Yohualticitl, la diosa partera nocturna mexica de los recién nacidos

Para empezar. Yohualticitl, cuyo nombre en náhuatl clásico se traduce como «la partera nocturna» o «la médica de la noche», es una de las diosas femeninas del panteón mexica dedicada a proteger los partos que ocurren entre el atardecer y el amanecer, a guiar a las parteras tradicionales (ticitl) durante la asistencia al parto y a bendecir al recién nacido en sus primeros baños rituales. Su culto, documentado con detalle por fray Bernardino de Sahagún en los Libros I y VI del Códice Florentino (~1577), forma parte del quinteto femenino mexica que incluye también a Coatlicue, Cihuacóatl, Tlazoltéotl y Xochiquetzal. Sigue vivo hoy entre las parteras tradicionales de la Sierra de Puebla, de Milpa Alta y de Xochimilco en la Ciudad de México, sincretizado con la Virgen del Rosario y con la Virgen de la Candelaria, y presente todavía en las ceremonias contemporáneas de «presentación del niño» que las comunidades nahuas celebran cuarenta días después del nacimiento en el ámbito rural del centro y sur del país.

Origen culturalMexica (náhuatl clásico, especialidad femenina de partería nocturna)
TipoDiosa del parto nocturno, patrona corporativa de las parteras (ticitl)
Función míticaPresidir los partos que ocurren de noche, guiar a las parteras en la asistencia al parto y bendecir al recién nacido en sus primeros baños rituales
AtestaciónSahagún ~1577 Libros I y VI, Códice Florentino, Códice Vaticano A, Códice Borbónico
Vigencia hoyCulto vivo entre las parteras tradicionales de Milpa Alta, Xochimilco, Cuajimalpa y de la Sierra de Puebla; sincretismo con Virgen del Rosario y Virgen de la Candelaria

El panteón femenino mexica estaba organizado en torno a una figura matriz —la gran diosa madre Tonantzin— que se desplegaba en múltiples advocaciones especializadas según los aspectos de la fertilidad, del parto, del amor, de la muerte femenina y de las artes textiles. Los ancianos indígenas que respondieron al cuestionario etnográfico de Sahagún entre 1547 y 1577 mencionaron cinco figuras principales en esa red matricial: Coatlicue, madre cósmica primordial y engendradora de Huitzilopochtli; Cihuacóatl, patrona de las cihuateteo o mujeres muertas en parto elevadas al rango de diosas guerreras; Tlazoltéotl, señora de la sexualidad y del deseo carnal; Xochiquetzal, diosa juvenil de las flores y del amor conyugal; y Yohualticitl, especialista en el parto nocturno y en las primeras horas del recién nacido. Cada una operaba en un dominio específico y todas ellas formaban una red ritual de protección femenina que estructuraba el ciclo biológico completo desde la concepción hasta la muerte parturienta.

Dentro de esa red, Yohualticitl ocupaba un espacio muy preciso. Su nombre náhuatl —yohual, «noche»; ticitl, «médica» o «partera»— la sitúa como patrona corporativa del gremio de las ticitl, las parteras profesionales que ejercían en las ciudades mexicas la asistencia al parto, el cuidado prenatal y la atención al recién nacido. Las ticitl eran mujeres especializadas, formadas oralmente por generaciones anteriores, con un cuerpo de conocimiento herbolario, obstétrico y ritual extremadamente rico. Cuando una mujer entraba en labores de parto durante la noche —entre el atardecer y el amanecer, franja horaria peligrosa para la medicina prehispánica—, se convocaba a la ticitl y esta invocaba a Yohualticitl con un rezo ritual específico. La diosa, que «veía en la oscuridad» y sabía «desatar los nudos de la vida», debía prestar su asistencia sobrenatural para que el parto llegara a buen término, la madre sobreviviera y el recién nacido comenzara con salud su vida terrenal.

Este artículo recorre a Yohualticitl en tres tiempos que se ordenan según el eje ritual: primero, el contexto del panteón femenino mexica y del gremio corporativo de las ticitl; segundo, el mito y las prácticas rituales asociadas al parto nocturno tal como Sahagún las registró en el Libro VI del Códice Florentino; y tercero, la lectura etnográfica contemporánea que documenta la persistencia de la figura entre las parteras tradicionales nahuas del centro y sur de México. La documentación se apoya en la edición paleográfica del Códice Florentino de Anderson y Dibble (Utah UP, 1950-1982), en los estudios pivotales de Alfredo López Austin sobre el cuerpo humano y la medicina náhuatl (UNAM, 1971, 1980), en la investigación de Silvia Marcos sobre religión y género en Mesoamérica (Brill, 2006) y en el trabajo etnográfico de Rebeca Vera Ramos sobre las parteras tradicionales de México (Editorial Novaro, 1998).

El panteón femenino mexica y el gremio de las ticitl

Para comprender el papel de Yohualticitl hay que ubicarla primero dentro del panteón femenino mexica en su conjunto. Los mexicas concebían la fertilidad como un dominio organizado por una red de diosas complementarias, cada una responsable de una fase específica del ciclo vital femenino. En la cabeza de esa red se encontraba Tonantzin, «nuestra madre», la gran matriz cósmica que a su vez se desplegaba en las diversas advocaciones especializadas. Sahagún, en el Libro I del Códice Florentino, enumera las principales: Coatlicue, «la de la falda de serpientes», madre de Huitzilopochtli y engendradora primordial que aparece en la mitología del nacimiento del dios patrón mexica; Cihuacóatl, «la mujer serpiente», patrona de las cihuateteo o mujeres muertas en parto que eran elevadas al rango de diosas guerreras equivalente al de los guerreros caídos en combate; Tlazoltéotl, «la comedora de inmundicias», señora del deseo carnal y de la confesión de las faltas sexuales.

Yohualticitl completa esa serie como patrona especializada del parto nocturno y de las primeras horas del recién nacido. Su función es más técnica y menos cosmogónica que la de sus compañeras: no engendra el mundo como Coatlicue, no acoge a las mujeres muertas como Cihuacóatl, no recoge las culpas sexuales como Tlazoltéotl, sino que preside un momento biológico muy concreto —el parto que ocurre entre el atardecer y el amanecer— y protege a las mujeres que ejercen profesionalmente la asistencia al parto. Su nombre lo indica con precisión etimológica: yohual significa «noche» o «nocturno» y ticitl designa a la médica, curandera o partera. Yohualticitl es literalmente «la partera nocturna» o «la médica de la noche», y su culto corporativo pertenece por derecho propio al gremio de las ticitl mexicas.

Las ticitl formaban un cuerpo profesional especializado dentro de la sociedad mexica precolombina. Alfredo López Austin, en Textos de medicina náhuatl (UNAM, 1971) y en Cuerpo humano e ideología (UNAM, 1980), ha documentado que la formación de una partera exigía una transmisión oral rigurosa que podía prolongarse durante varias décadas. Las ticitl aprendían de sus madres o de otras parteras ancianas un cuerpo de conocimientos que incluía obstetricia práctica —posiciones fetales, maniobras de rotación, sutura de desgarros—, herbolaria específica —hierbas para acelerar el trabajo de parto, para detener hemorragias, para calmar dolores—, técnicas de baño de vapor en el temazcal, y todo un repertorio de rezos rituales en náhuatl clásico que invocaban a Yohualticitl y a las otras diosas del parto. El gremio era estrictamente femenino y su prestigio social era considerable: las ticitl eran figuras respetadas incluso por los sacerdotes masculinos y por la nobleza mexica.

El ritual del parto nocturno y las oraciones a Yohualticitl

El Libro VI del Códice Florentino, dedicado a la retórica y a los huehuetlahtolli («los discursos de los ancianos»), contiene los capítulos más extensos que Sahagún dedicó al ritual completo del parto mexica. Los capítulos 26 a 40 recogen los rezos, las oraciones y las prácticas rituales que las ticitl invocaban durante la asistencia al parto y en las primeras semanas de vida del recién nacido. Aunque Yohualticitl no siempre aparece nombrada explícitamente, su presencia es constante como advocación protectora invocada durante los partos que ocurrían de noche. Sahagún transcribe en náhuatl clásico las fórmulas rituales que las ticitl pronunciaban al llegar a la casa donde la parturienta estaba de labor, y los textos —que Anderson y Dibble tradujeron al inglés en su edición paleográfica— son una de las fuentes más ricas para reconstruir la práctica obstétrica mexica.

Cuando una mujer entraba en labores durante la noche, la familia enviaba a un mensajero a buscar a la ticitl del barrio o del calpulli correspondiente. La partera llegaba con su equipo: hierbas medicinales, aceites, algodón, sahumerios de copal blanco —cuyo humo se asociaba a la Luna y a Yohualticitl—, y un cuchillo de obsidiana pequeño para cortar el cordón umbilical. Al entrar en la habitación, la ticitl pronunciaba primero una oración protectora que invocaba a Yohualticitl. La fórmula, según Sahagún, era aproximadamente esta: «Yohualticitl, tú que ves en la oscuridad, tú que sabes desatar los nudos de la vida, ven y ayuda a esta mujer a dar a luz sanamente» (Códice Florentino, Libro VI, ed. Anderson-Dibble, vol. 7, cap. 27). Después del rezo se encendían los sahumerios de copal y se preparaba un temazcal o baño de vapor para acomodar a la parturienta.

El parto propiamente dicho ocurría con la mujer en posición vertical o en cuclillas, sostenida por asistentes y guiada por la ticitl. Si el trabajo se prolongaba y aparecían complicaciones, la partera invocaba de nuevo a Yohualticitl y administraba bebidas herbales específicas —la cihuapatli o «medicina de las mujeres», que aceleraba las contracciones— o realizaba maniobras manuales de rotación fetal. En los casos más graves, si la madre estaba en riesgo de morir, se invocaba a Cihuacóatl como diosa de las mujeres muertas en parto, y la ticitl anunciaba a los familiares que la parturienta iba a «combatir su batalla». Si la mujer moría, se le rendían honores de guerrera caída con el título honorífico de cihuateotl —diosa guerrera equiparable a los guerreros caídos en combate— categoría honorífica que la mujer solo obtenía por muerte parturienta y que le abría las puertas del cielo occidental de los guerreros muertos.

Cuando el parto llegaba a buen término y el bebé nacía sano, comenzaba la segunda fase del ritual: los baños del recién nacido. La ticitl bañaba al bebé cuatro veces consecutivas en agua tibia perfumada con hierbas específicas, mientras pronunciaba una segunda oración a Yohualticitl para pedir salud, longevidad y prosperidad para la criatura. Después del cuarto baño, se le presentaba al bebé al cielo nocturno mostrándoselo simbólicamente a la Luna en persona de Yohualticitl. Este gesto de «presentación al cielo» era considerado indispensable para que el recién nacido recibiera la protección de la diosa durante toda su vida y para incorporarlo simbólicamente al orden cósmico mexica desde sus primeros días. La ceremonia se completaba con un ritual de imposición del nombre, que solía celebrarse a los cuatro días del nacimiento y que involucraba nuevas invocaciones a Yohualticitl y a las otras diosas del panteón femenino.

Lectura etnográfica: la persistencia del oficio y del culto

La antropología contemporánea ha leído la figura de Yohualticitl desde dos perspectivas complementarias. La primera, más histórica, se pregunta cómo sobrevivió el culto tras la conquista española y la evangelización cristiana forzada. La respuesta que han documentado autores como Louise Burkhart —en The Slippery Earth: Nahua-Christian Moral Dialogue in Sixteenth-Century Mexico (Arizona UP, 1989) y en Before Guadalupe: The Virgin Mary in Early Colonial Nahuatl Literature (Institute for Mesoamerican Studies, 2001)— es que Yohualticitl fue absorbida por sincretismo dentro del culto mariano, particularmente en la advocación de la Virgen del Rosario, patrona popular de las parteras, y en la advocación de la Virgen de la Candelaria, patrona de los recién nacidos y de la presentación del niño. Este sincretismo permitió que las prácticas rituales asociadas al parto sobrevivieran bajo formas cristianas superficiales, conservando el contenido nahua profundo.

La segunda perspectiva es la etnografía contemporánea, que ha documentado la persistencia del oficio de partera tradicional (ticitl) en muchas regiones nahuas de México actual. Rebeca Vera Ramos, en Las parteras tradicionales de México (Editorial Novaro, 1998), estima en varias decenas de miles el número de parteras tradicionales que ejercen todavía en las comunidades rurales indígenas y campesinas del país. La formación oral, transmitida de generación en generación, sigue el mismo patrón que Sahagún describió en el siglo XVI. En muchas comunidades de la Sierra de Puebla, del Estado de México y del sur del Distrito Federal (Milpa Alta, Xochimilco, Cuajimalpa) las parteras invocan todavía a «la Virgen del Rosario» o a «Nuestra Señora de la Candelaria» al asistir un parto nocturno, pero los rezos conservan estructuras fórmicas y elementos rituales —el sahumerio de copal, el temazcal, los cuatro baños del recién nacido— que remiten directamente al culto prehispánico de Yohualticitl.

Silvia Marcos, en su estudio pivote Taken from the Lips: Gender and Eros in Mesoamerican Religion (Brill, 2006), analiza el conjunto del panteón femenino mexica y subraya que Yohualticitl no debe leerse como diosa menor o auxiliar dentro del panteón, sino como manifestación específica de la potencia matricial que ordenaba todo el ciclo biológico femenino. Su especialización nocturna la ligaba a la Luna, al agua y al temazcal, tres elementos rituales asociados por antonomasia con lo femenino en Mesoamérica. Cecelia Klein, en un artículo pivote publicado en Ancient Mesoamerica (2000, vol. 11) sobre las tzitzimime y las diosas nocturnas, ha propuesto además que la figura de Yohualticitl comparte rasgos con las diosas nocturnas de otras tradiciones mesoamericanas —Ixchel entre los mayas yucatecos, Chak Chel entre los k’iche’, Pitao Huichaana entre los zapotecas— y sugiere un estrato religioso preclásico común al que todas estas figuras remiten como matriz cultural compartida.

Para terminar

La memoria de Yohualticitl se conserva hoy sobre todo en la práctica viva de las parteras tradicionales mexicanas, no en la iconografía monumental ni en el discurso académico. En las clínicas de partería tradicional de la Ciudad de México, en las comunidades nahuas de la Sierra de Puebla, en las aldeas mixtecas y zapotecas del sur, y en los centros urbanos donde la migración indígena ha llevado su medicina ancestral —Los Ángeles, Chicago, Nueva York— las parteras siguen ejerciendo un oficio cuya continuidad histórica se puede rastrear directamente hasta las ticitl mexicas del siglo XVI. El sahumerio de copal, el temazcal previo al parto, los cuatro baños rituales del recién nacido y la «presentación al cielo» cuarenta días después son gestos que atraviesan cinco siglos de historia sin quebrarse del todo, gracias al sincretismo cristiano que los protegió y al conservadurismo ritual que las propias parteras han sostenido.

Las políticas públicas mexicanas de las últimas décadas han reconocido de manera creciente el valor de la partería tradicional. El Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES), la Secretaría de Salud federal y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) han impulsado desde los años 2000 programas de capacitación y de certificación oficial para las parteras tradicionales, en un intento de reconocer legalmente su práctica y de incorporarla al sistema de salud pública sin desnaturalizarla. Este proceso, todavía en curso, ha permitido que las herederas contemporáneas de la ticitl mexica —muchas de ellas mujeres nahuas, mixtecas, zapotecas, tsotsiles o mayas— salgan de la clandestinidad legal en que las había mantenido el sistema sanitario oficial durante la mayor parte del siglo XX.

La feminista chicana Gloria Anzaldúa, en su ensayo pivote Borderlands/La Frontera (1987), rescató la figura de Yohualticitl y de las otras diosas mexicas del parto como emblemas de una espiritualidad femenina mesoamericana que la modernidad occidental había marginado sistemáticamente. Su recuperación literaria y política ha inspirado a varias generaciones de escritoras y activistas chicanas y mexicanas, y ha contribuido a que el culto a Yohualticitl se lea hoy en dos claves complementarias: como reliquia etnográfica de un pasado prehispánico documentado y como referencia contemporánea de un feminismo indígena que reivindica la autoridad de las parteras y la validez de sus conocimientos ancestrales. La diosa nocturna del parto mexica es hoy, cinco siglos después de la conquista, un símbolo político vivo tanto como una memoria ritual persistente en las comunidades que continúan la tradición.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Yohualticitl en náhuatl clásico?

El nombre Yohualticitl combina dos raíces del náhuatl clásico: yohual, que significa «noche» o «nocturno», y ticitl, que designa a la médica, curandera o partera. Combinados, ambos términos producen una expresión que se traduce literalmente como «la partera nocturna» o «la médica de la noche». Algunos textos coloniales transcriben el nombre como Yoalticitl o Yohualtícitl, con variaciones ortográficas menores que reflejan las decisiones de los escribas indígenas y europeos al fijar por escrito una lengua tradicionalmente oral. La raíz yohual aparece también en otros teónimos mexicas como Yohualtecuhtli («el señor de la noche») y Yohualauan («el que bebe de noche»), asociados todos ellos a la esfera nocturna del panteón. La raíz ticitl es el nombre genérico que los mexicas daban a las curanderas profesionales, formadas oralmente durante décadas, expertas en herbolaria, obstetricia práctica y ritual. Yohualticitl es, en consecuencia, la patrona corporativa del gremio femenino de las ticitl y la advocación específica que las parteras invocaban cuando debían asistir un parto durante las horas nocturnas, franja horaria peligrosa para la medicina prehispánica por la falta de luz y por la asociación simbólica de la noche con los peligros del inframundo. Sahagún la menciona en varios pasajes del Libro I y del Libro VI del Códice Florentino, y su nombre reaparece en el Códice Vaticano A y en el Códice Borbónico dentro de las láminas dedicadas a las ceremonias femeninas.

¿Quiénes eran las ticitl y cuál era su función social?

Las ticitl eran las parteras profesionales, curanderas y médicas del mundo mexica precolombino. Formaban un gremio estrictamente femenino, altamente especializado, cuya formación oral podía prolongarse durante varias décadas. Alfredo López Austin, en Cuerpo humano e ideología (UNAM, 1980), ha documentado que su cuerpo de conocimientos incluía obstetricia práctica —posiciones fetales, maniobras de rotación, técnicas para detener hemorragias—, herbolaria específica —hierbas para acelerar el trabajo de parto, para calmar dolores, para curar infecciones puerperales—, técnicas de temazcal o baño de vapor prehispánico, y todo un repertorio de rezos rituales en náhuatl clásico que invocaban a las diosas del panteón femenino, particularmente a Yohualticitl, Cihuacóatl y Tlazoltéotl. Las ticitl gozaban de un prestigio social considerable dentro de la sociedad mexica: eran figuras respetadas incluso por los sacerdotes masculinos y por la nobleza, y su intervención era indispensable en momentos clave del ciclo vital femenino —parto, postparto, primeras semanas del recién nacido, presentación del niño a los cuarenta días—. Su formación seguía un patrón de transmisión de madre a hija o de partera anciana a aprendiz joven, con un fuerte componente iniciático y ritual. La conquista española y la posterior evangelización cristiana no lograron erradicar el gremio: bajo formas sincréticas —invocando a la Virgen del Rosario o a la Virgen de la Candelaria en lugar de a Yohualticitl— las parteras tradicionales han sobrevivido cinco siglos y siguen ejerciendo hoy en decenas de miles en las comunidades rurales indígenas y campesinas del México contemporáneo.

¿Cómo era el ritual mexica del parto nocturno?

El ritual mexica del parto nocturno se desarrollaba en tres fases sucesivas cuya sistematización debemos al Libro VI del Códice Florentino de Sahagún. La primera fase era la preparación: cuando una mujer entraba en labores durante la noche, la familia enviaba un mensajero a buscar a la ticitl del barrio o del calpulli. La partera llegaba con su equipo —hierbas medicinales, aceites, algodón, sahumerios de copal blanco, cuchillo de obsidiana pequeño para cortar el cordón umbilical— y pronunciaba al entrar en la habitación una oración protectora invocando a Yohualticitl: «tú que ves en la oscuridad, tú que sabes desatar los nudos de la vida, ven y ayuda a esta mujer a dar a luz sanamente». Se encendían los sahumerios de copal —cuyo humo blanco se asociaba a la Luna y a Yohualticitl— y se preparaba un temazcal para acomodar a la parturienta. La segunda fase era el parto propiamente dicho, que ocurría con la mujer en posición vertical o en cuclillas, sostenida por asistentes. Si aparecían complicaciones, la ticitl administraba bebidas herbales específicas como la cihuapatli o «medicina de las mujeres». La tercera fase era el postparto y los cuidados del recién nacido: la ticitl bañaba al bebé cuatro veces consecutivas en agua tibia perfumada con hierbas, mientras pronunciaba una segunda oración a Yohualticitl para pedir salud y longevidad para la criatura. Después del cuarto baño, se le «presentaba al cielo» mostrándoselo simbólicamente a la Luna en persona de Yohualticitl, gesto que incorporaba al recién nacido al orden cósmico mexica desde sus primeros días.

¿Cuál es la relación entre Yohualticitl y la Virgen del Rosario?

El sincretismo entre Yohualticitl y la Virgen del Rosario es uno de los ejemplos mejor documentados del sistema de sincretismo religioso que se desarrolló en el México colonial y virreinal. Louise Burkhart, en Before Guadalupe: The Virgin Mary in Early Colonial Nahuatl Literature (Institute for Mesoamerican Studies, 2001), ha estudiado cómo los misioneros franciscanos y dominicos que evangelizaron el valle central de México en el siglo XVI utilizaron deliberadamente las advocaciones marianas para reemplazar los cultos a las diosas prehispánicas femeninas. La Virgen del Rosario, patrona popular de las parteras y de los partos, absorbió la función de Yohualticitl con relativa facilidad porque compartía con la diosa mexica varios rasgos simbólicos: ambas eran figuras femeninas protectoras del parto, ambas se invocaban con rezos específicos durante las horas de labor, ambas se asociaban a los sahumerios y a los baños rituales del recién nacido. En las comunidades nahuas de la Sierra de Puebla, del Estado de México y de la periferia sur de la Ciudad de México (Milpa Alta, Xochimilco, Cuajimalpa) las parteras contemporáneas invocan todavía a la Virgen del Rosario al asistir un parto, pero los rezos que pronuncian conservan estructuras fórmicas y elementos rituales —el copal, el temazcal, los cuatro baños del recién nacido— que remiten directamente al culto prehispánico. La superficie cristiana del rito no ha borrado su contenido nahua profundo, sino que lo ha protegido durante cinco siglos frente al embate evangelizador y modernizador.

¿Se conserva hoy el culto a Yohualticitl?

Sí, el culto a Yohualticitl se conserva hoy en tres formas complementarias que documenta la etnografía contemporánea. La primera es el sincretismo religioso, tal como se acaba de explicar: las parteras tradicionales nahuas invocan a la Virgen del Rosario o a la Virgen de la Candelaria pero los rezos y los gestos rituales conservan el contenido prehispánico. La segunda es la práctica material de la partería tradicional en el México actual: Rebeca Vera Ramos, en Las parteras tradicionales de México (Editorial Novaro, 1998), estima en varias decenas de miles el número de parteras tradicionales que ejercen todavía en las comunidades rurales del país, con formación oral transmitida de generación en generación siguiendo el mismo patrón que Sahagún describió en el siglo XVI. La tercera es la recuperación política y feminista: Gloria Anzaldúa, en Borderlands/La Frontera (1987), rescató la figura de Yohualticitl como emblema de una espiritualidad femenina mesoamericana que la modernidad occidental había marginado, y su influencia ha inspirado a varias generaciones de escritoras chicanas y mexicanas. Las políticas públicas mexicanas de las últimas décadas —a través del Instituto Nacional de las Mujeres, la Secretaría de Salud federal y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas— han comenzado además a reconocer legalmente la práctica de las parteras tradicionales y a incorporarla al sistema de salud pública. Todos estos procesos coinciden para que Yohualticitl sea hoy una memoria viva y una referencia contemporánea vigente en el México indígena y en la diáspora mexicana en Estados Unidos.

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