Wari-Willka, el dios de la cultura Wari de Ayacucho preinca

En síntesis. Wari-Willka —también consignado Huari Willca en la ortografía colonial temprana— nombra a la vez a un dios ancestral del panteón preinca central andino y al sitio arqueológico que le sirvió de huaca principal en la sierra central peruana durante los siglos posteriores al colapso de la cultura Wari. La cultura Wari —también escrita Huari según la ortografía castellanizada— fue la primera formación estatal panandina, contemporánea de Tiwanaku en Bolivia y con capital en el actual departamento de Ayacucho (Perú); floreció durante el Horizonte Medio andino, entre 500 y 1100 d.C., y expandió su presencia administrativa desde el valle del Huarpa hasta Cajamarca al norte, Cusco al sur, la costa de Pachacámac al oeste y las tierras altas de Arequipa al sureste. Felipe Guaman Poma de Ayala consignó hacia 1615 a los «wari willkakuna» como huacas ancestrales anteriores a los incas, y Pedro Cieza de León ya en 1553 los situaba en el linaje preinca del panteón andino; el corpus arqueológico moderno —abierto por William H. Isbell en 1977 con Rural Foundation for Urbanism, sistematizado por Katharina Schreiber en 1992 con Wari Imperialism in Middle Horizon Peru y sintetizado por Susan E. Bergh en 2012 con Wari: Lords of the Ancient Andes— ha confirmado la existencia y la escala del imperio del que el dios Wari-Willka es la memoria mítica sobreviviente.

Origen culturalCultura Wari o Huari, primera formación estatal panandina del Horizonte Medio, capital en el valle del Huarpa en el actual departamento de Ayacucho (Perú), floreció entre 500 y 1100 d.C., contemporánea de Tiwanaku en el altiplano boliviano y antecesora de la estructura administrativa incaica
TipoDios ancestral y héroe cultural preinca del panteón andino central, cabeza del culto de los «wari willkakuna» —huacas ancestrales según Guaman Poma— y epónimo del sitio arqueológico Huarivilca de la sierra central peruana donde perduró su culto tras el colapso de la cultura Wari
Función míticaEncarnar la memoria ancestral de la primera formación estatal andina, sostener la continuidad ritual entre el imperio Wari caído hacia 1100 d.C. y las sociedades locales del Intermedio Tardío, y ser reconocido por los cronistas coloniales como huaca antigua a la que los incas rindieron culto tras su conquista de la sierra central en el siglo XV
AtestaciónFelipe Guaman Poma de Ayala, Nueva corónica y buen gobierno (~1615); Pedro Cieza de León, El señorío de los Incas (~1553) y Crónica del Perú (1553); Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo (~1653); síntesis arqueológica moderna en William H. Isbell, The Rural Foundation for Urbanism (University of Illinois Press, Urbana, 1977) y Huari Administrative Structure (Dumbarton Oaks, Washington D.C., 1991, con Gordon McEwan); Katharina Schreiber, Wari Imperialism in Middle Horizon Peru (Museum of Anthropology, University of Michigan, 1992); Anita G. Cook, Wari y Tiwanaku: entre el estilo y la imagen (PUCP, Lima, 1994); Susan E. Bergh (ed.), Wari: Lords of the Ancient Andes (Cleveland Museum of Art / Thames & Hudson, 2012); trabajos de Waldemar Espinoza Soriano sobre Huarivilca desde 1973
Vigencia hoySitio arqueológico Wari a diez kilómetros de la ciudad de Huamanga (Ayacucho, Perú), declarado Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura del Perú; sitio arqueológico Huarivilca en Concepción (departamento de Junín); Museo Regional de Historia Natural del Wari en Ayacucho; reivindicación identitaria Wari en el discurso cultural andino contemporáneo y en la narrativa arqueológica peruana

La primera formación estatal de escala panandina no fue el imperio inca sino una entidad política mucho anterior que los arqueólogos contemporáneos denominan cultura Wari o Huari, cuya capital se situaba en el alto valle del río Huarpa, a unos diez kilómetros de la actual ciudad de Huamanga, en el departamento peruano de Ayacucho. La ocupación mayor del sitio abarca desde mediados del siglo VI hasta las primeras décadas del siglo XII de nuestra era —entre 500 y 1100 d.C., con la fase de expansión imperial concentrada entre 700 y 1000 d.C. según la periodización propuesta por Katharina Schreiber en Wari Imperialism in Middle Horizon Peru (Museum of Anthropology, University of Michigan, 1992). En su momento de máxima proyección territorial, la administración Wari alcanzó Cajamarca por el norte, Pikillacta y Huaro por el sur en el actual departamento de Cusco, la costa central en el santuario oracular de Pachacámac por el oeste y el altiplano en las inmediaciones del lago Titicaca por el sureste, controlando una franja andina de más de mil quinientos kilómetros de longitud a través de una red de centros administrativos monumentales y de caminos empedrados.

La cultura Wari fue contemporánea de Tiwanaku —también escrita Tiahuanaco— en el altiplano boliviano meridional, en la cuenca del lago Titicaca, y las dos grandes formaciones estatales del Horizonte Medio compartieron elementos iconográficos y ceremoniales sin evidencia arqueológica de conquista mutua ni de anexión política de un centro sobre el otro. La coincidencia estilística entre la iconografía del báculo de la Puerta del Sol tiahuanacota y la iconografía del panel policromo hallado en Conchopata —sitio wari cercano a Ayacucho— fue explicada primero por Julio C. Tello a principios del siglo XX como manifestación de un culto compartido de origen chavinoide, y hoy se interpreta como la persistencia de un lenguaje ceremonial pan-andino que ambos centros administrativos heredaron y adaptaron. La periodización estándar del Horizonte Medio andino —fases 1A, 1B, 2A y 2B según la propuesta de Dorothy Menzel de 1964, revisada por Isbell y Schreiber— sigue siendo la referencia cronológica de la arqueología peruana contemporánea. En paralelo, la lectura estilística de Luis G. Lumbreras en De los pueblos, las culturas y las artes del antiguo Perú (Moncloa-Campodónico, Lima, 1969) fijó la denominación castellana «Huari» en la bibliografía peruana de mediados del siglo XX.

El nombre del dios Wari-Willka combina el etnónimo de la cultura arqueológica —Wari, palabra de origen incierto que los cronistas coloniales asociaron a la idea de «gigantes primordiales»— con el término willka, adjetivo panandino que significa «sagrado» y que aparece tanto en quechua como en aimara (el runasimi cuzqueño lo consigna como epíteto divino en varios términos compuestos, incluido el propio Pachacamac Willca del santuario costero). El compuesto Wari-Willka nombra, entonces, la sacralidad ancestral asociada al pasado Wari —a los orígenes del orden estatal andino— y funcionaba en el período post-imperial como memoria colectiva de la primera unidad política de la región. Los cronistas coloniales encontraron ese culto todavía activo en el momento de la conquista española, y la arqueología moderna ha documentado su continuidad ritual desde el colapso Wari del siglo XII hasta el siglo XVI en varios sitios de la sierra central peruana.

El dios de la cultura Wari de Ayacucho y del Horizonte Medio andino

La cultura Wari emergió a mediados del siglo VI d.C. en el alto valle del Huarpa, en las inmediaciones de la actual Huamanga, sobre la base cultural de la cultura Huarpa anterior —de la que hereda técnicas cerámicas y patrones de asentamiento serrano— y con un influjo iconográfico decisivo procedente de la costa sur peruana, específicamente de la cultura Nasca tardía. El sitio arqueológico de Conchopata, a las afueras de la moderna ciudad de Ayacucho, ha entregado a los excavadores los primeros grandes recipientes ceremoniales del estilo Wari con iconografía del báculo divino, fechados por radiocarbono en los siglos VI-VII d.C. y considerados hoy la evidencia más temprana de la ideología estatal Wari. William H. Isbell y sus colaboradores han excavado el sitio de Conchopata desde los años 1970 y han publicado los resultados en varios volúmenes editados; la iconografía de Conchopata, con figuras frontales de la deidad de los báculos y con procesiones de personajes antropomorfos armados, precede en varios siglos a la iconografía inca del dios sol y al panteón cuzqueño de Wiracocha con los que guarda parentesco lejano y sirvió posiblemente de referencia iconográfica remota al panteón cuzqueño posterior.

La capital Wari propiamente dicha, en el sitio hoy conocido simplemente como Wari —a diez kilómetros al norte de Huamanga por la actual carretera Ayacucho-Quinua—, cubre unas trescientas hectáreas de recintos monumentales de piedra encajada en sillería fina, con muros de hasta doce metros de altura conservados en el complejo llamado Cheqo Wasi, en donde las cámaras funerarias líticas —con paredes verticales pulidas al detalle— han sido interpretadas como sepulturas de la élite dinástica Wari. El plano urbano de la capital, sin trazado ortogonal y con recintos amurallados de acceso restringido, refleja una organización política basada en linajes rituales y en la separación estricta entre el espacio administrativo, el espacio ceremonial y el espacio residencial. Katharina Schreiber ha estimado la población de la capital en su apogeo —entre 700 y 900 d.C.— en el orden de veinte mil a treinta mil habitantes, cifra que hace de Wari la mayor concentración urbana de los Andes durante el Horizonte Medio y probablemente la mayor ciudad de América del Sur en ese arco temporal.

La red administrativa Wari se sostuvo mediante una serie de centros provinciales de gran escala levantados en puntos estratégicos del territorio imperial. El sitio de Pikillacta, a treinta kilómetros al sureste de la actual ciudad de Cusco, en el valle de Lucre, es la instalación administrativa Wari más monumental documentada hasta hoy: unas cincuenta hectáreas de recintos rectangulares de dos y tres pisos, con más de setecientas cámaras contadas, construidas en piedra y adobe entre 650 y 1000 d.C. y funcionalmente asociadas al control del tránsito serrano hacia el altiplano titicaqueño. Gordon McEwan ha dirigido las excavaciones sistemáticas del sitio desde los años 1980 y ha publicado la síntesis interpretativa en Pikillacta: The Wari Empire in Cuzco (University of Iowa Press, 2005), sitio administrativo cuya existencia demuestra que la presencia Wari alcanzó de manera efectiva la región cuzqueña con anterioridad al surgimiento de la dinastía inca de Manco Cápac y al posterior expansionismo militar de Pachacuti Inca Yupanqui. Otros centros comparables —Azángaro en el valle de Huanta, Jincamocco en el valle del Carahuarazo, Viracochapampa cerca de Huamachuco— completaron la red imperial y sostuvieron el control administrativo del territorio durante los siglos VIII y IX d.C.

La iconografía religiosa Wari está dominada por la figura frontal de la deidad de los báculos —representación humanoide de perfil rectangular sosteniendo dos bastones divergentes, muchas veces enmarcada por atributos felinos y por auras radiales— que reelabora un tema iconográfico de origen chavín, presente ya en la costa sur en la cultura Nasca temprana y en el estilo Pucará del Titicaca, y del que la Puerta del Sol de Tiwanaku es la versión monumental contemporánea más famosa. Susan E. Bergh, en el catálogo de la exposición Wari: Lords of the Ancient Andes (Cleveland Museum of Art / Thames & Hudson, 2012), reunió por primera vez el corpus iconográfico Wari en un volumen sintético y sostuvo que la unidad estilística del imperio se apoyaba en una teología estatal centrada en esa deidad de los báculos, cuyo culto se propagaba a través de los grandes centros administrativos provinciales y cuya iconografía aparece recurrentemente en la cerámica ceremonial Wari-Vinaque —fase tardía de la producción cerámica— y en los textiles de plumas y de fibra de camélido recuperados en los cementerios de la costa sur peruana. El culto a Wari-Willka que los cronistas coloniales consignan hacia el siglo XVI es memoria residual de esa religión estatal panandina.

De Guaman Poma (1615) a la arqueología moderna (Isbell, Schreiber, Bergh)

La memoria mítica de la cultura Wari sobrevivió al colapso del siglo XII gracias a los cronistas coloniales del siglo XVI y XVII, que recogieron entre los informantes andinos referencias al culto de los «wari willkakuna» como huacas ancestrales anteriores al imperio inca. La fuente central es Felipe Guaman Poma de Ayala, autor indio o mestizo nacido probablemente hacia 1550 en el actual departamento de Ayacucho —en la misma región que había sido corazón del imperio Wari— y fallecido después de 1616. Su Nueva corónica y buen gobierno, terminada hacia 1615 y dirigida al rey Felipe III de España, contiene mil ciento ochenta y nueve páginas manuscritas con casi cuatrocientos dibujos originales, y consigna en varios pasajes a los «wari» o «huari» como un pueblo primordial anterior a los incas, cuyas huacas —las willkakuna— seguían siendo veneradas por los indios a fines del siglo XVI. Guaman Poma describe la sucesión de «cuatro edades» en el mundo andino, y sitúa a los Wari en la segunda edad, la de los «Wari Runa» —»hombres de Wari»— posteriores a la primera edad de los Wari Wiracocha Runa. El manuscrito de Guaman Poma se conserva hoy en la Biblioteca Real de Copenhague, donde fue redescubierto por Richard Pietschmann en 1908.

Pedro Cieza de León —cronista jerezano de la conquista temprana del Perú, autor de Crónica del Perú (1553) y de El señorío de los Incas (~1553)— había mencionado ya en la década de 1540 y 1550 la existencia de «guacas antiguas» en la sierra central peruana atribuidas por los indios a un pueblo anterior a los incas. Cieza, que viajó personalmente por el Cuzco y por el altiplano titicaqueño entre 1548 y 1550, se cruzó con la tradición de que los grandes edificios de piedra pulida —incluyendo los muros ciclópeos que hoy identificamos como Wari— habían sido levantados por «gigantes» en un tiempo remoto. Su lectura fue completada más tarde por Bernabé Cobo, jesuita natural de Lopera (Jaén) que trabajó en el virreinato peruano durante la primera mitad del siglo XVII y cuya Historia del Nuevo Mundo (terminada hacia 1653 aunque no publicada íntegra hasta 1890-1895) incluye una compilación exhaustiva del panteón andino en la que los «wari» figuran como huacas ancestrales anteriores al culto solar cuzqueño. Cobo tuvo acceso a las relaciones religiosas jesuitas del siglo XVI y a los expedientes de la extirpación de idolatrías —campaña de represión religiosa dirigida por Francisco de Ávila desde 1608 en Huarochirí—, y su testimonio recoge la vigencia del culto en la sierra central hasta mediados del siglo XVII.

El giro académico moderno sobre Wari se debe a William H. Isbell, arqueólogo estadounidense de la Binghamton University que en 1977 publicó The Rural Foundation for Urbanism: Economic and Stylistic Interaction Between Rural and Urban Communities in Eighth-Century Peru (University of Illinois Press, Urbana), obra pionera en la que estableció por primera vez que la cultura Wari había constituido un imperio de escala panandina y no una simple entidad regional serrana. Isbell dirigió después las excavaciones de Conchopata desde los años 1970 y coeditó con Gordon McEwan el volumen colectivo Huari Administrative Structure: Prehistoric Monumental Architecture and State Government (Dumbarton Oaks Research Library and Collection, Washington D.C., 1991), que reunió por primera vez a los principales especialistas del período y consolidó el paradigma del imperio Wari. Su interpretación se apoyó en la comparación sistemática entre la arquitectura de la capital ayacuchana y la de los centros provinciales, y demostró la existencia de un lenguaje arquitectónico estandarizado —el «recinto rectangular con muros altos y accesos restringidos»— que se reproduce con precisión desde Cajamarca hasta Cusco. El paradigma imperial de Isbell abrió el camino a la síntesis regional posterior.

Katharina Schreiber, arqueóloga de la University of California en Santa Barbara, publicó en 1992 Wari Imperialism in Middle Horizon Peru (Museum of Anthropology, University of Michigan, Ann Arbor), monografía que sistematizó por primera vez la evidencia arqueológica de la expansión imperial Wari en varios de sus territorios provinciales, con especial atención al valle del Carahuarazo (departamento de Ayacucho) y a los caminos que conectaron el centro con la periferia. Schreiber propuso un modelo de «presencia imperial diferenciada», en el que la administración Wari ejercía control directo sobre las áreas estratégicas y control indirecto sobre las áreas periféricas, apoyándose en la instalación de centros administrativos escalonados y en la construcción de una red de caminos empedrados anticipatoria del sistema vial inca. Anita G. Cook, arqueóloga de la Catholic University of America en Washington D.C., completó el arco interpretativo con Wari y Tiwanaku: entre el estilo y la imagen (PUCP, Lima, 1994), donde comparó sistemáticamente las dos iconografías estatales del Horizonte Medio y estableció los criterios estilísticos para distinguir las producciones Wari de las Tiwanaku en los cementerios de la costa sur peruana, donde ambas tradiciones se cruzaron durante los siglos VIII y IX d.C. La cronología cultural del Horizonte Medio, propuesta por John H. Rowe en «Cultural Unity and Diversification in Peruvian Archaeology» (Selected Papers of the 5th International Congress of Anthropological and Ethnological Sciences, Filadelfia, 1960), sigue siendo el marco temporal de referencia.

El sitio Huarivilca (Junín) y la vigencia del culto tardío

La perduración del culto a Wari-Willka tras el colapso de la cultura Wari hacia 1100 d.C. está documentada arqueológica y etnohistóricamente en el sitio de Huarivilca, huaca principal del culto en el actual distrito de Concepción, provincia de Concepción, departamento de Junín, en la sierra central peruana. El sitio se encuentra a mil quinientos metros de la actual ciudad de Concepción, en un pequeño valle intramontano del río Mantaro, y consta de un edificio ceremonial de planta rectangular con muros de piedra encajada de fábrica Wari tardía, con un patio central y con dos ambientes anexos que la interpretación arqueológica contemporánea ha identificado como espacios de ofrenda y de residencia sacerdotal. La ocupación mayor del sitio abarca desde el siglo XI d.C. —fase Sicaya, contemporánea del ocaso del imperio Wari— hasta el siglo XVI d.C., con evidencia de continuidad ritual ininterrumpida a lo largo de todo el Intermedio Tardío (1100-1470 d.C.) y del Horizonte Tardío inca (1470-1533 d.C.).

Waldemar Espinoza Soriano, historiador peruano nacido en 1936 en Cajamarca y catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, dedicó a la región del Mantaro y al sitio de Huarivilca varios trabajos monográficos durante los años 1960 y 1970, entre los que destacan sus estudios sobre la etnohistoria del valle publicados en la Revista del Museo Nacional de Lima y su síntesis general La destrucción del Imperio de los Incas (Amaru Editores, Lima, 1973). Espinoza Soriano estableció, cruzando la evidencia arqueológica de campo con las visitas coloniales del siglo XVI —en particular la visita del oidor Iñigo Ortiz de Zúñiga a Chucuito en 1567 y las relaciones geográficas de Indias— que el culto a Wari-Willka siguió vigente en la sierra central peruana hasta la extirpación de idolatrías del siglo XVII, y que la huaca de Concepción fue una de las últimas grandes concentraciones ceremoniales del culto pre-inca en la región. Sus trabajos han sido base de todas las lecturas etnohistóricas posteriores sobre la región del Mantaro.

La conquista inca de la sierra central bajo Pachacuti Inca Yupanqui —hacia mediados del siglo XV, según la cronología de John H. Rowe (1960)— incorporó al valle del Mantaro dentro del Tawantinsuyu, y el sitio de Huarivilca fue reconocido por los incas como huaca principal de la región. La política religiosa incaica, característicamente inclusiva, mantuvo activo el culto pre-inca y lo integró en el calendario ceremonial imperial mediante la práctica de las capacocha —peregrinaciones rituales que llevaban ofrendas desde el Cuzco hasta las huacas provinciales— y mediante la asignación de tierras estatales al mantenimiento del santuario. La coexistencia del culto local a Wari-Willka con el culto imperial cuzqueño al Sol y a Wiracocha es característica de la manera en que el Tawantinsuyu integró las tradiciones religiosas provinciales sin sustituirlas por la teología estatal cuzqueña, prolongando así la vida del culto ancestral hasta la conquista española de 1533. Los quipu administrativos incas —los cordones anudados que servían de registro contable y ritual— consignaban las tierras asignadas al santuario dentro del sistema tripartito de tierras del Sol, del Inca y del pueblo.

Los cronistas coloniales que atravesaron el valle del Mantaro en la segunda mitad del siglo XVI —Cieza de León en 1548, Diego de Ocaña en 1599, Bernabé Cobo en 1615— consignaron el culto local a Wari-Willka como huaca vigente, y los expedientes de extirpación de idolatrías dirigidos desde Lima por Francisco de Ávila y por Pedro de Villagómez entre 1608 y 1660 documentaron la persistencia de las ofrendas rituales en el sitio a pesar de las campañas represivas. El culto entró en clandestinidad a fines del siglo XVII pero no desapareció por completo: la tradición oral local del valle del Mantaro sigue reconociendo el sitio como huaca importante y las autoridades culturales de la provincia de Concepción han integrado el conjunto en el circuito arqueológico del departamento de Junín. El sitio arqueológico Wari propiamente dicho —el de la capital ayacuchana, cerca de Huamanga— fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura del Perú y forma parte del circuito turístico Ayacucho-Quinua desde los años 1980; el Museo Regional de Historia Natural del Wari, en la propia ciudad de Ayacucho, exhibe la iconografía cerámica y los ajuares funerarios recuperados por décadas de excavación sistemática. La reivindicación identitaria de la matriz Wari ha ganado protagonismo en la narrativa cultural peruana contemporánea, especialmente desde la exposición internacional de 2012 en el Cleveland Museum of Art y desde la publicación del volumen Wari: Lords of the Ancient Andes.

Lo que permanece

Guaman Poma (1615), Cieza de León (1553), Cobo (1653), Espinoza Soriano (1973 en adelante), Isbell (1977, 1991), Schreiber (1992), Cook (1994) y Bergh (2012) forman el arco documental completo con el que la investigación andinista contemporánea aborda la doble realidad de la cultura Wari: por un lado la evidencia arqueológica de la primera formación estatal panandina, con capital en el valle del Huarpa cerca de Huamanga y con centros provinciales desde Cajamarca hasta Cusco; por el otro la evidencia etnohistórica de un culto ancestral —el de Wari-Willka— que sobrevivió al colapso imperial y que los cronistas coloniales encontraron todavía vigente en la sierra central peruana. El sitio de Huarivilca en Concepción y el sitio de Wari en Ayacucho son los dos puntos de anclaje material de esa continuidad, y la iconografía de la deidad de los báculos —presente en Conchopata, en Pikillacta, en la Puerta del Sol de Tiwanaku y en el corpus cerámico Wari-Vinaque— es el hilo iconográfico que atraviesa toda la secuencia. El culto que Guaman Poma consignó hacia 1615 hunde sus raíces en la iconografía religiosa del siglo VI d.C. y prolonga hasta el siglo XVII una memoria colectiva de mil años.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Wari-Willka en el panteón andino preinca?

Wari-Willka —también consignado Huari Willca en la ortografía colonial temprana— es a la vez el nombre de un dios ancestral del panteón preinca central andino y el topónimo del sitio arqueológico principal de su culto tardío, en el actual departamento de Junín. El nombre combina el etnónimo Wari, correspondiente a la primera formación estatal panandina, con el término willka, adjetivo panandino en quechua y aimara que significa sagrado. Felipe Guaman Poma de Ayala consignó hacia 1615 a los wari willkakuna como huacas ancestrales anteriores a los incas dentro de su esquema de las cuatro edades del mundo andino.

¿Dónde estuvo la capital de la cultura Wari?

La capital Wari se encontraba en el alto valle del río Huarpa, en el actual departamento de Ayacucho, a unos diez kilómetros al norte de la ciudad de Huamanga por la carretera Ayacucho-Quinua. El sitio arqueológico cubre unas trescientas hectáreas de recintos monumentales de piedra encajada, con muros de hasta doce metros de altura conservados en el complejo Cheqo Wasi, y albergó en su apogeo —entre 700 y 900 d.C.— entre veinte mil y treinta mil habitantes según la estimación de Katharina Schreiber en Wari Imperialism in Middle Horizon Peru (Museum of Anthropology, University of Michigan, 1992).

¿Qué relación tuvo Wari con Tiwanaku?

Wari y Tiwanaku fueron las dos grandes formaciones estatales contemporáneas del Horizonte Medio andino (500-1100 d.C.), la primera con capital en Ayacucho (Perú) y la segunda en el altiplano boliviano meridional, cerca del lago Titicaca. Compartieron elementos iconográficos —especialmente la figura de la deidad de los báculos, presente tanto en el panel de Conchopata como en la Puerta del Sol tiahuanacota— sin evidencia arqueológica de conquista mutua ni de anexión política. Anita Cook sistematizó las diferencias estilísticas entre ambas tradiciones en Wari y Tiwanaku: entre el estilo y la imagen (PUCP, Lima, 1994).

¿Qué documentan los cronistas coloniales sobre Wari-Willka?

Felipe Guaman Poma de Ayala en Nueva corónica y buen gobierno (~1615) consigna a los wari o huari como pueblo primordial anterior a los incas dentro de su esquema de las cuatro edades del mundo andino, situándolos en la segunda edad Wari Runa. Pedro Cieza de León (~1553) menciona guacas antiguas en la sierra central atribuidas a un pueblo anterior a los incas. Bernabé Cobo (~1653) compiló el culto en su Historia del Nuevo Mundo apoyándose en las relaciones jesuitas y en los expedientes de extirpación de idolatrías dirigidos desde Lima entre 1608 y 1660.

¿Qué es y dónde está el sitio Huarivilca?

Huarivilca es el sitio arqueológico que sirvió de huaca principal del culto a Wari-Willka desde el colapso del imperio Wari hacia 1100 d.C. hasta la extirpación de idolatrías del siglo XVII. Se encuentra a mil quinientos metros de la actual ciudad de Concepción, provincia de Concepción, departamento de Junín, en la sierra central peruana. Consta de un edificio ceremonial rectangular de piedra encajada con patio central y ambientes anexos. Waldemar Espinoza Soriano documentó la vigencia del culto en La destrucción del Imperio de los Incas (Amaru Editores, Lima, 1973) y en varios trabajos sobre etnohistoria del valle del Mantaro.

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