Lo esencial: Iguanaboína es la diosa dual del clima en la religión taína, madre de los dos cemíes gemelos que gobiernan el régimen atmosférico del Caribe insular: Boinayel, señor de las lluvias fertilizantes que empapan el conuco, y Márohu, señor de los tiempos secos y sin nubes. Ramón Pané registra su culto hacia 1498 en el capítulo XI de su Relación a partir de una cueva pintada dedicada a la diosa, donde los taínos acudían en tiempos de sequía para hacer llover.
| Origen cultural | Taíno arahuaco (Antillas Mayores) |
| Tipo | Diosa dual del clima, madre de gemelos meteorológicos |
| Función mítica | Presidir el ciclo dual lluvia-sequía a través de sus hijos Boinayel y Márohu |
| Atestación | Ramón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios, hacia 1498, cap. XI |
| Vigencia hoy | Motivo iconográfico central en cemíes tricóncavos y en el arte taíno revitalizado |
Cuando en marzo de 1494 Cristóbal Colón encargó al fraile jerónimo Ramón Pané que recogiese por escrito las creencias religiosas de los taínos de La Española, el resultado no fue un tratado sistemático a la manera de las Sumas escolásticas europeas, sino un texto fragmentario, de apenas veintiséis capítulos breves, en el que el fraile catalán fue anotando lo que oía de sus informantes con la voluntad honesta de no interpretar más de lo estrictamente necesario. Esa modestia metodológica es hoy su mayor virtud: la Relación acerca de las antigüedades de los indios, redactada hacia 1498 y publicada por primera vez en la traducción italiana de Alfonso de Ulloa (Venecia, 1571), conserva a los dioses taínos con el mínimo de deformación posible.
Entre esos dioses aparece un panteón agrícola y meteorológico particularmente rico. La sociedad taína dependía por completo del régimen pluvial del Caribe insular: la temporada seca de diciembre a abril y la temporada húmeda de mayo a noviembre, atravesada por la amenaza recurrente de los huracanes de verano y otoño, gobernaban el ritmo del conuco, el huerto elevado en el que se cultivaba la yuca amarga que constituía el alimento básico del pueblo. En ese contexto, la lluvia oportuna era la diferencia entre la abundancia y la hambruna, y toda una parte del sistema religioso taíno estaba dedicada a asegurar su llegada en el momento justo.
En el capítulo XI de la Relación, Pané describe una cueva sagrada situada en el país del cacique Maucia Tiuvel, llamada Iguanaboína, en cuyo interior se guardaban dos cemíes de piedra pequeños con las manos atadas que parecían sudar. Esa cueva era el santuario dedicado a la diosa dual del clima y a sus dos hijos gemelos: Boinayel, el hijo bueno que trae las lluvias fértiles, y Márohu, el hijo malo que trae las sequías. La combinación de la madre-espíritu con los dos gemelos meteorológicos define uno de los complejos religiosos más elaborados de todo el corpus antillano precolombino.
El conuco taíno y la teología del agua en las Antillas precolombinas
Índice
El conuco era la base material de la sociedad taína. Consistía en un montículo de tierra elevado, de aproximadamente un metro de altura y varios metros de diámetro, en cuya parte superior se plantaban esquejes de yuca amarga (Manihot esculenta) y en cuyos flancos se cultivaban ají, batata, maíz, algodón y otras especies complementarias. Este sistema, extraordinariamente eficiente para el clima antillano, permitía a los taínos alimentar densidades demográficas superiores a las de cualquier otro pueblo del Caribe insular. Pero dependía críticamente de la llegada de las lluvias en el momento adecuado del año: demasiado pronto ahogaban los esquejes recién plantados, demasiado tarde los secaban antes de que la yuca pudiera formar sus tubérculos comestibles.
Esa dependencia estricta del régimen pluvial dio lugar a un culto meteorológico de gran sofisticación. El panteón taíno incluye varias figuras vinculadas al agua: Atabey, la diosa madre de las aguas dulces; Yúcahu Bagua Maórocoti, señor de la yuca y del mar; Guabancex, la señora de los vientos huracanados; y por encima de todos ellos, en lo que respecta al ciclo estacional propiamente dicho, Iguanaboína con sus dos hijos gemelos. Cada figura tenía su ámbito específico y su ritual propio, pero todas ellas formaban parte de un mismo esfuerzo colectivo por mantener el equilibrio precario entre el agua y la tierra, entre la humedad y la sequedad, del que dependía la supervivencia de las comunidades.
La palabra taína iguana significa iguana (el gran reptil arborícola del Caribe), y boína significa parda u oscura. Iguanaboína es, literalmente, la iguana parda. La asociación no es fortuita: la iguana es un animal marcadamente estacional en las Antillas, cuya visibilidad y actividad varían con las lluvias, y su papel simbólico como reptil de piel oscura la vincula con la humedad y con la sombra fértil. Los cemíes zoomorfos taínos que representan iguanas son frecuentes en la iconografía arqueológica de La Española y de Puerto Rico, y algunos de ellos podrían haber estado asociados al culto de la diosa dual del clima recogido por Pané en su capítulo XI. Antonio Stevens-Arroyo ha señalado además que la iguana funciona en el pensamiento antillano como intermediaria entre el mundo arbóreo, el terrestre y el acuático, un triple registro perfectamente compatible con el papel mediador de la diosa entre sus dos hijos gemelos y con la ubicación cavernaria de su santuario principal en la ladera de un cerro.
La geografía sagrada del culto tenía en las cuevas su punto focal. Las Antillas Mayores están perforadas por cientos de sistemas cársticos, muchos de los cuales muestran evidencia de uso ritual taíno: pinturas parietales, entierros, deposiciones de cemíes y grabados petroglíficos. La cueva de Iguanaboína descrita por Pané era una de esas cuevas rituales, decorada según el fraile con follajes y motivos abstractos, y contenía los cemíes de los dos gemelos meteorológicos a los que los taínos acudían cuando la lluvia se retrasaba. José Juan Arrom identificó tentativamente esa cueva con alguno de los sistemas de la actual provincia dominicana de La Vega, aunque la localización precisa sigue siendo objeto de debate arqueológico.
La cueva era, en el pensamiento taíno, mucho más que un santuario funcional. En el capítulo I de la Relación, Pané ya había señalado que los primeros hombres habían salido de una cueva llamada Cacibajagua, situada en la parte de Cauta, y que las cuevas eran en general puntos de comunicación entre el mundo humano y el mundo sagrado. La cueva de Iguanaboína pertenece a esta topografía ritual mayor: no es un lugar cualquiera, sino un punto de emergencia de las fuerzas que ordenan el mundo. Que allí naciesen el sol y la luna, y que allí se guardasen los cemíes del clima, refuerza la idea de que se trataba de un axis mundi antillano, un centro sagrado desde el cual se desplegaba la geografía cósmica del pueblo taíno.
Boinayel y Márohu: los gemelos del cielo taíno
El capítulo XI de la Relación de Ramón Pané contiene la descripción más detallada del culto a Iguanaboína y a sus dos hijos. El fraile catalán escribe: «Dicen que el sol y la luna salieron de una cueva que está en el país de un cacique llamado Maucia Tiuvel, la cual se llama Iguanaboína, y ellos la tienen en mucha estimación, y la tienen toda pintada a su modo, sin ninguna figura, con muchos follajes y otras cosas semejantes». La cueva es doblemente sagrada: allí nacen los astros del día y de la noche, y allí se guardan los cemíes que rigen la lluvia. Es un lugar de origen y un santuario funcional al mismo tiempo.
Pané prosigue: «En dicha cueva estaban dos cemíes hechos de piedra, pequeños, del tamaño de medio brazo, con las manos atadas, y parecían que sudaban. Los cuales cemíes estimaban mucho; y cuando no llovía, dicen que entraban allí a visitarlos y en seguida llovía. De los dichos cemíes, al uno llamaban Boinayel y al otro Márohu». La imagen es de una precisión etnográfica notable. Los cemíes sudan, es decir, la humedad ambiental de la cueva se deposita en gotas sobre su superficie de piedra, y ese sudor es interpretado como signo de su naturaleza pluvial. Los taínos entienden ese fenómeno físico como manifestación directa de la agencia sagrada de los gemelos meteorológicos.
Los nombres son transparentes en su etimología. Boinayel se compone de boi-na (serpiente parda u oscura) y el (hijo), y significa por tanto «hijo de la serpiente parda». La serpiente parda es una referencia a la lluvia misma, imaginada como una gran serpiente oscura que baja del cielo o serpentea entre las nubes. Márohu, en cambio, se compone de ma- (sin, prefijo privativo) y arohu (nube), y significa literalmente «sin nubes». Uno es el hijo de la lluvia que baja como serpiente; el otro es el señor del cielo despejado y de la sequía. Los dos juntos rigen el ciclo estacional completo del Caribe insular.
El detalle de las manos atadas es significativo. En la iconografía taína, las figuras con las manos atadas o cruzadas sobre el pecho corresponden habitualmente a cemíes de invocación: piezas rituales destinadas a ser objeto de plegaria o de ceremonia dirigida. José Juan Arrom, en Mitología y artes prehispánicas de las Antillas (Siglo XXI, 1975), sugiere que la representación de Boinayel y Márohu con las manos atadas subraya su papel de intermediarios entre los taínos y su madre Iguanaboína: los gemelos son los operadores del ciclo pluvial, pero es la diosa dual quien lo preside, y los cemíes atados son la garantía visible de que los operadores estarán disponibles cuando el sacerdote los invoque.
Los cemíes tricóncavos de piedra, característicos del arte taíno tardío, han sido interpretados por gran parte de la crítica arqueológica como representaciones abreviadas de este complejo mítico. La forma tricóncava, con tres puntas dirigidas hacia arriba (una central y dos laterales), evocaría la triada Iguanaboína-Boinayel-Márohu, y funcionaría como cemí sintético de todo el ciclo del clima. Cientos de estas piezas se conservan en museos del Caribe hispano y de Estados Unidos, y muchas de ellas presentan en sus laterales grabados de figuras antropomorfas que podrían identificarse con los dos gemelos. La cueva de Pané era el santuario principal; los cemíes tricóncavos eran su versión doméstica y transportable.
La invocación ritual de los gemelos se hacía en el contexto de la ceremonia de la cohoba, la práctica más importante del sacerdocio taíno. En ella, el behique (chamán) inhalaba un polvo psicoactivo elaborado a partir de las semillas de Anadenanthera peregrina mezcladas con conchas quemadas, y en el trance así inducido establecía comunicación con los cemíes. Los cronistas describen las plataformas ceremoniales de cohoba talladas en madera fina con figuras antropomorfas, y la parafernalia asociada incluía inhaladores óseos en forma de Y y bandejas rituales. Cuando la sequía se prolongaba y el conuco empezaba a peligrar, era en el trance de cohoba donde el behique preguntaba a Boinayel y a Márohu por la razón del retraso pluvial y negociaba con ellos, a través de la mediación de Iguanaboína, la llegada de las lluvias necesarias.
Los gemelos benéfico-maléfico: Iguanaboína en el mapa mítico amerindio
El motivo de los gemelos meteorológicos, uno benéfico y uno maléfico, es uno de los grandes universales de la mitología americana. En el Popol Vuh k’iche’ del siglo XVI, los primeros pares de dioses creadores incluyen a Tepeu y Gucumatz, y más adelante los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué realizan las hazañas que fundan el mundo. En la mitología iroquesa recogida por los misioneros jesuitas del siglo XVII, Ioskeha (el gemelo blanco, benéfico, creador de plantas útiles) y Tawiskaron (el gemelo oscuro, obstructor, creador de las plagas) representan la misma dualidad. En el manuscrito quechua de Huarochirí (1608), el Sol y la Luna se enfrentan como principios opuestos. En la mitología tikuna del alto Amazonas, Yoi e Ipi son los gemelos que separan el cielo de la tierra.
Lo específico de Iguanaboína dentro de esta amplia familia mitológica es la presencia explícita de la madre. En la mayoría de los ciclos americanos de gemelos, la figura materna es secundaria o queda relegada al episodio del nacimiento; en el taíno, en cambio, la madre da nombre al santuario, define su geografía sagrada y aparece como la instancia superior a la que ambos gemelos remiten. Iguanaboína no es la madre biológica que desaparece tras el parto de los héroes: es la diosa dual del clima cuya dualidad se despliega y opera en los dos hijos gemelos. Ambos son cara y cruz de una misma madre atmosférica.
Sebastián Robiou-Lamarche, en Taínos y caribes (Punto y Coma, 2003), ha propuesto leer este complejo mítico como un intento antillano por resolver el problema teodicéico de la irregularidad climática. Si el clima estuviese gobernado por un solo dios benéfico, el retraso de las lluvias o la aparición de una sequía prolongada serían inexplicables o interpretables como castigo divino; si estuviese gobernado por dos dioses hostiles entre sí, las buenas cosechas serían un pequeño milagro imposible de asegurar. La solución taína consiste en asignar los dos aspectos del clima a dos hermanos que comparten madre: la irregularidad se explica por la tensión entre los hermanos, pero la posibilidad de la buena cosecha queda garantizada por la mediación superior de Iguanaboína, a quien los sacerdotes pueden invocar en su cueva sagrada.
Antonio Stevens-Arroyo, en Cave of the Jagua: The Mythological World of the Taínos (UNM Press, 2006), añade a esta interpretación una dimensión política. La madre dual del clima, sostiene el autor, funciona en el sistema religioso taíno como equivalente estructural del cacique en el sistema político: un principio unificador superior que preside sobre las tensiones internas del grupo y garantiza su cohesión. Igual que el cacique sanciona los conflictos entre sus subordinados y mantiene el orden del cacicazgo, Iguanaboína sanciona la tensión entre sus hijos y mantiene el orden del año agrícola. La religión y la política tenían para el taíno un mismo lenguaje estructural, y Iguanaboína era una de sus figuras más claras.
Manuel García Arévalo, arqueólogo dominicano, ha estudiado en El murciélago en la mitología antillana (Fundación García Arévalo, 1997) y en otros trabajos la relación entre los cemíes tricóncavos y el complejo mítico de Iguanaboína, subrayando cómo el arte taíno tardío llegó a compendiar en una sola pieza portátil toda una teología del clima. Las excavaciones del Museo del Hombre Dominicano en Santo Domingo, del Museo del Barrio de Nueva York y del Instituto de Cultura Puertorriqueña conservan colecciones importantes de estas piezas, y muchas de ellas siguen siendo estudiadas para reconstruir los aspectos más finos de un culto que, a pesar de la destrucción colonial del cacicazgo taíno, ha dejado un rastro material relativamente denso.
Ricardo Alegría, desde el Instituto de Cultura Puertorriqueña, dedicó buena parte de su obra a rastrear la persistencia de estos motivos religiosos en la cultura material y popular del Caribe hispano contemporáneo. Sus Apuntes en torno a la mitología de los indios taínos (1978) han influido en generaciones de investigadores caribeños y han contribuido a que la figura de Iguanaboína salga del terreno estrictamente académico y entre en el vocabulario cultural más amplio de Puerto Rico y la República Dominicana. La combinación de las lecturas arqueológicas de García Arévalo con las lecturas estructurales de Arrom y con las lecturas socio-religiosas de Robiou-Lamarche y Stevens-Arroyo ha permitido reconstruir, cinco siglos después del texto de Pané, una figura mitológica de una complejidad que los cronistas europeos del siglo XVI difícilmente habrían podido imaginar.
Para terminar
Iguanaboína es, junto con Atabey y con Guabancex, una de las tres grandes figuras femeninas del panteón antillano precolombino que la etnografía de contacto ha logrado preservar con detalle suficiente para el análisis moderno. Su culto, centrado en una cueva pintada del interior de La Española y en los cemíes tricóncavos que se distribuyeron por todas las Antillas Mayores, muestra una religión agrícola de gran sofisticación técnica y simbólica, capaz de traducir la meteorología del Caribe insular en un sistema mítico coherente y operable en el ritual. Los taínos no eran, como los primeros cronistas europeos supusieron, un pueblo sin religión: eran un pueblo con una religión meteorológica compleja, cuidadosamente adaptada al régimen pluvial de su territorio.
El interés contemporáneo por su figura ha crecido notablemente en las últimas décadas al ritmo del movimiento de revitalización taína. Artistas caribeños actuales reproducen cemíes tricóncavos inspirados en las piezas arqueológicas conservadas, y muchos de esos objetos llevan referencias explícitas al complejo mítico madre-gemelos. Comunidades de la diáspora taína en Puerto Rico, la República Dominicana, Cuba y Estados Unidos han recuperado el nombre de Iguanaboína para talleres culturales, festivales de danza y proyectos educativos dirigidos a la difusión del patrimonio antillano precolombino en las nuevas generaciones. La diosa dual del clima ha vuelto, cinco siglos después de Pané, a formar parte del vocabulario cultural vivo del Caribe hispano.
La comparación con Guabancex, la señora taína de los vientos huracanados, ayuda a situar el perfil específico de Iguanaboína dentro del panteón antillano. Guabancex es la figura del cataclismo puro, la fuerza desatada del huracán que arrasa el conuco y destruye el bohío; Iguanaboína, en cambio, es la figura del equilibrio dinámico entre lo húmedo y lo seco, la madre que preside una tensión productiva y no un cataclismo destructivo. La religión taína, con estas dos figuras femeninas complementarias, cubría todo el espectro del régimen atmosférico caribeño: desde la irregularidad negociable del ciclo estacional hasta la irrupción incontrolable del huracán, cada aspecto meteorológico del mundo antillano tenía en el panteón una figura sagrada específica y una manera ritual precisa de ser abordada.
Leerla hoy es tomar contacto con una manera taína de pensar la naturaleza que rehúsa las simplificaciones. Ni el clima es un dios único e imprevisible, ni el clima es la lucha eterna de dos principios hostiles: el clima es la tensión matizada entre dos hermanos que comparten una misma madre, y la buena cosecha depende de la capacidad ritual de la comunidad para mantener a esa madre bien dispuesta hacia sus hijos. En un mundo contemporáneo que empieza a redescubrir la fragilidad del equilibrio climático, la figura de Iguanaboína recuerda que hubo pueblos americanos que ya habían pensado el clima, hace más de quinientos años, con una densidad simbólica de la que aún hoy se puede aprender.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Iguanaboína en la mitología taína?
Iguanaboína es la diosa dual del clima en la religión taína, madre de los dos cemíes gemelos que gobiernan el régimen atmosférico del Caribe insular: Boinayel, señor de las lluvias fertilizantes que empapan el conuco, y Márohu, señor de los tiempos secos y sin nubes. Ramón Pané registra su culto hacia 1498 en el capítulo XI de su Relación acerca de las antigüedades de los indios a partir de una cueva pintada dedicada a la diosa, en el país del cacique Maucia Tiuvel, donde los taínos acudían en tiempos de sequía para hacer llover.
¿Qué significan los nombres Boinayel y Márohu?
Boinayel se compone de boi-na (serpiente parda u oscura) y el (hijo), y significa «hijo de la serpiente parda», en referencia a la lluvia imaginada como una gran serpiente oscura que baja del cielo. Márohu se compone del prefijo privativo ma- (sin) y arohu (nube), y significa literalmente «sin nubes», es decir, señor del cielo despejado y de la sequía. Los dos gemelos representan las dos caras opuestas del clima antillano, cuyos ciclos alternos regían la vida del conuco taíno.
¿Cómo se representaban los cemíes de la triada?
Pané describe los cemíes de Boinayel y Márohu como piezas de piedra pequeñas, del tamaño de medio brazo, con las manos atadas y con superficie que parecía sudar. Este último detalle es una observación etnográfica precisa: la humedad ambiental de la cueva se depositaba en gotas sobre la piedra, y los taínos interpretaban ese fenómeno como manifestación pluvial de los gemelos. Los cemíes tricóncavos de piedra, característicos del arte taíno tardío, han sido interpretados como representaciones abreviadas de toda la triada Iguanaboína-Boinayel-Márohu en una sola pieza portátil.
¿Por qué era tan importante el ciclo lluvia-sequía?
Porque la sociedad taína dependía por completo del régimen pluvial. El conuco, montículo elevado en el que se cultivaba la yuca amarga que constituía el alimento básico, requería lluvias en el momento adecuado del año: demasiado pronto ahogaban los esquejes recién plantados, demasiado tarde los secaban antes de que la yuca formase sus tubérculos. La temporada seca del Caribe insular (diciembre a abril) y la temporada húmeda (mayo a noviembre) gobernaban el ritmo de la agricultura, y toda una parte del sistema religioso taíno estaba dedicada a asegurar que las lluvias llegasen en el momento justo.
¿Existen paralelos con otras mitologías de gemelos?
Sí. El motivo de los gemelos benéfico-maléfico es uno de los grandes universales de la mitología americana. En el Popol Vuh k’iche’, los pares Tepeu-Gucumatz y Hunahpú-Ixbalanqué juegan papeles fundamentales. En la mitología iroquesa, Ioskeha (blanco, benéfico) y Tawiskaron (oscuro, obstructor) representan la misma dualidad. En el manuscrito de Huarochirí, el Sol y la Luna se oponen. En la mitología tikuna del alto Amazonas, Yoi e Ipi separan el cielo de la tierra. Lo específico de Iguanaboína es la presencia explícita y superior de la madre dual, ausente o secundaria en la mayoría de estos paralelos.





