi por accidente, el orden del mundo tal como los pueblos lo habitan. Que la mitología taína registrada por Pané asigne a un embaucador —y no a un dios benévolo— la fundación del sistema cacical es un dato antropológico de primer orden que aún hoy admite lecturas encontradas y que separa nítidamente la lógica mítica antillana precolombina de cualquier plantilla monoteísta importada por los evangelizadores del siglo XVI.
El texto de Pané que preserva su historia es apenas un opúsculo. Veintiséis capítulos, escritos por un fraile catalán que no dominaba del todo el taíno arahuaco, transcritos después con errores por Pedro Mártir de Anglería y por Hernando Colón. Y sin embargo, dentro de esas pocas páginas late un ciclo mítico completo, con su lógica interna, sus paralelos panamerindios y sus resonancias iconográficas. Sin Pané, Guahayona no existiría para nosotros; con Pané, existe apenas como sombra de lo que fue en las areytos donde los taínos lo cantaban antes de 1492. La responsabilidad de restaurar ese ciclo mítico ha recaído sucesivamente en Arrom, en Alegría, en Robiou-Lamarche y en los taínólogos contemporáneos formados en las universidades caribeñas.
Los caciques históricos que Colón encontró —Guacanagarí en Marién, Caonabo en Maguana, Bohechío en Xaraguá, Guarionex en Magua, Hatuey en Baracoa— portaban aún, en 1492, los guanines dorados y las cibas de piedra que según el mito les había entregado Guahayona al repartirlos en el capítulo V de la Relación. Esa continuidad entre el relato oral y el objeto material es la marca más profunda de la vigencia mítica: el poder cacical taíno se legitimaba a sí mismo evocando un embaucador primordial que había atravesado bubas y engaños para traer el oro del sur. Cuando en 1511 los conquistadores fundieron sistemáticamente los guanines para enviarlos a la Casa de Contratación de Sevilla, no sabían que estaban destruyendo, junto con el metal, la última prueba material del ciclo Guahayona que hoy conocemos casi exclusivamente por vía escrita.
La literatura antillana contemporánea ha vuelto una y otra vez a Guahayona como figura fundacional del imaginario dominicano y puertorriqueño. Enriquillo Sánchez, Marcio Veloz Maggiolo y otros novelistas de la segunda mitad del siglo XX reescribieron el ciclo desde perspectivas críticas y decoloniales, subrayando tanto la ambigüedad moral del embaucador como la resonancia contemporánea de sus actos. En estas relecturas Guahayona deja de ser un personaje pintoresco del pasado y pasa a operar como cifra del propio drama caribeño: el viaje, el rapto, la enfermedad, el retorno con oro ajeno y el reparto desigual del poder son, tras cinco siglos de historia antillana poscolombina, motivos demasiado familiares como para leerse solo en clave prehispánica. La poesía de Aida Cartagena Portalatín, la ensayística de Roberto Cassá y las relecturas académicas de Robiou-Lamarche completan un mapa contemporáneo en el que Guahayona sigue vivo como referente cultural del Caribe hispanohablante y donde el pequeño manuscrito de Pané, escrito por un fraile catalán que apenas comprendía lo que anotaba, se ha convertido en fuente permanente de reinterpretación literaria y antropológica.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Guahayona en el panteón taíno?
Guahayona es el gran héroe cultural embaucador de los taínos, protagonista de los capítulos II a V de la Relación de fray Ramón Pané. Rapta a las mujeres primordiales de la cueva Cacibajagua para llevarlas a Matininó, provoca la transformación de los niños abandonados en ranas llamadas «tona», viaja a la tierra dorada de Guanín y regresa portando los guanines y las cibas que legitimarán después el poder de todos los caciques taínos históricos. Su nombre puede leerse como «hijo de Guaharibo» o, según José Juan Arrom, como «nuestra brillantez», en cualquier caso una figura de rango primordial.
¿Cuál es la fuente principal sobre Guahayona?
La Relación acerca de las antigüedades de los indios que fray Ramón Pané redactó hacia 1498 por encargo de Cristóbal Colón. Los capítulos II, III, IV y V del texto de Pané contienen el ciclo completo del embaucador antillano. Pedro Mártir de Anglería en las Décadas del Nuevo Mundo (1516) y Hernando Colón en la Historia del Almirante también transmiten fragmentos, pero siempre derivados del manuscrito original de Pané, hoy perdido en su versión castellana y conservado solo en la traducción italiana de Alfonso de Ulloa publicada en Venecia en 1571 dentro de la biografía colombina firmada por el propio hijo del Almirante.
¿Por qué los niños se transforman en ranas pero las mujeres no?
Es una asimetría estructural del mito que ha desconcertado a los comentaristas desde Arrom. Las mujeres raptadas por Guahayona permanecen mujeres en Matininó, donde según Pané viven en régimen de solas y son visitadas periódicamente por los hombres para engendrar la descendencia siguiente. Los niños abandonados junto al arroyo son los que se transforman en ranas («tona») por su llanto llamando a la madre ausente. La asimetría dibuja un mapa mítico preciso: las mujeres pasan a un espacio-otro habitable, los niños quedan en el borde entre dos mundos y sufren la metamorfosis animal como precio de haber sido dejados atrás sin la protección materna debida.
¿Qué son exactamente los guanines que trae Guahayona?
Los guanines son discos de oro laminado que los caciques taínos llevaban colgando del pecho como insignia de poder político y religioso. Arqueológicamente están bien documentados: se han recuperado ejemplares en enterramientos caciques de La Española, Puerto Rico y Cuba oriental, muchos de ellos hoy expuestos en el Museo del Hombre Dominicano de Santo Domingo. Ricardo Alegría (1980) mostró que las cibas asociadas eran cuentas de piedra verde —jadeíta o serpentina— importadas de la costa continental sudamericana. Ambos tipos de objeto constituían, según Pané, «las mayores riquezas» de los cacicazgos taínos históricos y se heredaban de padre a hijo primogénito varón.
¿Qué queda hoy del ciclo de Guahayona?
Queda el texto de Pané en la traducción de Arrom (Siglo XXI, 1975) y en la edición crítica que el mismo Arrom preparó para la Universidad de Yale. Queda la literatura antillana contemporánea: Marcio Veloz Maggiolo, Enriquillo Sánchez y otros novelistas dominicanos han reescrito el ciclo Deminán-Guahayona desde los años setenta con lecturas críticas y decoloniales. Quedan los guanines arqueológicos expuestos en el Museo del Hombre Dominicano y en el Museo del Barrio de Nueva York. Y quedan los cantos de las ranas nocturnas cubanas que, según Barreiro (2001), aún se asocian localmente a los niños abandonados por sus madres, un eco lejano del «toa, toa» primordial.





