Huracán, el dios k’iche’ de la tempestad y Corazón del Cielo

Para empezar. Huracán —en k’iche’ Junraqan o Jun Raqan, literalmente «Una Pierna»— es el dios del rayo, la tempestad y el cielo del panteón k’iche’ del altiplano de Guatemala. Su título ceremonial es Uk’ux Kaj, «Corazón del Cielo», y forma parte de la trinidad creadora del Popol Vuh junto con dos avatares específicos del rayo: Chipi-Caculhá («Rayo Pequeño») y Raxa-Caculhá («Rayo Verde» o «Rayo Súbito»). Su nombre viajó cinco mil kilómetros hacia el norte y luego cruzó el Atlántico: la palabra castellana «huracán», el inglés hurricane, el francés ouragan y el portugués furacão proceden todos del taíno hurakan, que Colón escuchó en el Caribe en 1495 y que guarda paralelos etimológicos y semánticos extraordinarios con el k’iche’ Junraqan.

Origen culturalPueblo k’iche’ del altiplano occidental de Guatemala, especialmente el reino de Q’umarkaj (Utatlán) y los linajes vinculados a Chuwila (Chichicastenango); tradición mítica compartida en variantes locales con cakchiqueles, rabinales, tzutujiles y demás pueblos k’iche’anos del altiplano
TipoDios primordial del panteón k’iche’; deidad del rayo, la tempestad y el cielo; título ceremonial Uk’ux Kaj («Corazón del Cielo»); pareja cósmica de Uk’ux Ulew («Corazón de la Tierra»)
Función míticaMiembro de la trinidad creadora del Popol Vuh junto con Tepeu y Gucumatz / Q’ukumatz; ejecutor del diluvio de resina ardiente que destruyó a los hombres de madera; propiciador del amanecer cósmico y protagonista de la formación de los primeros humanos hechos de la masa del maíz
AtestaciónPopol Vuh k’iche’ (~1554-1558; copia trilingüe del dominico Francisco Ximénez ~1701, hoy en la Newberry Library de Chicago, manuscrito Ayer MS 1515); ediciones modernas de Adrián Recinos (FCE 1947), Munro S. Edmonson (Tulane 1971), Dennis Tedlock (1985 y 1996), Enrique Sam Colop (Cholsamaj 1999 y 2008); estudios de Robert M. Carmack (Oklahoma 1981) y Ruud van Akkeren (2012)
Vigencia hoySu nombre sobrevive como préstamo léxico en toda lengua europea moderna (castellano «huracán», inglés hurricane, francés ouragan, portugués furacão, alemán Hurrikan); el Popol Vuh se estudia en escuelas guatemaltecas y en universidades del mundo entero; la Academia de las Lenguas Mayas de Guatemala (ALMG) recupera la figura como emblema de la identidad k’iche’ precolonial

El altiplano occidental guatemalteco —una meseta volcánica de entre mil quinientos y dos mil quinientos metros de altura, salpicada de lagos, volcanes activos y valles fértiles— es hogar histórico del pueblo k’iche’ desde al menos el siglo XI d.C. Con más de un millón y medio de hablantes actuales del k’iche’ propio, es la lengua maya más hablada del mundo y una de las lenguas indígenas más habladas del continente americano después del quechua y del náhuatl. Los k’iche’ construyeron entre los siglos XIII y XVI el reino más poderoso del altiplano, con capital en Q’umarkaj (llamada Utatlán por los conquistadores españoles), destruida por Pedro de Alvarado en 1524. Sus dioses tutelares —el trío estatal formado por Tohil, Awilix y Hacavitz— aparecen ampliamente en la parte tercera del Popol Vuh. Pero antes que ellos, y por encima de ellos en el orden cósmico narrado, se encuentra Huracán, la deidad primordial que junto con Tepeu y Gucumatz forma la trinidad creadora del universo.

El Popol Vuh —literalmente «Libro del Consejo» o «Libro de la Comunidad»— es el texto sagrado del pueblo k’iche’, redactado en la lengua k’iche’ con caracteres latinos hacia 1554-1558, en un momento en que los sacerdotes indígenas del altiplano temían la pérdida definitiva de la tradición oral tras la conquista y la extirpación española. La versión más antigua conocida es la copia trilingüe (k’iche’ romanizado, castellano, latín) realizada hacia 1701 por el fraile dominico Francisco Ximénez, párroco de Santo Tomás Chichicastenango —la localidad k’iche’ llamada Chuwila— y conservada hoy en el manuscrito Ayer MS 1515 de la Newberry Library de Chicago. El original perdido de mediados del siglo XVI se compuso con base en tradiciones orales conservadas por los sacerdotes-narradores k’iche’ y posiblemente en códices jeroglíficos precolombinos hoy inexistentes. La traducción castellana canónica es la de Adrián Recinos (Fondo de Cultura Económica, México, 1947), acompañada después por la edición inglesa de Dennis Tedlock (Simon & Schuster, 1985, revisada 1996) y por la edición trilingüe moderna del lingüista k’iche’ Enrique Sam Colop (Cholsamaj, Guatemala, 1999 y 2008).

El Popol Vuh es la única fuente documental donde el nombre de Huracán aparece registrado con toda su semántica original y con la teología completa que lo rodea. Pero el nombre mismo, en su forma taína hurakan, viajó a Europa por un camino paralelo mucho más antiguo y por completo independiente del altiplano guatemalteco. Cristóbal Colón escuchó la palabra durante su segundo viaje (1493-1496) en la actual Española, y la registraron después los cronistas Gonzalo Fernández de Oviedo (Historia General y Natural de las Indias, primera parte, 1535) y Bartolomé de las Casas (Apologética Historia Sumaria, ~1560, capítulo 66). El lexicógrafo Sebastián de Covarrubias la incluyó en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española (Madrid, 1611). El Diccionario de la lengua española de la Real Academia consigna hoy oficialmente la etimología taína de la palabra, y el cubano Fernando Ortiz consagró la investigación de esa doble genealogía —taína en el Caribe, k’iche’ en el altiplano de Guatemala— en su obra clásica El huracán, su mitología y sus símbolos (Fondo de Cultura Económica, México, 1947).

Corazón del Cielo y trinidad creadora del Popol Vuh

El nombre k’iche’ Junraqan se compone de jun («uno») y raqan («pierna»), literalmente «Una Pierna». La imagen del dios cojo o de una sola pierna corresponde con el rayo que baja del cielo en zigzag; algunas interpretaciones proponen incluso una asociación con la columna vertical del tornado o con la nube-pilar única que precede a las grandes tormentas tropicales del altiplano y de las tierras bajas mayas. Su título ceremonial es Uk’ux Kaj —de uk’ux, «corazón», y kaj, «cielo»—, traducido habitualmente como «Corazón del Cielo» y ocasionalmente como «Ánima del Cielo» o «Vitalidad del Cielo» según los matices semánticos de uk’ux en el k’iche’ clásico. En la teología del Popol Vuh, Huracán es la deidad primordial del cielo, pareja de Uk’ux Ulew («Corazón de la Tierra»), y junto con Tepeu («Soberano») y Gucumatz / Q’ukumatz («Serpiente Emplumada»), forma la trinidad creadora del cosmos entero.

La particularidad más notable del dios es su forma trina interna. El Popol Vuh lo presenta como una manifestación triple del rayo: Cakulhá Huracán (el «Rayo Huracán» central), Chipi-Caculhá («Rayo Pequeño» o «Rayo que Golpea») y Raxa-Caculhá («Rayo Verde» o «Rayo Súbito»). Los tres nombres designan al mismo dios en sus tres aspectos del rayo: el rayo mayor de la tempestad tropical, el rayo menor de las lluvias rutinarias y el rayo instantáneo del amanecer. Esa estructura ternaria interna del propio Huracán prefigura, en la teología comparada de las religiones americanas, otras trinidades divinas del continente y del mundo antiguo, y fue objeto de discusión temprana por los primeros comentaristas modernos del Popol Vuh como el americanista alemán Georges Raynaud, quien tradujo el libro al francés a comienzos del siglo XX, y por Miguel Ángel Asturias, que estudió con Raynaud en la Sorbona y llevó la teología del Popol Vuh a su novela Hombres de maíz (1949).

La primera acción cosmogónica del Popol Vuh es la creación de la Tierra. En un tiempo primordial, cuando no había nada —»solo el mar estaba en calma y todo el cielo estaba en silencio», según la traducción de Recinos—, Huracán, junto con Tepeu y Gucumatz, deliberó sobre la formación del mundo. La palabra sola de los dioses hizo surgir la Tierra: «¡Tierra!, dijeron, y en el momento fue hecha». Se separaron las aguas, aparecieron los valles y las montañas, brotaron los cipresales y los pinares. La Tierra emergió del vacío por decreto verbal, un motivo cosmogónico compartido con las tradiciones semíticas del Génesis y con la teología egipcia de Ptah. Pero el Popol Vuh añade a la formación material un elemento crucial: los dioses crean para tener seres que los invoquen, los sostengan y los honren con ofrendas rituales. Sin culto, la creación pierde sentido.

Tras formar la Tierra, la trinidad creadora emprende la más ardua de sus tareas: la formación del ser humano. El Popol Vuh narra cuatro intentos sucesivos. Primero, la trinidad modela hombres de barro, pero se disuelven con el agua. Segundo, los talla en madera, pero salen sin alma ni entendimiento y no honran a los dioses. Tercero, tras el diluvio que aniquila a los hombres de madera (episodio protagonizado por el propio Huracán), los dioses ensayan una raza intermedia que degenera en monos. Solo en el cuarto intento, cuando se les provee la masa del maíz molido, los seres formados —cuatro hombres primordiales llamados Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam— responden con oración y ofrenda a la trinidad creadora. La creación del ser humano de maíz es el momento fundacional que legitima simultáneamente el culto y la agricultura del pueblo k’iche’. Xpiyacoc y Xmucané, la pareja de dioses ancianos adivinos, muelen la masa del maíz que dará vida a los primeros humanos verdaderos.

El diluvio y la destrucción de los hombres de madera según el Popol Vuh

El episodio del diluvio, uno de los más impactantes de todo el Popol Vuh, se sitúa entre el segundo y el tercer intento de creación del ser humano. Los dioses habían tallado en madera —los cuerpos en tz’ité (una madera dura de las tierras altas) y las caras de las mujeres en sibaque (junco esponjoso)— a una raza de seres que multiplicaba, hablaba y trabajaba, pero que carecía de alma, corazón y memoria. Los hombres de madera olvidaron a los dioses que los habían formado. No los llamaron en las oraciones, no les ofrecieron sacrificios, no cocinaron sus tortillas con la debida gratitud ni encendieron el copal en los cerros sagrados. Anduvieron por la tierra sin honrar a Huracán, a Uk’ux Kaj, ni a Chipi-Caculhá ni a Raxa-Caculhá. La falta ritual —el olvido del culto— es, en la teología k’iche’, la más grave transgresión posible.

Huracán decretó entonces el fin de la especie. Envió sobre los hombres de madera una gran inundación: cayó del cielo una lluvia de resina ardiente que quemó a los seres. El Popol Vuh llama a esta lluvia xecotcovach y describe cómo consumió a los hombres desde arriba, achicharrándolos con brea líquida caída del cielo. Simultáneamente, animales oscuros llamados cotzbalam les rasgaron las carnes desde abajo, y aves llamadas tucumbalam les arrancaron los ojos, la cabeza y los tendones. La aniquilación fue física y también sensorial: los hombres de madera fueron desmembrados, cegados y devorados, en un contraataque cósmico de la naturaleza contra la creación fallida. El motivo del diluvio como castigo divino por olvido ritual es panamericano y se encuentra en variantes en las teologías de Quetzalcóatl, en la mitología andina y en muchas tradiciones amazónicas.

El episodio más singular del diluvio del Popol Vuh —y probablemente uno de los más singulares de toda la mitología comparada del continente— es la rebelión de los objetos domésticos. Las piedras de moler el maíz —los ka’— se levantaron contra las mujeres que las habían molido sin descanso y les aplastaron los rostros. Los comales de barro se convirtieron en enemigos que quemaron a los cocineros. Los perros y los guajolotes, humillados durante generaciones por sus dueños, se juntaron y los devoraron a mordiscos. Hasta las ollas y los cántaros hablaron y les recordaron el maltrato recibido. Es un motivo etnográficamente único en la mitología americana: el mundo material se rebela y toma la palabra para ejecutar el castigo divino. Ruud van Akkeren (Xib’alb’a y el nacimiento del nuevo sol, Piedra Santa, 2012) ha interpretado la escena como una crítica interna del propio Popol Vuh a las jerarquías domésticas y a los excesos de la clase dirigente k’iche’ del período postclásico.

Los pocos supervivientes de los hombres de madera huyeron. Trataron de subir a los árboles y de refugiarse en las cuevas, pero los árboles los tiraron y las cuevas los expulsaron. Al final, los que quedaron degeneraron en monos, y por eso —dice el Popol Vuh— los monos que hoy pueblan los bosques de Mesoamérica se parecen a los hombres: son los descendientes de aquella creación fallida, castigada por Huracán con el diluvio de resina ardiente y con la rebelión de los objetos y los animales. Esta explicación mitológica del origen simiesco es un caso etiológico clásico de la teología k’iche’. Los Héroes Gemelos Hunahpú e Ixbalanqué también transformarán después a sus medio-hermanos mayores Hun Batz y Hun Chouen en monos, en un episodio paralelo estructural que revela la unidad temática del libro entero.

La etimología taína-k’iche’ y la palabra «huracán» en las lenguas europeas

La palabra castellana «huracán» —y sus equivalentes en las lenguas europeas modernas— no llegó a las lenguas romances por la vía del Popol Vuh ni por el altiplano guatemalteco, sino por la vía del Caribe taíno. En 1495, durante la exploración de la actual Española, Cristóbal Colón registró la palabra taína hurakan como nombre de una fuerza natural devastadora que los indígenas arahuacos del Caribe conocían y temían por experiencia estacional. El taíno pertenece a la familia lingüística arahuaca, sin ningún parentesco genético directo con la familia maya —de la que forma parte el k’iche’—, y la coincidencia fonética y semántica con el k’iche’ Junraqan es lingüísticamente notable: ambos designan la misma fuerza cósmica del rayo y la tempestad, y ambos comparten la raíz consonántica H-R-K. Atabey (diosa madre taína) y Guabancex (diosa del huracán taína) son las contrapartes femeninas y meteorológicas del sistema teológico caribeño donde el hurakan aparece como manifestación destructiva de lo divino, con sus dos ayudantes Guataubá (el trueno) y Coatrisquie (las lluvias torrenciales) y frente al benéfico Guatabex (dios de la lluvia útil).

Las primeras menciones europeas escritas de la palabra «huracán» corresponden al Diario del primer viaje de Colón (~1493-1495) y a sus cartas a los Reyes Católicos. Pero la primera descripción sistemática es la de Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias (Sevilla, 1535, primera parte), donde el cronista dedica un capítulo entero a los huracanes caribeños, sus signos precursores, sus efectos devastadores sobre naves y poblaciones costeras, y su designación en lengua taína. Casi treinta años después, Bartolomé de las Casas incluye la palabra en su Apologética Historia Sumaria (~1560, capítulo 66) como término americano ya asimilado por el castellano peninsular. Y en 1611, el lexicógrafo Sebastián de Covarrubias registra la palabra en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española (Madrid, 1611) como voz de origen indiano de uso corriente entre marineros y comerciantes de la Carrera de Indias, con la variante gráfica «furacán» documentada en Portugal y en Andalucía.

Desde el castellano, la palabra saltó al portugués (furacão), al francés (ouragan, atestada desde principios del siglo XVI), al inglés (hurricane, atestada desde 1555 en la traducción de Richard Eden a la obra de Pedro Mártir de Anglería), al italiano (uragano), al alemán (Hurrikan), al neerlandés (orkaan) y a la práctica totalidad de las lenguas europeas modernas. Es uno de los primeros y más difundidos americanismos léxicos incorporados al vocabulario global de la lengua europea moderna, junto con «canoa», «hamaca», «maíz», «tabaco», «chocolate», «patata» y «cacique». Todos estos son términos amerindios —taínos varios, nahuas otros, quechuas los andinos— que atravesaron el Atlántico en las primeras décadas del contacto y transformaron el léxico natural, marítimo, agrícola y culinario del Viejo Mundo. La palabra «huracán» ocupa un lugar especial en esa lista: designa una fuerza natural que el Viejo Mundo desconocía en su plena forma tropical, y por eso adoptó el nombre americano sin adaptación semántica.

El estudio moderno más completo de la doble genealogía taína y k’iche’ del término es la obra clásica del antropólogo cubano Fernando Ortiz, El huracán, su mitología y sus símbolos (Fondo de Cultura Económica, México, 1947). Ortiz sistematizó los paralelismos entre el Huracán del Popol Vuh y el sistema meteorológico taíno formado por Guabancex, Guataubá y Coatrisquie, y propuso que ambos tramos —el maya del altiplano y el arahuaco del Caribe— compartían un sustrato mitológico continental sobre la deidad del rayo y la tempestad. La hipótesis de un origen común, aunque discutida por los lingüistas históricos que ven la coincidencia como casual dada la ausencia de contacto documentado entre familias lingüísticas mayas y arahuacas, sigue viva en la teología comparada de las religiones americanas y en los estudios de mitología caribeña. El Popol Vuh, por su parte, se estudia hoy en las escuelas guatemaltecas como fuente identitaria del pueblo k’iche’ y de todos los pueblos mayas del país.

Más allá del mito

Pocas figuras míticas americanas han tenido un destino tan singular como Huracán. La deidad k’iche’ del rayo y la tempestad —Corazón del Cielo, miembro de la trinidad creadora del Popol Vuh, ejecutor del diluvio que aniquiló a los hombres de madera— es la única deidad prehispánica cuyo nombre pasó, por un camino paralelo caribeño-taíno, a formar parte del léxico corriente de todas las lenguas europeas modernas. Cada vez que un meteorólogo del hemisferio norte pronuncia la palabra «huracán» al describir un ciclón tropical, resuena en el habla común, sin que lo sepa la mayoría de los hablantes, el nombre del dios del rayo del altiplano de Guatemala y de su gemelo taíno del Caribe. El Popol Vuh, hoy leído en escuelas guatemaltecas y en universidades del mundo entero, mantiene la memoria completa de la deidad: sus tres avatares del rayo, su pareja con Uk’ux Ulew, su alianza creadora con Tepeu y Gucumatz, y su papel en la formación del ser humano hecho de la masa del maíz molido por Xpiyacoc y Xmucané.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Huracán?

En k’iche’ se dice Junraqan o Jun Raqan, literalmente «Una Pierna»: la imagen del dios que baja del cielo con una sola pierna corresponde al rayo en zigzag y a la columna vertical del tornado tropical. Su título ceremonial es Uk’ux Kaj, «Corazón del Cielo». En su forma taína hurakan, la palabra pasó al castellano tras el segundo viaje de Colón (1495) y desde allí a todas las lenguas europeas modernas: inglés hurricane, francés ouragan, portugués furacão, italiano uragano, alemán Hurrikan, neerlandés orkaan.

¿Cuál es su papel en el Popol Vuh?

Es el dios primordial del cielo y miembro de la trinidad creadora del universo, junto con Tepeu («Soberano») y Gucumatz / Q’ukumatz («Serpiente Emplumada»). Su pareja cósmica es Uk’ux Ulew («Corazón de la Tierra»). Se manifiesta en tres avatares del rayo: Cakulhá Huracán (rayo mayor), Chipi-Caculhá (rayo menor) y Raxa-Caculhá (rayo verde o súbito). Es el ejecutor del diluvio que destruyó a los hombres de madera, y protagonista de la creación exitosa del ser humano hecho de la masa del maíz molido en el cuarto intento cosmogónico.

¿Cómo destruyó a los hombres de madera?

Envió sobre ellos una lluvia de resina ardiente llamada xecotcovach que los consumió desde arriba, mientras animales oscuros llamados cotzbalam y aves llamadas tucumbalam les rasgaban las carnes desde abajo. Simultáneamente, los objetos domésticos se rebelaron: las piedras de moler el maíz aplastaron a las mujeres, los comales quemaron a los cocineros, los perros y los guajolotes devoraron a sus dueños. Los pocos supervivientes huyeron a los árboles y degeneraron en monos, que según el Popol Vuh son los descendientes actuales de aquella creación fallida castigada por el olvido del culto.

¿Por qué la palabra «huracán» está en todas las lenguas europeas?

Porque Cristóbal Colón la registró de la lengua taína del Caribe en 1495, durante su segundo viaje a la Española, y los cronistas Gonzalo Fernández de Oviedo (Historia General y Natural de las Indias, 1535) y Bartolomé de las Casas (Apologética Historia Sumaria, ~1560) la incorporaron al castellano peninsular. Sebastián de Covarrubias la consignó en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611). Desde el castellano pasó al portugués, francés, inglés, italiano, alemán y neerlandés. La coincidencia con el k’iche’ Junraqan es motivo de discusión lingüística y teológica desde Fernando Ortiz (El huracán, su mitología y sus símbolos, FCE, 1947).

¿Qué relación tiene con los otros dioses del panteón k’iche’?

Huracán es el dios primordial anterior y superior al trío estatal k’iche’ formado por Tohil, Awilix y Hacavitz, que son las deidades tutelares recibidas por los linajes k’iche’ en la mítica Tulán. Comparte la creación del cosmos con Tepeu y Gucumatz, y su acción cosmogónica precede a las hazañas de los Héroes Gemelos Hunahpú e Ixbalanqué contra los Señores de Xibalbá. Su pareja cósmica es Uk’ux Ulew («Corazón de la Tierra»), con quien forma la dualidad primordial cielo-tierra del Popol Vuh.

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