Nanahuatzin, el bubosito auto-sacrificado del Quinto Sol mexica de Teotihuacán

En síntesis. Nanahuatzin, «el bubosito» en náhuatl clásico, es el dios humilde y purulento del panteón mexica que se arrojó voluntariamente al gran fuego cósmico de Teotihuacán al final de la Cuarta Era y se convirtió en el Sol de la Quinta Era, el sol actual conocido como Nahui Ollin, «4 Movimiento». Su auto-sacrificio, narrado en el Libro VII del Códice Florentino de Sahagún (~1577) y en la Leyenda de los Soles (~1558), funcionó como mito etiológico central del sistema mexica de sacrificio humano: el nuevo Sol nace del abandono radical del dios más despreciado del panteón, y para mantenerse en su movimiento cíclico necesita ser alimentado con corazones y sangre. La pirámide del Sol en Teotihuacán, hoy patrimonio UNESCO desde 1987 y sitio visitable a unos cincuenta kilómetros al noreste de la Ciudad de México, se levanta según la memoria mexica en el mismo lugar donde el dios purulento saltó al fuego para dar luz al mundo presente.

Origen culturalMexica (náhuatl clásico, mito etiológico ambientado en Teotihuacán)
TipoDios humilde auto-sacrificado, patrón del Quinto Sol
Función míticaArrojarse voluntariamente al fuego cósmico de Teotihuacán y convertirse en el Sol de la Quinta Era; legitimar el sacrificio humano como alimento del Sol
AtestaciónSahagún ~1577 Libro VII, Leyenda de los Soles ~1558, Códice Chimalpopoca
Vigencia hoyFigura central de la identidad prehispánica mexica; Teotihuacán es Patrimonio de la Humanidad UNESCO (1987) y destino turístico visitable

Nanahuatzin ocupa un lugar excepcional en el panteón mexica precisamente por lo bajo de su rango. Su nombre en náhuatl clásico —nanáhuatl con el sufijo reverencial -tzin— significa literalmente «el bubosito» o «el pequeño lleno de bubas». El sufijo, que en la lengua nahua servía normalmente para marcar respeto y afecto, se usa aquí con evidente ironía para nombrar al más humilde y despreciado de los dioses. Fray Bernardino de Sahagún, que recopiló entre 1547 y 1577 los testimonios de los ancianos indígenas de Tlatelolco y Tepepolco, tradujo el nombre sin rodeos como «el bubosito», subrayando la condición purulenta y enfermiza del dios que, sin embargo, terminaría convirtiéndose en la fuente misma de la luz. La raíz nahua nanáhuatl designaba propiamente las bubas o úlceras venéreas, y por extensión cualquier tipo de llaga que cubriera la piel humana. Nanahuatzin es, entonces, el dios de la deformidad y de la pobreza corporal absoluta.

El escenario del mito es Teotihuacán, la gran ciudad tolteca preclásica que floreció entre los años 200 y 750 de nuestra era y que los mexicas encontraron ya en ruinas cuando llegaron al valle central de México en el siglo XII. La imponente traza urbana —tres kilómetros de calzada procesional, dos pirámides colosales y decenas de conjuntos residenciales— impresionó de tal modo a los recién llegados que la elevaron a espacio sagrado por excelencia. Su nombre en náhuatl, según la traducción etimológica más aceptada, quiere decir «el lugar donde nacieron los dioses» o «el lugar donde uno se convierte en dios». Sobre esas ruinas monumentales cuyo verdadero autor original desconocían, los mexicas proyectaron un mito etiológico que explicaba el origen del quinto sol y, al mismo tiempo, la lógica sacrificial que sostenía su ordenamiento imperial. La ciudad muerta se volvió el escenario del nacimiento del mundo presente.

Este artículo recorre a Nanahuatzin en tres tiempos que se ordenan de lo general a lo particular. Primero, el contexto teotihuacano y el sistema de los cinco soles en el que la figura emerge junto a los demás dioses del panteón mexica. Segundo, el mito propiamente dicho del auto-sacrificio en el fuego cósmico y del nacimiento del Nahui Ollin, con su contraparte femenina lunar en Tecuciztécatl. Y tercero, la lectura etnográfica e histórica que sitúa al dios purulento como fundamento simbólico del sacrificio humano mexica y como modelo del guerrero ideal. La documentación se apoya en la edición paleográfica del Códice Florentino de Anderson y Dibble (Utah UP, 1950-1982), en la Leyenda de los Soles editada por Primo Feliciano Velázquez (UNAM, 1945/1975), en los estudios pivotales de Miguel León-Portilla sobre la filosofía náhuatl (UNAM, 1956) y en la monografía de Yólotl González Torres sobre el sacrificio humano entre los mexicas (FCE-INAH, 1985).

El sistema de los cinco soles y el escenario teotihuacano

Los mexicas concebían la historia del universo como una sucesión de cinco eras o «soles», cada una gobernada por un dios distinto y terminada en una catástrofe cósmica. Este sistema de cinco eras aparece detallado en el Libro VII del Códice Florentino y, con variaciones menores, en la Leyenda de los Soles del Códice Chimalpopoca. La Primera Era fue el Sol de Tierra o Nahui Ocelotl («4 Jaguar»), presidido por Tezcatlipoca y devorado por jaguares monstruosos. La Segunda Era fue el Sol de Viento o Nahui Ehécatl («4 Viento»), presidido por Quetzalcóatl y aniquilado por huracanes. La Tercera fue el Sol de Lluvia de Fuego o Nahui Quiahuitl («4 Lluvia»), bajo Tláloc, destruida por una lluvia ardiente. La Cuarta fue el Sol de Agua o Nahui Atl («4 Agua»), presidida por Chalchiuhtlicue y anegada por un diluvio universal que arrasó a la humanidad de esa era.

Al final de la Cuarta Era el mundo quedó sumido en oscuridad total. No había sol, no había luna, no había día. Sobre los escombros de la humanidad ahogada por las aguas de Chalchiuhtlicue, los dioses se reunieron a deliberar. El lugar elegido para el cónclave fue Teotihuacán, la ciudad que la memoria mexica situaba como escenario primordial de todos los acontecimientos cosmogónicos. La reunión, según Sahagún, tuvo lugar «cuando aún era de noche, cuando aún no había sol, cuando aún no había amanecido» (Códice Florentino, Libro VII, cap. 2, ed. Anderson-Dibble). En esa oscuridad primordial los dioses acordaron encender un gran fuego cósmico —el teotexcalli, «el hogar divino»— que ardería durante cuatro días completos y sería el instrumento del sacrificio necesario para engendrar el nuevo Sol de la era siguiente.

La ubicación teotihuacana del mito no es casual. Cuando los mexicas emprendieron su lenta migración desde el norte y llegaron al valle central de México en el siglo XII, Teotihuacán llevaba ya más de cuatro siglos abandonada. Sus habitantes originales —una civilización pluriétnica que había construido entre los siglos I y VIII una de las ciudades más grandes del mundo de su tiempo, con más de cien mil habitantes— habían desaparecido sin dejar rastro escrito. Los mexicas, incapaces de reconstruir la historia real del sitio, atribuyeron las ruinas a los dioses mismos y las incorporaron como escenario primordial de sus propios mitos. Alfredo López Austin, en su estudio pivote Los mitos del tlacuache (Alianza, 1990, pp. 265-268), señala que este procedimiento de «sacralización de las ruinas» fue común a muchas culturas mesoamericanas y explica por qué Teotihuacán pasó a ser el «lugar donde nacieron los dioses» en la memoria mexica posterior.

El salto al fuego y el nacimiento del Nahui Ollin

El relato del auto-sacrificio de Nanahuatzin ocupa el capítulo 2 del Libro VII del Códice Florentino y aparece con variaciones en la Leyenda de los Soles del Códice Chimalpopoca. Ambas versiones coinciden en los elementos centrales: reunidos los dioses en torno al gran fuego cósmico, decidieron que uno de ellos debía arrojarse a las llamas para convertirse en el nuevo Sol. Dos voluntarios se presentaron. El primero fue Tecuciztécatl, dios rico y orgulloso, adornado con plumas de quetzal, orejeras de oro y bezotes de coral, envuelto en mantos preciosos. El segundo fue Nanahuatzin, dios humilde y enfermo, cubierto apenas con un simple papel de amate, con espinas de maguey ensangrentadas en las manos y con el cuerpo entero recorrido por bubas purulentas.

Durante los cuatro días de preparación cada dios hizo sus ofrendas según su condición. Tecuciztécatl arrojó al fuego bolas de copal precioso, ramos de flores selectas, plumas de aves nobles, oro y jade. Nanahuatzin, que nada tenía, ofreció en cambio cañas verdes, bolas de heno, espinas de maguey ensangrentadas con su propia sangre y sus propias costras y bubas arrancadas del cuerpo. La contraposición es exacta y programática: el rico ofrece objetos preciosos y el pobre ofrece su propia carne enferma. Sahagún, siempre atento a la retórica indígena, transcribe el desprecio explícito con que los demás dioses miraron a Nanahuatzin durante los cuatro días previos al salto: «¿Cómo se ha de atrever este bubosito? ¿Cómo se ha de arrojar al fuego este pobrecillo?» (Códice Florentino, Libro VII, cap. 2, ed. Anderson-Dibble, vol. 8, p. 4).

Llegado el quinto día, los dos dioses se acercaron al borde del teotexcalli. Tecuciztécatl, por su alta jerarquía, tuvo el privilegio de saltar primero. Pero al enfrentarse al calor abrasador del fuego, dio media vuelta. Lo intentó de nuevo y retrocedió por segunda vez. Cuatro veces se acercó al borde y cuatro veces se apartó, incapaz de vencer el pavor a la muerte. Entonces los dioses se volvieron hacia Nanahuatzin y le dijeron: «Ea, tú, Nanahuatzin, tú te arrojarás». Nanahuatzin, sin pronunciar palabra, sin dudar un instante, cerró los ojos y se lanzó al fuego. Su cuerpo enfermo se consumió al momento entre las llamas. Avergonzado por la valentía del bubosito, Tecuciztécatl se arrojó también, pero cuando el fuego ya estaba menguando: por eso, dice el mito, tiene menor brillo que el Sol y una mancha de conejo en la cara.

Pero el nacimiento del Sol no estaba completo. El nuevo astro salió por el oriente, radiante y bello, pero se quedó inmóvil en el cielo, sin moverse ni un solo grado. Los dioses, alarmados, comprendieron que hacía falta un segundo sacrificio para poner al Sol en movimiento. Fue entonces cuando Ehécatl-Quetzalcóatl tomó su cuchillo de obsidiana y sacrificó a los demás dioses uno a uno, abriéndoles el pecho y arrancándoles el corazón. Con la fuerza acumulada por esas muertes sucesivas, el Sol emprendió por fin su recorrido cíclico por la bóveda celeste. Desde ese momento fundacional, el Sol necesita alimentarse cada día con corazones humanos y con sangre para poder continuar su movimiento. El sacrificio inicial de Nanahuatzin y el sacrificio subsiguiente de los demás dioses instauraron un régimen cósmico de deuda perpetua que los seres humanos debían pagar en nombre del mundo entero.

Lectura etnográfica: el modelo del auto-sacrificio y el sistema mexica

La interpretación etnográfica clásica del mito de Nanahuatzin fue formulada por Miguel León-Portilla en su obra pivote La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (UNAM, 1956, pp. 100-105). Para León-Portilla, el relato del auto-sacrificio del dios purulento constituye la piedra angular del pensamiento religioso mexica: el mundo actual no fue creado gratuitamente ni por la sola voluntad divina, sino a través de un sacrificio inicial que instaura una deuda cósmica permanente. Los mexicas, herederos del compromiso divino asumido en Teotihuacán, se consideraban a sí mismos como «el pueblo del sol», encargados de suministrar el alimento sagrado —los corazones y la sangre— que permitía al astro continuar su movimiento diario. Sin esa alimentación ritual, el Sol se detendría y el mundo volvería a hundirse en la oscuridad total del comienzo, como había ocurrido antes al final de la Cuarta Era.

La segunda lectura clásica es la de Yólotl González Torres, autora de El sacrificio humano entre los mexicas (FCE-INAH, 1985), un estudio pivote sobre las prácticas rituales sacrificiales de Tenochtitlan. Para González Torres, el mito de Nanahuatzin sirvió como fundamento ideológico explícito de las grandes ceremonias sacrificiales que se celebraban en el recinto ceremonial del Templo Mayor. Los sacerdotes mexicas invocaban expresamente la memoria del auto-sacrificio primordial cuando abrían el pecho de las víctimas con el cuchillo de obsidiana y ofrecían sus corazones al Sol. La escena teotihuacana quedaba así reactualizada en cada ceremonia: el sacerdote-Quetzalcóatl repetía el gesto de arrancar corazones, y la víctima —a menudo un guerrero enemigo capturado en la guerra florida— repetía el gesto voluntario del bubosito.

Alfredo López Austin ha desarrollado una tercera lectura complementaria en varios de sus estudios (Cuerpo humano e ideología, UNAM, 1980; Los mitos del tlacuache, Alianza, 1990). Para López Austin, la contraposición entre Nanahuatzin y Tecuciztécatl responde a un principio dualista que estructura el pensamiento religioso mesoamericano en su conjunto: el par pobreza/riqueza, humildad/orgullo, valor/cobardía se despliega en toda una serie de oposiciones binarias que ordenan el espacio sagrado y las categorías rituales. El mito instaura, además, un principio pedagógico: el poder no viene de la fuerza ni de la belleza, sino del abandono radical de sí mismo. Nanahuatzin funciona como modelo divino del guerrero mexica ideal, dispuesto a morir por el mundo sin dudar ni negociar el precio de su vida.

Una cuarta perspectiva, más reciente, procede de la arqueología comparada. Karl Taube, en Aztec and Maya Myths (British Museum, 1993, pp. 47-52), muestra que el mito del auto-sacrificio solar tiene paralelos en toda Mesoamérica y remite probablemente a estratos religiosos preclásicos anteriores a la propia Teotihuacán. La escena del «salto al fuego» aparece en códices mixtecos, en pinturas murales mayas y en iconografía preclásica olmeca. David Carrasco, en Quetzalcoatl and the Irony of Empire (Chicago UP, 1982/2000), interpreta la figura de Nanahuatzin como la contraparte estructural de Quetzalcóatl: ambos son dioses del auto-sacrificio, pero mientras uno se sacrifica a sí mismo para dar luz al mundo, el otro sacrifica a los demás dioses para dar movimiento al Sol recién nacido.

Lo que permanece

Cinco siglos después de la conquista española, Teotihuacán sigue siendo el sitio arqueológico más visitado de México, con más de cuatro millones de turistas anuales antes de la pandemia de 2020. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1987, reconociendo tanto la envergadura arquitectónica de la ciudad prehispánica como el peso simbólico que continúa proyectando sobre la identidad nacional mexicana. La Pirámide del Sol, con sus 65 metros de altura y sus 220 metros de base, se levanta según la tradición mexica en el mismo lugar donde Nanahuatzin se arrojó al gran fuego cósmico. Cada equinoccio de primavera, decenas de miles de visitantes vestidos de blanco suben a la cumbre de la pirámide para «cargar energía» del Sol, en un ritual moderno que reactualiza a su manera el mito prehispánico y demuestra la vigencia del imaginario teotihuacano en el México contemporáneo.

La memoria de Nanahuatzin ha sobrevivido también en las tradiciones nahuas contemporáneas de la Sierra de Puebla, del Alto Balsas guerrerense y del sur del Distrito Federal. En las comunidades de Cuetzalan, Zongolica y Milpa Alta, algunos ancianos siguen contando el mito del «salto al fuego» con variaciones locales pero conservando el núcleo narrativo: el dios pobre que se arroja mientras el rico duda. La antropóloga Silvia Marcos, en su estudio Taken from the Lips: Gender and Eros in Mesoamerican Religion (Brill, 2006), ha documentado la persistencia oral del relato entre las curanderas nahuas de Morelos, quienes invocan a Nanahuatzin como patrón de las personas enfermas de la piel y de quienes cargan con humildad extrema el peso de su condición corporal.

La figura del bubosito ha inspirado, además, a artistas y escritores del siglo XX y del presente. Diego Rivera lo incluyó en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947); Carlos Fuentes lo evocó en varios ensayos sobre el «México profundo»; el poeta Homero Aridjis lo escogió como referencia mítica en su novela 1492: Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla (1985). En el ámbito académico, la publicación en 2015 de la edición facsimilar del Códice Florentino por el Instituto Nacional de Antropología e Historia hizo accesibles al gran público las láminas originales del Libro VII, donde se dibujan las escenas del cónclave divino en Teotihuacán y del salto al fuego. Nanahuatzin es hoy tanto un ícono académico como un referente popular del México prehispánico vivo, y el nombre «el bubosito» sigue apareciendo en manuales escolares, en catálogos museísticos y en visitas guiadas al sitio arqueológico.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre Nanahuatzin en náhuatl clásico?

El nombre Nanahuatzin combina la raíz náhuatl clásica nanáhuatl con el sufijo reverencial -tzin. La raíz nanáhuatl designa propiamente las bubas o úlceras venéreas que cubren la piel humana, y por extensión cualquier tipo de llaga o pústula corporal. El sufijo -tzin es el marcador nahua estándar de respeto y afecto, comparable en su función al diminutivo cariñoso del español («hijito», «abuelito») o al -san del japonés. Combinados, ambos elementos producen una expresión aparentemente contradictoria: «el pequeño lleno de bubas» pero también, en tono reverencial, «el venerable bubosito». Fray Bernardino de Sahagún, en el Códice Florentino (Libro VII, cap. 2), tradujo el nombre sin ambages como «el bubosito», asumiendo la ironía intencional que la propia lengua nahua le atribuía. Nanahuatzin es el único dios del panteón mexica cuyo nombre resulta simultáneamente despectivo y honorífico, precisamente porque su papel mítico consiste en invertir la lógica social del prestigio: el dios más despreciado del panteón se convierte, por el mérito de su auto-sacrificio voluntario, en la fuente misma de la luz. Algunas variantes ortográficas coloniales lo escriben como Nanáhuatl (sin sufijo reverencial) o Nanahuatl, mientras que la Leyenda de los Soles del Códice Chimalpopoca prefiere la forma Nanauatl. La grafía Nanahuatzin, más ceremoniosa, es la que Sahagún privilegia y la que la tradición académica ha consolidado como forma canónica.

¿Cuál es la diferencia entre Nanahuatzin y Tecuciztécatl?

Nanahuatzin y Tecuciztécatl son las dos figuras contrapuestas del mito del Nuevo Sol y forman una díada estructural rigurosa. Tecuciztécatl —cuyo nombre significa «el señor de los caracoles marinos»— es el dios rico, hermoso y adornado con oro, plumas de quetzal y bezotes de coral. Representa el prestigio, la riqueza acumulada y la posición social elevada dentro del panteón mexica. Nanahuatzin, por el contrario, es el dios pobre, enfermo y humillado, cubierto solo con papel de amate y con el cuerpo recorrido por bubas purulentas. Representa la humildad extrema, la carencia material absoluta y la marginación social. En el momento decisivo del sacrificio, ambos se acercan al fuego cósmico pero reaccionan de manera opuesta: Tecuciztécatl retrocede cuatro veces por miedo al dolor, mientras Nanahuatzin se arroja sin dudar. La consecuencia es que Nanahuatzin se convierte en el Sol radiante y Tecuciztécatl, cuando por vergüenza se arroja también pero al fuego ya menguante, se convierte en la Luna de menor brillo y con la mancha de conejo en la cara. La díada instaura un principio ético central para la religión mexica: el valor y el mérito no dependen de la riqueza ni de la belleza exterior, sino del abandono voluntario de sí mismo. David Carrasco (Chicago UP, 1982) ha destacado que esta contraposición estructural entre el rico cobarde y el pobre valiente aparece en distintos mitos mesoamericanos y probablemente refleja tensiones sociales reales entre las jerarquías nobiliarias y las capas populares del imperio mexica.

¿Por qué Teotihuacán es el escenario del mito?

Teotihuacán es el escenario del mito por razones históricas y simbólicas complementarias. Históricamente, cuando los mexicas llegaron al valle central de México en el siglo XII procedentes de su lugar de origen semi-legendario en el norte (Aztlán), encontraron la ciudad ya en ruinas desde hacía más de cuatro siglos. La ciudad había florecido entre los años 200 y 750 de nuestra era como una de las metrópolis más grandes del mundo antiguo, con más de cien mil habitantes en su apogeo, dos pirámides colosales y una calzada procesional de tres kilómetros. Cuando colapsó por causas todavía debatidas por la arqueología —quizás una combinación de sequía prolongada, tensiones internas y colapso de sus redes comerciales— sus habitantes originales desaparecieron sin dejar registro escrito. Los mexicas, incapaces de identificar quién había construido semejante conjunto monumental, atribuyeron las ruinas a los dioses mismos y las incorporaron como escenario primordial de su propio mito cosmogónico. Su nombre náhuatl, Teotihuacán, se traduce comúnmente como «el lugar donde nacieron los dioses» o «el lugar donde uno se convierte en dios». Alfredo López Austin (Alianza, 1990) señala que este procedimiento de «sacralización de las ruinas» —atribuir a los dioses la construcción de un sitio cuyo origen humano se desconoce— fue común a muchas culturas mesoamericanas y explica por qué Teotihuacán terminó ocupando el centro simbólico del universo religioso mexica: era, literalmente, el lugar donde la memoria proyectaba el nacimiento del mundo actual.

¿Cómo se relaciona Nanahuatzin con el sacrificio humano mexica?

El mito de Nanahuatzin funciona como fundamento ideológico explícito del sistema mexica de sacrificio humano, uno de los rasgos más discutidos y complejos de la civilización prehispánica del valle de México. La lógica es la siguiente: el Sol actual —Nahui Ollin, «4 Movimiento»— nació del auto-sacrificio primordial de Nanahuatzin en Teotihuacán, y solo pudo comenzar a moverse cuando los demás dioses aceptaron ser sacrificados por Quetzalcóatl. Desde ese instante fundacional el Sol necesita ser alimentado diariamente con corazones humanos y con sangre para poder continuar su movimiento por la bóveda celeste. Sin esa alimentación ritual el astro se detendría y el mundo volvería a hundirse en la oscuridad total del comienzo, como había ocurrido al término de las cuatro eras anteriores. Los mexicas se consideraban a sí mismos como «el pueblo del sol», encargados por vocación imperial de suministrar el alimento sagrado que mantenía en marcha el orden cósmico. Yólotl González Torres, en su estudio pivote El sacrificio humano entre los mexicas (FCE-INAH, 1985), demostró que las grandes ceremonias sacrificiales del Templo Mayor invocaban explícitamente la memoria del auto-sacrificio de Nanahuatzin y reactualizaban el gesto teotihuacano en cada ejecución ritual. La víctima —a menudo un guerrero enemigo capturado en la guerra florida, sistema de conflictos ritualizados con Tlaxcala y otros señoríos vecinos— era considerada réplica humana del dios purulento, y el sacerdote que abría su pecho con el cuchillo de obsidiana repetía el gesto original de Quetzalcóatl al poner en movimiento el Sol recién nacido.

¿Existen paralelos de Nanahuatzin en otras mitologías?

La figura de Nanahuatzin encuentra paralelos significativos en distintas tradiciones religiosas del mundo antiguo, todas ellas centradas en la idea del dios que se sacrifica a sí mismo para dar vida al orden cósmico o para redimir a la humanidad. El paralelo más citado por los historiadores de las religiones es Prometeo griego, que sufre castigo eterno por robar el fuego para los mortales. Más cercano en su valor soteriológico es el Cristo cristiano, cuyo auto-sacrificio en la cruz es interpretado por la teología católica como el gesto redentor por excelencia. En la mitología nórdica, Odín se cuelga durante nueve días del árbol Yggdrasil para adquirir la sabiduría de las runas, en un episodio de auto-inmolación con paralelos estructurales evidentes con Nanahuatzin. En la mitología egipcia, Osiris muere y renace cíclicamente, aportando otro paralelo al motivo del dios sacrificado. Dentro del propio panteón mexica, Nanahuatzin es contraparte estructural absoluta de Tecuciztécatl (rico y cobarde frente a pobre y valiente) y complemento pleno de Quetzalcóatl, que se auto-sacrifica en el mito de Tula para dar movimiento al Sol recién nacido. Karl Taube (British Museum, 1993) subraya que el motivo del auto-sacrificio solar tiene raíces preclásicas muy anteriores a la propia Teotihuacán y aparece en iconografía olmeca y en pinturas murales mayas. La universalidad del motivo sugiere que el mito de Nanahuatzin dialoga con arquetipos religiosos ampliamente extendidos, aunque conserva su fisonomía específicamente mesoamericana por el detalle etnográfico del dios purulento y por la vinculación con el sistema imperial mexica.

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