Xibalba, el inframundo maya k’iche’ de los 12 señores del Popol Vuh

Lo esencial: Xibalba (Xib’alb’a en ortografía k’iche’ moderna) es el gran inframundo del panteón maya k’iche’, tal como aparece descrito en la Segunda Parte del Popol Vuh (compilado hacia 1544-1558 y transcrito por fray Francisco Ximénez ca. 1701-1702 en Chichicastenango). Es un reino subterráneo gobernado por doce señores organizados en pares duales —Jun-Camé y Vucub-Camé al frente, los demás emparejados por función patológica— que cobran sangre humana en seis casas de prueba: Casa Oscura, de las Navajas, del Frío, de los Jaguares, de los Murciélagos y del Fuego. El nombre significa literalmente «el lugar del miedo». Los gemelos héroes Hunahpu e Ixbalanque descienden a vengar a su padre asesinado y, tras superar las pruebas, derrotan a los doce señores.

Origen culturalMaya k’iche’ (Popol Vuh, altiplano guatemalteco) con paralelos en todo el mundo maya
TipoReino del inframundo gobernado por 12 señores duales
Función míticaRecibir a las almas de los muertos, cobrar sangre humana en las seis casas de prueba y ser derrotado ritualmente por los gemelos Hunahpu-Ixbalanque
AtestaciónPopol Vuh ~1544-1558 (transcripción de Ximénez 1701-1702), Códice Grolier, cerámica polícroma Clásica
Vigencia hoyEstructura viva en la etnografía maya k’iche’ actual; sitios arqueológicos referidos a Xibalba: cenote sagrado de Chichén Itzá, Actun Tunichil Muknal (Belice), Naj Tunich (Guatemala)

Bajo la superficie del altiplano guatemalteco —dice el Popol Vuh— hay un mundo entero. Se entra por una cueva profunda, se desciende por una pendiente escarpada, y al fondo se cruzan tres ríos: uno de sangre, uno de pus, uno de piedras filosas. Al otro lado espera Xibalba. El nombre, en k’iche’ antiguo, se descompone en dos raíces: xib’- significa miedo, pavor, susto físico; el sufijo -alb’a significa lugar, espacio, reino. Xib’alb’a es, literalmente, «el lugar del miedo». Y allí gobiernan doce señores, apareados de dos en dos como quien equilibra una balanza, cada par especializado en una forma distinta de sufrimiento humano.

El Popol Vuh es el libro sagrado del pueblo maya k’iche’ del altiplano guatemalteco. Fue compilado hacia 1544-1558 por un grupo de nobles k’iche’s letrados que, poco después de la conquista española, decidieron poner por escrito las tradiciones orales antiguas para que no se perdieran. El manuscrito original en k’iche’ se perdió, pero fray Francisco Ximénez, párroco dominico de Santo Tomás Chuilá (hoy Chichicastenango), lo encontró hacia 1701-1702 y lo copió con una traducción castellana en columnas paralelas. Ese manuscrito, hoy conservado en la Newberry Library de Chicago, es la fuente base de todas las ediciones modernas: la de Adrián Recinos (Fondo de Cultura Económica, 1947), la de Dennis Tedlock (Simon & Schuster, 1985/1996) y la crítica de Michela Craveri (UNAM, 2013).

La Segunda Parte del Popol Vuh —de las cuatro que componen el libro— narra íntegramente el ciclo de Xibalba. Es la parte más larga, la más detallada y la más rica en imágenes precisas. Cuenta cómo los señores del inframundo asesinan a Hun-Hunahpu y a Vucub-Hunahpu, cómo la hija de un señor de Xibalba concibe a los gemelos vengadores Hunahpu e Ixbalanque, y cómo estos descienden al reino subterráneo, sobreviven a las seis casas de prueba, derrotan a los doce señores mediante astucias sucesivas y finalmente ascienden convertidos en Sol y Luna. Este artículo recorre la geografía del inframundo, el listado completo de los doce señores duales, la función de las seis casas y las interpretaciones etnográficas y arqueológicas contemporáneas.

El Popol Vuh, los k’iche’s del altiplano y el nombre del miedo

Los k’iche’s son el pueblo maya más numeroso de Guatemala hoy —cerca de 1,7 millones de hablantes, según el censo nacional de 2018—, concentrados en los departamentos de Quiché, Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y Chimaltenango. En el momento de la conquista española, en 1524, tenían un estado consolidado con capital en Gumarcaaj (o Q’umarkaj, arrasada por Pedro de Alvarado ese mismo año y hoy sitio arqueológico junto a Santa Cruz del Quiché). Sus élites eran letradas: tenían códices propios —hoy todos perdidos, quemados por la conquista o por la evangelización posterior— en los que registraban su historia dinástica, su calendario ritual y sus relatos de fundación. El Popol Vuh es la memoria escrita de esa tradición perdida, redactada en alfabeto latino por nobles k’iche’s que aprendieron a escribir con los franciscanos y dominicos en los años posteriores a la caída de Gumarcaaj.

Fray Francisco Ximénez, dominico gallego destinado a la parroquia de Santo Tomás Chuilá en 1701, encontró el manuscrito k’iche’ original casi por casualidad —según cuenta él mismo en el prólogo de su copia. Lo transcribió íntegro, dispuso una traducción castellana en columna paralela, y lo integró en su Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala. Sin ese acto de conservación, el Popol Vuh se habría perdido: el manuscrito original en k’iche’ desapareció poco después. La copia de Ximénez pasó por diversas manos a lo largo del siglo XIX, fue llevada a Europa por el abate francés Charles Étienne Brasseur de Bourbourg —que hizo la primera edición europea en 1861— y finalmente terminó en la Newberry Library de Chicago, donde se conserva hoy con la signatura Ayer MS 1515.

La traducción del nombre «Xibalba» ha sido debatida por generaciones de mayanistas. La lectura estándar hoy —consolidada por Dennis Tedlock en su edición crítica de 1985/1996 y ratificada por Michela Craveri en Popol Vuh: Herramientas para una lectura crítica del texto k’iche’ (UNAM, 2013)— descompone la palabra en dos raíces: xib’-, verbo intransitivo que significa «temer», «asustarse», «estremecerse de miedo»; y el sufijo locativo -alb’a, que designa un lugar, un reino, un espacio delimitado. La glosa castellana literal sería «lugar del miedo» o «reino del pavor». Adrián Recinos, en su edición pionera de 1947, prefería la traducción «los del espanto» (aplicada a los habitantes del inframundo antes que al lugar mismo); Tedlock desplazó el énfasis hacia el sitio, y esa es la lectura hoy canónica.

La geografía de Xibalba en el Popol Vuh es minuciosa. Se entra por una cueva o abismo profundo. Se desciende por un camino escarpado y peligroso. En la parte baja se abren cuatro caminos de colores distintos —rojo, negro, blanco y amarillo— que corresponden a las cuatro direcciones y a las cuatro esquinas del mundo. Solo el camino negro conduce al centro de Xibalba. Al final del camino negro se cruzan tres ríos: el primero es de sangre, el segundo de pus, el tercero es de piedras filosas que cortan al que las pisa. Superados los tres ríos, el viajero llega ante el gran consejo de los doce señores, que preside la plaza central del inframundo. Allí, sentados en tronos de piedra, esperan Jun-Camé, «Uno Muerte», y Vucub-Camé, «Siete Muerte» —los reyes supremos de Xibalba—, flanqueados por los otros diez señores ejecutores.

Los doce señores duales y las seis casas de prueba

La organización política del inframundo maya es una simetría estricta de duplas. En la cúspide, dos reyes gemelos: Jun-Camé («Uno Muerte») y Vucub-Camé («Siete Muerte»), cuyos nombres remiten a dos posiciones opuestas del calendario ritual de 260 días. Bajo ellos, los diez señores ejecutores se organizan en cinco pares, cada par especializado en una función patológica concreta. Xiquiripat y Cuchumaquic son los juntadores de sangre —Xiquiripat significa literalmente «costra volante» y Cuchumaquic «sangre recogida»—; ellos provocan hemorragias, hematomas y coagulaciones fatales. Ahalpuh y Ahalgana son los pusgeneradores —los que hacen brotar pus, hinchazones y abscesos— y su especialidad son las infecciones purulentas de la piel y de las mucosas. Chamiabak y Chamiaholom —»portadores de bastones de hueso» el primero, «portadores de calaveras» el segundo— provocan la macilencia, la delgadez extrema, el desgaste del cuerpo hasta reducirlo a esqueleto vivo.

Los dos últimos pares son Ahalmez y Ahaltocob —los inmundiciarios, los que hacen morir de repente a los caminantes por las calles y los caminos, sin causa aparente, dejando el cadáver tirado en la vía pública— y Xic y Patán —portadores de red y garfio, respectivamente— que sofocan a los viajeros en los caminos apretándolos por el cuello hasta que escupen sangre y mueren. La lista completa de los doce, con esta organización dual estricta, aparece en el capítulo 2 de la Segunda Parte del Popol Vuh; Adrián Recinos la editó en su traducción canónica de 1947, y Dennis Tedlock la retradujo con anotaciones etnográficas en 1985. Cada nombre remite a una enfermedad o a una modalidad concreta de la muerte, de modo que el consejo entero funciona como una taxonomía completa del sufrimiento humano y del morir.

Además del consejo político, Xibalba dispone de seis edificios de prueba. Los aspirantes que llegan al inframundo —o los enviados por los señores para ser eliminados, como Hun-Hunahpu al principio del ciclo, o los gemelos Hunahpu-Ixbalanque después— son alojados sucesivamente en cada una de las seis casas, y solo salen vivos si logran resolver el enigma o superar la trampa que cada casa contiene. La primera es la Casa Oscura (Quequma Ha en k’iche’): un edificio sin luz alguna, en cuyo interior se entrega al aspirante un cigarro encendido y una raja de ocote resinoso, con la orden de mantenerlos ardiendo toda la noche y de devolverlos intactos al alba. Es imposible: el cigarro se consume, el ocote se agota. La segunda es la Casa de las Navajas (Chayin Ha): un edificio lleno de navajas de obsidiana pulida que vuelan solas por el aire cortando todo lo que encuentran. La tercera es la Casa del Frío (Xuxulim Ha): un edificio donde graniza sin parar y donde el frío mata.

La cuarta es la Casa de los Jaguares (Balami Ha): un edificio en cuyo interior deambulan jaguares hambrientos que devoran al aspirante. La quinta es la Casa de los Murciélagos (Zotzi Ha): un edificio donde vuelan murciélagos gigantescos con garras de pedernal —los famosos Camazotz de la iconografía Clásica maya— que decapitan al que se descuida un momento. La sexta y última es la Casa del Fuego: un edificio en cuyo centro arde una hoguera que consume todo lo que le arrojen. Las seis casas son las seis fases de un examen ritual. Sobrevivir a todas requiere tanto fuerza física como inteligencia, astucia y ayuda de aliados naturales —animales pequeños, insectos, plantas del monte— que en la lógica maya son también actores con voluntad. Los gemelos Hunahpu e Ixbalanque logran sobrevivir gracias a esa red de alianzas menores: los mosquitos les informan de los nombres de los señores, la tortuga les hace de doble en la Casa de los Murciélagos, las hormigas cortadoras les traen las flores prohibidas.

Hunahpu, Ixbalanque y la derrota ritual del inframundo

La primera derrota de Xibalba no ocurre por victoria abierta sino por auto-inmolación calculada. Después de superar las seis casas, los gemelos Hunahpu e Ixbalanque saben que Jun-Camé y Vucub-Camé no van a soltarlos vivos, y saben también —porque un adivino los ha avisado— que los señores planean matarlos en un horno hirviente y luego moler sus huesos y arrojar el polvo al río. Los gemelos toman la iniciativa. Se arrojan voluntariamente al horno, saltan juntos, se sacrifican. Los señores muelen los huesos y esparcen el polvo en el río. Pero el polvo, en el agua, se recompone: cinco días después los gemelos reaparecen como dos pescadores itinerantes, sin que los señores los reconozcan. Empiezan a hacer trucos por Xibalba —bailes, danzas, la muerte y resurrección de un perro— hasta que los señores, curiosos y admirados, los invitan a la plaza central para ver el espectáculo de cerca.

Allí los gemelos ejecutan el truco definitivo. Hunahpu decapita a Ixbalanque y luego lo resucita entero, ante el asombro del consejo. Después Hunahpu se decapita a sí mismo y también resucita. Jun-Camé y Vucub-Camé, extasiados, exigen que los sometan a ellos al mismo procedimiento: quieren experimentar la muerte y el retorno en primera persona. Los gemelos aceptan. Decapitan primero a Jun-Camé, luego a Vucub-Camé —y no los resucitan. Los dos reyes supremos de Xibalba mueren de veras. Los diez señores ejecutores, aterrados, se rinden. Los gemelos les imponen un pacto: en adelante Xibalba solo podrá recibir a las almas malas, no ya a las buenas; solo podrá cobrar sangre en formas menores; nunca más gobernará sobre la superficie de la tierra. Cumplido el pacto, los gemelos ascienden. Uno se convierte en Sol; el otro, en Luna. Es el final de la Segunda Parte del Popol Vuh.

La interpretación clásica del ciclo, formulada por J. Eric S. Thompson en Maya History and Religion (Oklahoma UP, 1970), lo lee como un mito solar: los gemelos son el Sol y la Luna en su fase de emergencia, y su descenso al inframundo prefigura el viaje nocturno del astro. Dennis Tedlock, en su edición de 1985 y en Rabinal Achi: A Mayan Drama of Sacrifice and War (Oxford UP, 2003), matiza esa lectura y añade una dimensión política: los doce señores de Xibalba serían una alegoría de las élites k’iche’s rivales o de las dinastías anteriores derrotadas, y la victoria de los gemelos anticipa la fundación mítica de la casa reinante de Gumarcaaj. David Freidel, Linda Schele y Joy Parker, en la obra pivote Maya Cosmos: Three Thousand Years on the Shaman’s Path (William Morrow, 1993), integran el ciclo dentro de la iconografía del eje cósmico maya: Xibalba sería el reino inferior de un modelo del universo de tres pisos, unido a la superficie terrestre y al cielo por el árbol sagrado ceiba que crece en el centro del mundo.

La arqueología ha añadido una lectura ctónica concreta. James Brady y Keith Prufer editaron en 2005 el volumen colectivo In the Maw of the Earth Monster: Studies of Mesoamerican Ritual Cave Use (University of Texas Press), obra pivote de la arqueoespeleología maya, que documenta el uso ritual continuo de cuevas y cenotes como accesos físicos al inframundo desde el período Preclásico hasta el Posclásico. Naj Tunich, la gran cueva del Petén guatemalteco descubierta en 1979 y con inscripciones jeroglíficas del período Clásico Temprano, es probablemente el ejemplo más espectacular: sus grafitos mencionan expresamente Xibalba y sus señores. Actun Tunichil Muknal, en Belice, contiene restos humanos sacrificados y ofrendas cerámicas depositadas hasta el fondo de la cueva, en actos ceremoniales de descenso simbólico al inframundo. Y el cenote sagrado de Chichén Itzá, el más famoso de todos, fue durante siglos un sitio de peregrinación yucateca donde se arrojaban ofrendas —oro, jade, cráneos humanos— al agua, en actos de contacto ritual con el inframundo maya.

Una mirada final

Xibalba no es una supervivencia arqueológica. Es una estructura viva en la etnografía maya contemporánea. Barbara Tedlock, en Time and the Highland Maya (University of New Mexico Press, 1982/1992), documenta en detalle cómo los ajq’ijab’ —los sacerdotes del calendario ritual k’iche’ de 260 días— siguen contando el ciclo de Hunahpu-Ixbalanque en las ceremonias del cambio de año, y cómo los nombres de Jun-Camé y Vucub-Camé aparecen todavía en los rezos de curación cuando el paciente ha sido afectado por algún tipo de «cobro» del inframundo. El modelo del inframundo de doce señores duales, seis casas de prueba y tres ríos rectores es todavía operativo en el imaginario ceremonial de las comunidades k’iche’s más tradicionales del altiplano guatemalteco —Momostenango, Chichicastenango, Santiago Atitlán— aunque las nuevas generaciones lo conocen cada vez más solo a través del Popol Vuh impreso, ya no de la transmisión oral directa.

El impacto cultural de Xibalba fuera del mundo maya ha sido considerable. Inspiró el nombre de una franja de fondo del sistema solar más allá de Neptuno bautizada informalmente «Xibalba» por astrónomos guatemaltecos en 2005; aparece en la novela El señor de Xibalba del poeta hondureño Roberto Sosa (1978), en el Popol Vuh orquestal del compositor guatemalteco Jorge Sarmientos (1961), y —más recientemente— en la película animada The Book of Life (Reel FX / Fox, 2014), donde el inframundo maya reaparece con una escenografía inspirada en la iconografía Clásica. Simon Martin y Nikolai Grube, en Chronicle of the Maya Kings and Queens (Thames & Hudson, 2000), señalan que varios reyes del período Clásico —K’inich Janaab Pakal de Palenque el más famoso— fueron enterrados en cámaras subterráneas escenificadas como accesos rituales a Xibalba, con inscripciones jeroglíficas que describen su viaje al inframundo tras la muerte.

Lo que hace singular al ciclo de Xibalba dentro del corpus mitológico universal es la doble condición estructural: es a la vez un reino permanente —los doce señores no dejan de existir tras la derrota, solo pierden parte de su poder— y un evento único, el descenso de los gemelos, que instaura para siempre las condiciones bajo las que la humanidad puede vivir sin ser aniquilada. En este sentido Xibalba se emparienta con el Duat egipcio de las doce horas nocturnas, con el Hades griego atravesado por Orfeo, con el Sheol hebreo visitado por los profetas, y con las nueve casas del Mictlan mexica que Mictlantecuhtli custodia al fondo. La geografía del inframundo, tanto por su severidad como por su capacidad de ser recorrida y desafiada, es una constante humana; el aporte específico del Popol Vuh es haber preservado esa geografía con un detalle político y numérico que ninguna otra tradición del continente americano igualó en volumen ni en precisión narrativa.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa exactamente el nombre «Xibalba»?

En k’iche’ antiguo, Xib’alb’a se descompone en dos raíces: xib’-, verbo intransitivo que significa «temer», «asustarse», «estremecerse de miedo»; y el sufijo locativo -alb’a, que designa un lugar o reino. La glosa castellana literal sería «el lugar del miedo» o «el reino del pavor». Adrián Recinos, en su edición canónica del Popol Vuh (Fondo de Cultura Económica, 1947), prefería traducirlo como «los del espanto» (aplicado a los habitantes antes que al sitio); Dennis Tedlock, en su edición de 1985, desplazó el énfasis hacia el lugar mismo, y esa es la lectura hoy estándar. Michela Craveri (UNAM, 2013) la ratificó en la edición crítica más reciente del texto k’iche’ con transcripción paleográfica y aparato filológico completo.

¿Quiénes eran exactamente los doce señores de Xibalba?

El Popol Vuh los enumera en el capítulo 2 de la Segunda Parte, organizados en seis pares duales. En la cúspide, dos reyes gemelos: Jun-Camé («Uno Muerte») y Vucub-Camé («Siete Muerte»). Bajo ellos, cinco pares de ejecutores especializados: Xiquiripat y Cuchumaquic (juntadores de sangre, causan hemorragias); Ahalpuh y Ahalgana (pusgeneradores, causan infecciones purulentas); Chamiabak y Chamiaholom (portadores de bastones de hueso y de calaveras, causan macilencia); Ahalmez y Ahaltocob (inmundiciarios, causan muertes súbitas en las calles); Xic y Patán (portadores de red y garfio, sofocan a los viajeros). Cada nombre remite a una enfermedad o modalidad concreta de la muerte, de modo que el consejo entero funciona como una taxonomía completa del sufrimiento humano.

¿Cuáles son las seis casas de prueba de Xibalba?

Las seis casas se describen en el capítulo 8 de la Segunda Parte del Popol Vuh. Son, por orden: la Casa Oscura (Quequma Ha, edificio sin luz donde hay que mantener un cigarro y una raja de ocote ardiendo toda la noche); la Casa de las Navajas (Chayin Ha, edificio con navajas de obsidiana volando solas); la Casa del Frío (Xuxulim Ha, edificio donde graniza sin parar); la Casa de los Jaguares (Balami Ha, con felinos hambrientos); la Casa de los Murciélagos (Zotzi Ha, con Camazotz gigantes de garras de pedernal); y la Casa del Fuego (con una hoguera central que consume todo). Los gemelos Hunahpu e Ixbalanque sobrevivieron a las seis gracias a la ayuda de aliados menores: mosquitos, tortugas y hormigas cortadoras del monte.

¿Qué edición del Popol Vuh es la más confiable hoy?

Depende del uso. Para una lectura general en castellano, la edición de Adrián Recinos (Fondo de Cultura Económica, 1947, con múltiples reimpresiones) sigue siendo el estándar de referencia y la más accesible. Para una traducción con anotaciones etnográficas modernas basadas en trabajo de campo entre los k’iche’s contemporáneos, la de Dennis Tedlock (Simon & Schuster, 1985 y edición ampliada 1996) es la más completa. Para el trabajo filológico y la comparación con el manuscrito de Ximénez, la edición crítica de Michela Craveri —Popol Vuh: Herramientas para una lectura crítica del texto k’iche’ (UNAM, 2013)— es hoy la referencia académica principal, con transcripción paleográfica del original y aparato crítico completo.

¿Se puede visitar hoy algún sitio arqueológico vinculado a Xibalba?

Sí, tres son especialmente notables. Naj Tunich, en el Petén guatemalteco (departamento de Petén, cerca de Poptún), es una gran cueva con inscripciones jeroglíficas del período Clásico Temprano que mencionan expresamente Xibalba; el acceso al público está restringido para conservación, pero se puede visitar con permiso previo del Instituto de Antropología e Historia. Actun Tunichil Muknal, en el distrito de Cayo de Belice, es una cueva ritual con restos humanos sacrificados y ofrendas cerámicas del período Clásico Tardío; se visita con guía obligatorio. Y el cenote sagrado de Chichén Itzá, en Yucatán (México), es el sitio de peregrinación yucateca donde se arrojaban ofrendas al inframundo; se visita libremente dentro del recorrido arqueológico principal. James Brady y Keith Prufer editaron en 2005 In the Maw of the Earth Monster (University of Texas Press), obra pivote de la arqueoespeleología maya que documenta estos y otros sitios.

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