Para empezar: Nappatecuhtli fue el dios patrón corporativo de los tejedores mexicas de esteras de tule —el petlatl—, una de las divinidades menores del panteón nahua clásico cuyo culto aparece registrado con detalle por fray Bernardino de Sahagún en el capítulo veinte del Libro I del Códice Florentino, hacia 1577. Su iconografía lo muestra con el rostro pintado de negro —color de la humildad artesana—, vestido con túnica corta de algodón blanco y tocado con sombrero de junco trenzado, sentado sobre una estera geométrica y sosteniendo un hacha de piedra en cada mano, las mismas hachas con las que sus fieles cortaban los tules del Lago de Texcoco. Su fiesta principal se celebraba en el mes Tepeilhuitl, decimocuarta veintena del calendario xihuitl mexica, y su culto pervive hoy entre los tejedores de petate de Xochimilco y de la Ciénaga de Chalco, en la periferia hidráulica del antiguo lago que la Ciudad de México ha ido secando durante los últimos cinco siglos.
| Origen cultural | Mexica (náhuatl clásico, patrón corporativo artesanal, valle de México postclásico) |
| Tipo | Dios patrón de los tejedores de esteras de tule (petlatl) |
| Función mítica | Inventar la técnica del tejido de tule y ser patrón corporativo de los artesanos del petlatl |
| Atestación | Sahagún ~1577 Libro I cap. 20, Códice Florentino Libro I lámina 15, Códice Borbónico, Códice Magliabechiano, Códice Ríos |
| Vigencia hoy | Culto vivo entre los tejedores contemporáneos de petate de Xochimilco (Ciudad de México) y de la Ciénaga de Chalco (Estado de México); presente en la fiesta anual de la Virgen de los Remedios en Chapultepec (Puebla) |
El panteón mexica documentado por los cronistas del siglo XVI —Sahagún, Diego Durán, Andrés de Olmos, el autor anónimo de los Anales de Cuauhtitlán— reunía cientos de divinidades organizadas en varios niveles jerárquicos. En la cúspide, los grandes dioses cósmicos: Huitzilopochtli, dios patrono de Tenochtitlán; Tláloc, señor de la lluvia y de las montañas; Quetzalcóatl, la serpiente emplumada; Tezcatlipoca, el espejo humeante; Xipe Tótec, el desollado. Más abajo, las divinidades cíclicas asociadas a las veintenas del calendario xihuitl, a los signos del tonalpohualli, a los rumbos cardinales del mundo. Y en la base misma del sistema religioso mexica, un conjunto abigarrado de divinidades menores cuya función principal era acompañar y proteger los oficios artesanales que sostenían la economía urbana de México-Tenochtitlán en el siglo XV.
A estos dioses menores los llama Alfredo López Austin, en Cuerpo humano e ideología (UNAM, 1980), los «dioses corporativos» del panteón mexica: cada oficio urbano tenía su patrón divino específico. Yacatecuhtli patrocinaba a los pochteca —los mercaderes de largas distancias que recorrían Mesoamérica—; Xipe Tótec, además de sus funciones cósmicas, protegía a los orfebres del barrio de Yopico; Coyotlinahual velaba por los amanteca, los tejedores de plumas del barrio de Amantla; Chicomecóatl amparaba a las cultivadoras del maíz; Ilamatecuhtli era la patrona de las tejedoras de algodón. Cada corporación tenía su templo menor, sus fiestas anuales, sus rituales específicos, sus ofrendas propias, sus sacerdotes especializados. Ese entramado de patronazgos divinos era el que ordenaba la vida productiva cotidiana de la capital mexica en los decenios previos a la conquista española de 1521.
En ese cuadro religioso ocupaba Nappatecuhtli un lugar modesto pero necesario: el de patrón corporativo de los tejedores de esteras de tule, los artesanos que fabricaban el objeto más básico del ajuar doméstico mesoamericano —el petate sobre el que dormía, comía y trabajaba cada familia mexica del pueblo llano—. Su nombre náhuatl, Nappa-tecuhtli, se traduce habitualmente como «el señor cuatro veces» o «el señor de los cuatro rumbos», una etimología que remite a las cuatro esquinas cardinales del propio petate rectangular. Este artículo recorre las tres capas de su figura: el contexto religioso y económico de los dioses corporativos del panteón mexica, el mito fundacional que le atribuye la invención del tejido de tule y su fiesta anual del mes Tepeilhuitl, y la lectura contemporánea que la antropología mexicanista ha hecho de él desde los trabajos pivote de López Austin y Michel Graulich en las últimas cuatro décadas.
El panteón corporativo mexica y el oficio del petate
Índice
El panteón corporativo mexica documentado por Sahagún reunía al menos una docena de divinidades específicamente dedicadas a los oficios artesanales de la capital. Cada una de esas divinidades tenía su propio templo menor dentro del recinto sagrado de Tenochtitlán, su propia fiesta anual dentro del calendario de las dieciocho veintenas, y un cuerpo específico de sacerdotes que se ocupaba de sus rituales. Junto a Nappatecuhtli, el Códice Florentino menciona a Coyotlinahual, patrón de los amanteca —los tejedores de plumas cuyo barrio, Amantla, se dedicaba a fabricar los tocados ceremoniales de la aristocracia mexica—; a Xipe Tótec en su advocación de patrón de los orfebres del barrio de Yopico; a Yacatecuhtli, protector de los pochteca; a Ilamatecuhtli, patrona de las tejedoras de algodón; y a Chicomecóatl, patrona de las cultivadoras de maíz. Cada oficio artesanal tenía, en la práctica religiosa cotidiana, su divinidad tutelar específica ante la que sus miembros se encomendaban al iniciar la jornada de trabajo diaria.
El oficio del que Nappatecuhtli era patrón divino era el de tejer el petlatl, la estera rectangular de tule que constituía el mueble básico de todo hogar mesoamericano. En una casa mexica del pueblo llano no había apenas mobiliario según los cánones europeos: no había sillas, ni camas, ni mesas altas, ni armarios. El petate cumplía todas esas funciones a la vez: se dormía sobre él, se comía sentado sobre él, se recibía sobre él a los visitantes, se enrollaba durante el día para dejar libre el espacio de la vivienda, se envolvía en él a los muertos para su entierro secundario. El propio verbo español «petatearse» —morirse, en el habla popular mexicana contemporánea— deriva de ese uso funerario prehispánico del petate como sudario del difunto. Frances Berdan y Patricia Anawalt, en su edición del Códice Mendoza (California UP, 1992), documentan que los tributos anuales que los pueblos sometidos enviaban a Tenochtitlán incluían regularmente miles de petates de distintas calidades, lo que da idea del volumen económico de este oficio artesanal en la capital mexica del siglo XV.
La materia prima del petate era el tule —el junco acuático Typha domingensis y también Cyperus canus— que crecía en abundancia en las orillas cenagosas del Lago de Texcoco y de los lagos menores del valle de México: Xochimilco, Chalco, Xaltocan, Zumpango. El proceso de fabricación exigía cortar los juncos con hachas de piedra —las mismas que Nappatecuhtli sostiene en sus manos en la lámina 15 del Libro I del Códice Florentino—, secarlos al sol durante varios días para eliminar la humedad interior de la caña, dividirlos longitudinalmente en tiras finas de dos o tres milímetros, y trenzarlos siguiendo patrones geométricos precisos que las tejedoras aprendían de sus madres durante toda la infancia. Los patrones más comunes eran el trenzado simple en damero, el trenzado en espiga y el trenzado con motivos geométricos concéntricos que evocaban las cuatro esquinas cardinales del mundo. Esta última asociación es la que da a Nappatecuhtli su nombre —»el señor cuatro veces»— y su papel como divinidad cuya iconografía repite constantemente el motivo cuatripartito del petate rectangular.
El mito de invención del petate y la fiesta de Tepeilhuitl
El relato mítico fundacional de Nappatecuhtli, tal como lo recoge Sahagún en el capítulo veinte del Libro I de su Historia general de las cosas de Nueva España, cuenta que antes de la aparición de este dios los mexicas dormían directamente sobre la tierra fría de sus casas, sin protección alguna contra la humedad del suelo ni contra los insectos que se refugiaban en las esquinas de las viviendas. Fue Nappatecuhtli el que enseñó a los primeros tejedores el arte de cortar los tules del lago, secarlos, dividirlos en tiras y trenzarlos en esteras rectangulares que aislaban al durmiente del suelo y proporcionaban una superficie limpia sobre la que descansar. Cada estera representaba, en el orden simbólico del mito, el mundo terrenal mismo —una superficie plana con cuatro esquinas cardinales, como las cuatro direcciones del cosmos mesoamericano—, y por eso el dios recibió el nombre de «el señor cuatro veces»: porque cada uno de sus petates repetía en pequeño la estructura geométrica del universo entero según el orden religioso mexica.
La fiesta principal de Nappatecuhtli se celebraba en el mes Tepeilhuitl, decimocuarta veintena del calendario xihuitl mexica, que caía aproximadamente entre finales de octubre y mediados de noviembre según nuestro calendario gregoriano. Tepeilhuitl —»la fiesta de las montañas»— era la veintena dedicada a los cerros tutelares del valle de México y a los Tlaloques, los cuatro señores menores de la lluvia cardinales, a los que algunos manuscritos coloniales asocian directamente con Nappatecuhtli como una de sus cuatro advocaciones regionales. Michel Graulich, en Ritos aztecas: las fiestas de las veintenas (INI, 1999), documenta con detalle las ceremonias del mes Tepeilhuitl: procesiones de los tejedores del barrio de Xochimilco cargando sus esteras nuevas hasta el templo menor del dios en el recinto sagrado de Tenochtitlán, sacrificios rituales de codornices sobre el altar de tules trenzados, consumo ceremonial de pulque para inducir el estado alterado de conciencia necesario para tejer los patrones geométricos más complejos, y ofrendas de figurillas de amaranto que representaban las cuatro montañas cardinales del valle de México —Tlaloc, Poyauhtécatl, Iztaccíhuatl y Popocatépetl—.
La iconografía del dios aparece con especial claridad en la lámina 15 del Libro I del Códice Florentino, uno de los manuscritos ilustrados más completos que se han conservado del México prehispánico tardío. Allí Nappatecuhtli aparece entronizado sobre una estera geométrica de patrón cuatripartito, con el rostro pintado íntegramente de negro —color de la humildad artesana y del oficio nocturno, según la interpretación cromática de López Austin—, vestido con una túnica corta de algodón blanco que le llega hasta media pierna, y tocado con un sombrero cónico de junco trenzado. En una mano sostiene una hacha de piedra —la herramienta con la que se cortaban los tules del lago—; en la otra, un ramo de plantas acuáticas que evoca la materia prima del oficio. Los estudios iconográficos de Elizabeth Boone en The Aztec World (Smithsonian, 1994) y de Karl Taube en Aztec and Maya Myths (British Museum, 1993) coinciden en subrayar la coherencia interna de esta representación: cada elemento del atavío del dios remite directamente a un momento específico del proceso artesanal que él patrocina desde su nicho ceremonial menor.
Lectura contemporánea: economía religiosa y patrones divinos
La antropología mexicanista contemporánea ha dedicado buena parte de sus esfuerzos, desde los años setenta del siglo pasado, a reconstruir el sistema religioso corporativo del que Nappatecuhtli formaba parte. Alfredo López Austin, en dos obras pivote —Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos nahuas (UNAM, 1980) y Tamoanchan y Tlalocan (FCE, 1994)—, propuso una lectura del panteón mexica que no lo veía como un catálogo desordenado de figuras yuxtapuestas sino como un sistema ordenado en varios niveles jerárquicos con lógicas internas propias. En su lectura, los dioses corporativos como Nappatecuhtli ocupaban un nivel intermedio entre los grandes dioses cósmicos y las divinidades familiares del hogar: eran figuras específicas cuya función religiosa se disponía en torno a la reproducción social de un oficio urbano concreto. Cada gremio artesanal reconocía en su patrón divino un ancestro mítico que había fundado el oficio y del que los tejedores actuales seguían aprendiendo generación tras generación en la línea directa de transmisión materna.
Michel Graulich, en su clásico Mitos y rituales del México antiguo (Istmo, 1990/2000) y en Ritos aztecas: las fiestas de las veintenas (INI, 1999) —dos trabajos igualmente pivote sobre el sistema calendárico mexica—, matizó y enriqueció esta lectura estructural. Graulich mostró que las fiestas de las dieciocho veintenas del calendario xihuitl formaban un ciclo anual coordinado en el que cada divinidad menor tenía su momento específico dentro del calendario ceremonial de la capital. Tepeilhuitl era el mes en el que se celebraba a Nappatecuhtli, pero también a las Ixcuiname —las cinco advocaciones de Tlazoltéotl—, a Xochiquétzal en su función lunar, y a Mayahuel como diosa del maguey. La coincidencia entre estas divinidades en la misma veintena no era casual: cada una de ellas correspondía a un momento específico del ciclo agrícola y artesanal anual, y su celebración compartida obedecía a una lógica interna precisa del calendario ritual mexica documentado por Sahagún en el Libro II del Códice Florentino.
Elizabeth Boone, en The Aztec World (Smithsonian, 1994), y Karl Taube en Aztec and Maya Myths (British Museum, 1993), completaron esta reconstrucción con un análisis iconográfico riguroso de los códices coloniales tempranos —Borbónico, Magliabechiano, Ríos, Mendoza— que documentan a Nappatecuhtli y a los otros dioses corporativos del panteón mexica. Sus trabajos mostraron que la representación gráfica de estos dioses menores no era arbitraria sino que respondía a un lenguaje visual codificado en el que cada color, cada atributo, cada elemento del atavío tenía un significado religioso preciso. El rostro pintado de negro de Nappatecuhtli, por ejemplo, no era un detalle decorativo sino un signo específico de su condición de dios artesano —los dioses artesanos y los oficiantes de bajo rango se pintaban tradicionalmente el rostro de negro, mientras los grandes dioses cósmicos y los guerreros aparecían con el rostro pintado en otros colores cargados de significado— y su sombrero de junco trenzado remitía directamente al oficio artesanal específico que patrocinaba. Susan Kellogg, en Weaving the Past (Oxford UP, 2005), añade la dimensión de género al análisis: la mayoría de los tejedores de petate históricamente atestiguados en las fuentes coloniales y contemporáneas son mujeres, y por tanto el culto a Nappatecuhtli era en buena medida un culto femenino urbano cuya organización interna se ha reconstruido solo parcialmente hasta hoy.
Lo que permanece
El culto a Nappatecuhtli, como el conjunto del panteón mexica documentado por Sahagún, fue oficialmente extirpado tras la conquista española de 1521 y las campañas subsiguientes de evangelización cristiana dirigidas por los frailes franciscanos y dominicos del siglo XVI. Pero el oficio del que era patrón divino —el tejido de petate a partir de los tules del antiguo Lago de Texcoco— pervivió durante todo el periodo colonial y ha llegado hasta nuestros días en algunas comunidades chinamperas de la periferia sur de la Ciudad de México y del Estado de México, allí donde los restos del sistema lacustre prehispánico aún permiten el cultivo de los juncos necesarios para la fabricación de las esteras tradicionales según la técnica heredada.
Los trabajos etnográficos de Ana Rita Valero de García Lascuráin, publicados por el INAH desde los años ochenta, y las investigaciones más recientes del equipo del Museo Nacional de Culturas Populares dirigidas por Marta Turok, han documentado la pervivencia de estas comunidades de tejedores de petate en tres núcleos principales: los barrios chinamperas de Xochimilco —San Gregorio Atlapulco, Santa María Nativitas, San Luis Tlaxialtemalco—, las comunidades de la Ciénaga de Chalco en el municipio mexiquense de Valle de Chalco Solidaridad, y las poblaciones tejedoras del norte del estado de Puebla en torno al pueblo de Chapultepec, donde el oficio se ha convertido en la principal fuente de ingresos de más de doscientas familias. En estos tres núcleos el proceso técnico de fabricación del petate sigue siendo esencialmente el mismo que documentaba Sahagún en el siglo XVI: corte de los tules con hoces metálicas —las hachas de piedra prehispánicas fueron sustituidas por hoces europeas ya en el siglo XVII—, secado al sol durante cuatro o cinco días, división longitudinal en tiras finas de dos milímetros, y trenzado geométrico sobre bastidores de madera fabricados por los propios artesanos.
Los propios tejedores contemporáneos de Xochimilco, en las entrevistas etnográficas recopiladas por Valero de García Lascuráin, siguen refiriéndose a Nappatecuhtli con el nombre castellanizado de «el patrón del petate» o «el señor de las cuatro esquinas», especialmente durante la fiesta anual de la Virgen de los Remedios que se celebra en Chapultepec Puebla el primer domingo de septiembre. Esa fiesta —oficialmente cristiana desde el siglo XVII, cuando los franciscanos instalaron el culto mariano en el pueblo— conserva sin embargo elementos ceremoniales prehispánicos claros: la procesión encabezada por tejedoras cargando sus esteras nuevas, las ofrendas de plantas acuáticas y de figurillas de amaranto sobre el altar de la Virgen, y el consumo ceremonial de pulque durante la vigilia nocturna. Marta Turok y su equipo del Museo Nacional de Culturas Populares han documentado con precisión etnográfica esta pervivencia sincrética del culto colonial mexica en las comunidades tejedoras contemporáneas del centro de México, y sus trabajos permiten reconstruir con precisión razonable la vitalidad actual de un culto religioso que las crónicas del siglo XVI describían hace ya más de cuatrocientos cincuenta años en la capital de la Triple Alianza.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Nappatecuhtli en náhuatl clásico?
El nombre náhuatl Nappatecuhtli —o Napatecuhtli, según algunas transcripciones alternativas de los códices coloniales tempranos— reúne dos raíces del náhuatl clásico. La primera, nappa o nappan, significa «cuatro veces» o «por las cuatro partes», y remite al numeral básico nahui («cuatro») declinado en su forma iterativa. La segunda raíz, tecuhtli, es el título nobiliario nahua estándar que se traduce habitualmente como «señor» o «dignatario», y aparece en decenas de nombres divinos del panteón mexica —Yacatecuhtli, Xiuhtecuhtli, Ometecuhtli, Nappatecuhtli mismo—. La combinación de ambas raíces se traduce por tanto como «el señor cuatro veces» o «el señor de los cuatro rumbos», una etimología que remite a las cuatro esquinas cardinales del petate rectangular que el dios patrocina, y que a su vez replican las cuatro direcciones cósmicas del universo mesoamericano. Un nombre alternativo que aparece en algunos manuscritos coloniales es Petlatl-tecuhtli, «señor del petate», que enfatiza más directamente el papel corporativo del dios como patrón divino del oficio artesanal del tejido de esteras. Los lingüistas contemporáneos —Frances Karttunen, Michel Launey, Rémi Siméon en su clásico Diccionario de la lengua náhuatl reeditado por Siglo XXI en 1977— coinciden en la etimología numeral básica como la más aceptable filológicamente.
¿Qué lugar ocupaba Nappatecuhtli dentro del panteón mexica?
Nappatecuhtli pertenecía al grupo de divinidades menores que Alfredo López Austin llama «dioses corporativos» del panteón mexica: figuras patronales cuya función religiosa principal era proteger y ordenar simbólicamente los oficios artesanales de la capital de México-Tenochtitlán. Junto a Nappatecuhtli, este grupo reunía al menos a Yacatecuhtli —patrón de los pochteca o mercaderes—, a Xipe Tótec en su advocación específica de patrón de los orfebres del barrio de Yopico, a Coyotlinahual como protector de los amanteca o tejedores de plumas del barrio de Amantla, a Ilamatecuhtli como patrona de las tejedoras de algodón, y a Chicomecóatl como patrona de las cultivadoras de maíz. Cada una de estas divinidades tenía su propio templo menor dentro del recinto sagrado de Tenochtitlán, su cuerpo específico de sacerdotes, y su fiesta anual coordinada dentro del calendario de las dieciocho veintenas. Algunas fuentes coloniales —el Códice Ríos especialmente— relacionan a Nappatecuhtli con los cuatro Tlaloques cardinales —los señores menores de la lluvia asociados a los rumbos del mundo—, presentándolo como una de sus cuatro advocaciones regionales; pero el Códice Florentino de Sahagún le da un culto autónomo dedicado específicamente al patronazgo del oficio del tejido de tule. Esta doble adscripción —dios corporativo autónomo por un lado, advocación cardinal del complejo Tláloc por otro— es característica del funcionamiento en red del panteón mexica, donde muchas divinidades menores participaban simultáneamente en varios subsistemas rituales del ciclo ceremonial anual.
¿En qué mes del calendario mexica se celebraba su fiesta?
La fiesta principal de Nappatecuhtli se celebraba en el mes Tepeilhuitl, decimocuarta veintena del calendario xihuitl mexica que caía aproximadamente entre finales de octubre y mediados de noviembre según nuestro calendario gregoriano actual. Tepeilhuitl —cuyo nombre náhuatl se traduce como «la fiesta de las montañas»— estaba dedicada globalmente a los cerros tutelares del valle de México y a los cuatro Tlaloques cardinales, señores menores de la lluvia asociados a los cuatro rumbos del mundo. Junto a Nappatecuhtli, el mismo mes celebraba a las Ixcuiname —las cinco advocaciones femeninas de Tlazoltéotl—, a Xochiquétzal en su función lunar, y a Mayahuel como diosa del maguey y del pulque. La coordinación entre estas divinidades no era casual: cada una correspondía a un momento específico del ciclo agrícola y artesanal anual, y la coincidencia de sus fiestas en la misma veintena obedecía a una lógica interna precisa del calendario ritual mexica. Michel Graulich, en su clásico Ritos aztecas: las fiestas de las veintenas (INI, 1999) —obra pivote sobre este ciclo ceremonial—, documenta con detalle las ceremonias específicas dedicadas a Nappatecuhtli durante Tepeilhuitl: procesiones de los tejedores del barrio de Xochimilco cargando sus esteras nuevas hasta el templo menor del dios en el recinto sagrado de Tenochtitlán, sacrificios rituales de codornices sobre el altar de tules trenzados, consumo ceremonial de pulque durante la vigilia nocturna, y ofrendas de figurillas de amaranto que representaban las cuatro montañas cardinales del valle de México.
¿Dónde pervive hoy el culto a Nappatecuhtli?
El culto contemporáneo a Nappatecuhtli sobrevive principalmente en tres núcleos regionales del centro de México donde el oficio del tejido de petate se ha mantenido activo desde el periodo prehispánico hasta la actualidad. El primero son los barrios chinamperas de Xochimilco, en el sur de la Ciudad de México —San Gregorio Atlapulco, Santa María Nativitas, San Luis Tlaxialtemalco—, donde más de un centenar de familias siguen fabricando esteras de tule con la técnica tradicional a partir de los juncos que crecen aún en los restos del antiguo sistema lacustre del valle de México. El segundo núcleo son las comunidades de la Ciénaga de Chalco, en el municipio mexiquense de Valle de Chalco Solidaridad, donde el oficio pervive en dos o tres poblaciones aisladas. El tercer núcleo, quizás el más activo desde el punto de vista religioso, es el pueblo de Chapultepec en el norte del estado de Puebla, donde más de doscientas familias viven principalmente del tejido de petate y donde la fiesta anual de la Virgen de los Remedios —celebrada el primer domingo de septiembre— conserva elementos ceremoniales prehispánicos claros que remiten directamente al culto colonial mexica de Nappatecuhtli. Las investigaciones etnográficas de Ana Rita Valero de García Lascuráin, publicadas por el INAH desde los años ochenta, y los trabajos más recientes del Museo Nacional de Culturas Populares dirigidos por Marta Turok, han documentado con precisión razonable esta pervivencia sincrética del culto colonial en las comunidades tejedoras contemporáneas del centro de México.
¿Qué fuentes primarias documentan a Nappatecuhtli?
La documentación primaria sobre Nappatecuhtli se concentra en un pequeño grupo de manuscritos coloniales tempranos del siglo XVI, todos ellos producidos por informantes indígenas bajo la dirección de frailes españoles en los primeros cincuenta años posteriores a la conquista de Tenochtitlán. La fuente principal es la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún —conocida también como Códice Florentino por el manuscrito iluminado que se conserva en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia—, redactada hacia 1577 a partir de las declaraciones de los informantes indígenas de Tlatelolco. Sahagún dedica a Nappatecuhtli el capítulo veinte del Libro I de esta obra monumental, y la lámina 15 del mismo libro ofrece la representación iconográfica más completa que se conserva del dios. La edición canónica moderna es la traducción de Arthur Anderson y Charles Dibble publicada en trece volúmenes por la University of Utah Press entre 1950 y 1982, obra pivote de la mexicanística contemporánea. Otras fuentes primarias que mencionan a Nappatecuhtli, aunque de forma más breve, son el Códice Borbónico (hacia 1520), el Códice Magliabechiano (hacia 1566), el Códice Ríos o Vaticano A (hacia 1566-1589) —donde aparece como una de las advocaciones cardinales del complejo Tláloc—, y varios pasajes dispersos de la Historia de los Mexicanos por sus pinturas (hacia 1533), editada por Charles Dibble para el INAH en 1965. La documentación arqueológica directa —figurillas cerámicas, murales, ofrendas— es en cambio escasa: apenas dos o tres piezas identificadas con relativa seguridad en las excavaciones del Templo Mayor dirigidas por Eduardo Matos Moctezuma entre 1978 y 1982.




