Copil, el sobrino vengador de Huitzilopochtli cuyo corazón fundó Tenochtitlán

Lo esencial. Copil, cuyo nombre en náhuatl clásico deriva de la raíz copil- que designa la corona o diadema ceremonial de los tlatoani mexicas, es el sobrino carnal de Huitzilopochtli y el mártir fundacional de Tenochtitlan según el ciclo dinástico mexica. Hijo de Malinalxochitl —la hermana bruja abandonada durante la peregrinación desde Aztlán— y de un hombre local del pueblo de Malinalco, fue criado por su madre en el odio hacia su tío materno y enviado en la edad adulta a vengar la traición. Documentado en las crónicas de Fray Diego Durán (~1581), Alvarado Tezozómoc (~1609), Cristóbal del Castillo (~1595) y en los códices Boturini y Mendoza (~1540), su relato culmina en el cerro Tepetzinco, en medio del lago Texcoco, donde fue capturado por los guerreros mexicas, decapitado y despojado del corazón. Ese corazón, arrojado al agua por el propio Huitzilopochtli, dio origen al nopal en cuya cima el águila devoraba a la serpiente —la señal exacta que en 1325 d.C. marcó la fundación de México-Tenochtitlan y que desde 1821 constituye el escudo nacional de la República Mexicana.

Origen culturalMexica (náhuatl clásico, ciclo fundacional Tenochtitlan ~1325 d.C.)
TipoSobrino-vengador de Huitzilopochtli, mártir fundacional
Función míticaSer derrotado por su tío Huitzilopochtli en Tepetzinco; de su corazón arrojado al lago brotó el nopal-águila-serpiente que señaló la fundación de Tenochtitlan
AtestaciónFray Diego Durán ~1581; Alvarado Tezozómoc ~1609; Cristóbal del Castillo ~1595; Códice Boturini; Códice Mendoza ~1540
Vigencia hoyEscudo nacional de México desde 1821 (águila-nopal-serpiente en la bandera mexicana) honra literalmente el corazón de Copil; nombre Tenochtitlan = «lugar del tenochtli/nopal» es el nombre original de Ciudad de México

Copil ocupa uno de los lugares más singulares del ciclo mítico mexica: el de la víctima cuyo sacrificio funda el imperio de sus verdugos. Sobrino carnal de Huitzilopochtli, sacerdote de un culto rival y guerrero-brujo formado en Malinalco por su madre expulsada, Copil llega al Valle de México con la misión expresa de vengar a Malinalxochitl. Su fracaso trágico se convierte, por ironía última del mito, en el gesto que da nombre y lugar a Tenochtitlan, la capital mexica que se llamó así precisamente por el tenochtli —el nopal— que brotó de su corazón. El escudo nacional de la actual bandera mexicana, con su águila devorando una serpiente sobre un nopal, honra literalmente cinco siglos después la memoria del corazón del sobrino sacrificado.

El ciclo mítico en que aparece Copil pertenece a la fase final de la peregrinación mexica desde Aztlán, cuando los peregrinos, tras siglos de viaje y sometimiento a otros pueblos del Valle de México, se encontraban asentados temporalmente en el cerro de Chapultepec. Fray Diego Durán, en su Historia de las Indias de Nueva España (~1581), sitúa el episodio de Copil hacia los años finales del siglo XIII o comienzos del XIV, como preludio inmediato de la fundación de Tenochtitlan en 1325 d.C. La escena de la ejecución en Tepetzinco y del corazón arrojado al lago es una de las más célebres de la memoria histórica mexicana y aparece con variantes en cinco fuentes coloniales distintas, lo que atestigua su centralidad para la memoria dinástica azteca.

Este artículo recorre la figura de Copil en tres tiempos: el contexto del ciclo fundacional mexica y la genealogía del rencor materno que lo conduce al Valle de México; la ejecución propiamente dicha en el cerro Tepetzinco y el episodio del corazón arrojado al lago Texcoco; y la lectura etnográfica contemporánea que sitúa al sobrino sacrificado como pieza clave de la memoria política mexica y como origen literal del emblema nacional actual. La documentación se apoya en las crónicas coloniales de Durán y Tezozómoc, en la Crónica mexicáyotl editada por Adrián León (UNAM, 1949), y en los estudios pivote de Enrique Florescano sobre la bandera mexicana y de Federico Navarrete sobre los orígenes del Valle de México.

El contexto del ciclo fundacional mexica

Para entender a Copil hay que reconstruir la genealogía completa del rencor que lo empuja al Valle de México. Su historia comienza décadas antes de su nacimiento, cuando Malinalxochitl —hermana carnal de Huitzilopochtli— fue abandonada por su propio hermano en las montañas del actual Malinalco durante la peregrinación mexica desde Aztlán. El episodio del abandono, narrado con detalle en Fray Diego Durán (Historia, ~1581, cap. III) y en Cristóbal del Castillo (Historia de la venida de los mexicanos, ~1595), presenta a Malinalxochitl como una hechicera peligrosa cuyos poderes sobre reptiles y arácnidos venenosos aterrorizaban a los peregrinos. Huitzilopochtli la abandonó dormida en la noche y los mexicas continuaron su camino sin ella. Malinalxochitl fundó Malinalco con los pocos partidarios que la siguieron y crió allí a su hijo Copil alimentándolo desde la cuna con la exigencia de venganza contra el tío materno.

Copil creció en Malinalco recibiendo formación en las artes brujeriles de su madre. Alfredo López Austin, en Los mitos del tlacuache (Alianza, 1990/UNAM, 1996, pp. 244-249), destaca que la formación de Copil como guerrero-brujo constituye una singularidad dentro del ciclo mexica: la mayoría de los personajes fundacionales aztecas se forman como guerreros solares en el linaje directo de Huitzilopochtli, mientras que Copil pertenece al linaje contrario, aquel que quedó excluido de la peregrinación victoriosa. Su educación combina las técnicas guerreras clásicas con las prácticas de transformación animal y dominio sobre lo salvaje que su madre había practicado. Cuando Copil alcanzó la edad adulta, según todas las fuentes, Malinalxochitl le entregó los símbolos del poder y lo envió al Valle de México con la misión precisa de matar a Huitzilopochtli y castigar al pueblo mexica.

El momento en que Copil llega al Valle de México es igualmente significativo. Los peregrinos mexicas se encontraban entonces en el cerro de Chapultepec, tras haber sido expulsados de otros asentamientos previos y sometidos temporalmente al pueblo tepaneca de Azcapotzalco. Su situación era vulnerable: recién asentados, sin autoridad política reconocida en el Valle y presionados por los señores locales que los toleraban a cambio de tributo y de guerreros mercenarios. Federico Navarrete, en su estudio pivote Los orígenes de los pueblos indígenas del valle de México (UNAM, 2011, pp. 156-162), demuestra que el episodio de Copil se inserta en un momento histórico real de gran fragilidad para la dinastía mexica emergente. La llegada del sobrino vengador no era, en el imaginario azteca, una amenaza abstracta: era la manifestación concreta del peligro de que un aliado enemigo, apoyado por los pueblos rivales del Valle, aniquilase al núcleo mexica antes de que este pudiese fundar su propia capital.

Copil se estableció, según Durán, en el cerro Tepetzinco, una pequeña isla dentro del lago Texcoco que hoy corresponde aproximadamente al Peñón de los Baños, en el nororiente de la actual Ciudad de México. Desde allí comenzó a tejer alianzas con los chalcas, los tepanecas y otros pueblos rivales del Valle, todos ellos interesados en debilitar a los recién llegados mexicas. Reunió un ejército y planificó el ataque simultáneo desde varias direcciones, calculando que Huitzilopochtli quedaría atrapado sin salida en su cerro de Chapultepec. La estrategia era brillante y las probabilidades favorables. Pero Copil ignoraba que su tío tenía un recurso que ningún ejército convencional podía neutralizar: la visión chamánica de sus sacerdotes, capaces de leer los sueños y descubrir las amenazas antes de que se materializasen sobre el terreno.

La ejecución de Copil y el corazón arrojado al lago Texcoco

El desenlace del ciclo ocupa los capítulos IV y V de la Historia de Durán y aparece con variantes casi idénticas en la Crónica mexicáyotl de Tezozómoc. La versión más detallada es la de Durán, que probablemente recogió el relato directamente de informantes indígenas todavía próximos a la memoria oral prehispánica. La escena se desarrolla en una única noche decisiva. Los sacerdotes mexicas, mediante trance ritual, descubrieron el plan de Copil y localizaron su refugio en el cerro Tepetzinco. Huitzilopochtli, hablando desde el envoltorio sagrado que los peregrinos portaban, ordenó a un grupo escogido de guerreros que remasen sigilosamente en canoas hasta la isla antes del amanecer y capturaran vivo al sobrino traidor. La operación se ejecutó con precisión militar.

Copil fue sorprendido antes de que pudiese desplegar sus poderes brujeriles y fue reducido por los guerreros mexicas. Lo llevaron a un lugar de la propia isla —según algunas variantes, a la cumbre del cerro— y allí, siguiendo el rito del sacrificio gladiatorio, le cortaron la cabeza y le arrancaron el corazón todavía palpitante del pecho. Fray Diego Durán relata la ejecución con la sequedad ritual característica de las crónicas coloniales: «Le sacaron el corazón vivo del pecho, como después se acostumbró en las guerras y los sacrificios de los mexicanos» (Durán, Historia, ed. Garibay Porrúa 1967, tomo I, cap. IV, p. 42). La escena, según esta lectura, constituye ya el primer sacrificio propiamente mexica y el modelo de todos los que seguirían en Tenochtitlan durante los dos siglos siguientes de dominio azteca sobre el Valle de México.

El corazón de Copil pasó entonces por manos del propio Huitzilopochtli, presente en la escena en apariencia humana según la versión de Durán. El dios tomó el corazón sangriento, lo levantó al cielo y pronunció palabras que las fuentes recogen con variantes leves. En la versión de Tezozómoc en la Crónica mexicáyotl (ed. Adrián León UNAM 1949, párrafos 84-87), Huitzilopochtli dice: «De este corazón nacerá la señal de nuestra tierra prometida; aquí donde caiga brotará el árbol que dará nombre a nuestra ciudad». Y arrojó el corazón al lago Texcoco. La escena se desarrolla al amanecer, con el disco solar del dios elevándose sobre las aguas todavía oscuras. El corazón cayó sobre una pequeña piedra que asomaba en medio del agua, en un punto exacto del lago que los sacerdotes registraron cuidadosamente en su memoria ritual.

De esa piedra brotó, según todas las fuentes, un gran nopal —tenochtli en náhuatl— en cuya cima al poco tiempo se posó un águila real, y esa águila devoraba una serpiente. La señal era inequívoca: Huitzilopochtli había prometido a su pueblo, desde tiempos de la salida de Aztlán, que sabrían reconocer la tierra prometida por el signo de un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. La visión del corazón germinado se transmitió durante décadas entre los sacerdotes mexicas hasta que, alrededor del año 1325 d.C. según la cronología tradicional, los peregrinos —guiados nuevamente por Huitzilopochtli— encontraron el mismo punto exacto del lago y allí fundaron México-Tenochtitlan, «el lugar del nopal» o «el lugar donde brotó el tenochtli». El nombre mismo de la capital mexica honra así, literalmente, la memoria del corazón de Copil.

Elizabeth Boone, en Stories in Red and Black: Pictorial Histories of the Aztecs and Mixtecs (Texas UP, 2000, pp. 209-215), analiza en detalle las representaciones pictográficas del episodio en los códices Boturini y Mendoza. La lámina inicial del Códice Mendoza, hoy conservado en la Bodleian Library de Oxford, muestra en el centro de la composición el nopal brotando sobre el agua con el águila posada, y en torno a él los primeros diez fundadores mexicas presididos por el sacerdote Tenoch. La escena carece de representación explícita del corazón de Copil —los códices son parcos en detalles sangrientos— pero la memoria oral que acompañaba a la lámina, transmitida por los sacerdotes indígenas todavía en el siglo XVI, incluía sistemáticamente la etiología del corazón sacrificado. Boone señala que la ausencia del corazón en la imagen y su presencia obligatoria en el relato oral revelan una división del trabajo iconográfico: los códices representaban el resultado final, la señal fundacional, mientras que la oralidad preservaba la causa oculta, el sacrificio del sobrino que hizo posible la señal.

Lectura etnográfica: el sacrificio fundacional y el escudo nacional

La antropología mesoamericana ha leído el episodio de Copil desde tres ángulos principales. El primer eje interpretativo, de tipo comparativo, sitúa el mito dentro de la larga tradición de «sacrificios fundacionales» que aparecen en múltiples culturas del mundo. Rómulo y Remo en Roma, Caín y Abel en la Biblia hebrea, Osiris despedazado por su hermano Set en Egipto, Baldur asesinado en el panteón nórdico: todas estas parejas fraternas o generacionales comparten con Copil el patrón según el cual un asesinato familiar traumático marca el origen de un orden político o cósmico posterior. Alfredo López Austin observa que «el mito mexica de Copil es una variante mesoamericana de un tipo mítico universal: la ciudad fundada sobre la sangre del pariente sacrificado» (López Austin, Los mitos del tlacuache, UNAM 1996, p. 251). Lo específico del caso mexica es que la víctima no es un hermano igual al fundador, sino un sobrino menor, lo que introduce un desnivel generacional que refuerza la autoridad del linaje victorioso sobre el linaje derrotado.

Un segundo eje, de tipo político, ha sido desarrollado por Susan Gillespie y por Enrique Florescano. Ambos autores sostienen que el ciclo Malinalxochitl-Copil funcionaba como carta genealógica de la dinastía mexica hasta el momento mismo de la Conquista española en 1521. Gillespie, en The Aztec Kings: The Construction of Rulership in Mexica History (Arizona UP, 1989, pp. 149-155), demuestra que cada entronización de un nuevo tlatoani mexica invocaba explícitamente la memoria de Copil como fundamento del linaje: el nuevo gobernante era el heredero directo de aquel Huitzilopochtli que había ejecutado al sobrino traidor y había sabido convertir su corazón en centro cósmico de la nueva ciudad. Enrique Florescano, en Memoria mexicana (FCE, 1994/2001) y sobre todo en La bandera mexicana: breve historia de su formación y simbolismo (FCE, 1998), amplía la tesis al período nacional independiente: cuando Agustín de Iturbide y los liberales del siglo XIX diseñaron el escudo nacional en 1821, decidieron adoptar el emblema mexica del águila-nopal-serpiente precisamente por su carga fundacional prehispánica, ignorando en un principio la genealogía específica del corazón de Copil que subyace a la imagen.

Un tercer eje interpretativo, de tipo etnológico, procede del análisis de los rituales de sacrificio humano practicados en Tenochtitlan durante los dos siglos posteriores a la fundación. David Carrasco, en Quetzalcoatl and the Irony of Empire (Chicago UP, 2000, pp. 168-175), sostiene que el sacrificio de Copil operaba como modelo etiológico de todos los sacrificios humanos posteriores en el Templo Mayor. Cada víctima cuya sangre se derramaba en las escalinatas del recinto sagrado repetía, ritual y simbólicamente, la ejecución primordial del sobrino traidor. La geografía misma del Templo Mayor, con el santuario doble dedicado a Huitzilopochtli y a Tláloc erigido en el punto exacto donde había brotado el nopal, sacralizaba materialmente la memoria del corazón germinado. Carrasco escribe: «Cada sacrificio en el Templo Mayor era un aniversario simbólico del primer corazón arrojado al agua; los mexicas derramaban sangre para alimentar al sol y para renovar simultáneamente la fundación de su propia ciudad» (Carrasco, Quetzalcoatl and the Irony of Empire, Chicago UP 2000, p. 172).

Un cuarto eje, más reciente, procede de los estudios sobre memoria e identidad nacional mexicana. Enrique Florescano ha demostrado que la imagen del águila devorando una serpiente sobre un nopal, presente hoy en la bandera nacional, en el escudo del Estado, en las monedas y en los pasaportes, transmite sin que la mayoría de los ciudadanos mexicanos lo sepa la memoria del corazón de Copil. Los libros de texto de historia oficial de la Secretaría de Educación Pública, desde las reformas de José Vasconcelos en la década de 1920, incluyen el relato del nopal fundacional pero rara vez explican su origen en el sacrificio del sobrino de Huitzilopochtli. La figura de Copil, olvidada en la memoria oficial explícita, sigue así operando desde el fondo del imaginario nacional como fundamento inconsciente del emblema mexicano contemporáneo, cinco siglos después de la ejecución en Tepetzinco.

Una mirada final

Copil sobrevive hoy en la geografía y en los símbolos nacionales mexicanos más que en un culto explícito. La zona donde estaba el cerro Tepetzinco, hoy conocida como Peñón de los Baños en la delegación Venustiano Carranza de la Ciudad de México, mantiene el nombre náhuatl original en varias calles y establecimientos del barrio, aunque la memoria específica del episodio se ha diluido con el tiempo. Los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del Museo del Templo Mayor incluyen sistemáticamente el relato de Copil en las visitas guiadas al recinto arqueológico central de Tenochtitlan, situado en el corazón del actual Zócalo capitalino, y algunos programas educativos de historia patria de las escuelas primarias mexicanas incluyen desde comienzos del siglo XXI referencias explícitas al sacrificio del sobrino como origen del emblema nacional.

Los estudios académicos sobre el ciclo se han multiplicado en las últimas décadas. La monumental edición crítica de la Crónica mexicáyotl preparada por Adrián León (UNAM, 1949) sigue siendo la referencia canónica para el episodio de Copil en la variante de Tezozómoc, y las traducciones modernas al inglés de la Crónica mexicana han extendido el conocimiento del relato al ámbito académico internacional. El libro de Enrique Florescano sobre la bandera mexicana (FCE, 1998) constituye la reconstrucción histórica más completa del proceso mediante el cual el emblema del águila-nopal-serpiente pasó de la memoria dinástica mexica al escudo nacional del Estado mexicano moderno, y demuestra cómo el mito de Copil, aun cuando no se cite explícitamente, opera como fundamento simbólico permanente de la identidad nacional.

Para quien camine por el centro histórico de la Ciudad de México, el rastro del mito sigue presente en múltiples puntos. La placa central del Zócalo señala el lugar exacto donde se erguía el Templo Mayor y donde, según la tradición mexica, brotó el nopal del corazón sacrificado. Las excavaciones arqueológicas iniciadas en 1978 tras el hallazgo casual de la escultura de Coyolxauhqui han sacado a la luz los restos del recinto sagrado que Copil, con su ejecución, hizo posible. Cada visitante que se detiene ante el águila del escudo nacional en la puerta de un edificio público, o cada mexicano que canta el himno nacional bajo la bandera con el emblema fundacional, participa sin saberlo de una memoria que la ejecución del sobrino en el cerro Tepetzinco puso en marcha hace casi setecientos años. La figura de Copil sobrevive así en el rincón más íntimo de la identidad mexicana contemporánea, silenciosa pero indeleble.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Copil en náhuatl?

El nombre Copil en náhuatl clásico deriva de la raíz copil-, que designa la corona o diadema ceremonial de los tlatoani mexicas. En algunas variantes ortográficas aparece transcrito como Copilli, con la terminación absolutiva -li típica del náhuatl. Esta relación con el tocado real es interpretada por algunos etnólogos como una atribución paradójica dada póstumamente por los propios mexicas: tras ejecutar al sobrino traidor, los sacerdotes le habrían impuesto el copilli real precisamente para reforzar el carácter sagrado de su sacrificio y su función de mártir fundacional. Otras interpretaciones vinculan la raíz copil con «corazón trenzado» o «corazón enredado», en referencia al malinalli materno (la hierba trenzada asociada con la brujería) y al destino del propio corazón del personaje, arrojado al lago Texcoco donde germinaría como nopal fundacional. La ambigüedad del nombre —corona o corazón enredado— refleja la posición dual de Copil en el ciclo mexica: víctima del linaje victorioso y a la vez origen material del emblema fundacional de la capital.

¿Quién era Malinalxochitl y por qué envió a Copil contra Huitzilopochtli?

Malinalxochitl era la madre de Copil, hermana carnal de Huitzilopochtli y figura ambivalente del ciclo dinástico mexica. Hija de la diosa Coatlicue, acompañaba al pueblo mexica durante la peregrinación desde Aztlán dotada de poderes brujeriles extraordinarios: podía transformarse en cualquier animal, dominaba escorpiones y serpientes venenosas, y castigaba con enfermedades a quienes la contrariaban. El pueblo mexica se cansó de su tiranía y suplicó a Huitzilopochtli que se librase de ella. El dios esperó a que se durmiera profundamente al caer la noche y ordenó al pueblo continuar la marcha silenciosamente, abandonándola en las montañas del actual Malinalco. Al despertar y verse traicionada, Malinalxochitl juró venganza. Fundó el pueblo de Malinalco con los pocos partidarios que la siguieron, se casó con un hombre local y engendró a Copil, a quien crió desde la cuna alimentándolo con el relato del abandono y con la exigencia de una venganza futura. Cuando Copil alcanzó la edad adulta, su madre le entregó parte de sus poderes brujeriles y lo envió al Valle de México a cumplir la misión de matar a Huitzilopochtli. El artículo compañero de este ciclo mítico está dedicado íntegramente a la figura de Malinalxochitl.

¿Dónde estaba el cerro Tepetzinco y qué significa el episodio?

El cerro Tepetzinco era una pequeña isla situada en el lago Texcoco, cuya localización aproximada corresponde hoy al Peñón de los Baños, en la actual delegación Venustiano Carranza de la Ciudad de México, cerca del aeropuerto internacional Benito Juárez. En tiempos prehispánicos era un islote rocoso que emergía del gran lago que cubría entonces todo el Valle de México. Copil eligió Tepetzinco como base de operaciones porque su condición insular lo hacía relativamente inaccesible a un ataque terrestre y porque desde allí podía coordinar alianzas con los pueblos rivales chalcas y tepanecas que rodeaban el lago. Sin embargo, esa misma condición insular se volvió su trampa: cuando los sacerdotes mexicas descubrieron su plan mediante trance ritual, Huitzilopochtli ordenó una expedición nocturna en canoas que capturó a Copil por sorpresa en la propia isla. La ejecución en Tepetzinco es interpretada por la etnografía moderna como el primer sacrificio propiamente mexica y el modelo de todos los que seguirían en Tenochtitlan durante los dos siglos siguientes de dominio azteca sobre el Valle de México.

¿Cómo brotó el nopal del corazón de Copil?

Según las crónicas de Fray Diego Durán y de Alvarado Tezozómoc, tras la ejecución de Copil en Tepetzinco, Huitzilopochtli tomó el corazón sangriento del sobrino, lo levantó al cielo y pronunció palabras que anunciaban el futuro sagrado del lugar. Luego arrojó el corazón al lago Texcoco. El corazón cayó sobre una pequeña piedra que asomaba en medio del agua, en un punto exacto del lago que los sacerdotes registraron cuidadosamente en su memoria ritual. De esa piedra brotó un gran nopal —tenochtli en náhuatl— en cuya cima al poco tiempo se posó un águila real, y esa águila devoraba una serpiente. La señal era inequívoca: Huitzilopochtli había prometido a su pueblo, desde tiempos de la salida de Aztlán, que sabrían reconocer la tierra prometida por el signo de un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. Alrededor del año 1325 d.C., según la cronología tradicional, los peregrinos mexicas encontraron el mismo punto exacto del lago y allí fundaron México-Tenochtitlan, «el lugar donde brotó el tenochtli». El nombre mismo de la capital mexica honra literalmente la memoria del corazón germinado del sobrino sacrificado.

¿Cuál es la vigencia del mito de Copil en el México contemporáneo?

La vigencia de Copil en el México contemporáneo es paradójica: es máxima en el plano simbólico y mínima en el plano de la memoria explícita. El escudo nacional de la República Mexicana, presente en la bandera nacional desde 1821, en las monedas, en los pasaportes, en los sellos oficiales y en los edificios públicos de todo el país, representa el águila devorando una serpiente sobre un nopal —precisamente la señal que brotó del corazón de Copil arrojado al lago Texcoco. Enrique Florescano, en La bandera mexicana (FCE, 1998), ha demostrado que este emblema, adoptado por Agustín de Iturbide y los liberales del siglo XIX como símbolo del Estado mexicano independiente, retoma directamente la iconografía fundacional mexica sin que la mayoría de los ciudadanos mexicanos conozca hoy el vínculo con el sacrificio del sobrino de Huitzilopochtli. Los programas educativos de historia patria de las escuelas primarias mexicanas incluyen desde comienzos del siglo XXI referencias explícitas al ciclo mítico, y el Museo del Templo Mayor en el centro histórico de la Ciudad de México recuerda a los visitantes la genealogía del emblema en las salas dedicadas a la fundación de Tenochtitlan. Copil sobrevive así en el rincón más íntimo de la identidad nacional mexicana, cinco siglos después de su ejecución en el cerro Tepetzinco.

Deja un comentario