Lo esencial: Bolon Dzacab — literalmente «el nueve engendrador» en yucateco maya — es el dios del rayo, del linaje real y del maíz tierno del panteón maya clásico y postclásico. Identificado con el «dios K» de la iconografía epigráfica y con K’awiil en las inscripciones glíficas, aparece con un espejo humeante en la frente y un hacha de sílex incrustada en la sien: el rayo cósmico que fertiliza la tierra y engendra los linajes reales. Los reyes divinos mayas del Clásico — Pacal en Palenque, Bird Jaguar IV en Yaxchilán, Jasaw Chan K’awiil en Tikal, 18 Rabbit en Copán — invocaban a Bolon Dzacab en los rituales de sangrado ceremonial para descender su poder al trono. Los Libros del Chilam Balam yucatecos del siglo XVIII lo mencionan como «el engendrador de los nueve linajes».
| Origen cultural | Maya yucateco clásico y postclásico (dios K clásico, K’awiil glífico) — presente en Palenque, Yaxchilán, Copán, Tikal, Naranjo, Piedras Negras y península de Yucatán |
| Tipo | Dios del rayo, del linaje real y del maíz tierno |
| Función mítica | Engendrar los linajes reales, sostener el eje dinástico y fertilizar la tierra con el rayo germinador |
| Atestación | Chilam Balam de Chumayel, Códice de Dresde, inscripciones clásicas de Palenque-Yaxchilán-Copán-Tikal (~250-900 d.C.) |
| Vigencia hoy | Figura central de la iconografía maya contemporánea; presente en talleres artesanales de Palenque y Bacalar, arte turístico maya y rituales de renovación del maíz tierno en aldeas yucatecas |
Hacia el año 250 de nuestra era, en la selva petenera del norte de Guatemala, comenzó el período que los arqueólogos llaman Clásico maya. La transición desde el Preclásico Tardío no fue abrupta: dinastías fundacionales como la de Yax Ehb Xook en Tikal ya se remontaban al siglo I d.C., y ciudades como El Mirador y Nakbé habían levantado pirámides monumentales varios siglos antes. Pero fue a partir del 250 cuando cristalizó el sistema político maya clásico que definiría los siguientes seis siglos: reinos independientes de tamaño pequeño y mediano, gobernados por un ajaw (rey divino) cuya legitimidad reposaba sobre un doble vínculo — con la genealogía dinástica documentada en las estelas y con las deidades supremas que descendían durante los rituales de sangre.
El siglo VII marcó el apogeo. En Palenque, el gran Pacal el Grande gobernó entre 615 y 683 y encargó la construcción del Templo de las Inscripciones, dentro del cual se descubrió en 1952 su tumba sellada — hallazgo revolucionario del arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier. Su hijo Kan Bahlam II (684-702) supervisó el Grupo de las Cruces, con sus tres templos gemelos que codifican en piedra la mitología dinástica de los tres dioses patronos de Palenque (GI, GII, GIII). En Yaxchilán, sobre el Usumacinta, Bird Jaguar IV (752-768) mandó tallar los famosos dinteles 24, 25 y 26 que muestran a su esposa Lady Xoc realizando el sangrado ritual con la cuerda espinosa. En Tikal, Jasaw Chan K’awiil I (682-734) — cuyo propio nombre incluye el glifo K’awiil — venció al reino rival de Calakmul en 695 y reinauguró la dinastía. En Copán, sobre el río homónimo, Waxaklajuun Ubaah K’awiil («18 K’awiil», también conocido como «18 Rabbit», 695-738) llenó la Gran Plaza de estelas y del célebre Altar Q.
Los nombres reales del Clásico Tardío contienen ellos mismos la firma iconográfica: Jasaw Chan K’awiil, Waxaklajuun Ubaah K’awiil, Yich’aak K’awiil, Nuun Ujol K’awiil. K’awiil — el nombre glífico del «dios K» epigráfico — era el patrón dinástico por excelencia, la deidad que descendía sobre el trono en cada entronización y que sostenía el eje real entre el cielo superior de Itzamná y la tierra habitada. Cuando la civilización maya del Clásico entró en el colapso del siglo IX y las grandes capitales petenas fueron abandonadas entre 800 y 900, K’awiil no desapareció: migró al norte, sobrevivió en la iconografía postclásica de Chichén Itzá, Uxmal y Mayapán, y llegó hasta los Libros del Chilam Balam yucatecos redactados entre los siglos XVI y XVIII bajo el nombre yucateco de Bolon Dzacab, «el nueve engendrador de los linajes».
Del dios K clásico a Bolon Dzacab yucateco: mil años de continuidad iconográfica
Índice
La identificación entre el «dios K» de la iconografía clásica maya y el Bolon Dzacab de los textos yucatecos coloniales fue uno de los grandes avances epigráficos del siglo XX. El epigrafista alemán Paul Schellhas ya había propuesto en 1904, en su tipología de los dioses mayas basada en los códices postclásicos, una serie alfabética (dios A, dios B, dios C, dios D…) que asignaba una letra a cada figura iconográficamente identificable en los códices de Dresde, Madrid y París. El «dios K» de Schellhas mostraba rasgos constantes: espejo humeante en la frente, hacha de sílex incrustada en la sien, pierna reptiliana terminada en serpiente. Durante décadas su identidad concreta permaneció incierta.
El desciframiento del glifo K’awiil por Yuri Knórozov en la URSS y por Michael Coe, David Kelley y Linda Schele en Estados Unidos entre 1960 y 1985 permitió leer directamente el nombre del «dios K» en las inscripciones clásicas: era K’awiil. Karl Taube consolidó la evidencia iconográfica en The Major Gods of Ancient Yucatan (Dumbarton Oaks, 1992), obra pivote que mapeó las apariciones del dios en más de doscientos monumentos y vasijas del Clásico. La identificación con Bolon Dzacab de los textos yucatecos coloniales fue la pieza final del rompecabezas: el nombre yucateco «el nueve engendrador» traducía la función dinástica que las inscripciones clásicas atribuían a K’awiil como «engendrador» (raíz ts’akab) de las líneas reales.
La iconografía es notablemente estable a lo largo de mil años. El espejo humeante en la frente aparece ya en las estelas del Clásico Temprano de Tikal y Uaxactún (siglo IV d.C.), reaparece en los relieves del Clásico Tardío de Palenque y Yaxchilán (siglo VIII), persiste en la escultura postclásica de Chichén Itzá (siglos X-XIII), y todavía se dibuja idéntico en las láminas del Códice de Dresde redactadas en Chichén hacia el siglo XII y copiadas después en Yucatán hasta poco antes de la Conquista. El espejo humeante es una obsidiana pulida — probablemente evocada por el resplandor de la piedra sobre la que los sacerdotes mayas practicaban la escrutación adivinatoria — con volutas de humo que salen hacia arriba y que en la iconografía epigráfica siempre marcan la manifestación del «otro mundo» en el mundo visible.
El hacha de sílex es el segundo rasgo constante. En la mano derecha, o incrustada directamente en la frente al lado del espejo humeante, K’awiil/Bolon Dzacab lleva un hacha ceremonial de piedra pulida — a veces representada como sílex blanco, a veces como obsidiana negra — cuya interpretación epigráfica es unánime: es el rayo cósmico que engendra. Cuando el hacha cae desde el cielo, el rayo perfora la tierra, la fertiliza y hace germinar el maíz tierno. David Stuart, en The Inscriptions from Temple XIX at Palenque (Pre-Columbian Art Research Institute, 2005), demostró que en las inscripciones dinásticas la aparición del hacha coincide siempre con menciones a linajes reales concretos: el rayo cósmico «engendra» a los reyes exactamente igual que fertiliza la milpa.
La pierna reptiliana es el tercer rasgo. K’awiil/Bolon Dzacab tiene con frecuencia una pierna humana normal y otra pierna terminada en cabeza de serpiente — a veces la serpiente-visión (Wits-Chan) que asciende desde el humo del incienso ritual durante los rituales de sangre, a veces la serpiente-cielo (K’uk’ulkan/Quetzalcóatl en la variante postclásica). Este rasgo lo distingue iconográficamente de Chaac, el otro gran dios maya de la lluvia y del cielo, cuyas piernas son siempre humanas. La pierna reptiliana marca a K’awiil como una entidad de transición entre el mundo humano y el otro mundo, un dios que camina simultáneamente en dos planos y que puede transportar a los reyes entre ambos.
Bolon Dzacab y los reyes divinos: el sangrado ritual y la visión de la serpiente
El vínculo entre Bolon Dzacab y los reyes divinos mayas del Clásico se manifiesta con mayor claridad en el ritual del sangrado ceremonial. Linda Schele y David Freidel reconstruyeron el procedimiento con detalle en A Forest of Kings: The Untold Story of the Ancient Maya (Morrow, 1990) y en Maya Cosmos: Three Thousand Years on the Shaman’s Path (Morrow, 1993), obras pivote basadas en el desciframiento sistemático de las inscripciones jeroglíficas del Clásico. El sangrado ritual no era un episodio esporádico sino el corazón del rito real maya: cada acontecimiento dinástico importante — entronización, nacimiento del heredero, victoria militar, dedicación de edificio, aniversario de reinado — requería sangre real como ofrenda al eje divino.
El procedimiento estaba codificado. El rey (ajaw) perforaba el prepucio o el escroto con una espina de mantarraya (Dasyatis americana) traída expresamente desde la costa caribeña; la reina o mujer principal se perforaba la lengua con una cuerda espinosa (bak’tun) fabricada con espinas de agave enhebradas. La sangre caía sobre tiras de papel de corteza (huun) preparadas con almagre y colocadas en un cesto ceremonial. Después se quemaba el papel ensangrentado, y del humo del incienso mezclado con la sangre real ascendía la «serpiente-visión» (Wits-Chan Ahau o Vision Serpent) por cuya boca abierta emergía la deidad invocada — casi siempre Bolon Dzacab (K’awiil) o un ancestro deificado del linaje real. El rey entraba entonces en estado visionario y podía dialogar con la deidad o con el ancestro.
Los dinteles de Yaxchilán del siglo VIII documentan el ritual con precisión extraordinaria. El Dintel 24, tallado en piedra caliza hacia el año 725 y hoy conservado en el British Museum de Londres, muestra a Lady Xoc — esposa principal del rey Shield Jaguar III — arrodillada, con la cuerda espinosa atravesando su lengua perforada. En el Dintel 25 aparece la Vision Serpent ascendiendo desde el cesto de papel ensangrentado, y por su boca emerge el ancestro deificado. En el Dintel 26 Lady Xoc se enfrenta al mismo Shield Jaguar III ya vestido con el traje de guerra que la visión ha autorizado. La secuencia visual sistematiza la operación entera del sangrado ritual: perforación, quema del papel, ascensión de la serpiente, aparición de la deidad o del ancestro, autorización del acto real.
La epigrafía dinástica confirma la asociación. Cuando un rey maya del Clásico ascendía al trono, el rito de entronización incluía la recepción ceremonial del «cetro maniquí» (manikin scepter en la literatura arqueológica anglosajona) — una figurilla pequeña de K’awiil que el rey sostenía en la mano derecha durante la ceremonia y en muchas representaciones posteriores. El cetro maniquí es la representación miniatura de K’awiil/Bolon Dzacab, con espejo humeante en la frente y pierna reptiliana. Simon Martin y Nikolai Grube documentaron en Chronicle of the Maya Kings and Queens (Thames & Hudson, 2000) la aparición sistemática del cetro maniquí en las estelas de entronización de al menos veinte dinastías clásicas — Palenque, Tikal, Copán, Yaxchilán, Naranjo, Piedras Negras, Caracol, Dos Pilas, entre otras.
El propio nombre del rey era, con frecuencia, una invocación permanente de la deidad. Los reyes del Clásico Tardío que incluyen «K’awiil» en su nombre glífico son múltiples: Jasaw Chan K’awiil I de Tikal (682-734), su hijo Yik’in Chan K’awiil (734-746), Waxaklajuun Ubaah K’awiil de Copán (695-738), Yajaw Chan Muwaan de Bonampak (776-c.795, con K’awiil como epíteto secundario), K’inich Kan Bahlam II de Palenque (684-702, con títulos que incluyen K’awiil), y decenas más. El nombre real era una firma dinástica que declaraba el vínculo permanente del gobernante con la deidad patrona del linaje real. Perder el nombre — como ocurría en las capturas rituales de guerra, en las que el rey vencedor «apagaba» el nombre glífico del vencido — equivalía a cortar el vínculo con K’awiil y a extinguir la legitimidad de la dinastía derrotada.
El Templo XIX de Palenque, excavado por Alfonso Morales Cleveland y estudiado por David Stuart entre 1998 y 2005, contiene la reconstrucción epigráfica más completa del papel de K’awiil/Bolon Dzacab en la mitología dinástica de una capital clásica concreta. Los tableros del templo cuentan cómo GII — uno de los tres dioses patronos de Palenque, identificado con K’awiil — nació en el año mítico 2360 a.C., recibió su nombre en el año 2325 a.C., y «descendió» al trono terrestre en 2325 a.C. para engendrar el linaje palenqueño histórico. La secuencia mítica se convierte, siglos después, en el fundamento de la legitimidad de Pacal el Grande y de sus sucesores, cuyos reinados históricos se colocan en continuidad ceremonial con el descenso mítico original del dios engendrador.
El rayo, el maíz tierno y la dinastía: el sentido de «Bolon Dzacab»
El sentido pleno del nombre «Bolon Dzacab» — «el nueve engendrador» — solo aparece cuando se colocan juntas las tres dimensiones que la figura reúne: el rayo del cielo, el maíz tierno de la milpa, y la dinastía humana del trono. Michael Coe planteó en The Maya (Thames & Hudson, primera edición 1966, novena edición actualizada 2011) la lectura que hoy es consenso académico: el «nueve» no es un simple numeral sino un número simbólico maya asociado con la totalidad y con el inframundo (los «nueve señores de la noche» son las nueve deidades cíclicas del calendario maya). «Engendrar nueve veces» equivale a «engendrar plenamente, sin límite, en todas las direcciones simultáneamente».
La primera dimensión es meteorológica. El rayo del cielo, cuando cae sobre la tierra al comienzo de la temporada de lluvias — típicamente entre mayo y junio en las tierras bajas mayas — señala el momento en que la milpa recién sembrada recibe la humedad necesaria para germinar. El maíz tierno (elote, jilote, xnuk en yucateco) es la fase agrícola en que la mazorca todavía joven se encuentra en el máximo de vulnerabilidad — puede ser destruida por una helada tardía, por una plaga de gusano, o por una sequía súbita. Chaac, dios de la lluvia yucateco (S37 de este ciclo), provee el agua; Bolon Dzacab provee el rayo germinador que «abre» la tierra desde arriba. Ambas figuras funcionan como una díada agrícola inseparable en el pensamiento maya del Clásico y del Postclásico.
La segunda dimensión es dinástica. El rey maya del Clásico se consideraba a sí mismo la mazorca de maíz tierno de su linaje: nacía como semilla plantada por el ancestro fundador, era fertilizado por el rayo cósmico de K’awiil/Bolon Dzacab durante el rito de entronización, y crecía después bajo la protección de Chaac (lluvia) y del sol (K’inich Ahau). Su muerte era representada como cosecha ritual del maíz maduro. Freidel, Schele y Parker demostraron en Maya Cosmos (1993) que la iconografía funeraria maya representa sistemáticamente al rey difunto en la postura del Dios del Maíz que renace, con las manos abiertas hacia arriba y la cabeza inclinada — postura idéntica a la del Dios del Maíz emergiendo de la superficie de la tierra en las representaciones agrícolas paralelas.
La tercera dimensión es genealógica. «Nueve engendrador» designa la función de sostener el eje que enlaza al linaje real vivo con los ancestros deificados del pasado mítico. Cada rey era el «brote nuevo» (ch’ok en yucateco) que el ancestro fundador engendraba a través del canal ritual establecido por K’awiil/Bolon Dzacab. Este esquema explica por qué los nombres reales del Clásico Tardío incluyen tan frecuentemente el glifo K’awiil: el rey vivo se identifica con el canal genealógico y con la deidad que lo hace posible. Cuando el rey Yik’in Chan K’awiil de Tikal (734-746) firmaba sus estelas con este nombre, estaba declarando que era «el K’awiil del cielo de Tikal», es decir, el punto vivo en el que el ancestro fundador Yax Ehb Xook — muerto hacía seiscientos años — seguía manifestándose en la superficie del mundo.
La comparación intercultural sitúa la particularidad maya. Zeus griego era también un dios del rayo y patrón de reyes, pero su figura carecía de la dimensión agrícola central que tiene Bolon Dzacab. Thor nórdico manejaba el martillo Mjölnir del rayo, pero sin vínculo genealógico dinástico con los linajes humanos. Perún eslavo, Illapa inca del panteón andino (S6 de este ciclo), Bepkororoti kayapó del Xingu-Pará (S47) son todas figuras del rayo con biografías distintas. Lo específico maya es la fusión estable, a lo largo de mil años, de tres dimensiones que en otras tradiciones aparecen dispersas: el rayo cósmico, el maíz tierno de la milpa, y la genealogía real. Bolon Dzacab reúne las tres en una sola figura iconográficamente coherente.
La supervivencia postclásica de la figura en Yucatán confirma la estabilidad del entramado. Después del colapso del Clásico petenero entre 800 y 900, la iconografía del «dios K» migró al norte con los grupos itzá que refundaron Chichén Itzá y después Mayapán. El Códice de Dresde — el más antiguo de los cuatro códices mayas conservados, redactado en Chichén Itzá hacia el siglo XII y copiado después en Yucatán — dedica las láminas 25-28 y 60-66 al «dios K», con representaciones prácticamente idénticas a las del Clásico Tardío. Los Libros del Chilam Balam yucatecos, compilados por escribas mayas alfabetizados entre finales del siglo XVI y comienzos del XIX, mencionan repetidamente a Bolon Dzacab como «el engendrador de los nueve linajes», conservando en yucateco alfabético la memoria de la deidad clásica que había sostenido durante mil años el eje real maya.
Para terminar
Bolon Dzacab es la prueba iconográfica más sólida de la continuidad interna de la civilización maya a través de sus grandes rupturas históricas. El dios que los epigrafistas leen como K’awiil en las estelas del Clásico de Tikal, Palenque, Yaxchilán y Copán del siglo VIII es reconociblemente el mismo dios que aparece con espejo humeante y hacha de sílex en el Códice de Dresde postclásico, el mismo que los Libros del Chilam Balam yucatecos coloniales llaman Bolon Dzacab, y el mismo que hoy adorna las obras artesanales de los talleres mayas de Palenque y Bacalar. Mil años de mantenimiento iconográfico bajo tres regímenes políticos sucesivos — reinos clásicos, señoríos postclásicos, colonia española — sin quiebra sustancial de los rasgos definitorios.
El sentido histórico de esta continuidad es doble. Por un lado, muestra la solidez del código simbólico maya, capaz de sobrevivir al colapso demográfico y político del siglo IX en el Petén y al posterior contacto colonial español del siglo XVI sin perder los elementos centrales de su iconografía divina. Por otro lado, muestra la eficacia del vehículo escrito: los códices postclásicos, las inscripciones jeroglíficas del Clásico, y los textos alfabéticos coloniales del Chilam Balam funcionan como cadena documental que transmitió el saber sobre Bolon Dzacab desde el Preclásico Terminal hasta el presente etnográfico. Los desciframientos epigráficos de Knórozov, Kelley, Schele y Stuart entre 1960 y 2010 permitieron reconstruir el eslabón faltante — la lectura fonética de los glifos clásicos — y confirmar la identificación completa que hasta entonces solo era hipótesis iconográfica.
Hoy Bolon Dzacab sigue presente en la vida maya contemporánea. Los talleres artesanales de Palenque, Bacalar, Chetumal y Mérida producen máscaras, esculturas, joyería y cerámica que reproducen fielmente la iconografía clásica del dios K, en un circuito comercial que alimenta el turismo cultural pero que también mantiene viva la memoria visual del pueblo maya sobre su propio pasado. En las aldeas rurales de Yucatán y Quintana Roo, los rituales de renovación del maíz tierno — celebrados al comienzo de la cosecha del elote entre agosto y septiembre — incluyen menciones a Bolon Dzacab como el «engendrador» que hizo posible la germinación. Cuando el rayo cae sobre la milpa al comienzo de la temporada de lluvias mayo-junio, y el maíz tierno empieza a brotar bajo el agua, los ancianos yucatecos siguen recordando al dios del rayo que fertiliza la tierra y que engendra los linajes.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Bolon Dzacab en la mitología maya?
Bolon Dzacab — literalmente «el nueve engendrador» en yucateco maya — es el dios del rayo, del linaje real y del maíz tierno del panteón maya clásico y postclásico. Está identificado con el «dios K» de la iconografía epigráfica establecida por Paul Schellhas en 1904, y con K’awiil en las inscripciones jeroglíficas del Clásico descifradas entre 1960 y 1985 por Yuri Knórozov, Michael Coe, David Kelley y Linda Schele. Aparece con un espejo humeante en la frente, un hacha de sílex incrustada en la sien y una pierna reptiliana terminada en serpiente. Los reyes divinos mayas del Clásico — Pacal en Palenque, Bird Jaguar IV en Yaxchilán, Jasaw Chan K’awiil en Tikal, Waxaklajuun Ubaah K’awiil («18 Rabbit») en Copán — invocaban a Bolon Dzacab en los rituales de sangrado ceremonial para descender su poder al trono.
¿Qué significa el nombre «Bolon Dzacab»?
El nombre «Bolon Dzacab» (también escrito «Bolon Dz’acab» o «Bolon Ts’akab») se compone de tres raíces yucatecas: bolon = nueve o muchos; dz’ak / ts’ak = engendrar, generar, tener descendencia; y el sufijo agentivo -ab. La traducción literal es «el nueve engendrador» o «el engendrador de los nueve». El número nueve no es un simple numeral sino un símbolo maya de totalidad asociado con el inframundo (los «nueve señores de la noche» son las nueve deidades cíclicas del calendario), de modo que «engendrar nueve veces» equivale a «engendrar plenamente, sin límite, en todas las direcciones simultáneamente». Está documentado en el Chilam Balam de Chumayel como «el engendrador de los nueve linajes», y en el Códice de Dresde aparece como el «dios K» de la clasificación de Schellhas.
¿Cuál es la relación entre Bolon Dzacab y los reyes divinos mayas?
Bolon Dzacab (K’awiil) era el patrón dinástico por excelencia de los reyes divinos mayas del Clásico. Cada entronización real incluía la recepción ceremonial del «cetro maniquí» — figurilla pequeña de K’awiil con espejo humeante y pierna reptiliana — que el rey sostenía en la mano derecha durante la ceremonia. Los rituales de sangrado ceremonial (perforación del prepucio con espina de mantarraya para el rey; perforación de la lengua con cuerda espinosa para la reina) hacían ascender desde el humo del papel ensangrentado la «serpiente-visión» por cuya boca emergía Bolon Dzacab o un ancestro deificado del linaje real. Los nombres reales del Clásico Tardío contenían frecuentemente el glifo K’awiil: Jasaw Chan K’awiil I de Tikal (682-734), Yik’in Chan K’awiil (734-746), Waxaklajuun Ubaah K’awiil de Copán (695-738), entre muchos otros.
¿Cuál es la iconografía característica de Bolon Dzacab?
La iconografía de Bolon Dzacab / dios K / K’awiil es notablemente estable a lo largo de mil años. Tres rasgos definen a la figura: primero, el espejo humeante en la frente — una obsidiana pulida con volutas de humo que ascienden hacia arriba, marcando la manifestación del «otro mundo» en el mundo visible; segundo, el hacha de sílex incrustada en la sien o llevada en la mano derecha, que representa el rayo cósmico que fertiliza la tierra y engendra los linajes; tercero, la pierna reptiliana terminada en cabeza de serpiente — a veces la serpiente-visión Wits-Chan que asciende del incienso ritual, a veces la serpiente-cielo K’uk’ulkan del Postclásico. Estos rasgos aparecen en las estelas del Clásico Temprano de Tikal (siglo IV d.C.), en los relieves del Clásico Tardío de Palenque y Yaxchilán (siglo VIII), en la escultura postclásica de Chichén Itzá (siglos X-XIII), y en las láminas del Códice de Dresde.
¿Sigue vigente Bolon Dzacab en la cultura maya contemporánea?
Sí, en dos registros paralelos. En primer lugar, en la iconografía artesanal: los talleres de Palenque, Bacalar, Chetumal y Mérida producen máscaras, esculturas, joyería y cerámica que reproducen fielmente la iconografía clásica del dios K, en un circuito comercial que alimenta el turismo cultural pero mantiene viva la memoria visual maya sobre su propio pasado. En segundo lugar, en los rituales agrícolas rurales: en las aldeas yucatecas y quintanarroenses, las ceremonias de renovación del maíz tierno celebradas al comienzo de la cosecha del elote entre agosto y septiembre incluyen menciones a Bolon Dzacab como el «engendrador» que hizo posible la germinación. Cuando el rayo cae sobre la milpa al comienzo de la temporada de lluvias mayo-junio y el maíz tierno empieza a brotar bajo el agua, los ancianos yucatecos siguen recordando al dios del rayo que fertiliza la tierra y engendra los linajes.





