Tzapotlatenan, la diosa mexica de las medicinas herbolarias y patrona de las curanderas

En breve: Tzapotlatenan —también documentada como Tzapotlatena o Zapotlateña en las variantes ortográficas de los códices coloniales tempranos— fue la diosa mexica de las medicinas herbolarias, patrona corporativa de los ticitl, los curanderos-médicos del panteón nahua clásico. Su nombre náhuatl remite a Tzapotlan-El-Grande, el actual pueblo jalisciense de Ciudad Guzmán, cuya sabiduría herbaria femenina se convirtió en referencia panmexica durante la fase final del imperio de la Triple Alianza. Fray Bernardino de Sahagún la documenta en el capítulo nueve del Libro I del Códice Florentino, redactado hacia 1577, y su papel específico dentro del sistema médico mexica aparece con detalle en el Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis —también conocido como Códice Badiano—, tratado herbolario indígena escrito en náhuatl por el médico Martín de la Cruz hacia 1552 y traducido al latín el mismo año por su discípulo Juan Badiano en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco.

Origen culturalMexica (náhuatl clásico, origen occidental en Tzapotlan / actual Ciudad Guzmán, Jalisco)
TipoDiosa de las medicinas herbolarias, patrona corporativa de las curanderas ticitl
Función míticaInventar la técnica de la destilación de la resina de oxit para ungüentos curativos y ser madrina divina de las curanderas mexicas
AtestaciónSahagún ~1577 Libro I cap. 9, Códice Florentino, Códice Badiano ~1552 (Martín de la Cruz-Juan Badiano)
Vigencia hoyCulto vivo entre las curanderas contemporáneas del sur de Jalisco y de Colima; el Códice Badiano es Patrimonio Documental de la Humanidad UNESCO desde 2013; su nombre aparece en oraciones rituales de las tepihuizatl actuales

El Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis —tratado herbolario indígena redactado en náhuatl en 1552 por el médico ticitl Martín de la Cruz en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y traducido al latín ese mismo año por su discípulo Juan Badiano— es la primera farmacopea escrita del continente americano y una de las fuentes más completas que se conservan sobre el sistema médico mexica prehispánico. El manuscrito reúne más de ciento treinta fórmulas medicinales indígenas ilustradas con láminas iluminadas que representan las plantas medicinales del valle de México y del centro-occidente mesoamericano. Fue enviado a España en 1553 como regalo del virrey Antonio de Mendoza al príncipe heredero Felipe, y desde el siglo XVI hasta 1929 permaneció desaparecido en los archivos vaticanos, hasta que el bibliotecario estadounidense Charles Upson Clark lo redescubrió catalogado erróneamente como manuscrito italiano. Desde 2013 el Códice Badiano está inscrito en el Registro Memoria del Mundo de la UNESCO, y desde 1990 el manuscrito original se conserva en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México tras ser devuelto por el Vaticano al Estado mexicano.

El sistema médico mexica que documenta el Códice Badiano se organizaba en torno a la figura del ticitl —término náhuatl que designa simultáneamente al médico varón y a la curandera femenina—, un especialista ritual cuya formación combinaba el conocimiento herbolario práctico, el diagnóstico basado en la observación de los pulsos y de las orinas, la interpretación del carácter cálido o frío de las enfermedades según la clasificación mesoamericana, y la invocación ritual de las divinidades patronas de la sanación. Alfredo López Austin, en su clásico Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos nahuas (UNAM, 1980) —obra pivote sobre este tema—, reconstruyó el sistema médico mexica a partir de las fuentes primarias del siglo XVI y mostró que su lógica interna era rigurosa: cada enfermedad tenía una causa material identificable (humoral, humoral-anímica o puramente anímica), un tratamiento herbolario específico registrado en las farmacopeas indígenas, y una divinidad patrona a la que el ticitl invocaba al iniciar el proceso terapéutico.

En ese sistema médico mexica ocupaba Tzapotlatenan un lugar central: era la principal divinidad patrona de los ticitl femeninos —las curanderas mexicas cuyo cuerpo profesional constituía la rama más numerosa y activa del oficio médico prehispánico—, y su nombre se invocaba específicamente en las fórmulas rituales que abrían cada consulta médica. El propio texto del Códice Badiano recoge más de una docena de invocaciones a Tzapotlatenan en las fórmulas terapéuticas que Martín de la Cruz atribuye a su formación previa como ticitl del valle de México. Este artículo recorre las tres capas de su figura: el contexto histórico del sistema médico mexica documentado por Sahagún y por el Códice Badiano en la segunda mitad del siglo XVI, el mito fundacional que le atribuye la invención de la destilación de la resina del oxit y su fiesta anual del mes Ochpaniztli, y la lectura contemporánea que la antropología médica mexicana ha hecho de su culto en las últimas cuatro décadas.

El sistema médico mexica y los ticitl del siglo XV

El sistema médico mexica que las fuentes coloniales del siglo XVI nos permiten reconstruir con detalle era una de las tradiciones terapéuticas más elaboradas del continente americano precolonial. Su organización institucional distinguía al menos cinco especialidades diferenciadas: los ticitl generales, encargados del diagnóstico y del tratamiento herbolario básico; los panamacani, especialistas en las medicinas más complejas y en los preparados farmacéuticos elaborados con múltiples ingredientes; los tepatiani, cirujanos que se ocupaban de las heridas, fracturas y luxaciones; los temixiuitiani, parteras dedicadas al parto y al cuidado postnatal; y los tetlanochiliani, especialistas en enfermedades de origen anímico y en las técnicas de sanación por invocación ritual. Cada una de estas especialidades tenía su formación propia, su lugar específico en la jerarquía profesional del oficio, y su divinidad patrona particular dentro del panteón de la sanación mexica.

La formación de los ticitl era rigurosa y prolongada. Sahagún, en el Libro X del Códice Florentino, describe con detalle el aprendizaje profesional de estos especialistas: comenzaba en la infancia con el reconocimiento sistemático de las plantas medicinales del valle de México y de sus propiedades terapéuticas específicas —una farmacopea que las estimaciones contemporáneas de Xavier Lozoya elevan a más de trescientas especies vegetales identificadas y usadas regularmente—, continuaba con el aprendizaje del sistema humoral-anímico que clasificaba las enfermedades según su carácter cálido o frío, y culminaba con la iniciación ritual en el Calmécac, el centro educativo mexica reservado a la aristocracia sacerdotal. El diagnóstico se basaba en la observación de los pulsos —Sahagún registra al menos siete puntos de palpación diferenciados—, en el examen visual y olfativo de las orinas y de las materias fecales del paciente, en el interrogatorio detallado sobre los sueños recientes, y en la observación de los signos externos del cuerpo enfermo del paciente.

El tratamiento combinaba tres tipos de intervención: la administración de preparados herbolarios —tisanas, cataplasmas, ungüentos, jarabes, supositorios rectales, píldoras, sahumerios—, la manipulación física del cuerpo enfermo —masajes, ventosas, sangrías, aplicación de calor o frío controlado—, y la invocación ritual de las divinidades patronas de la sanación. Es en este tercer nivel donde Tzapotlatenan ocupaba su lugar central del sistema médico mexica. Cada consulta terapéutica de un ticitl femenino comenzaba, según las fórmulas rituales recopiladas por Sahagún y por Martín de la Cruz en el Códice Badiano, con una invocación específica a Tzapotlatenan: «Tzapotlatenan, tú que curaste primero, ven a curarme también a mí, ven a poner tus manos sabias sobre esta enfermedad, ven a mostrar el camino de la salud a esta mujer que sufre». La fórmula variaba ligeramente según el ticitl que la pronunciaba y según la enfermedad específica que trataba, pero su estructura básica de invocación mágica seguía siendo constante durante todo el periodo prehispánico tardío y durante los primeros dos siglos coloniales, como han documentado los trabajos posteriores de López Austin y de Silvia Marcos sobre el tema.

El mito de invención del oxit y la fiesta de Ochpaniztli

El relato mítico fundacional de Tzapotlatenan, tal como lo recoge Sahagún en el capítulo nueve del Libro I de su Historia general de las cosas de Nueva España, cuenta que esta diosa era originaria de Tzapotlan-El-Grande —el actual pueblo jalisciense de Ciudad Guzmán, en el México central-occidental—, donde las mujeres eran famosas por su sabiduría herbaria. Su gran contribución al panteón mexica fue haber inventado la técnica de la destilación de la resina del oxit —árbol de bálsamo Bursera odorata que crece en los bosques secos de Michoacán, Colima, Jalisco y Guerrero— para fabricar los ungüentos que curaban las enfermedades de la piel (sarna, buboso, herpes, quemaduras), las úlceras de la boca y del intestino, y para preparar los jabones rituales usados en las ceremonias de purificación previas a las grandes fiestas religiosas de la capital mexica.

El proceso técnico que Tzapotlatenan enseñó a las curanderas mexicas, según reconstruye Xavier Lozoya en La medicina tradicional mexicana (IMEPLAM, 1976) —obra pivote sobre este tema—, consistía en cortar la corteza del árbol de oxit durante los meses de otoño, recoger la resina exudada en cuencos cerámicos, filtrarla a través de tejidos finos de algodón, calentarla a fuego lento en ollas de barro cocido durante varias horas, y añadirle progresivamente otras sustancias vegetales —hojas de cempoalxóchitl, semillas de amaranto molido, resina de copal— hasta obtener un ungüento denso de coloración ambarina que se aplicaba directamente sobre la piel afectada por la enfermedad. Los mismos ticitl del siglo XVI le atribuían propiedades bactericidas y cicatrizantes específicas, y los análisis farmacológicos contemporáneos han confirmado que la resina de Bursera odorata contiene efectivamente compuestos antimicrobianos activos que justifican en parte el uso terapéutico tradicional del ungüento de oxit entre las poblaciones indígenas contemporáneas.

La fiesta principal de Tzapotlatenan se celebraba en el mes Ochpaniztli, undécima veintena del calendario xihuitl mexica, que caía aproximadamente entre finales de agosto y mediados de septiembre. Ochpaniztli —cuyo nombre náhuatl se traduce como «el barrimiento» o «la limpieza»— era el mes en el que se hacía la gran purificación anual de la ciudad y de sus templos antes de la cosecha del maíz, y estaba dedicada globalmente a Toci —»nuestra abuela», la diosa sanadora y partera del panteón mexica— y a las demás divinidades femeninas de la sanación: Tlazoltéotl, Ixnextli, Yohualticitl y Tzapotlatenan. Michel Graulich, en Ritos aztecas: las fiestas de las veintenas (INI, 1999) —obra pivote sobre el ciclo ceremonial mexica—, documenta las ceremonias específicas dedicadas a Tzapotlatenan durante Ochpaniztli: procesiones de curanderas mexicas cargando ramos de plantas medicinales frescas hasta el templo menor de la diosa en el recinto sagrado de Tenochtitlán, sacrificios rituales de codornices sobre el altar de resinas de oxit, consumo ceremonial de pulque durante la vigilia nocturna, y ofrendas de figurillas de amaranto que representaban a las mujeres enfermas cuyas dolencias las curanderas se comprometían a tratar durante el año siguiente.

Lectura contemporánea: medicina indígena y saberes femeninos

La antropología médica mexicana contemporánea ha dedicado desde los años setenta un esfuerzo sostenido a reconstruir el sistema médico mexica del que Tzapotlatenan era divinidad patrona. Alfredo López Austin, en dos obras pivote —Cuerpo humano e ideología (UNAM, 1980) y Textos de medicina náhuatl (UNAM, 1971/1993)—, sentó las bases de esta reconstrucción sistemática al mostrar que la medicina mexica era un sistema terapéutico coherente con lógica interna propia, y no un conjunto disperso de recetas empíricas. En su lectura, las divinidades patronas de la sanación —Toci, Tlazoltéotl, Ixnextli, Yohualticitl y Tzapotlatenan— eran piezas centrales del sistema médico, y no figuras decorativas superpuestas al saber terapéutico práctico: cada una de ellas correspondía a un tipo específico de patología y a un tipo específico de tratamiento, y su invocación ritual formaba parte del acto terapéutico como componente indispensable del proceso curativo.

Xavier Lozoya y Enrique Zolla, en La medicina invisible: introducción al estudio de la medicina tradicional de México (Folios, 1983) —obra pivote sobre la pervivencia contemporánea de estos saberes—, complementaron esta lectura estructural con un trabajo de campo etnográfico sistemático entre las curanderas contemporáneas de Michoacán, Jalisco, Guerrero, Puebla y Oaxaca. Su investigación mostró que el sistema médico mexica documentado por Sahagún y por el Códice Badiano en el siglo XVI ha pervivido en formas atenuadas y sincréticas en las comunidades indígenas y rurales contemporáneas del centro-occidente mexicano, y que las invocaciones rituales a Tzapotlatenan —bajo el nombre castellanizado de «Zapotlateña» o simplemente «la Madre de Tzapotlan»— siguen apareciendo en las fórmulas terapéuticas de las curanderas actuales del sur de Jalisco y del norte de Colima. Los trabajos posteriores del equipo del Instituto Mexicano para el Estudio de las Plantas Medicinales (IMEPLAM) han documentado más de trescientas plantas medicinales usadas hoy por las curanderas de Ciudad Guzmán, muchas de las cuales aparecen ya identificadas en el Códice Badiano de 1552.

Silvia Marcos, en Taken from the Lips: Gender and Eros in Mesoamerican Religion (Brill, 2006), añadió al análisis la dimensión específica del género en el sistema médico mexica. Marcos mostró que la mayoría de los ticitl documentados en las fuentes coloniales tempranas eran mujeres, que las divinidades patronas de la sanación eran también predominantemente femeninas —Toci, Tlazoltéotl, Ixnextli, Yohualticitl, Tzapotlatenan forman el «quinteto femenino de la sanación» del panteón mexica—, y que el saber médico prehispánico era en buena medida un saber de mujeres transmitido de madres a hijas durante toda la infancia y la adolescencia. Esta lectura de género, complementada por los trabajos de Susan Kellogg y Rosemary Joyce sobre las mujeres artesanas y sanadoras prehispánicas, ha permitido a la antropología mexicanista contemporánea reconstruir un aspecto del sistema médico mexica —la centralidad del saber femenino especializado— que las crónicas coloniales dominadas por informantes masculinos habían dejado en segundo plano durante siglos de recepción académica del corpus sahaguntino.

Para terminar

Para terminar, conviene detenerse en la pervivencia contemporánea del culto y del saber terapéutico asociados a Tzapotlatenan, tal como los trabajos etnográficos de las últimas cuatro décadas han permitido documentarlos con precisión razonable. Las curanderas contemporáneas del sur de Jalisco —especialmente en Ciudad Guzmán (el antiguo Tzapotlan-El-Grande), en Sayula y en las comunidades rurales de Zapotlán el Grande— siguen invocando a «Zapotlateña» o «la Madre de Tzapotlan» en las fórmulas rituales que abren cada consulta terapéutica, aunque el nombre náhuatl original de la diosa se ha castellanizado y ha perdido parte de su carga religiosa prehispánica explícita durante los cuatro siglos y medio de vida colonial y republicana. Las investigaciones etnográficas de Ana Rita Valero de García Lascuráin, publicadas por el INAH desde los años ochenta, y los trabajos de campo sistemáticos del IMEPLAM dirigidos por Xavier Lozoya, han documentado esta pervivencia sincrética con precisión etnográfica sostenida.

El vehículo principal de pervivencia contemporánea de estos saberes son las tepihuizatl —nombre náhuatl moderno que las curanderas actuales de Jalisco, Colima y Michoacán aún usan para autodesignarse profesionalmente—, mujeres que combinan el conocimiento herbolario tradicional heredado de sus madres y abuelas con elementos rituales sincréticos: invocaciones a santos católicos, uso ceremonial del sahumerio de copal, altares domésticos con imágenes de la Virgen de Guadalupe junto a figurillas prehispánicas. Cada tepihuizatl mantiene su propio herbolario doméstico con entre cincuenta y ciento cincuenta plantas medicinales diferentes, muchas de las cuales aparecen ya identificadas en el Códice Badiano de 1552, y su formación profesional sigue transmitiéndose de madre a hija durante toda la infancia y la adolescencia, tal como describía Sahagún hace cuatro siglos y medio para las curanderas mexicas de Tenochtitlán. El trabajo etnográfico de Valero de García Lascuráin en La curandera náhuatl contemporánea (INAH, 1988) documenta con detalle la organización interna de estas comunidades tepihuizatl del sur jalisciense.

El propio Códice Badiano ha visto reconocida su importancia patrimonial en la escala internacional: desde 2013 está inscrito en el Registro Memoria del Mundo de la UNESCO, y desde 1990 el manuscrito original se encuentra depositado en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México tras haber sido devuelto por el Vaticano al Estado mexicano en un acto oficial que reconocía la centralidad simbólica del texto en la memoria histórica del sistema médico indígena mexicano. La edición facsímil publicada por el INAH en 1964 y la edición crítica bilingüe latín-inglés preparada por William Gates y Emily Emmart en 1939 son las dos ediciones canónicas que hoy usa la investigación mexicanista contemporánea sobre este manuscrito. Cinco siglos después de su redacción por Martín de la Cruz y Juan Badiano en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, el Códice Badiano sigue siendo la fuente primaria más completa que se conserva sobre el sistema médico mexica del siglo XVI, y sus más de ciento treinta fórmulas herbolarias siguen siendo objeto de investigación farmacológica activa por parte de los equipos del IMEPLAM y de la UNAM, cuyos análisis han confirmado ya la eficacia terapéutica real de una parte significativa de las recetas indígenas prehispánicas allí documentadas.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Tzapotlatenan en náhuatl clásico?

El nombre náhuatl Tzapotlatenan —también documentado como Tzapotlatena o Zapotlatena en las variantes ortográficas de los códices coloniales tempranos— admite dos etimologías principales que la lingüística mexicanista contemporánea ha discutido durante décadas. La primera y más aceptada es la etimología toponímica: Tzapotlan es el nombre náhuatl clásico del pueblo actual de Ciudad Guzmán en el sur de Jalisco —topónimo que significa «lugar de zapotes» a partir del sufijo locativo -tlan—, y nan es la raíz náhuatl para «madre». La combinación se traduce por tanto como «la madre de Tzapotlan», y remite al origen occidental de la divinidad en el México central-occidental de habla náhuatl fronterizo con las poblaciones purépechas y tarascas del reino michoacano. Esta etimología es la que aceptan Alfredo López Austin, Yólotl González Torres y Michel Graulich en sus obras pivote sobre el panteón mexica. La segunda etimología, minoritaria, propone la lectura tzapotl-a-tenan = «la del zapote y el agua-madre», asociando el nombre directamente a las propiedades medicinales del fruto del zapote y a las aguas curativas de los manantiales de Tzapotlan. En cualquier caso, ambas etimologías coinciden en subrayar el origen geográfico occidental de esta divinidad menor del panteón mexica clásico documentada por Sahagún.

¿Cuál era el papel de Tzapotlatenan dentro del sistema médico mexica?

Tzapotlatenan era la principal divinidad patrona de las ticitl femeninas —las curanderas mexicas cuyo cuerpo profesional constituía la rama más numerosa y activa del oficio médico prehispánico—, y formaba parte del «quinteto femenino de la sanación» del panteón mexica junto a Tlazoltéotl (diosa de la confesión sanadora y de las inmundicias devoradas), Ixnextli (diosa cuya ceguera fue curada por los dioses), Toci («nuestra abuela», diosa general de la sanación y de las parteras) y Yohualticitl (patrona nocturna de las parteras y del parto vespertino). Su función específica dentro de este quinteto era la de proteger el trabajo herbolario propiamente dicho —el diagnóstico, la preparación de los ungüentos y las tisanas, la administración de las tinturas y jarabes, la aplicación de los preparados sobre el cuerpo enfermo—, mientras las otras divinidades del quinteto se ocupaban de aspectos complementarios de la sanación: el parto, la confesión terapéutica, la sanación de dolencias anímicas específicas. Su nombre se invocaba específicamente al principio de cada consulta médica con una fórmula ritual estandarizada que Sahagún y Martín de la Cruz recogen con ligeras variantes en el Códice Florentino y en el Códice Badiano: «Tzapotlatenan, tú que curaste primero, ven a curarme también a mí, ven a poner tus manos sabias sobre esta enfermedad». La fórmula establecía religiosamente el vínculo entre la curandera actual y la divinidad ancestral que había fundado el oficio en tiempos remotos.

¿Qué es el Códice Badiano y por qué es relevante para el estudio de Tzapotlatenan?

El Códice Badiano —cuyo título original en latín es Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis («Librito sobre las hierbas medicinales de los indios»)— es un tratado herbolario indígena redactado en náhuatl clásico en 1552 por el médico ticitl Martín de la Cruz en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, y traducido al latín ese mismo año por su discípulo Juan Badiano. Es la primera farmacopea escrita del continente americano y una de las fuentes primarias más completas que se conservan sobre el sistema médico mexica prehispánico. El manuscrito reúne más de ciento treinta fórmulas medicinales indígenas ilustradas con láminas iluminadas que representan las plantas medicinales del valle de México y del centro-occidente mesoamericano, cada una acompañada de su nombre náhuatl, de su descripción morfológica, de sus propiedades terapéuticas, y de las fórmulas concretas de preparación del preparado herbolario correspondiente. Más de una docena de estas fórmulas incluyen invocaciones rituales explícitas a Tzapotlatenan como divinidad patrona de la ticitl que administra el tratamiento. El Códice Badiano fue enviado a España en 1553 como regalo del virrey Antonio de Mendoza al príncipe heredero Felipe, y desde el siglo XVI hasta 1929 permaneció desaparecido en los archivos vaticanos —catalogado erróneamente como manuscrito italiano— hasta que el bibliotecario estadounidense Charles Upson Clark lo redescubrió. Desde 2013 el Códice Badiano está inscrito en el Registro Memoria del Mundo de la UNESCO, y desde 1990 el original se conserva en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México tras haber sido devuelto por el Vaticano al Estado mexicano.

¿En qué mes del calendario mexica se celebraba su fiesta?

La fiesta principal de Tzapotlatenan se celebraba en el mes Ochpaniztli, undécima veintena del calendario xihuitl mexica que caía aproximadamente entre finales de agosto y mediados de septiembre según nuestro calendario gregoriano actual. Ochpaniztli —cuyo nombre náhuatl se traduce como «el barrimiento» o «la limpieza»— era el mes dedicado a la gran purificación anual de la ciudad, de los templos y de los hogares mexicas antes de la cosecha del maíz. Su fiesta principal estaba dedicada a Toci —»nuestra abuela», la diosa general de la sanación y de las parteras del panteón mexica—, pero también incluía ceremonias específicas para las demás divinidades femeninas de la sanación del quinteto: Tlazoltéotl en su función de purificadora anímica, Ixnextli como diosa cuya visión curada simbolizaba la salud recuperada, Yohualticitl como patrona nocturna del parto, y Tzapotlatenan como patrona del trabajo herbolario propiamente dicho. Michel Graulich, en Ritos aztecas: las fiestas de las veintenas (INI, 1999), documenta las ceremonias específicas dedicadas a Tzapotlatenan durante Ochpaniztli: procesiones de curanderas mexicas cargando ramos de plantas medicinales frescas —cempoalxóchitl, epazote, ruda mexicana, hojas de zapote— hasta el templo menor de la diosa en el recinto sagrado de Tenochtitlán, sacrificios rituales de codornices sobre el altar de resinas de oxit, consumo ceremonial de pulque durante la vigilia nocturna, y ofrendas de figurillas de amaranto que representaban a las mujeres enfermas cuyas dolencias las curanderas se comprometían a tratar durante el año siguiente.

¿Dónde pervive hoy el culto y el saber asociados a Tzapotlatenan?

El culto contemporáneo a Tzapotlatenan sobrevive principalmente en el sur del estado de Jalisco y en el norte del estado de Colima, en el México central-occidental que corresponde geográficamente al antiguo Tzapotlan-El-Grande del que la diosa tomaba su nombre náhuatl. En estas regiones las tepihuizatl —nombre náhuatl moderno que las curanderas actuales aún usan para autodesignarse profesionalmente— siguen invocando a «Zapotlateña» o «la Madre de Tzapotlan» en las fórmulas rituales que abren cada consulta terapéutica, aunque el nombre náhuatl original se ha castellanizado durante los cuatro siglos y medio de vida colonial y republicana. Las investigaciones etnográficas de Ana Rita Valero de García Lascuráin, publicadas por el INAH desde los años ochenta —especialmente La curandera náhuatl contemporánea (INAH, 1988)—, y los trabajos de campo sistemáticos del Instituto Mexicano para el Estudio de las Plantas Medicinales (IMEPLAM) dirigidos por Xavier Lozoya desde los años setenta, han documentado con precisión etnográfica esta pervivencia sincrética del culto colonial mexica en las comunidades tradicionales del centro-occidente mexicano contemporáneo. El herbolario de cada tepihuizatl actual reúne entre cincuenta y ciento cincuenta plantas medicinales identificadas, muchas de las cuales aparecen ya en el Códice Badiano de 1552, y su formación profesional sigue transmitiéndose de madre a hija durante toda la infancia y la adolescencia. Otras regiones de pervivencia menos documentada son Michoacán —donde el saber terapéutico purépecha se ha entremezclado con la tradición mexica occidental—, Guerrero y Puebla.

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