Pitao Bezelao, el dios zapoteco del inframundo y señor de Lyobaa-Mitla

Lo esencial: Pitao Bezelao es el dios zapoteco del inframundo, señor del reino subterráneo llamado Lyobaa —«lugar de los muertos»— cuyo santuario terrenal fue Mitla. Su nombre podría relacionarse con el murciélago sagrado que aparece también en la iconografía maya y mixteca. Fray Juan de Córdova lo registra en 1578, y Gonzalo de Balsalobre documenta en 1656 la persistencia clandestina del culto en San Miguel Sola, ciento treinta y cinco años después de la Conquista.

Origen culturalZapoteca (Valle de Oaxaca postclásico, culto en Mitla-Lyobaa)
TipoDios del inframundo y la muerte, señor de Lyobaa
Función míticaRecibir a las almas de los muertos en Mitla y gobernar el reino subterráneo
AtestaciónCórdova 1578, Balsalobre 1656 (persistencia clandestina 130 años post-Conquista), Burgoa 1674
Vigencia hoyPervivencia iconográfica en el Día de Muertos zapoteco (Xandu’ Yaa) y en el sitio ceremonial visitable de Mitla

Al oriente del Valle de Oaxaca, donde las montañas empiezan a subir hacia la sierra Juárez, se encuentran las ruinas de Mitla. El lugar destaca por sus grecas de piedra, patrones geométricos formados por miles de pequeñas losas ensambladas sin argamasa que cubren los muros de sus palacios. Bajo el suelo, cámaras subterráneas conservan restos de tumbas y depósitos rituales. Fray Francisco de Burgoa lo visitó en el siglo XVII y dejó, en su Geográfica descripción de 1674, una descripción minuciosa del recinto que sigue siendo hoy referencia obligada para cualquiera que quiera entender la función original del sitio.

Los zapotecos del postclásico llamaban a Mitla «Lyobaa», que en su lengua significa «lugar de los muertos» o «lugar de descanso». No era un cementerio en el sentido corriente. Era el centro ceremonial de un reino subterráneo poblado por las almas de los difuntos, gobernado por una deidad específica y atendido por un cuerpo de sacerdotes que vivían dentro del recinto. Los pueblos vecinos enviaban a Mitla a sus muertos importantes, y los bigaña —los sacerdotes del culto— realizaban allí consultas oraculares que se consideraban decisivas para la vida de las comunidades del Valle.

La deidad que presidía este reino subterráneo era Pitao Bezelao. A él estaban dedicados los rituales de Mitla, a él consultaban los sacerdotes, en su honor se conservaban las cámaras funerarias. Este artículo reconstruye su figura a partir del vocabulario de Córdova, las denuncias de Balsalobre y la descripción de Burgoa, cruzándolas con la evidencia arqueológica del sitio y con los estudios contemporáneos de Alcina Franch, Marcus y Flannery, y Oudijk. El resultado es una imagen menos completa que la de otros dioses del inframundo mesoamericano, pero con rasgos propios y con una historia de persistencia colonial particularmente notable, que permite hablar del culto zapoteco a los muertos como uno de los sistemas religiosos más resilientes del México antiguo frente al proceso de evangelización.

Mitla, el santuario terrenal del inframundo zapoteco

Mitla ocupa un espacio geográficamente marginal respecto de Monte Albán, la gran capital clásica del Valle de Oaxaca. Sin embargo, cuando Monte Albán fue perdiendo peso político hacia el siglo IX de nuestra era, Mitla ganó centralidad ritual. Los grupos que dominaron el Valle en los siglos posteriores —hasta la llegada de los mexicas primero y de los españoles después— mantuvieron el sitio como su principal santuario funerario. Joyce Marcus y Kent Flannery (1996) han demostrado a partir de las cerámicas y la arquitectura que la ocupación ceremonial de Mitla se extendió sin interrupciones hasta el momento del contacto, y que las cámaras subterráneas seguían siendo usadas activamente por los sacerdotes zapotecos en el siglo XV.

La arquitectura de Mitla presenta rasgos únicos en Mesoamérica. Sus grecas —los famosos xicalcoliuhqui, «espirales retorcidas» en náhuatl— cubren los muros con patrones puramente geométricos, sin figuras humanas ni animales. Jorge Acosta, que exploró el sitio en profundidad para el INAH en la década de 1970, contabilizó catorce diseños distintos combinados de infinitas maneras. La interpretación más aceptada entre los especialistas ve en estos patrones una representación abstracta del inframundo mismo: laberintos de piedra que evocan los caminos que las almas de los muertos deben recorrer bajo tierra antes de encontrar su lugar de descanso definitivo en el reino de Bezelao.

Bajo los palacios superiores se abren cámaras subterráneas. Burgoa, que las visitó cuando aún estaban parcialmente abiertas en el siglo XVII, describe pasadizos estrechos que descendían al reino de los muertos y una cámara central con una gran losa que —según le contaron sus informantes indígenas— cerraba una boca hacia el interior de la tierra. La descripción es literaria, con evidente influjo de los relatos infernales del cristianismo, pero el hecho arqueológico está confirmado: bajo Mitla hay efectivamente sistemas de cámaras conectadas por pasadizos angostos, con nichos donde se depositaban ofrendas y restos humanos preparados según protocolos rituales específicos.

Los bigaña que servían a Bezelao formaban una clase ritual particular. Vivían en el recinto sagrado, mantenían el celibato durante períodos determinados y controlaban el acceso a las cámaras subterráneas. Michel Oudijk (2000) ha reconstruido, a partir de las relaciones geográficas del siglo XVI, la jerarquía interna del sacerdocio zapoteco del postclásico tardío. En la cúspide estaba el «huija-tao» o gran sacerdote, considerado a veces como encarnación viviente del dios que atendía. Debajo de él, una jerarquía graduada de oficiantes menores repartía las funciones rituales según su especialidad: adivinación calendárica, sacrificios, cuidado de las cámaras, recepción de peregrinos que llegaban de otros pueblos del Valle.

La geografía sagrada de Mitla se organiza en cuatro grupos arquitectónicos principales, cada uno con su propia función ceremonial. El Grupo de las Columnas, el más grande y visible, contiene los patios donde se celebraban las ceremonias públicas y los aposentos del gran sacerdote. El Grupo del Arroyo aloja las cámaras subterráneas más profundas, con los pasadizos que Burgoa describió como bocas del inframundo. El Grupo del Sur, hoy parcialmente cubierto por la iglesia colonial de San Pablo, sirvió probablemente como recinto de las mujeres que participaban en el culto. El Grupo de los Adobes, el más antiguo, muestra la continuidad ocupacional del sitio desde épocas anteriores al desarrollo pleno del santuario funerario. La organización cuatripartita respeta el esquema cosmológico mesoamericano de los cuatro rumbos, con las cámaras subterráneas como quinto punto —el centro— que conecta este mundo con el reino de Bezelao.

El señor del reino subterráneo

Fray Juan de Córdova recogió el nombre en su vocabulario de 1578 bajo la forma «Pezelao». Su glosa dice: «Pezelao, dios del infierno que adoraban los indios zapotecos, señor de los muertos y de la región de abajo». La escueta entrada indica ya los rasgos esenciales del personaje: es una deidad masculina, señor y gobernante del reino subterráneo, y receptor del culto colectivo del pueblo zapoteco. La etimología sigue siendo debatida por los especialistas. José Alcina Franch (1993) propuso relacionarla con «bezee», murciélago, y «lao», rostro o faz, dando algo así como «el rostro del murciélago» o «la deidad del murciélago del inframundo». Esta hipótesis conecta a Bezelao con Camazotz maya y con Yaha mixteco, los dioses murciélago del inframundo mesoamericano.

El testimonio más impresionante sobre el culto activo lo dejó Gonzalo de Balsalobre. En 1656 —ciento treinta y cinco años después de la Conquista— el visitador eclesiástico investigó las prácticas de San Miguel Sola, un pueblo zapoteco de la sierra sur, y descubrió que el culto a las deidades antiguas persistía casi intacto bajo la fachada del cristianismo. Sobre Bezelao escribió con alarma: «Consultan al llamado Pezelao para las cosas de la muerte, para saber si el enfermo vivirá o morirá, y le hacen ofrendas de copal y de plumas en las cuevas donde tienen sus altares escondidos». La cita es reveladora por varios motivos. Muestra que el culto se extendía más allá de Mitla, dispersado por todo el territorio zapoteco. Muestra también que la función oracular seguía intacta: Bezelao era, entre otras cosas, un dios al que se preguntaba sobre el destino individual de los enfermos graves.

Fray Francisco de Burgoa recorrió Mitla en la primera mitad del siglo XVII, cuando el sitio todavía conservaba parte de su función ceremonial pese a la evangelización. Su Geográfica descripción, publicada en 1674, dedica varias páginas al recinto. Sobre las cámaras subterráneas escribió que servían de morada al «hijo Pezelao, dios del infierno», y describió el aparato de guardianes y sirvientes que mantenían el culto en pie. Aunque Burgoa filtra todo a través de la teología cristiana y ve en Bezelao una versión del diablo, sus observaciones etnográficas conservan datos preciosos sobre el papel del sitio como cabeza ritual del reino de los muertos. Su descripción de los pasadizos y la losa central se ha visto confirmada, a grandes rasgos, por las excavaciones modernas dirigidas por Acosta.

Bezelao tenía una consorte femenina. Las fuentes coloniales la llaman Coquechilla, o alternativamente Xonaxi Quecuya. Su nombre incluye la partícula «xonaxi», que en zapoteco antiguo designa a las mujeres nobles y a las diosas femeninas de rango alto. Formaba con Bezelao una pareja gobernante del inframundo, distribuida entre ambos según los aspectos de la muerte: él encargado del recibimiento y el juicio de las almas, ella responsable de la fecundidad y la regeneración de la vida bajo tierra. Adam Sellen (2011) ha propuesto identificar varias urnas femeninas del clásico zapoteco con Coquechilla, aunque la asignación sigue siendo tentativa. La presencia de una pareja gobernante del inframundo es un rasgo común en Mesoamérica —Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl entre los mexicas ofrecen el paralelo más claro— y refleja una estructura pareja en la organización del más allá.

Los expedientes inquisitoriales de Balsalobre —conservados hoy en el Archivo General de la Nación en México y estudiados por Ronald Spores y Nancy Farriss— contienen descripciones detalladas de los rituales dedicados a Bezelao en la sierra zapoteca de mediados del siglo XVII. Un testimonio recogido en San Miguel Sola en 1653 menciona ofrendas nocturnas realizadas en cuevas específicas, con el sacerdote tradicional vestido con una manta de algodón blanco y con el rostro pintado de negro para representar la oscuridad del reino subterráneo. Los participantes traían ofrendas personales: granos de cacao, plumas de guacamaya, pequeñas figurillas de barro que representaban a los enfermos por los que se consultaba. El bigaña —siempre un hombre de edad avanzada, formado en la tradición familiar— entraba en trance mediante el consumo de piciete y hongos y transmitía las respuestas del dios en un lenguaje ritual que sólo los iniciados entendían plenamente.

Paralelos mesoamericanos y persistencia del culto

Bezelao pertenece al grupo de deidades mesoamericanas del inframundo, un conjunto amplio y variado que incluye a Mictlantecuhtli entre los mexicas, a Vucub-Camé entre los k’iche’ del Popol Vuh, a Ah Puch entre los mayas yucatecos y a Supay en el mundo andino. Cada uno de estos personajes gobierna un reino subterráneo específico con sus propias reglas de acceso, jerarquías internas y consortes femeninas. Las diferencias entre ellos son también reveladoras. Mictlantecuhtli es descarnado y esquelético, un rey de huesos que recibe a las almas al final de un viaje de cuatro años. Ah Puch aparece con rasgos grotescos: vientre hinchado, cabeza descompuesta. Vucub-Camé es uno entre doce señores de Xibalbá, no gobernante único sino miembro de un consejo cuyas decisiones se toman colegiadamente.

Bezelao presenta rasgos menos macabros que sus vecinos. En las descripciones coloniales aparece más como un juez y receptor que como un rey de la putrefacción. Su iconografía —hasta donde se puede reconstruir a partir de las urnas del clásico— muestra figuras sedentes con tocados elaborados y a veces con máscaras zoomorfas, particularmente de murciélago. Esta imagen menos violenta puede reflejar tanto una teología distinta como un filtro de las fuentes: los frailes que describieron a Mictlantecuhtli tenían acceso a códices mexicas explícitos, mientras que los que describieron a Bezelao dependían de testimonios orales tardíos y de restos arqueológicos ya semidestruidos por el saqueo colonial temprano y por la propia acción de los evangelizadores contra los templos considerados idolátricos.

Lo que sí distingue con claridad al culto zapoteco es su persistencia colonial. El caso de San Miguel Sola documentado por Balsalobre en 1656 no fue un episodio aislado. Nancy Farriss (2018) ha reconstruido —a partir de los expedientes inquisitoriales de Oaxaca— una red amplia de comunidades zapotecas donde los cultos antiguos siguieron activos durante todo el siglo XVII, escondidos en cuevas y practicados de noche. Los sacerdotes tradicionales, hijos y nietos de los bigaña originales, transmitían el conocimiento ritual dentro de familias específicas. Los denunciantes eran a menudo miembros de las mismas comunidades enfrentados a los oficiantes por razones políticas locales, lo que permitió a Balsalobre acumular expedientes detallados que hoy funcionan como fuente etnográfica de primera mano sobre las prácticas rituales del período colonial temprano.

La imagen del murciélago del inframundo, presente tanto en Camazotz maya como en Bezelao zapoteco, sugiere un fondo mesoamericano común anterior a la diferenciación de las culturas particulares. El murciélago cuelga cabeza abajo, habita en cuevas —lugares tradicionalmente asociados al inframundo—, emerge de noche y se alimenta a veces de sangre. Todas estas características se prestan a la construcción simbólica de una deidad del reino subterráneo. Si la hipótesis etimológica de Alcina Franch se confirma, Bezelao sería una versión zapoteca de esta figura pan-mesoamericana, adaptada al calendario y al panteón local. La presencia arqueológica de máscaras zoomorfas de murciélago en las urnas zapotecas del clásico refuerza esta lectura, aunque no la demuestra de forma concluyente.

La comparación con las prácticas funerarias de otros pueblos mesoamericanos revela también matices interesantes. Los mexicas dividían el destino de los muertos según la forma de morir: los guerreros caídos en batalla iban al Tonatiuh Ichan, casa del sol; las mujeres muertas de parto al Cihuatlampa; los muertos por agua al Tlalocan; y la mayoría de los difuntos comunes al Mictlan, reino de Mictlantecuhtli. Los mayas del clásico tenían un sistema similar con múltiples niveles. La documentación zapoteca no permite reconstruir con detalle equivalente el mapa del más allá, pero las cámaras subterráneas de Mitla y los depósitos funerarios diferenciados por rango social sugieren que también los ben’zaa distinguían destinos post mortem según la vida terrenal del difunto. Los nobles enterrados con ajuares ricos ocupaban las cámaras cercanas a la casa del gran sacerdote, presumiblemente más próximas al dios; los comunes descansaban en las tumbas periféricas.

Un rasgo característico del culto zapoteco a los muertos, que lo distingue tanto del mexica como del maya clásico, es la importancia de las urnas funerarias antropomorfas depositadas junto a las tumbas de los personajes principales. Estas urnas —conocidas como «acompañantes» en la literatura arqueológica— representaban a las deidades tutelares del difunto y funcionaban como intermediarios entre el mundo de los vivos y el reino de Bezelao. Se fabricaban en talleres especializados, con arcilla mezclada con ceniza volcánica del propio Valle, y podían medir hasta setenta centímetros de altura. Cira Martínez López catalogó más de trescientas urnas de este tipo en su estudio de 2002, muchas de ellas con máscaras zoomorfas de murciélago que sugieren un vínculo específico con Bezelao. La producción de estas urnas se interrumpió bruscamente con la Conquista y no tuvo continuidad colonial, a diferencia de otras prácticas rituales del culto que sí persistieron durante generaciones.

Una mirada final

Bezelao presenta un caso interesante para pensar la continuidad y el cambio en las religiones mesoamericanas después del contacto. Por un lado, la evidencia arqueológica y las fuentes coloniales tempranas dibujan una figura sólida: un dios del inframundo con santuario propio, sacerdocio especializado y culto extendido por todo el territorio zapoteco. Por otro lado, la persistencia documentada por Balsalobre y por los expedientes inquisitoriales muestra que este culto no desapareció con la Conquista sino que se replegó, cambió de escenario —de los templos oficiales a las cuevas y las casas particulares— y sobrevivió al menos hasta finales del siglo XVII bajo formas clandestinas que la administración colonial nunca logró erradicar del todo.

Lo que ocurre después es más difícil de rastrear. Las fuentes escritas se vuelven escasas conforme la vigilancia inquisitorial pierde intensidad y el sincretismo se profundiza. Bezelao no aparece en los estudios etnográficos del siglo XX como figura reconocible con ese nombre. Sin embargo, las prácticas funerarias zapotecas contemporáneas —particularmente el Xandu’ Yaa, el Día de Muertos en las comunidades del Valle— conservan elementos que las fuentes coloniales atribuían al culto antiguo: las ofrendas específicas en las tumbas, la consulta a los muertos sobre asuntos de vida y muerte, la relación de los vivos con un reino subterráneo poblado por los antepasados que velan por sus descendientes desde el otro lado.

Mitla sigue siendo hoy un lugar visitable y protegido por el INAH. Sus cámaras subterráneas están cerradas al público en su mayor parte, pero la arquitectura visible —los patios ceremoniales, las grecas de piedra, las tumbas exploradas por Acosta— permite hacerse una idea del santuario que fue. Bajo las capas de reinterpretación colonial y de olvido moderno, la figura de Bezelao sigue latiendo en el sitio: cada visita a Mitla es, en algún sentido, una consulta indirecta al dios del reino subterráneo que allí tuvo su casa, aunque los visitantes actuales rara vez sepan pronunciar su nombre y aunque las autoridades del sitio prefieran presentarlo como monumento arqueológico neutro antes que como santuario religioso activo.

El Día de Muertos zapoteco —conocido como Xandu’ Yaa en el istmo y como Xandú entre los binnizá del Valle— conserva capas importantes del culto antiguo bajo su forma católica actual. Las ofrendas domésticas de finales de octubre incluyen elementos que no aparecen en el Día de Muertos mexicano estándar: velas específicas para cada rango de difunto, arreglos florales que reproducen esquemas cuatripartitos idénticos a los de la arquitectura de Mitla, cantos rituales en zapoteco antiguo que sólo las abuelas de las comunidades conservan con precisión. En Teotitlán del Valle, la comida ceremonial del 2 de noviembre incluye un mole específico —el llamado mole negro de fandango— cuyo color oscuro representa la tierra de los muertos y cuya preparación sigue una receta transmitida de generación en generación desde tiempos anteriores al contacto con España. Estos elementos, tomados en conjunto, dibujan una continuidad ritual poco visible pero profunda con el mundo de los bigaña zapotecos y su dios Bezelao.

Rastrear a Pitao Bezelao es, en definitiva, un ejercicio de reconstrucción con material fragmentario. Las fuentes coloniales lo describen a través del prisma de una demonología cristiana que le atribuye rasgos ajenos a su función original. La arqueología nos entrega arquitectura y objetos, pero las palabras rituales pronunciadas en las cámaras subterráneas se perdieron con los últimos bigaña. Las prácticas contemporáneas del Xandu’ Yaa conservan gestos y estructuras significativas, pero han pasado por cinco siglos de reinterpretación católica que las alejan del culto original. Lo que queda del dios zapoteco de los muertos es entonces menos una figura definida que un espacio de preguntas: sobre la continuidad y el cambio en las religiones prehispánicas, sobre la capacidad de las culturas subalternas para preservar sus dioses bajo capas de traducción forzada, sobre lo que sobrevive y lo que se pierde cuando un mundo religioso es sometido durante siglos a la presión de otro.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Pitao Bezelao en la mitología zapoteca?

Pitao Bezelao es el dios zapoteco del inframundo, señor del reino subterráneo llamado Lyobaa o «lugar de los muertos». Su santuario terrenal era Mitla, en el oriente del Valle de Oaxaca, un centro ceremonial con cámaras subterráneas donde vivía un cuerpo de sacerdotes especializado. Fray Juan de Córdova registró su nombre en 1578 como «Pezelao», y Gonzalo de Balsalobre documentó en 1656 la persistencia clandestina del culto en San Miguel Sola, ciento treinta y cinco años después de la Conquista.

¿Cuál es la fuente principal del culto a Bezelao?

Las fuentes escritas principales son tres. El Vocabulario en lengua çapoteca de Fray Juan de Córdova (1578) registra el nombre y la función básica de la deidad. La Relación auténtica de las idolatrías de Gonzalo de Balsalobre (1656) documenta la persistencia clandestina del culto en la sierra sur de Oaxaca. La Geográfica descripción de fray Francisco de Burgoa (1674) describe el santuario de Mitla y sus cámaras subterráneas. A estas fuentes se suman las exploraciones arqueológicas de Jorge Acosta y los estudios contemporáneos de Alcina Franch, Marcus y Flannery, y Oudijk.

¿Qué relación tiene Bezelao con el murciélago sagrado?

La etimología del nombre —propuesta por José Alcina Franch en 1993— relaciona «bezelao» con «bezee» (murciélago) y «lao» (rostro), dando algo así como «el rostro del murciélago» o «la deidad del murciélago del inframundo». Esta lectura conecta a Bezelao con Camazotz maya y con Yaha mixteco, los dioses murciélago del inframundo mesoamericano. La imagen del murciélago se presta a esta construcción simbólica porque el animal cuelga cabeza abajo, habita en cuevas y emerge de noche, todos rasgos asociados en Mesoamérica al reino subterráneo.

¿Cómo se compara Bezelao con Mictlantecuhtli mexica o Ah Puch maya?

Los tres comparten la función básica de dios del inframundo, pero se diferencian en su iconografía y en su rol. Mictlantecuhtli aparece descarnado y esquelético, rey de un reino de huesos al que las almas llegan tras un viaje de cuatro años. Ah Puch presenta rasgos grotescos: vientre hinchado y cabeza descompuesta. Bezelao muestra imágenes menos macabras: figuras sedentes con tocados elaborados y a veces con máscaras de murciélago. Esta diferencia puede reflejar tanto una teología distinta como un filtro de las fuentes, ya que los frailes documentaron el culto zapoteco desde restos arqueológicos ya semidestruidos.

¿Qué vigencia tiene hoy el culto a Bezelao?

Bezelao no aparece hoy como figura reconocible con ese nombre en las comunidades zapotecas, pero varios elementos de su culto sobreviven en el Día de Muertos zapoteco —llamado Xandu’ Yaa en las comunidades del Valle— con ofrendas específicas en las tumbas y consultas a los antepasados. Mitla, su santuario terrenal, es hoy un sitio arqueológico protegido por el INAH y abierto al público. Las grecas de piedra y las cámaras funerarias siguen visibles, permitiendo reconstruir la geografía sagrada del reino subterráneo zapoteco.

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