Kisin, el dios lacandón del inframundo y los terremotos de Chiapas

En breve: Kisin (también Cizin, Kizin, Sisin) es el dios lacandón y yucateco de la muerte, del inframundo y de los terremotos. Su nombre significa literalmente «el hediondo», raíz que remite al olor fétido de la descomposición cadavérica. Habita en el Metnal (nombre yucateco) o Yalam Lu’um (submundo lacandón), donde recibe las almas de los muertos, cuida a las buenas hasta la reencarnación y tortura a las malas quemándolas con un cigarro sagrado. Los terremotos ocurren cuando Kisin sacude los pilares subterráneos que sostienen el mundo. Sus fuentes documentales van del Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa (~1566) hasta la etnografía contemporánea entre los lacandones Hach Winik de Chiapas.

Origen culturalLacandón Hach Winik (selva chiapaneca) y panteón maya yucateco colonial
TipoDios lacandón del inframundo y de los terremotos
Función míticaRecibir las almas en el Metnal-Yalam Lu’um, torturar a las almas malas con fuego y causar los terremotos
AtestaciónLanda ~1566, Códice de Dresde, Chilam Balam de Chumayel, Tozzer 1907, Boremanse 1986
Vigencia hoyCulto activo entre los ~600 lacandones de Naha y Metzabok (Chiapas); ceremonias con incensarios u lakil k’uh

En el linde de la selva chiapaneca donde el río Usumacinta traza la frontera con Guatemala todavía viven los lacandones. Son unas seiscientas personas repartidas entre los pequeños núcleos de Naha, Metzabok y Lacanha Chansayab, últimos hablantes del maya lacandón, últimos herederos directos de una religión ininterrumpida que nunca fue evangelizada del todo. En sus casas todavía humean los incensarios de barro llamados u lakil k’uh —literalmente «el rostro del dios»—, y en el aire del copal quemado aparecen los nombres del panteón: Hachäkyum el creador, Sukunkyum el hermano mayor, Mensäbäk el señor de la lluvia negra, Itsanohk’uh dios del cacao. Y también, entre todos ellos, Kisin.

Kisin es el opuesto necesario. Donde Hachäkyum modela a los seres humanos y les concede el aliento, Kisin espera bajo tierra para recibirlos cuando el aliento se acaba. Su nombre viene de la raíz maya kis-, que significa pedo, hedor, gas fétido —el mismo olor que despide un cadáver en descomposición. Los diccionarios coloniales yucatecos del siglo XVI lo registran como Cizin, y así aparece por primera vez en la letra impresa: en el manuscrito de fray Diego de Landa fechado hacia 1566, donde el franciscano lo describe como «el demonio que atormentaba a los que morían malamente». Ralph Roys, el gran mayanista de mediados del siglo XX, tradujo el nombre como «The Stinking One» —el hediondo— en Ritual of the Bacabs (University of Oklahoma Press, 1965).

Pero Kisin no es una figura folclórica menor ni el eco de una brujería popular. Es una pieza estructural del panteón maya, con presencia continua desde los códices posclásicos hasta las ceremonias lacandonas del siglo XXI. Es también el dios que hace temblar la tierra: cuando los pilares subterráneos del mundo crujen, cuando la selva se sacude y la casa de palma tiembla, los lacandones saben que Kisin está moviéndose allá abajo, y que hay que ofrecerle copal para calmarlo. Este artículo recorre la etimología del nombre, su iconografía en el Códice de Dresde, su función en el Metnal yucateco y en el Yalam Lu’um lacandón, y su vigencia entre los Hach Winik contemporáneos.

La raíz lacandona: quién es Kisin en la religión Hach Winik

Los lacandones se autodenominan Hach Winik, «los hombres verdaderos». Viven en un enclave de selva alta al noreste de Chiapas, en el perímetro de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, y su historia es la de una fuga colonial exitosa: cuando los franciscanos y dominicos intentaron evangelizar la selva lacandona en los siglos XVI y XVII, sus antepasados —posiblemente descendientes de grupos ch’oles y yucatecos huidos hacia el sur— se replegaron cada vez más adentro, hasta perderse en la espesura. Ese repliegue, documentado por el historiador belga Jan de Vos en La paz de Dios y del rey (1980), fue lo que preservó su religión. Cuando el antropólogo estadounidense Alfred M. Tozzer los encontró en 1901-1904 y publicó A Comparative Study of the Mayas and the Lacandones (Macmillan, 1907), documentó por primera vez con rigor un panteón maya vivo, no reconstruido a partir de códices ni de fuentes coloniales.

El panteón lacandón está jerarquizado. En la cúspide se halla Hachäkyum, el creador, junto con su esposa Xkalox y su hijo T’up. Debajo aparecen sus hermanos: Sukunkyum, el guardián del sol y guía de las almas; Mensäbäk, señor de la lluvia negra; Itsanohk’uh, dios del cacao; Ah K’in Chob, patrono del maíz. Y aparte, con función invertida, Kisin. En la variante recogida por Didier Boremanse entre los lacandones del norte de Naha (documentada en Contes et mythologie des Indiens Lacandons, L’Harmattan 1986, y luego en la edición castellana de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 1989), Kisin fue creado por Hachäkyum como una especie de hermano rival. La lógica es antigua: el creador necesita un contrapeso, alguien que se ocupe del otro extremo del ciclo. Hachäkyum modela a los seres humanos en barro y les sopla el aliento; Kisin los espera abajo, en el noveno piso del Metnal.

La geografía del inframundo lacandón tiene nueve niveles descendentes, una estructura que recuerda —sin identificarse plenamente— al Mictlan mexica de los nueve pisos. En el nivel más alto están los muertos recientes; en el más bajo, en el fondo, se encuentra la cámara donde reside Kisin. Allí, según lo recogió Tozzer en 1907 y ratificó Boremanse ochenta años después, Kisin toca una flauta hecha con hueso de tigrillo. La flauta suena hacia arriba, atraviesa los ocho niveles intermedios y llega hasta la superficie de la tierra, donde su sonido —dicen los ancianos lacandones— es lo que oyen los moribundos justo antes de expirar. La flauta llama, y el alma desciende. En este punto la etnografía moderna coincide con la iconografía del Códice de Dresde: en las láminas 14, 18 y 28 aparece el llamado «dios A», una figura esquelética con cuernos, con collar de ojos desprendidos y con signos de descomposición, identificado por Karl Taube en The Major Gods of Ancient Yucatan (Dumbarton Oaks, 1992) como Cizin en su versión clásica prehispánica.

Que Kisin sea el opuesto de Hachäkyum no significa que sea demoníaco en el sentido cristiano. Los lacandones —observó R. Jon McGee en Life, Ritual, and Religion Among the Lacandon Maya (Wadsworth, 1990) tras años de trabajo de campo en Naha— no piensan en Kisin como un ser malo al que haya que combatir. Piensan en él como en el segundo lado de una moneda de dos caras: sin destructor no hay creador, sin muerte no hay reencarnación, sin sismos que sacudan la tierra tampoco hay fertilidad renovada del suelo. Por eso los incensarios u lakil k’uh que se le ofrecen a Kisin son de la misma factura que los que se le ofrecen a Hachäkyum: barro sin cocer, cara humana modelada en el borde superior, boca abierta por donde sube el humo del copal. La diferencia está en la orientación del incensario dentro del altar y en la palabra rezada por el t’o’ohil, el ceremoniero mayor.

El Metnal, la flauta de tigrillo y el cigarro sagrado

Cuando un lacandón muere —relata Boremanse a partir de los testimonios de Chan K’in Viejo, el gran t’o’ohil de Naha fallecido en 1996 a los aproximadamente 104 años— su alma emprende un viaje descendente. Sukunkyum, el hermano mayor de Hachäkyum, la recoge y la conduce hacia el Yalam Lu’um, el mundo de abajo. En el camino la juzga: si el difunto vivió en paz con sus vecinos, si respetó las ofrendas de copal, si no maltrató a los animales de la selva, entonces Sukunkyum lo entregará a Mensäbäk, que lo bañará en las aguas de la lluvia negra hasta purificarlo, y de allí ascenderá para reencarnarse en un nuevo cuerpo humano. Pero si el difunto fue malo —adúltero, envidioso, homicida, si robó milpa ajena o si abandonó a sus hijos— entonces Sukunkyum lo entregará directamente a Kisin.

Kisin espera en el fondo del noveno nivel, sentado sobre una piedra, fumando un cigarro grueso de tabaco enrollado en hoja seca. Cuando el alma condenada llega, Kisin la agarra con manos huesudas y le aplica el cigarro encendido en la carne. La quema por partes: los pies primero, luego las piernas, el vientre, el pecho, hasta que la carne se desprende del hueso. Después de la incineración —relata Chan K’in a Boremanse en un pasaje registrado en el capítulo 4 de Contes et mythologie— Kisin recompone el esqueleto y le devuelve la carne, y vuelve a quemarlo. El ciclo se repite indefinidamente hasta que el alma se agota y desaparece, o hasta que un pariente vivo en la superficie ofrece suficiente copal a Hachäkyum como para rescatarla. Es una imagen atroz, sí, pero también funcional: define un sistema moral concreto, un incentivo material para vivir bien.

La flauta de hueso de tigrillo aparece en varias variantes del mito. Tozzer la mencionó en 1907 sin poder documentarla del todo; Boremanse la recogió con más detalle setenta y nueve años después. En la variante de Naha, Kisin fabricó la flauta con la tibia de un jaguar (o tigrillo, bahlum en maya lacandón) que había cazado personalmente en los albores del mundo, cuando los animales todavía hablaban con los dioses. La flauta tiene cuatro agujeros y produce cinco notas. La escala musical que emite es —según los t’o’ohilob que se la describieron a Boremanse— la escala del llamado de la muerte: cuando alguien está a punto de morir en un pueblo lacandón y un miembro de la familia oye desde lejos un sonido flauteado que nadie identifica, sabe que es Kisin llamando. Los antropólogos han preguntado si alguna vez se ha grabado ese sonido; la respuesta ceremonial es que «eso no se graba, se oye una sola vez».

El otro atributo mayor de Kisin son los terremotos. La geografía maya es sísmica: la placa de Cocos se hunde bajo la placa del Caribe frente a las costas de Chiapas y Guatemala, y en toda el área maya los sismos son una realidad recurrente. En la explicación lacandona —y también en la yucateca clásica registrada por Landa— el mundo se sostiene sobre pilares o columnas subterráneas. Cuando Kisin se enfada, o cuando está aburrido en el noveno nivel, sacude uno de esos pilares. La tierra tiembla arriba. Si Kisin sacude un pilar entero, se produce un gran terremoto y muchas casas caen; si sacude solo un pilar pequeño, la tierra apenas se estremece. Por eso, ante un sismo fuerte, los lacandones tradicionalmente encienden un incensario extra y le ofrecen copal a Kisin, para que se calme y suelte el pilar. Es la misma explicación cosmográfica que Landa recogió en Yucatán en 1566: allí, además, los pilares eran cuatro y los sostenían los Bacabes en las cuatro esquinas del mundo, mientras Cizin se ocupaba de sacudirlos desde abajo.

Cizin en Landa, el dios A del Códice de Dresde y las lecturas modernas

La primera aparición de Kisin en un texto escrito con alfabeto latino se debe a fray Diego de Landa, el franciscano provincial de Yucatán que redactó hacia 1566 la Relación de las cosas de Yucatán. Landa había participado personalmente en el auto de fe de Maní en 1562, en el que se quemaron centenares de códices mayas y decenas de personas fueron torturadas; después, para defenderse de los cargos que le abrió la Corona española, Landa escribió su Relación, mezcla de reconocimiento etnográfico y penitencia. Allí describe a Cizin como el señor del Metnal, el noveno piso del inframundo yucateco. Escribe Landa que los yucatecos «temían maravillosamente al Cizin» y que a los ladrones y a los que habían muerto de forma violenta «los llevaba consigo» a torturarlos por la eternidad. Alfred Tozzer editó y anotó exhaustivamente esta obra en Landa’s Relación de las Cosas de Yucatán (Peabody Museum de Harvard, 1941), estableciendo la equivalencia técnica Cizin = Kisin lacandón = dios A del Códice de Dresde.

El Códice de Dresde es uno de los cuatro códices mayas prehispánicos que sobrevivieron a la destrucción colonial. Datado hacia el siglo XI-XII, se conserva desde 1739 en la Sächsische Landesbibliothek de Dresde (Alemania). En sus 78 páginas hay tablas astronómicas de Venus, ciclos de eclipses, ceremonias del año nuevo y representaciones del panteón. El «dios A» —así lo bautizó Paul Schellhas en su clasificación por letras de 1897— aparece en al menos veinte láminas: figura esquelética o semiesquelética, con cuernos frontales, con costillas visibles, con collar de globos oculares desprendidos, con manchas negras que Karl Taube interpretó en The Major Gods of Ancient Yucatan (1992) como signos de putrefacción cadavérica. Taube demostró que el dios A del Dresde corresponde iconográficamente al Cizin de Landa y, por línea de continuidad, al Kisin lacandón. La misma figura aparece también en los códices de París y de Madrid, y en la iconografía funeraria del período Clásico maya, tanto en la cerámica polícroma catalogada por Justin Kerr en The Maya Vase Book (Kerr Associates, 1989-2000) como en los murales de Bonampak.

La interpretación clásica de Kisin como dios de la muerte fue formulada por J. Eric S. Thompson en Maya History and Religion (University of Oklahoma Press, 1970), obra pivote del pensamiento mayanista del siglo XX. Thompson lo colocó en la línea de deidades ctónicas comunes al conjunto mesoamericano: contraparte de Mictlantecuhtli mexica, de Pitao Bezelao zapoteco, de Ah Puch —a quien Thompson identificaba como otro nombre yucateco para la misma figura. Interpretaciones posteriores han matizado esa equivalencia. Karl Taube (1992) argumentó que Ah Puch y Cizin/Kisin son dos deidades emparentadas pero distintas: Ah Puch sería el dios de la muerte violenta y de los sacrificios humanos, mientras que Cizin/Kisin sería más específicamente el dios del inframundo y de la descomposición corporal. Enrique Florescano, en Los mitos de creación del pueblo maya (Taurus, 2017), integra ambas figuras dentro de un continuo ctónico más amplio en el que también intervienen los Bacabes y el jaguar solar nocturno.

Marianna Appel Kunow, en Maya Medicine: Traditional Healing in Yucatán (University of New Mexico Press, 2003), documenta la persistencia del temor a Cizin/Kisin en la medicina tradicional yucateca contemporánea. Los h-men —curanderos rituales— siguen invocando su nombre al conjurar enfermedades como la disentería, las hemorragias intestinales y ciertos tipos de fiebre que la etnografía biomédica no logra clasificar del todo. En algunos pueblos del interior de Yucatán —Xocén, Chichimilá, Chichén Nuevo— todavía se dice que las almas de los suicidas van directamente al Metnal a servir a Cizin, y por eso los suicidios se entierran en tierra no consagrada. La continuidad, desde el Códice de Dresde del siglo XII hasta el ritual de un h-men yucateco del año 2020, es de casi novecientos años sin interrupción documental. Pocas deidades del panteón americano pueden documentar una trayectoria semejante.

Más allá del mito

Kisin no es una supervivencia folclórica; es una función activa dentro de un sistema religioso que sigue vivo. Los lacandones contemporáneos —Naha, Metzabok, Lacanha Chansayab— son quizá el último enclave del mundo maya donde una religión precolonial no evangelizada continúa operando en el siglo XXI, aunque con presiones crecientes: el avance de la deforestación, la migración de los jóvenes a Palenque o a San Cristóbal de las Casas, la conversión creciente al pentecostalismo y al adventismo del séptimo día. Chan K’in Viejo, el gran t’o’ohil de Naha, murió en 1996 y con él se fue el último ceremoniero pleno del sitio; su hijo Chan K’in Chico continúa el linaje pero con un dominio menor del ritual. Cada década que pasa, Kisin queda con menos guardianes.

Pero incluso si la vertiente lacandona del culto se atenuara, la figura sobreviviría. Aparece en la cultura popular yucateca contemporánea —los abuelos siguen contando historias de Cizin para asustar a los niños que no obedecen— y aparece también en la literatura reciente. Enrique Florescano lo integró como pieza clave en Los mitos de creación del pueblo maya (2017); la novela El invierno de Gunter del yucateco Juan García Ponce lo menciona; y en el cine, la película Chamula de Jorge Aguilera hace un guiño explícito al ciclo de Kisin y los t’o’ohilob. En 2017, un chamán reciente del área del Petén guatemalteco recibió el nombre ritual de «Kisin K’awil», en un gesto de conexión entre la línea lacandona y las tradiciones k’iche’ de más al sur.

Queda por último la dimensión geológica. Los sismos siguen sacudiendo el sur de México y el norte de Guatemala con regularidad —el terremoto de 7,1 grados de septiembre de 2017 en Chiapas fue uno de los más fuertes del último siglo. La explicación científica es la subducción de la placa de Cocos bajo la del Caribe. La explicación lacandona es que Kisin está sacudiendo un pilar. Ninguna de las dos anula a la otra; funcionan en registros distintos. Y en las noches en que la tierra tiembla, en la casa de palma de un abuelo lacandón todavía se encienden los incensarios y se ofrece copal, por si acaso.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa exactamente el nombre «Kisin»?

Kisin viene de la raíz maya kis-, que en lacandón, en yucateco y en varias lenguas mayenses significa «pedo», «gas fétido» u «olor de descomposición». Ralph Roys, en Ritual of the Bacabs (University of Oklahoma Press, 1965), lo tradujo al inglés como «The Stinking One» (el hediondo) o «The Farting One» (el pedorro). La lógica del nombre remite al olor del cadáver en descomposición: Kisin es literalmente el señor de ese olor, y por extensión el señor de la muerte física. En la variante yucateca colonial se registra como Cizin, con la grafía castellana del siglo XVI; los lacandones contemporáneos dicen Kisin o a veces Kizin. Todas las formas remiten a la misma raíz y a la misma figura del panteón.

¿Cuál es la diferencia entre Kisin y Ah Puch?

La tradición mayanista los ha equiparado a menudo, pero Karl Taube demostró en The Major Gods of Ancient Yucatan (1992) que son dos figuras distintas aunque emparentadas. Ah Puch aparece asociado a la muerte violenta y a los sacrificios humanos, con iconografía de cuchillo de pedernal y manos ensangrentadas; Cizin/Kisin es más específicamente el señor del inframundo, del olor de la descomposición y de los terremotos, con iconografía esquelética y cigarro sagrado. Ambos pueden compartir escenas —en el Códice de Dresde aparecen a veces juntos— pero cumplen funciones diferentes dentro del panteón. J. Eric S. Thompson los había fusionado en 1970 en Maya History and Religion; Taube los separó en 1992 y esa distinción es hoy la posición estándar del mayanismo académico.

¿Todavía se rinde culto a Kisin en el siglo XXI?

Sí, aunque con base social menguante. Los lacandones Hach Winik —unas seiscientas personas repartidas entre Naha, Metzabok y Lacanha Chansayab, en el noreste de Chiapas— mantienen ceremonias con incensarios u lakil k’uh en los que se le ofrece copal a Kisin junto con Hachäkyum y los demás dioses del panteón. R. Jon McGee documentó ese culto vivo en Life, Ritual, and Religion Among the Lacandon Maya (Wadsworth, 1990) y Didier Boremanse hizo lo mismo en Cuentos y mitología de los lacandones (Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 1989). La presión evangélica pentecostal ha reducido el número de familias practicantes a menos de la mitad respecto a los años ochenta, pero el linaje ceremonial no se ha extinguido y se transmite todavía de un t’o’ohil al siguiente.

¿Por qué causa Kisin los terremotos según los lacandones?

Según la tradición lacandona registrada por Tozzer en 1907 y ratificada por Boremanse ochenta años después, el mundo se sostiene sobre pilares o columnas subterráneas. Kisin habita en el noveno nivel del Metnal, debajo de esos pilares. Cuando se enfada, o cuando se aburre, sacude uno de ellos. La superficie tiembla en función de la fuerza y el número de pilares movidos: un temblor leve significa que Kisin apenas rozó un pilar; un terremoto grande significa que sacudió varios en paralelo. Ante un sismo, tradicionalmente se enciende un incensario extra y se le ofrece copal para calmarlo. Esta explicación cosmográfica está atestiguada también en el registro yucateco de Landa (1566), con la variante de los cuatro Bacabes sosteniendo los pilares desde las esquinas mientras Cizin los agita desde abajo.

¿Aparece Kisin en los códices mayas prehispánicos?

Sí, bajo la denominación técnica de «dios A». Paul Schellhas propuso en 1897 una clasificación alfabética del panteón maya representado en los cuatro códices supervivientes (Dresde, París, Madrid y el Grolier). El «dios A» —figura esquelética con cuernos, con costillas visibles, con collar de globos oculares desprendidos y con manchas negras de putrefacción— aparece en al menos veinte láminas del Códice de Dresde (siglo XI-XII), y también en el de Madrid y el de París. Karl Taube demostró en 1992 que ese dios A del Dresde corresponde iconográficamente al Cizin de la Relación de Landa (1566) y, por continuidad, al Kisin lacandón contemporáneo. Existen además representaciones en cerámica polícroma del período Clásico (250-900 d.C.), catalogadas en The Maya Vase Book de Justin Kerr (1989-2000), y en los murales del cuarto 3 de Bonampak.

Deja un comentario