Itiba Cahubaba, la madre primordial taína de los cuatro gemelos héroes

En síntesis: Itiba Cahubaba, «la vieja ensangrentada», es la madre primordial taína que muere durante el parto de cuatro gemelos. Fray Ramón Pané registró su nombre hacia 1498 en la única fuente etnográfica directa sobre la mitología antillana precolombina. De su vientre abierto post mortem nacen Deminán Caracaracol y sus tres hermanos anónimos, los héroes culturales que después originarán el mar y las lluvias al romper la calabaza colgada del techo de Yaya.

Origen culturalTaíno arahuaco (Antillas Mayores)
TipoMadre primordial sacrificial, patrona del parto y la muerte fértil
Función míticaParir a los cuatro gemelos héroes culturales taínos por cesárea póstuma
AtestaciónRamón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios (~1498), caps. IX-X
Vigencia hoyMotivo iconográfico en cerámica taína (figuras de barro con vientre abierto) y en literatura antillana contemporánea

Cuando Cristóbal Colón desembarca en Guanahaní en octubre de 1492, los taínos ya llevaban al menos ochocientos años poblando las Antillas Mayores desde su migración arahuaca continental. Vivían organizados en cacicazgos jerárquicos —Higüey, Xaraguá, Marién, Maguana, Magua— y sostenían una vida ceremonial densa alrededor de los cemíes, las areytos y los behíques (chamanes). En apenas medio siglo, la enfermedad europea, la encomienda y la esclavitud minera habrían reducido a esa población a menos de una décima parte de su tamaño original, cifrada por Bartolomé de las Casas en varios millones y por historiadores modernos como Massimo Livi-Bacci en cifras algo menores pero igualmente catastróficas.

Del corpus mítico taíno prehispánico apenas sobreviven fragmentos, y casi todos provienen de un único manuscrito: la Relación acerca de las antigüedades de los indios que fray Ramón Pané, jerónimo catalán, redactó hacia 1498 por encargo del propio Colón durante la segunda estancia en La Española. Pané convivió con los taínos de la región de Macorix y Guarionex, aprendió su lengua imperfectamente y anotó lo que los ancianos y los behíques le contaban sobre el origen del mundo, del mar, de los hombres y de las almas después de la muerte. Su texto original en castellano se perdió; llegó hasta nosotros solo a través de una traducción italiana publicada por Alfonso de Ulloa en 1571 dentro de la biografía colombina de Hernando Colón.

Entre los relatos que Pané consignó destaca uno especialmente denso, situado en los capítulos IX y X de su breve texto. Es la historia de Itiba Cahubaba, la madre primordial que muere de parto múltiple y cuyo vientre abierto libera a los cuatro gemelos que después robarán la calabaza de los mares. Su figura, minoritaria en la iconografía superviviente pero central en la lógica interna del mito, encierra la clave de cómo los taínos pensaban la relación entre la muerte fértil, la maternidad sacrificial y el origen del mundo tal como los europeos lo encontraron en 1492.

Los taínos en 1492 y el manuscrito de Pané

Los taínos de finales del siglo XV formaban parte de un continuum cultural mucho más amplio que se extendía desde el Orinoco hasta las Antillas. Los estudios arqueológicos de Irving Rouse en los años sesenta —confirmados y matizados por generaciones posteriores— sitúan la migración arahuaca hacia las Antillas Mayores entre los años 500 y 800 de nuestra era, con oleadas sucesivas que trajeron consigo la cerámica ostionoide, el cultivo de la yuca amarga, la piedra tallada ritual y un sustrato mitológico compartido con los pueblos amazónicos continentales. La ruta migratoria más aceptada parte del bajo Orinoco venezolano, salta a Trinidad, remonta el arco de las Antillas Menores y llega finalmente a Puerto Rico, La Española, Cuba y Jamaica.

Cuando Pané recoge el relato de Itiba Cahubaba, no está anotando una invención local: está registrando la versión antillana de un mito panamerindio de la madre despedazada o abierta. Coatlicue mexica, parida por Coyolxauhqui y matriz del sol Huitzilopochtli; Estanatlehi navaja, mujer cambiante madre de los gemelos guerreros; Wauta warao, la vieja que abre el fruto donde los primeros hombres se están gestando; todas ellas comparten con la vieja ensangrentada taína un núcleo estructural preciso, tanto en la muerte materna como en el nacimiento heroico consecutivo: la vida humana o cultural surge de un cuerpo femenino primordial que muere o se abre para que sus hijos emerjan al mundo tal como los pueblos lo habitarán después.

El propio Pané escribe con la incomodidad de quien no comprende del todo lo que anota. Su formación jerónima le hace filtrar los relatos como «engaños» y «vanidades del demonio», pero su honestidad de campo lo obliga a transcribir los nombres, las secuencias, las genealogías con una precisión que después permitirá reconstruir un panteón coherente. Sin las once páginas conservadas de los capítulos IX y X, la figura de Itiba Cahubaba habría desaparecido con los últimos hablantes de taíno arahuaco a mediados del siglo XVI. Cada palabra transcrita por el jerónimo catalán es hoy un fósil verbal irrepetible del mundo prehispánico caribeño.

Los taínos vivían la maternidad como una experiencia radicalmente riesgosa. Los estudios paleopatológicos de restos óseos precolombinos en La Española y Puerto Rico —recogidos por Roberto Cassá en Los indios de las Antillas (Mapfre, 1992)— confirman una mortalidad materna elevada, con un porcentaje significativo de esqueletos femeninos jóvenes que presentan marcadores de parto distócico o hemorragia postparto. En ese horizonte cotidiano, la figura de una madre primordial muerta al parir cuádruples resonaba con una experiencia concreta y no con una abstracción intelectual: cada mujer taína que moría al dar a luz repetía en pequeño el drama primordial de Itiba Cahubaba, y cada niño que sobrevivía era también, en cierto sentido, un pequeño Deminán extraído del cuerpo materno.

Vale la pena recordar que el manuscrito original de Pané, escrito en castellano hacia 1498, se ha perdido por completo. Lo que hoy leemos son reconstrucciones a partir de tres vías indirectas: la traducción italiana de Alfonso de Ulloa incluida en la Historie della vita e dei fatti di Christoforo Colombo de Hernando Colón (Venecia, 1571); los extractos que Pedro Mártir de Anglería insertó en la primera Década del Nuevo Mundo (1516); y las citas dispersas de fray Bartolomé de las Casas en su Apologética historia sumaria. Cada versión introduce pequeños desplazamientos ortográficos y semánticos, y el trabajo filológico de reconstrucción realizado por José Juan Arrom desde 1974 ha sido decisivo para restaurar la forma más probable de los nombres taínos originales, entre ellos el de Itiba Cahubaba misma.

El relato de Pané: cesárea póstuma y calabaza rota

Ramón Pané escribe en el capítulo IX de su Relación, en la traducción moderna al castellano de José Juan Arrom: «Dicen que hubo un hombre llamado Yaya, del que no saben su nombre, y su hijo se llamaba Yayael, que quiere decir hijo de Yaya. El cual queriendo matar a su padre, éste lo desterró, y así estuvo desterrado cuatro meses, y después el padre lo mató, y puso los huesos en una calabaza, y la colgó del techo de su casa, donde estuvo colgada algún tiempo». Este primer segmento fija el marco: un padre que mata al hijo rebelde, unos huesos guardados en una calabaza y una casa donde la calabaza pende del techo esperando el momento en que otros la descuelguen.

En esa calabaza pendiente del techo, los huesos de Yayael se transforman en peces. Yaya y su mujer los comen, y así comienza el ciclo. Pero cuando Yaya sale un día de casa, llegan los cuatro hijos de Itiba Cahubaba, «que era una mujer que murió de parto: y así abriéndola, sacaron de su vientre estos cuatro hijos, y el primero que sacaron era Caracaracol, que quiere decir sarnoso». Los otros tres no tienen nombre, dice Pané, o al menos él no los recogió durante sus conversaciones con los behíques de Guarionex. La escena de la cesárea póstuma se presenta con la brevedad seca de las notas etnográficas de campo, sin adorno literario, y precisamente por eso resulta hoy tanto más impresionante.

Los cuatro hermanos entran en la casa de Yaya, descuelgan la calabaza y comen los peces que dentro han crecido. Cuando escuchan a Yaya volver, intentan devolverla al techo, pero la calabaza se les cae y se rompe en pedazos. De su interior brota tanta agua que inunda la tierra, y con esa agua salen también los peces. «Y creen los indios de esta isla que de esto tuvo origen el mar», registra Pané dejando la etiología en su forma más desnuda: el mar antillano nació del vientre roto de una calabaza que a su vez contenía los huesos de un hijo asesinado, y todo esto ocurrió porque los cuatro hijos de Itiba Cahubaba —ellos mismos nacidos de un vientre abierto post mortem— se atrevieron a tocar lo que no debían. La cadena etiológica es implacable: sin la muerte de la vieja no hay gemelos; sin gemelos no hay robo; sin robo no hay mar.

La lectura estructural de José Juan Arrom (Mitología y artes prehispánicas de las Antillas, Siglo XXI, 1975 y ediciones posteriores) señala la lógica interna del relato con precisión antropológica. Itiba Cahubaba es la vieja ensangrentada, sí, pero su nombre completo puede leerse como «sangre-primigenia-vieja-madre-tierra», una etimología que la sitúa en el mismo campo semántico que la Coatlicue mesoamericana. Su muerte no es un accidente narrativo: es la condición estructural para que existan los cuatro héroes culturales. Sin su vientre abierto, no hay Deminán Caracaracol; sin Deminán y sus tres hermanos, no hay descolgamiento de la calabaza; sin calabaza descolgada y rota, no hay agua ni peces liberados sobre la tierra taína.

El detalle del «sarnoso» merece atención aparte. Deminán Caracaracol es descrito por Pané como un niño con la piel cubierta de llagas o costras, una condición que los behíques asociaban al contacto con la potencia primordial del parto. Arrom sugiere que la sarna del gemelo mayor es una marca ritual: los niños nacidos en circunstancias extraordinarias —parto múltiple, muerte materna, nacimiento por cesárea— quedaban señalados de por vida como personas de doble naturaleza, aptas para el behíquismo o para el liderazgo cacical. En las Antillas históricas, muchos caciques taínos reivindicaban descendencia mítica de Deminán precisamente para justificar su posición jerárquica en un sistema que no toleraba la mera acumulación de riqueza como base del poder.

La secuencia narrativa de Pané, además, no termina en la calabaza rota y el nacimiento del mar. En capítulos posteriores el fraile catalán describe cómo Deminán, aún sarnoso y agotado tras el robo, recibe en la espalda un escupitajo mágico del hijo de Bayamanaco —un anciano dueño del fuego y de la cohoba— que le produce una hinchazón dolorosa. Cuando los otros tres hermanos le abren aquella hinchazón, sale de allí una tortuga viva, que después será la primera mujer con la que los cuatro engendrarán a las generaciones siguientes de taínos. La lectura completa del ciclo, iniciado con Itiba Cahubaba y cerrado con la tortuga-mujer, dibuja un arco narrativo en el que la fertilidad femenina pasa por tres materializaciones sucesivas: madre despedazada, calabaza rota y tortuga extraída de una espalda inflamada.

Paralelos amerindios y lectura estructural

Arrom leyó el ciclo Itiba Cahubaba–Deminán–Yaya como una teogonía en el sentido estricto: un relato que explica cómo el mundo tal como los taínos lo habitaban emergió de una secuencia de sacrificios primordiales. La vieja muere para que nazcan los cuatro; los cuatro roban para que exista el mar; el mar existe para que los taínos puedan pescar, viajar en canoa entre las islas y sostener la vida material del cacicazgo. Cada eslabón de la cadena depende de una ruptura del cuerpo anterior. Es una lógica sacrificial no muy distinta de la que Marcel Detienne reconoció en la mitología griega, aunque el material antillano hunde sus raíces en un sustrato amerindio radicalmente distinto de la matriz mediterránea.

El paralelo con Coatlicue mexica es demasiado exacto para atribuirlo al azar. En el mito recogido por fray Bernardino de Sahagún en Tepepulco hacia 1560, Coatlicue queda embarazada de una pluma caída del cielo mientras barre el templo del Coatepec. Sus otros hijos, encabezados por su hija Coyolxauhqui y sus cuatrocientos hermanos surianos, deciden matarla por la deshonra que suponen. Cuando llegan al templo, Huitzilopochtli sale ya armado del vientre de la madre, mata a Coyolxauhqui, la despedaza y la arroja pendiente abajo. Aquí también, la madre muere o casi muere para que los héroes surjan armados y triunfantes. La estructura mítica es panamerindia y probablemente muy anterior a la separación de los pueblos arahuaco-taínos y náhuatl, tal vez arraigada en el sustrato paleoindio compartido.

Sebastián Robiou-Lamarche (Taínos y caribes, Punto y Coma, 2003) añade una capa etnográfica que Arrom había dejado apenas insinuada: la vieja ensangrentada no era solo un relato oral, sino que tenía correlato iconográfico material. Las llamadas «figuras de barro con vientre abierto» —recuperadas en excavaciones en Los Buchillones (Cuba central) y en el sitio de Chorro de Maíta (Holguín) desde los años ochenta, así como en yacimientos de la costa norte dominicana— representan a mujeres con el abdomen partido y cuatro pequeñas figuras emergiendo. Fernando Ortiz, en Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), ya había intuido la conexión sin poder documentarla arqueológicamente. Hoy la asociación entre estas piezas y el mito de Itiba Cahubaba es consenso entre los taínólogos formados en las universidades de La Habana, Santo Domingo y San Juan.

La función simbólica de la figura, sin embargo, va más allá de la etiología marina. Manuel García Arévalo (Indigenismo, arqueología e identidad nacional, 1988) argumentó que Itiba Cahubaba encapsula la lógica taína del sacrificio femenino como origen de la abundancia colectiva. No es casualidad que las estatuillas de vientre abierto aparezcan en contextos rituales asociados al bohío del cacique y no en enterramientos comunes: eran objetos de poder que legitimaban el linaje cacical a través de una madre primordial que había pagado con su vida el precio de traer al mundo a los héroes culturales. En ese sentido, la vieja ensangrentada tanto sostenía el orden mítico como fundaba la autoridad política visible en cada areyto ceremonial del cacicazgo.

Un último eje de lectura procede de Roberto Cassá y de la escuela antropológica dominicana. Cassá señaló, en un ensayo temprano recogido después en Los indios de las Antillas, que Itiba Cahubaba solo cobra sentido pleno cuando se lee en pareja con Atabey, la madre de las aguas y de la fertilidad femenina, y con Guabancex, la señora del huracán. Las tres madres taínas dibujan un triángulo: Atabey aporta el agua dulce y la yuca, Guabancex desata el vendaval que destruye el bohío, e Itiba Cahubaba paga con su propia vida el precio del nacimiento heroico. Ninguna de las tres funciona sin las otras dos, y las tres son representadas en la iconografía taína con signos formales relacionados —el vientre abultado, las piernas flexionadas, la boca abierta en gesto de dolor o de canto ritual— que Cassá interpreta como parte de un mismo sistema simbólico integrado.

Lo que permanece

De la lengua taína arahuaca no queda hablante alguno desde mediados del siglo XVI. De su literatura oral apenas sobreviven las once páginas de Pané, algunos fragmentos en Pedro Mártir de Anglería y en Bartolomé de las Casas, y los términos que el español antillano absorbió y después exportó al resto de las lenguas europeas: huracán, hamaca, canoa, tabaco, maíz, cacique, barbacoa, iguana, sabana. Itiba Cahubaba pertenece a esa capa mínima de nombres taínos que llegaron hasta hoy porque un fraile jerónimo tuvo la disciplina de anotar en 1498 lo que él mismo no entendía del todo. Sin esa disciplina, sin la costumbre monástica de anotar aunque no se comprenda, y sin la mediación posterior de Alfonso de Ulloa que la tradujo al italiano en 1571, el nombre se habría perdido junto con la última generación de behíques hacia 1560 y hoy no tendríamos ni una sola palabra que pronunciar sobre la vieja ensangrentada.

Que su figura permanezca no depende ya de la oralidad taína, sino de la lectura contemporánea de esas once páginas conservadas en la traducción italiana de Ulloa. Cada generación de antropólogos, de arqueólogos y de escritores antillanos ha vuelto a Pané para tratar de reconstruir el mundo mental de los pueblos que habitaron el Caribe antes de 1492. La vieja ensangrentada aparece hoy en la poesía de Aida Cartagena Portalatín, en las novelas de Marcio Veloz Maggiolo, en el ensayo caribeño de Roberto Cassá y de Sebastián Robiou-Lamarche, siempre con el mismo peso simbólico: es la madre a la que le abrieron el vientre para que naciera el mundo antillano tal como los europeos lo encontraron y tal como los descendientes actuales de aquellos taínos han aprendido a nombrarlo desde el siglo XX.

Las figuras de barro con vientre abierto siguen apareciendo en excavaciones dominicanas y cubanas cada temporada de campo. Cada nueva pieza recuperada confirma que aquel relato oral que Pané tomó por «vanidad del demonio» era en realidad la memoria compartida de un pueblo entero, tallada en arcilla y repetida en los areytos rituales durante generaciones anteriores a Colón. Itiba Cahubaba es, en ese sentido, la más silenciosa y a la vez la más presente de las madres primordiales americanas: nadie la nombra ya en voz alta durante ceremonias vivas, pero su vientre roto sigue asomando cada vez que la pala del arqueólogo descubre en el barro seco de un bohío olvidado una figurina más de las que Ortiz solo había podido intuir a mediados del siglo XX.

Existe además un movimiento neotaíno contemporáneo, activo en Puerto Rico, República Dominicana, Cuba oriental y en la diáspora antillana de Nueva York y Miami. Sus integrantes reivindican descendencia biológica y cultural directa de los taínos prehispánicos, apoyados en los estudios genéticos publicados desde comienzos del siglo XXI que han demostrado la persistencia de ADN mitocondrial amerindio en un porcentaje significativo de la población caribeña actual. Dentro de este movimiento, la figura de Itiba Cahubaba ocupa un lugar particular: es invocada en las ceremonias de renacimiento y de reafirmación identitaria como la madre común que sacrificó su cuerpo para que los cuatro hermanos —y con ellos todos los taínos— pudieran existir. Que un mito registrado por un fraile catalán en 1498 vuelva a ser pronunciado, cinco siglos después, en las playas de Boquerón o en el Alto Manhattan de la diáspora, indica hasta qué punto la memoria mítica sobrevive a la extinción lingüística.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Itiba Cahubaba en el panteón taíno?

Es la madre primordial de los cuatro gemelos héroes culturales taínos. Muere durante el parto de cuádruples y su vientre es abierto post mortem para extraer a los recién nacidos, entre ellos Deminán Caracaracol, el gemelo del cascarón sarnoso. Su nombre significa literalmente «vieja ensangrentada» en taíno arahuaco. Aparece únicamente en los capítulos IX y X del texto de fray Ramón Pané, la única fuente etnográfica directa sobre la mitología antillana precolombina, escrita hacia 1498 en La Española por encargo de Cristóbal Colón.

¿Cuál es la fuente principal sobre Itiba Cahubaba?

La Relación acerca de las antigüedades de los indios que fray Ramón Pané redactó hacia 1498 por encargo de Cristóbal Colón durante la segunda estancia en La Española. Pané, jerónimo catalán, convivió con los taínos de la región de Macorix y Guarionex, aprendió parte de su lengua y anotó los relatos que los ancianos y behíques le contaban. Su breve manuscrito de apenas veintiséis capítulos es la única fuente directa sobre el panteón antillano prehispánico, conservado solo en la traducción italiana de Alfonso de Ulloa publicada en 1571.

¿Cómo mueren los cuatro hijos que salen de su vientre?

Los cuatro no mueren en el mito de Itiba Cahubaba: nacen. Deminán Caracaracol y sus tres hermanos anónimos salen vivos del vientre abierto post mortem de la madre. Su historia continúa después en el capítulo X de Pané, donde entran en la casa de Yaya, descuelgan la calabaza que contenía los huesos transformados en peces de Yayael, y provocan que el mar brote de esa calabaza rota. Los cuatro hermanos son héroes culturales, no víctimas del ciclo mítico. Deminán, el más nombrado, aparece después en otros relatos taínos como demiurgo secundario.

¿Por qué se compara a Itiba Cahubaba con Coatlicue mexica?

Porque ambas comparten una estructura mítica prácticamente idéntica: una madre primordial que muere o casi muere para que sus hijos, los héroes culturales, puedan emerger al mundo. Coatlicue es despedazada por Coyolxauhqui pero pare a Huitzilopochtli ya armado; Itiba Cahubaba muere de parto y le abren el vientre para sacar a Deminán y sus hermanos. José Juan Arrom (1975) argumentó que ambas versiones remiten a un sustrato mítico panamerindio anterior a la separación arahuaca-náhuatl, tal vez enraizado en el fondo cultural paleoindio común a todos los pueblos americanos.

¿Qué queda hoy de la figura de Itiba Cahubaba?

Queda la memoria arqueológica en las figuras de barro con vientre abierto recuperadas en Cuba central y Holguín, asociadas a bohíos caciques y no a enterramientos comunes. Queda la literatura antillana contemporánea, donde autores como Marcio Veloz Maggiolo o Aida Cartagena Portalatín han vuelto a la vieja ensangrentada como imagen fundacional del Caribe. Queda, sobre todo, el propio texto de Pané, que cada generación de antropólogos y arqueólogos vuelve a leer con lupa para reconstruir el mundo mental taíno anterior a 1492 desde las apenas once páginas conservadas.

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