Kwatïngï, el Sol primordial del Alto Xingu Kuikuro-Kamayurá brasileño

En breve. Kwatïngï es el Sol primordial del panteón del Alto Xingu, hermano gemelo mayor de Aulukumã (la Luna). Nació cuando Mavutsinim, el demiurgo Kamayurá, talló dos troncos de madera y sopló vida sobre ellos tras el diluvio primordial. Kwatïngï enseñó a los primeros hombres a hacer fuego frotando maderas, a plantar y a cocinar la mandioca amarga, a construir malocas circulares con pilar central y a celebrar el Kwarup, el gran ritual funerario xinguano en honor de los caciques muertos. Su presencia sigue viva en el Parque Indígena do Xingu, donde el Kwarup se celebra cada agosto o septiembre.

Origen culturalAlto Xingu — Kamayurá, Kuikuro, Kalapalo, Yawalapiti, Aweti, Mehinaku, Wauja (Parque Indígena do Xingu, Mato Grosso, Brasil)
TipoSol primordial, hermano mayor de la díada solar-lunar
Función míticaInstituir el fuego, la mandioca, la maloca circular y el ritual funerario Kwarup; rescatar a las primeras mujeres humanas del fondo de la laguna
Atestación primariaKarl von den Steinen 1886 y 1894; Orlando y Cláudio Villas Bôas 1970; Ellen Basso 1985
Vigencia hoyFigura central del Kwarup, celebrado anualmente en el Parque Indígena do Xingu; documentado en el film Kwarup de Ruy Guerra (1989)

Para los pueblos del Alto Xingu, Kwatïngï es el Sol que camina por el cielo desde el principio de los tiempos. Los Kamayurá lo llaman Kwãt; los Kuikuro y los Kalapalo, Kwatïngï; los Aweti pronuncian Kwãt con el mismo sentido. Todas las variantes remiten a una misma figura: el hermano mayor de la díada primordial que Mavutsinim, el gran creador Kamayurá, moldeó a partir de dos troncos de madera cuando el mundo estaba vacío y necesitaba luz, calendario, fuego y compañía humana. La palabra misma, según el registro lingüístico de Bruna Franchetto en Falar Kuikuro (1986), reúne en una sola raíz karib la noción de astro solar y la de fuente de calor primigenio.

La aparición de Kwatïngï no ocurrió sola. Junto a él vino Aulukumã, su hermano gemelo menor, la Luna. Ambos son inseparables en el pensamiento ritual xinguano: uno gobierna el día y el ciclo agrícola de la mandioca, el otro rige la noche y el ciclo menstrual de las mujeres. Karl von den Steinen, el etnógrafo alemán que documentó por primera vez la región en 1884 y publicó Durch Central-Brasilien (Brockhaus, Leipzig, 1886), registró ya la centralidad de esta pareja gemelar en el pensamiento de los pueblos del Alto Xingu. Ellen Basso, en A Musical View of the Universe (Pennsylvania UP, 1985), profundizó ochenta años después en cómo la díada Sol-Luna organiza el calendario ritual de los Kalapalo.

El legado de Kwatïngï abarca lo cósmico, lo técnico y lo ritual. A los primeros hombres les enseñó a frotar dos maderas para producir fuego, a rallar y calentar la mandioca amarga —venenosa si se come cruda— para hacerla comestible, y a construir la maloca circular xinguana con su gran pilar central. Instituyó, sobre todo, el Kwarup: el ceremonial funerario más importante del Alto Xingu, donde los troncos pintados de rojo y negro representan a los caciques muertos y se baila en su honor durante varios días que reúnen a los dieciséis pueblos de la región en un mismo terreiro central.

El Alto Xingu y la díada solar-lunar

El Alto Xingu es una región del sudoeste amazónico brasileño donde, en el actual estado de Mato Grosso, conviven desde hace por lo menos mil años dieciséis pueblos indígenas que comparten un mismo mundo ritual pese a hablar lenguas de familias distintas. Hay pueblos aruaques como los Yawalapiti, los Mehinaku y los Wauja; pueblos karib como los Kuikuro, los Kalapalo, los Matipu y los Nahukuá; pueblos tupí como los Kamayurá y los Aweti; el pueblo Trumái, que habla una lengua aislada; y otros grupos menores. La convivencia entre lenguas y familias tan diversas es rara en la Amazonía y ha llamado la atención de generaciones de etnógrafos desde el siglo XIX.

La historia del contacto europeo con el Alto Xingu comenzó tarde. Fue el explorador alemán Karl von den Steinen quien, en 1884, dirigió la primera expedición europea documentada al río Kuluene, tributario del gran Xingu. El resultado fue Durch Central-Brasilien: Expedition zur Erforschung des Schingú im Jahre 1884, publicado en Leipzig en 1886, y ocho años después Unter den Naturvölkern Zentral-Brasiliens (1894), donde Steinen ya recogía versiones del mito gemelar Kwatïngï-Aulukumã en varios pueblos. Su registro es la primera atestación etnográfica escrita de esta figura. Emmanuel Petrus Herman Meyer, un colaborador cercano, volvió a la región en 1896 y amplió el corpus mítico con nuevas variantes recogidas entre los Bakairi y los Waurá.

La segunda gran ola documental llegó con los hermanos Orlando, Cláudio y Leonardo Villas Bôas, sertanistas brasileños que a partir de 1946 pasaron treinta años trabajando con los pueblos xinguanos. Su libro Xingu: Os Índios, Seus Mitos (Zahar, Rio de Janeiro, 1970), traducido al inglés tres años más tarde por Farrar, Straus and Giroux, es la fuente más citada para la mitología del Alto Xingu del siglo XX. Los Villas Bôas también fueron promotores decisivos de la creación del Parque Indígena do Xingu en 1961 —el primer parque indígena de Brasil— junto con el mariscal Cândido Rondon. Sin ese parque, buena parte del mundo ritual xinguano habría sido barrido por la expansión de la agroindustria mato-grossense.

La antropología contemporánea ha refinado el análisis. Ellen Basso, en A Musical View of the Universe (1985) y In Favor of Deceit (Arizona UP, 1987), estudió los rituales y los mitos de los Kalapalo desde la performance oral y musical. Bruna Franchetto dedicó su vida a la lengua kuikuro y coeditó, con Michael Heckenberger, la obra pivote Os povos do Alto Xingu: história e cultura (Editora UFRJ, 2001). Heckenberger, arqueólogo, demostró después en The Ecology of Power (Routledge, 2005) que la región tenía una densidad demográfica precolombina mucho mayor de lo que se creía, con aldeas fortificadas conectadas por caminos rectilíneos siglos antes del contacto europeo.

Las excavaciones dirigidas por Heckenberger en el sitio Ipatse, cerca de la aldea Kuikuro, revelaron la existencia de estructuras defensivas —fosos y empalizadas— que rodeaban aldeas de dimensiones considerables entre los siglos XI y XVI. Antes de la llegada de las enfermedades traídas por los europeos —viruela, sarampión, gripe— la población xinguana pudo haber sido de decenas de miles de personas, organizadas en confederaciones de aldeas conectadas por caminos rectilíneos que atravesaban la selva. La memoria oral xinguana conserva ecos de este pasado más poblado, aunque en el ritual actual la escala es mucho más modesta. En este territorio profundamente humano, el mito de Kwatïngï acompaña a los pueblos desde antes del contacto europeo.

En este marco cultural aparecen los dos hermanos gemelos que ordenan el mundo: Kwatïngï, el Sol, y Aulukumã, la Luna. La díada no es un motivo local aislado. Es la misma estructura que aparece en los gemelos Hunahpu e Ixbalanque del Popol Vuh k’iche’, en los Ioskeha y Tawiskaron iroqueses, en Nayenezgani y Tobadzischini navajos —figuras que ya hemos tratado en sprints anteriores— y en muchas otras mitologías amerindias. La particularidad xinguana es que aquí los gemelos son Sol y Luna, y su relación fraterna es de complementariedad, no de conflicto. El hermano mayor gobierna el día, el menor la noche; el mayor rige el ciclo agrícola, el menor el ciclo menstrual; y ambos juntos hicieron el mundo habitable para los seres humanos.

El nacimiento del Sol y las enseñanzas primordiales

El relato de la creación de Kwatïngï comienza en un tiempo posterior al diluvio primordial. La versión más difundida, recogida por los Villas Bôas en su trabajo con los Kamayurá y publicada en Xingu: Os Índios, Seus Mitos (1970), narra que Mavutsinim —el demiurgo Kamayurá, figura ya tratada en el Sprint 36 de este corpus— caminaba por un mundo vacío. Los hombres y las mujeres habían perecido en las aguas y no quedaba nadie con quien conversar. Mavutsinim se acercó entonces a dos árboles, tomó dos troncos —uno más grande y uno más pequeño— y los talló con cuidado hasta darles forma humana. Sopló sobre ellos y les infundió vida.

El tronco mayor se transformó en Kwatïngï, el Sol. El menor, en Aulukumã, la Luna. Los dos hermanos abrieron los ojos y miraron a Mavutsinim como hijos miran a un padre. Desde el primer momento supieron que su tarea era ordenar el mundo: dar luz al día, ritmo a la noche, calor a la tierra y compañía a los seres que aún estaban por venir. Cada uno tomaría su lugar y su función, complementarios como los dos brazos de una misma persona.

Los primeros hombres, según el mismo relato Kamayurá, ya vivían en la selva pero sin fuego. Comían raíces crudas y tenían frío por las noches. Kwatïngï tomó dos maderas —el mismo gesto de Mavutsinim al tallar los troncos— y las frotó una contra otra hasta hacer saltar la primera chispa. Enseñó a los hombres cómo escoger las maderas adecuadas —la kwarup y la iepim, según ciertas variantes—, cómo prepararlas y cómo cuidar el fuego para que no se apagara. Después les mostró la mandioca amarga, la raíz que en toda la Amazonía sostiene la vida cotidiana y que, sin embargo, contiene ácido cianhídrico si se come cruda. Kwatïngï enseñó a rallarla, a exprimir su jugo venenoso en el tipití —la prensa cilíndrica de fibras vegetales— y a calentar la pulpa sobre el fogón para hacer beiju, la fina torta xinguana que aún hoy es alimento básico.

Otro pasaje del mito narra cómo Kwatïngï y su hermano Aulukumã rescataron a las primeras mujeres humanas. Los hombres primordiales vivían solos y se aburrían. Los dos hermanos fueron entonces a una laguna en cuyo fondo, sabían, habitaban las mujeres que faltaban al mundo. Confeccionaron anzuelos rituales y las pescaron con paciencia. Una a una fueron subiéndolas a la superficie, hasta poblar las aldeas. Este pasaje ha sido registrado por Ellen Basso entre los Kalapalo, con variantes menores, y por los Villas Bôas entre los Kamayurá. En algunas versiones, las primeras mujeres se resistían a subir y los hermanos tuvieron que insistir; en otras, subieron por su propia voluntad al ver a Kwatïngï y quedaron cautivadas por su luz.

La última gran enseñanza de Kwatïngï fue el Kwarup —el ritual funerario que da nombre a la festividad más importante del Alto Xingu—. Kwatïngï enseñó a los hombres a talar troncos rituales de la madera del kwarup, a pintarlos de rojo con urucú y de negro con jenipapo, y a plantarlos verticalmente en el terreiro central de la aldea. Cada tronco representa a un cacique muerto de importancia. Los deudos bailan alrededor de ellos durante tres a cinco días, invitando a los pueblos vecinos a compartir la comida ritual y las luchas ceremoniales de huka-huka. Al final, los troncos se arrojan al río Kuluene y los muertos quedan definitivamente honrados, listos para partir hacia el mundo de los espíritus.

Cuando terminó de enseñar, Kwatïngï subió al cielo y comenzó su travesía diaria de este a oeste. Su hermano Aulukumã, por la noche, hace el camino inverso por el submundo acuático. Los dos siguen dando la vuelta al mundo cada día, y por eso los xinguanos saben que el orden del cosmos está bien puesto. Cuando el Sol sale por la mañana, es Kwatïngï cumpliendo con la tarea que Mavutsinim le encomendó al principio de los tiempos, y cuando la Luna aparece por la noche, es Aulukumã haciendo lo mismo por su lado.

El Kwarup y la vigencia contemporánea de Kwatïngï

El Kwarup es hoy, sin exageración, el ritual más famoso del Alto Xingu y probablemente uno de los más conocidos de toda la Amazonía brasileña. Se celebra cada año entre agosto y septiembre en alguna de las aldeas del Parque Indígena do Xingu, en fechas que dependen del calendario ritual local y de la disponibilidad de comida —básicamente pescado seco y beiju de mandioca— para hospedar a los pueblos vecinos invitados. Cada aldea celebra su Kwarup cuando ha muerto un cacique importante y sus deudos han acumulado los recursos para el ceremonial. La organización de un Kwarup puede tomar años de preparación.

El nombre «Kwarup» en Kamayurá procede de kwa’a-yup, que puede traducirse aproximadamente como «tronco del Sol» o «árbol de Kwãt». La etimología misma remite a Kwatïngï. Los troncos rituales, tallados en madera de kwarup —un árbol específico de la región—, son pintados con motivos geométricos rojos y negros, adornados con plumas y cinturones, y plantados en el terreiro central de la aldea. Cada tronco es un cacique muerto que regresa, por unos días, a recibir el homenaje de los vivos. Al terminar el ceremonial, los troncos son lanzados al río y arrastrados por la corriente hasta desaparecer.

El Kwarup es un funeral y, también, un rito de iniciación. Las jóvenes que han pasado su primera menstruación durante el año anterior salen por primera vez de la reclusión menstrual —la kwarïp’ap en Kamayurá— y son presentadas públicamente. Sus cuerpos han sido pintados de urucú (bija) y sus labios inferiores perforados con el botoque. En este momento, los xinguanos las ven ya como mujeres adultas listas para casarse. El paso de niña a mujer se hace, así, bajo la mirada simbólica de Kwatïngï y Aulukumã: el ciclo solar del hermano mayor y el ciclo lunar del hermano menor se juntan sobre las jóvenes iniciadas.

La huka-huka —lucha ritual xinguana en la que dos hombres se enfrentan cuerpo a cuerpo agarrándose por los muslos hasta que uno cae— es la otra gran expresión del Kwarup. Es un deporte, pero también un rito de honor: los mejores luchadores son admirados como héroes por los pueblos vecinos, y su fama corre por todo el Parque durante el año siguiente. La huka-huka forma parte del ceremonial que Kwatïngï instituyó, según los relatos Kamayurá, para que los pueblos del Xingu compartieran una misma vida ritual.

El Kwarup ha sido documentado profusamente. El cineasta brasileño Ruy Guerra filmó en 1989 la película Kwarup, con guion basado en la novela homónima de Antonio Callado (Civilização Brasileira, 1967). La novela, escrita en plena dictadura militar brasileña, hacía del ritual xinguano una metáfora política de resistencia; la adaptación cinematográfica de Guerra —co-producción brasileño-francesa— llevó las imágenes del ceremonial a las salas de cine internacionales por primera vez. Antes, Vincent Carelli y el proyecto Vídeo nas Aldeias grabaron numerosos Kwarup para el archivo audiovisual de los propios pueblos xinguanos, dejando en manos de los indígenas las cámaras y el montaje. Antonio Guerreiro, en Ancestrais e suas sombras: uma etnografia da chefia kalapalo e seu ritual mortuário (Editora da Unicamp, 2015), ha estudiado en detalle el rol del ritual funerario Kalapalo en la sucesión de la jefatura y en la memoria política de la aldea. Marina Vanzolini, en A flecha do ciúme (Terceiro Nome, 2015), ha aportado el punto de vista Aweti.

La vigencia contemporánea del Kwarup se enfrenta hoy a presiones nuevas. La expansión de la agroindustria de soja en los estados vecinos de Mato Grosso, la deforestación de las cabeceras del río Xingu, los incendios cada vez más frecuentes y la penetración de la minería ilegal amenazan el territorio y, con él, la posibilidad misma de sostener el ritual. Los caciques xinguanos, agrupados en la Associação Terra Indígena Xingu, han denunciado repetidamente estos ataques. El Kwarup sigue celebrándose, pero cada año en un contexto más difícil. Las enseñanzas de Kwatïngï se transmiten hoy bajo la sombra de una amenaza estructural que Karl von den Steinen no habría podido imaginar en 1884.

La comparación con otros mitos gemelares amerindios ilumina la particularidad xinguana. En el Popol Vuh k’iche’ —tratado en el Sprint 9 de este corpus—, los gemelos Hunahpu e Ixbalanque descienden al inframundo, derrotan a los señores de Xibalbá y se transforman finalmente en el Sol y la Luna. En la mitología iroquesa, los gemelos Ioskeha y Tawiskaron son gemelos antagónicos, uno bueno y uno malo. Entre los Navajos —tratados en los Sprints 25 y 33—, Nayenezgani y Tobadzischini son los gemelos matadores de monstruos que liberan al pueblo Diné. Kwatïngï y Aulukumã pertenecen a la misma familia estructural, pero con una diferencia: aquí no hay conflicto entre los hermanos. Son complementarios, no antagónicos. El Sol necesita a la Luna, y viceversa, para que el mundo funcione. Es una lectura fraternal de la díada, tal vez la más equilibrada de todo el corpus mítico americano.

Más allá del mito

La figura de Kwatïngï no se agota en el relato mítico. En el pensamiento xinguano contemporáneo, el Sol primordial sigue siendo un referente vivo. Los caciques que preparan el Kwarup dicen que están honrando la enseñanza original de Kwatïngï. Las mujeres que salen de la reclusión menstrual saben que su cuerpo entra ahora en el ciclo que los dos hermanos primordiales establecieron. El fuego que se enciende cada tarde en las malocas circulares es memoria del primer fuego que Kwatïngï enseñó a hacer. Todo el ritual xinguano cotidiano tiene, en el fondo, una raíz que remite a la enseñanza solar primordial.

Hay algo más profundo. El Alto Xingu es, en la actualidad, una de las pocas regiones amazónicas donde el pensamiento indígena precolombino ha logrado sostenerse con relativa intensidad frente a las presiones externas: minería ilegal, deforestación, agroindustria de soja en los estados vecinos, incendios cada vez más frecuentes. Los pueblos xinguanos han sabido resistir, en parte, porque su vida ritual sigue viva. El Kwarup no es un espectáculo folclórico para turistas —está muy restringido el acceso—: es un ceremonial que los propios pueblos mantienen porque los muertos lo piden. Y detrás de esa memoria persistente, siempre, está la enseñanza primera de Kwatïngï.

El etnólogo Eduardo Viveiros de Castro, en A inconstância da alma selvagem (Cosac Naify, 2002), ha propuesto pensar las mitologías amerindias como formas activas de conocimiento sobre el presente, y no como narraciones cerradas de un pasado remoto. En el caso de Kwatïngï, esta lectura es especialmente pertinente. Cada Kwarup celebrado en el Xingu es también un acto de renovación de la enseñanza solar. Cada joven iniciada, cada torta de beiju cocinada, cada maloca reconstruida es una prolongación material del gesto primordial de Mavutsinim al tallar los dos troncos. Así lo entienden los mismos xinguanos, y así lo han hecho durante siglos, mucho antes de que llegara Karl von den Steinen a preguntar por sus mitos en 1884.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Kwatïngï en la mitología del Alto Xingu?

Kwatïngï es el Sol primordial del panteón compartido por los pueblos del Alto Xingu, en el Parque Indígena do Xingu (Mato Grosso, Brasil). Es el hermano gemelo mayor de Aulukumã, la Luna. Ambos fueron creados por Mavutsinim, el demiurgo Kamayurá, al tallar dos troncos de madera y soplarles vida. Kwatïngï instituyó el fuego, la mandioca cocinada, la maloca circular y el ritual funerario Kwarup. En Kuikuro y Kalapalo se dice Kwatïngï; en Kamayurá y Aweti, Kwãt. Todas las variantes remiten al mismo hermano solar de la díada primordial xinguana.

¿Cómo se relaciona Kwatïngï con Aulukumã?

Kwatïngï y Aulukumã son hermanos gemelos primordiales. Kwatïngï es el mayor, el Sol; Aulukumã es el menor, la Luna. Fueron creados juntos por Mavutsinim al tallar dos troncos de madera —uno mayor, uno menor— y soplar sobre ellos. Su relación es de complementariedad, no de conflicto. Uno gobierna el día y el ciclo agrícola de la mandioca; el otro rige la noche y el ciclo menstrual femenino. Karl von den Steinen registró ya en 1894 la centralidad de esta pareja gemelar en el pensamiento ritual del Alto Xingu, y todos los etnógrafos posteriores lo confirmaron.

¿Qué es el ritual Kwarup y qué papel tiene Kwatïngï?

El Kwarup es el ritual funerario más importante del Alto Xingu. Se celebra cada año entre agosto y septiembre para honrar a los caciques muertos. La ceremonia dura tres a cinco días y reúne a los pueblos xinguanos en la aldea anfitriona. Los troncos rituales —tallados en madera de kwarup y pintados de rojo y negro— representan a los difuntos. El nombre mismo del ritual, «Kwarup», procede de la raíz Kamayurá «kwa’a-yup» que remite a Kwatïngï. Fue él quien enseñó el ritual a los primeros hombres al principio de los tiempos.

¿En qué pueblos xinguanos aparece Kwatïngï?

Kwatïngï es una figura compartida por los dieciséis pueblos del Alto Xingu que forman parte del Parque Indígena do Xingu en Mato Grosso, Brasil. Aparece en la mitología de los Kamayurá (tupí), Kuikuro, Kalapalo, Matipu y Nahukuá (karib), Yawalapiti, Mehinaku y Wauja (aruaque), Aweti (tupí) y Trumái (lengua aislada), entre otros. Cada pueblo tiene su nombre local: Kwãt en Kamayurá y Aweti, Kwatïngï en Kuikuro y Kalapalo. La díada Sol-Luna con Aulukumã es el motivo estructural más difundido de todo el mundo ritual xinguano.

¿Sigue teniendo vigencia el mito de Kwatïngï hoy?

Sí, plenamente. El Kwarup se celebra cada año en el Parque Indígena do Xingu y es el ceremonial más importante de los pueblos xinguanos. Los rituales de iniciación femenina, la construcción de malocas circulares, el procesamiento de la mandioca amarga y el uso del fuego siguen siendo memoria activa de las enseñanzas de Kwatïngï. La película Kwarup de Ruy Guerra (1989) y los trabajos del proyecto Vídeo nas Aldeias han documentado esta vigencia. La antropología contemporánea de Ellen Basso, Bruna Franchetto y Michael Heckenberger sigue estudiando la mitología solar xinguana.

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