Guabonito, la mujer marina taína de la isla mítica Guanín

En breve: Guabonito es la mujer marina taína de la isla mítica de Guanín que sana a Guahayona de las bubas contraídas tras abandonar a las mujeres taínas en Matininó. Lo aísla en una guanara, lo lava con hierbas y le entrega los guanines de oro y las cibas rituales que en adelante definirán el poder cacical. Ramón Pané la registra hacia 1498 como pieza central del ciclo antillano del origen del linaje señorial y del uso ceremonial del oro fino.

Origen culturalTaíno arahuaco (Antillas Mayores, isla mítica de Guanín)
TipoMujer marina sanadora, patrona del poder cacical
Función míticaCurar a Guahayona de las bubas y entregarle los guanines de oro y las cibas rituales
AtestaciónRamón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios, hacia 1498, cap. V
Vigencia hoyMotivo iconográfico en cerámica y en el arte taíno revitalizado del Caribe hispano

El 6 de enero de 1494 desembarcó en La Isabela, primer asentamiento europeo estable del Nuevo Mundo, la segunda flota de Cristóbal Colón. Entre los religiosos que acompañaban esa expedición viajaba un fraile jerónimo de origen catalán llamado Ramón Pané, a quien el propio almirante encargaría poco después una tarea sin precedentes: convivir con los taínos de La Española y recoger por escrito sus tradiciones religiosas. El texto resultante, redactado hacia 1498 con el título Relación acerca de las antigüedades de los indios, es la primera etnografía del Nuevo Mundo y se conserva casi íntegro gracias a la traducción italiana que Alfonso de Ulloa incluyó en 1571 dentro de la biografía colombina de Hernando Colón.

En los capítulos IV y V de esa Relación, Pané reconstruye el ciclo mítico de Guahayona, un héroe cultural que persuade a las mujeres taínas para abandonar la isla y las embarca hacia Matininó, donde finalmente las abandona. Guahayona prosigue después su navegación y llega a Guanín, la tierra mítica del oro fino, un lugar que la etnografía posterior ha identificado tanto con las Antillas Menores como con las regiones auríferas de Tierra Firme (norte de Colombia y Panamá) desde donde llegaban por comercio insular las aleaciones áureas más apreciadas.

En esa isla lo encuentra Guabonito, una mujer marina cuyo nombre remite al término guanín, la aleación cobre-oro que definía el rango señorial en las Antillas prehispánicas. Guabonito lo aísla en una guanara, lo cura de las bubas contraídas tras el episodio de Matininó y le entrega los objetos de prestigio que en adelante distinguirán al cacique taíno de sus súbditos: los discos y colgantes de oro fino y las cuentas de piedra pulida que forman los collares ceremoniales del cacicazgo. El héroe reaparece entonces con un nombre nuevo, Albeborael Guahayona, y regresa al mundo taíno investido de una autoridad que ha dejado de ser puramente humana.

El mundo taíno y el lugar de Guanín en la geografía mítica antillana

Los taínos eran el pueblo dominante de las Antillas Mayores en el momento del contacto europeo. Hablantes de una lengua arahuaca emparentada con las lenguas maipuranas de la cuenca del Orinoco, habían llegado a las islas en oleadas migratorias sucesivas desde el continente sudamericano entre el 400 a.C. y el 1200 d.C., desplazando o asimilando a los pobladores anteriores (los llamados guanahatabeyes) y organizándose en cacicazgos jerarquizados con una densidad demográfica notable. La Española albergaba en 1492 a cinco grandes cacicazgos (Maguá, Marién, Higüey, Xaraguá y Maguana) que sumaban probablemente cientos de miles de habitantes.

En ese mundo, el poder del cacique reposaba sobre una combinación precisa de factores: herencia matrilineal, dominio ritual sobre los cemíes (los objetos-espíritu que representaban a las fuerzas sagradas) y posesión ostentosa de guanines. El guanín era una aleación de oro con cobre y a veces plata, de bajo punto de fusión y color rojizo-dorado, que llegaba a las Antillas Mayores desde las áreas metalúrgicas del norte de Sudamérica a través de las redes de intercambio interinsular. Los caciques lo llevaban en discos pectorales, orejeras, colgantes labiales y cinturones, y su posesión marcaba de forma inequívoca la frontera entre el señor y sus subordinados.

Precisamente por venir de lejos y estar reservado a los caciques, el guanín adquirió en el pensamiento taíno una dimensión sagrada. La tierra de donde procedía se convirtió en un lugar mítico, situado más allá del horizonte visible y habitado por seres que no eran del todo humanos. Guanín, en los relatos que Pané recoge, es un territorio marítimo poblado por mujeres y por seres transformados, un espacio de origen y de retorno para los héroes fundadores. José Juan Arrom, en su estudio clásico Mitología y artes prehispánicas de las Antillas (Siglo XXI, 1975), sostiene que Guanín funciona en el corpus antillano como equivalente estructural del inframundo mesoamericano o del reino de los muertos andino: no un más allá punitivo, sino un espacio de intercambio con lo sagrado y de acceso al poder legitimador.

La sociedad taína descrita por los cronistas del siglo XVI reservaba a las mujeres un papel de gran peso simbólico dentro del cacicazgo. La sucesión del cargo cacical se transmitía por línea matrilineal (del cacique al hijo de su hermana, no al hijo propio), lo que hacía de la mujer emparentada con el jefe una figura política decisiva. Xaraguá, uno de los cinco grandes cacicazgos de La Española, estuvo gobernado en 1500 por la cacica Anacaona, cuya autoridad ceremonial y política impresionó a los primeros observadores europeos. Ese sustrato de poder femenino ayuda a entender por qué el mito antillano necesita una donante marina, y no un donante masculino, para fundar las insignias del rango señorial.

La arqueología antillana ha permitido documentar con detalle la parafernalia áurea que Pané describe. Los guanines conservados en el Museo del Hombre Dominicano, en el Museo del Barrio de Nueva York y en el British Museum muestran discos pectorales de entre cinco y quince centímetros de diámetro, orejeras tubulares y colgantes de figura antropomorfa que corresponden con precisión a la descripción del cronista. Los análisis metalográficos han confirmado que la aleación se producía en talleres del norte de Colombia y de la región del Sinú, y que llegaba a las Antillas Mayores a través de la red comercial que unía las islas con Tierra Firme mediante canoas de larga distancia. Guanín, como lugar mítico, tenía correspondencia geográfica en un espacio real de metalurgia sagrada.

Ramón Pané llega a este material mítico casi por accidente. El fraile catalán apenas domina las lenguas taínas, trabaja con intérpretes y con informantes de dos cacicazgos distintos, y él mismo advierte al lector que sus fuentes son fragmentarias y a veces contradictorias. Aun así, el ciclo de Guahayona y Guabonito aparece con suficiente coherencia narrativa como para haberse convertido, cinco siglos después, en el eje del intento moderno de reconstruir la religión taína. Todo lo que sabemos sobre esta mujer marina viene, directa o indirectamente, de esas páginas escritas entre 1494 y 1498 en La Española.

El ciclo de Guahayona y la curación en la guanara

El relato que Pané deja en el capítulo V de su Relación comienza mucho antes de Guanín. Guahayona vive en Caonao, en la parte de Cauta donde se encuentra la cueva de Cacibajagua de la que salieron los primeros hombres taínos. Un día persuade a las mujeres de que lo acompañen a otras tierras a recoger una hierba llamada digo con la que solían lavarse. Las embarca en sus canoas y las lleva hasta Matininó, isla identificada tradicionalmente con la actual Martinica. Allí las deja abandonadas, con sus hijos pequeños, y sigue navegando solo hacia el mar abierto. Los niños varones, que había dejado junto a un arroyo pidiendo alimento, se transformaron en las ranas llamadas tona, cuyo canto en primavera recordará para siempre aquel grito de hambre y de abandono.

Guahayona llega entonces a la isla de Guanín, donde contrae una enfermedad grave. Pané la designa con el término castellano de la época: bubas. La medicina renacentista europea usaba esta palabra para nombrar el mal venéreo que se había extendido por Europa desde 1494, la sífilis, y las descripciones clínicas del texto encajan con esa enfermedad. En el relato, las bubas de Guahayona son la marca corporal del abandono de las mujeres: una impureza física que traduce la impureza moral del acto y que exige un proceso de expiación y de curación. En palabras del propio Pané, «y como estuviese muy malo de aquella enfermedad, le hallaron muy sucio» —y es en ese estado en el que aparece Guabonito.

El encuentro entre Guahayona y Guabonito es breve pero denso. Pané escribe: «Y entonces vino a él una mujer que se llama Guabonito, y le tuvo largo tiempo encerrado en una guanara, que así llaman ellos al lugar apartado; y allí sanó de sus bubas». La guanara, palabra taína recogida por el fraile, designa la choza de aislamiento donde se recluye al enfermo o al iniciado. Guabonito lo mantiene apartado, lo lava, lo cura con el saber ritual de la mujer marina, y una vez restablecido lo devuelve al mundo transformado. La curación tiene dimensión médica y a la vez dimensión iniciática. Guahayona sale de la guanara con un nombre nuevo y con un cuerpo distinto, cubierto por primera vez de los objetos que definirán en adelante su condición.

Esos objetos son los guanines y las cibas. Los guanines, ya se ha dicho, son los discos y colgantes de aleación aurífera que marcan el rango cacical. Las cibas son las cuentas de piedra pulida (a menudo de nefrita, cornalina o marfil manatí) que se ensartan en collares ceremoniales cuya posesión, según los cronistas posteriores, valía más para un cacique que cualquier cantidad de guanín. Pané cierra el episodio afirmando que Guabonito «le dio muchos guanines y muchas cibas para que las llevase atadas a los brazos, y en aquellas tierras las cibas son de piedra y muy parecen a mármol, y las llevan atadas a los brazos y al cuello, y los guanines los llevan en las orejas, haciéndose para ello agujeros cuando son pequeños». El héroe abandona entonces Guanín, regresa transformado y pasa a llamarse Albeborael Guahayona.

El episodio no es único dentro del corpus taíno. Otro ciclo mítico recogido por Pané, el de Yaya y Yayael, presenta también el motivo del padre que abandona o destruye al hijo, del cuerpo transformado en objeto de poder y del don recibido de una figura exterior al mundo humano. En ese ciclo, Yaya coloca los huesos de su hijo Yayael en un calabazo colgado del techo, y cuando los cuatro gemelos hijos de la mujer muerta Itiba Cahubaba (entre ellos Deminán Caracaracol) rompen el calabazo, de sus huesos brotan todos los peces del mar. Deminán, después, contraerá también una enfermedad y pasará por una curación transformadora en la casa del anciano Bayamanaco. La paralelia estructural con la enfermedad de Guahayona y la cura de Guabonito es evidente: el pensamiento taíno usaba una y otra vez el motivo enfermedad-curación-don como manera de explicar el origen de las cosas fundamentales, ya sean los peces del mar o las insignias del cacicazgo.

La iconografía taína conserva ecos materiales de este episodio. Varias figuras femeninas talladas en manatí, hueso o piedra que se han hallado en yacimientos de La Española, Cuba y Puerto Rico muestran a una mujer sentada, con el cabello recogido y a veces con un objeto discoidal sobre el pecho que los especialistas identifican con un guanín. José Juan Arrom propuso en 1975 que algunas de esas piezas podían representar a Guabonito o a su análoga funcional Iguanaboína, y aunque la atribución no puede probarse de forma concluyente, el argumento estilístico ha ganado peso a medida que la arqueología ha ido reconstruyendo el vocabulario visual del arte taíno tardío. La mujer marina que curó a Guahayona no vivía solo en la palabra recogida por el fraile catalán, sino también en los objetos rituales que los caciques manejaban en sus cohobas y en sus areítos.

Guabonito entre las mujeres del mar: paralelos amerindios y sentido antropológico

La figura de Guabonito pertenece a un tipo mítico bien atestiguado en América: la mujer marina que aísla, prueba y transforma al héroe que llega hasta ella. En la mitología inuit, la diosa Sedna vive en el fondo del mar y desde allí gobierna a los animales marinos que alimentan al pueblo; los chamanes descienden hasta su morada para negociar la caza y regresan investidos con un saber nuevo. En el manuscrito quechua de Huarochirí (1608), Cavillaca huye hacia el mar transformada en isla de piedra tras concebir un hijo del dios Cuniraya Viracocha, y su itinerario deja tras de sí una geografía sagrada que marca el paisaje costero peruano. La Circe de la Odisea, en un paralelo mediterráneo evidente, retiene a Ulises en su isla, lo transforma y solo lo deja partir cuando el héroe ha completado un ciclo de iniciación bajo su tutela.

Lo que distingue a Guabonito dentro de esta familia mítica es su función política. La mujer marina taína no retiene al héroe por deseo ni por venganza: lo aísla, lo cura y lo devuelve al mundo con los objetos que fundan la jerarquía cacical. Guabonito es, en términos antropológicos, la donante de las insignias del poder. El cacique taíno, cuando lucía sus guanines y sus cibas ante los súbditos, estaba invocando implícitamente el momento mítico en el que una mujer del mar entregó por primera vez esos objetos a un antepasado enfermo. La jerarquía social encontraba así su justificación en un relato de origen que la sacaba del terreno de la mera fuerza y la situaba en el terreno del don sagrado.

Antonio Stevens-Arroyo, en Cave of the Jagua: The Mythological World of the Taínos (UNM Press, 2006), lee el episodio como un mito de institución del poder señorial mediante un pacto con lo femenino marino. La enfermedad de Guahayona es, en esta lectura, el precio que el héroe paga por haber roto el pacto con las mujeres taínas al abandonarlas en Matininó; la curación por Guabonito es el pacto restaurado en otro plano, ya no con las mujeres humanas sino con la mujer sagrada del mar; y los guanines son el signo material de esa alianza reparada. José Juan Arrom, por su parte, había subrayado antes que el nombre Guabonito está formado sobre la raíz misma de guanín, lo que hace de la donante y del don una sola realidad simbólica: la mujer y el oro fino son, para el pensamiento taíno, dos caras del mismo poder.

Existe además una simetría interna al ciclo mítico que rara vez se subraya. Guahayona pasa por dos islas femeninas antes de regresar al mundo taíno: primero por Matininó, donde deja a las mujeres humanas y a los niños convertidos en ranas, y después por Guanín, donde lo recibe la mujer marina Guabonito. Matininó es la isla del abandono y de la carencia; Guanín es la isla del don y de la curación. La primera representa la ruptura del pacto con lo femenino en su forma humana; la segunda, la reparación de ese pacto en un plano sagrado. Sebastián Robiou-Lamarche, en Taínos y caribes (Punto y Coma, 2003), ha subrayado que este doble itinerario femenino explica por qué la figura de Guabonito no puede leerse aislada de Matininó: solo tiene sentido como respuesta simbólica al agravio previo, y sin ese agravio el don del oro fino no tendría fundamento narrativo.

El motivo de la enfermedad-curación como rito de paso es transcultural y aparece también en las iniciaciones chamánicas de la Amazonía y del Ártico. Lo que hace singular al caso taíno es la carga institucional del desenlace: no nace un chamán, nace un cacique, y con él nace todo un sistema de rango hereditario cuya legitimidad reposará durante siglos en la memoria de esa cura marina. Cuando los cronistas del siglo XVI describan la parafernalia áurea de los caciques antillanos, estarán describiendo, sin saberlo, la herencia visible del don de Guabonito.

Una mirada final

Guabonito pertenece al reducido grupo de figuras del panteón taíno que sobrevivieron a la destrucción sistemática de la memoria antillana durante el primer siglo colonial. La combinación de la mortandad demográfica catastrófica del siglo XVI, la evangelización forzada y la desaparición temprana de los cacicazgos hizo que la religión taína se conociera casi exclusivamente a través del texto de Pané y de los pasajes que Pedro Mártir de Anglería resumió en las Décadas del Nuevo Mundo (1516). Que el ciclo de Guahayona haya llegado hasta nosotros es en sí mismo un hecho excepcional, y el papel central que Guabonito ocupa en ese ciclo la sitúa entre las figuras femeninas amerindias mejor documentadas por la etnografía de contacto.

El interés contemporáneo por su figura ha crecido en las últimas décadas al ritmo del movimiento de revitalización taína en Puerto Rico, la República Dominicana y las comunidades caribeñas de la diáspora. Artistas, ceramistas y joyeros del arte taíno revivido reproducen guanines y cibas inspirados en las piezas arqueológicas conservadas en el Museo del Barrio de Nueva York, en el Museo del Hombre Dominicano y en el Instituto de Cultura Puertorriqueña, y muchos de esos objetos llevan referencias explícitas al episodio de la guanara. Guabonito, la mujer que en la isla del oro fino curó al héroe y lo hizo cacique, sigue prestando su nombre a talleres, exposiciones y proyectos culturales en todo el Caribe hispano.

La lectura académica contemporánea también ha ido matizando la interpretación clásica. El volumen colectivo Taíno: Pre-Columbian Art and Culture from the Caribbean (Monacelli/El Museo del Barrio, 1997), coordinado por Fatima Bercht y otros, situó a Guabonito dentro de un panteón antillano mucho más complejo y matizado de lo que la etnografía del siglo XIX había supuesto. Ricardo Alegría, desde el Instituto de Cultura Puertorriqueña, dedicó varios trabajos a rastrear la relación entre el episodio mítico y las piezas arqueológicas de oro y de piedra pulida conservadas en las colecciones caribeñas. El diálogo entre arqueología, filología del texto de Pané y estudios de género ha dado a la figura una densidad interpretativa que la aleja del cliché de la «diosa menor» y la sitúa en el centro mismo del sistema simbólico taíno.

Leerla hoy es entrar en contacto con una manera antillana precolombina de pensar el poder: como don recibido antes que como fuerza tomada, y como cumplimiento de un pacto originario con lo sagrado femenino del mar antes que como imposición sobre los súbditos. Cinco siglos después del encuentro entre Guahayona y la mujer marina de Guanín, esa manera de pensar el poder sigue teniendo cosas que decirle a un mundo que ha olvidado casi por completo la idea de una jerarquía legitimada por la sanación y por el don.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Guabonito en la mitología taína?

Guabonito es una mujer marina de la isla mítica de Guanín en el ciclo taíno de Guahayona. Encuentra al héroe enfermo de bubas tras el episodio de Matininó, lo aísla en una choza ritual llamada guanara, lo cura y le entrega los guanines de oro y las cibas de piedra pulida que en adelante definirán las insignias del poder cacical. Aparece registrada en el capítulo V de la Relación acerca de las antigüedades de los indios que Ramón Pané redactó hacia 1498 por encargo del propio Cristóbal Colón.

¿Dónde aparece registrada?

La fuente primaria es el capítulo V de la Relación acerca de las antigüedades de los indios de Ramón Pané, fraile jerónimo del segundo viaje colombino, redactada hacia 1498 y conservada en la traducción italiana de Alfonso de Ulloa (Venecia, 1571) incluida en la biografía de Colón escrita por Hernando Colón. Pedro Mártir de Anglería resume el episodio en la Década I del De Orbe Novo (1516). Entre los estudios modernos destacan los trabajos de José Juan Arrom, Sebastián Robiou-Lamarche, Antonio Stevens-Arroyo y Ricardo Alegría.

¿Qué eran las bubas de Guahayona?

Bubas es el término castellano del siglo XV para la enfermedad venérea que la medicina renacentista europea empezó a describir a partir de 1494 y que hoy identificamos como sífilis. En el relato taíno de Pané, las bubas de Guahayona funcionan como la marca corporal de haber roto el pacto con las mujeres al abandonarlas en Matininó: una impureza física que traduce la impureza moral del acto. La curación en la guanara por parte de Guabonito es tanto una restitución médica como una restitución ritual y política del héroe.

¿Qué son los guanines y las cibas?

Los guanines son discos, colgantes, orejeras y adornos elaborados con una aleación de oro con cobre y a veces plata, de color rojizo-dorado, que llegaba a las Antillas Mayores desde las áreas metalúrgicas del norte de Sudamérica por comercio interinsular. Las cibas son cuentas de piedra pulida (nefrita, cornalina, marfil manatí) ensartadas en collares ceremoniales. Ambos tipos de objetos estaban reservados a los caciques y marcaban su rango frente al resto de la sociedad taína. Su origen mítico, según Pané, es el don que Guabonito entrega a Guahayona en la isla de Guanín.

¿Existen paralelos con otras figuras marinas amerindias?

Sí. Guabonito pertenece al tipo mítico de la mujer marina que aísla, prueba y transforma al héroe que llega hasta ella. En la mitología inuit, Sedna gobierna desde el fondo del mar y los chamanes descienden hasta ella para negociar la caza. En el manuscrito quechua de Huarochirí (1608), Cavillaca huye hacia el mar y se transforma en isla de piedra frente a la costa peruana. En la mitología mediterránea, la Circe homérica retiene a Ulises en su isla y lo somete a una prueba iniciática. Lo específico de Guabonito es su función política: donar las insignias del poder cacical.

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