Katari, la serpiente cósmica aimara del pachakuti boliviano y del arco iris

En síntesis: Katari es la gran serpiente cósmica del panteón aimara del altiplano boliviano-peruano — encarnación del rayo (illapa), del río subterráneo y del arco iris (kuychi), portadora del pachakuti cíclico que voltea el orden del mundo cada quinientos años. Su nombre fue el emblema que Julián Apaza Nina adoptó en 1781 para sitiar La Paz durante ciento ochenta y cuatro días al frente de cuarenta mil guerreros aimaras, y sigue vivo hoy como símbolo político central del movimiento indigenista aimara y del Estado Plurinacional de Bolivia proclamado en 2009.

Origen culturalAimara altiplánico (La Paz, Oruro, Potosí, Puno peruano, norte chileno)
TipoSerpiente cósmica del rayo, río subterráneo y arco iris
Función míticaEncarnar el pachakuti (revolución cíclica del tiempo cada quinientos años); ordenar los ríos subterráneos del altiplano; ser emblema del retorno indígena
AtestaciónBertonio 1612, Cobo 1653, documentos judiciales Túpac Katari 1781
Vigencia hoySímbolo político del movimiento indigenista aimara contemporáneo; imagen central en la wiphala y en la ceremonia anual del Machaq Mara (21 de junio, solsticio austral)

El altiplano boliviano-peruano es una meseta seca y ventosa que se extiende entre los 3.600 y los 4.500 metros de altitud, dominada por el lago Titicaca al norte y por las cumbres nevadas del Illampu, el Huayna Potosí y el Illimani al este. Allí, sobre suelos donde la papa amarga y la quinua resisten el granizo y donde los rebaños de llamas y alpacas pastan entre bofedales, se instaló hace más de tres mil años el pueblo aimara. Los cronistas coloniales del siglo XVI lo describieron como un pueblo taciturno, resistente y celoso de sus dioses; los estudios contemporáneos de Thérèse Bouysse-Cassagne (La identidad aymara, HISBOL 1987) han demostrado que aquella meseta funcionó como una gran cámara ceremonial donde los ancestros, las aguas y las montañas sostenían un orden simbólico que resistió a los incas del siglo XV y a los españoles del XVI.

En ese orden simbólico las serpientes ocupan un lugar peculiar. Los aimaras distinguen entre las culebras terrestres ordinarias —jak’olla, sillu— y una entidad mayor, envolvente, cósmica, cuya presencia se manifiesta cuando llueve, cuando cae el rayo y cuando el agua brota inesperadamente del subsuelo. Esa entidad tiene un nombre en lengua aimara: qatari o katari. Los diccionarios coloniales, empezando por el monumental Vocabulario de la lengua aymara del jesuita italiano Ludovico Bertonio (Juli, 1612), registran katari como culebra grande o serpiente, pero también anotan usos figurados que asocian la palabra con lo que rodea, envuelve o da la vuelta. La raíz aimara antigua kat- aparece en verbos que denotan enroscar, abrazar, ceñir. La lengua misma sugiere que la serpiente es a la vez animal y principio geométrico del envolvimiento.

De esa raíz brota Katari, la serpiente cósmica del panteón aimara. No es una figura secundaria ni un ornamento del relato: es uno de los ejes que sostienen la manera aimara de pensar el tiempo y el poder. Katari es a la vez el rayo que desciende desde el Illimani, el río subterráneo que corre bajo el altiplano y el arco iris de siete colores que aparece sobre el Titicaca tras la tormenta. Y es también, por extensión, el nombre del gran ciclo revolucionario que llaman pachakuti — literalmente «vuelta del mundo» — con el que los aimaras entienden que la historia no avanza en línea recta sino que se enrolla y se desenrolla cada cierto tiempo. Este artículo recorre las tres capas de esa figura: el sustrato antiguo del panteón altiplánico, el mito propiamente dicho de la gran serpiente y, en tercer lugar, su reencarnación política moderna en el levantamiento de Túpac Katari de 1781 y en el movimiento indigenista aimara del siglo XXI.

El altiplano aimara y la serpiente primordial

Antes de que los incas del Cusco extendieran su influencia hacia el sur en el siglo XV, el altiplano boliviano-peruano ya llevaba dos milenios organizado alrededor del lago Titicaca. La cultura Tiwanaku (~500 a.C.-1100 d.C.), heredera de Chiripa y Pukara, dejó una iconografía prolífica de figuras serpentinas talladas en la piedra volcánica de la meseta. La Puerta del Sol de Tiwanaku, monumento monolítico de casi tres metros de altura, muestra en su friso al llamado «dios de los báculos» rodeado de cuarenta y ocho figuras aladas, y en las esquinas inferiores aparecen dos grandes serpientes bicéfalas con cabezas de puma en cada extremo. El arqueólogo Alan Kolata y el epigrafista John Janusek han sostenido que esas serpientes representan el ciclo del agua altiplánica: el rayo que cae sobre la cordillera, el río subterráneo que baja por las quebradas y el manantial que brota en la puna.

Cuando los aimaras heredaron ese territorio tras el colapso de Tiwanaku hacia el año 1100 d.C., reorganizaron la meseta en doce señoríos —los Lupacas de Chucuito, los Pacajes de La Paz, los Carangas de Oruro, los Charcas de Sucre, y otros— y trasladaron al centro de su vida ceremonial esa iconografía de la serpiente cósmica. Los cronistas coloniales del siglo XVI describen con detalle las procesiones aimaras en las que los caciques cargaban báculos rematados en cabezas de serpiente, los tejidos ceremoniales bordados con grecas serpentinas y las libaciones de chicha derramadas al pie de las montañas para alimentar a la gran culebra que vive debajo del cerro. El agustino fray Antonio de la Calancha, en su Crónica moralizada (1638), recogió una tradición de los Carangas según la cual todos los ríos del altiplano nacen de una serpiente enorme enroscada en el fondo del Titicaca cuyo aliento se convierte en niebla y en agua fresca.

El panteón aimara resultante ubicó a Katari en un lugar equidistante entre la tierra y el cielo. Por debajo, los muertos y los mallqus (ancestros momificados) habitaban el manqha pacha, el mundo de dentro; por encima, el sol Inti y la luna Phaxsi presidían el alaxa pacha, el mundo de arriba; en medio, el aka pacha, este mundo, era recorrido por la serpiente que unía las dos orillas — la cabeza asomada al cielo en forma de arco iris kuychi, la cola hundida en el lago como río de agua fresca. El etnólogo Xavier Albó, en más de cuarenta años de trabajo con comunidades aimaras del norte de La Paz, ha documentado que ese esquema tripartito sobrevive hoy en la geografía ritual aimara: las apachetas de las cumbres, los manantiales de las quebradas y las cuevas del pie de monte son los tres puntos donde Katari se hace visible, y donde aún se depositan ofrendas de coca, alcohol y feto de llama sahumado.

Del Titicaca al arco iris: el mito de Katari

El relato propiamente dicho tiene varias variantes recogidas por los cronistas coloniales y por los etnógrafos modernos, pero todas coinciden en un núcleo común. Al principio de los tiempos, cuando el ordenador del mundo —a quien los aimaras llaman a veces Pachakamak, a veces Wiracocha, según qué autoridad quechua o preincaica se invoque— estaba dando forma a la tierra, del fondo del lago Titicaca emergió una serpiente descomunal: larga como un río entero, gruesa como una montaña, con escamas iridiscentes que reflejaban los siete colores del arco iris. Su cabeza salía por el norte y su cola descansaba en las profundidades del lago, en la cueva donde según la tradición nacieron Manco Cápac y Mama Ocllo, los primeros incas. Esa serpiente era Katari.

El cuerpo de Katari, al enroscarse sobre el altiplano, dibujó el trazado de los ríos subterráneos que aún hoy corren por debajo de la meseta y salen a la superficie en los manantiales fríos que abastecen las comunidades aimaras. Cuando la serpiente se agita, tiembla la tierra. Cuando saca la cabeza al cielo tras la tormenta, se ve como un arco de siete colores. Cuando descarga su cola contra las nubes, cae el rayo —el illapa quechua, el illap’u aimara— y quema los árboles, las llamas y los pastores desprevenidos. En muchas comunidades del norte de Potosí y del sur de La Paz, las personas alcanzadas por el rayo y sobrevivientes son consideradas yatiris del rayo: han sido tocadas por Katari y adquieren desde entonces la capacidad de leer las hojas de coca, curar los aires malos y hablar con los muertos. Denise Arnold, en su etnografía de Qaqachaka publicada en 1992, documentó siete casos de este tipo en un pueblo de apenas doscientos habitantes.

La segunda gran función mítica de Katari es más profunda que el rayo y el arco iris: es la de portadora del pachakuti. La palabra pachakuti reúne dos raíces aimaras: pacha, que significa a la vez tiempo y espacio, y kuti, que significa vuelta o retorno. Un pachakuti es por tanto una vuelta del tiempo-espacio, una revolución cíclica que voltea el orden establecido. Los aimaras cuentan que hay grandes pachakutis cada quinientos años. El primero fue el que separó el cielo de la tierra al principio de todo. El segundo llegó hacia 1450, cuando los incas del Cusco descendieron sobre el altiplano y sometieron a los doce señoríos aimaras al Tahuantinsuyu. El tercero se produjo en 1532, con la llegada de Francisco Pizarro y el colapso del imperio inca ante Cajamarca. El cuarto pachakuti, según la tradición aimara todavía viva, está por llegar. Y Katari es su heraldo: cuando la gran serpiente se desenrolle, el mundo se dará la vuelta y los indígenas volverán a mandar en la tierra que fue suya.

Katari-Amaru: el pachakuti como principio interpretativo

El paso del mito a la historia se produjo en el siglo XVIII, cuando el nombre de la serpiente cósmica fue adoptado como emblema por dos de los levantamientos indígenas más importantes del virreinato del Perú. En 1780, en el sur del Cusco, el cacique José Gabriel Condorcanqui se proclamó Túpac Amaru II —heredero del último Sapa Inca ejecutado en 1572— e inició una rebelión que en pocos meses controló buena parte del altiplano peruano. Casi al mismo tiempo, en el altiplano boliviano, el líder aimara Julián Apaza Nina, un modesto arriero de Ayo Ayo, se proclamó Túpac Katari —virrey aimara de estas tierras— y en marzo de 1781 puso sitio a la ciudad de La Paz con un ejército de cuarenta mil guerreros. El sitio duró ciento ochenta y cuatro días. La ciudad, defendida por unos pocos cientos de españoles y criollos, resistió gracias al hambre a la que sometieron a la población y a los refuerzos que llegaron desde Lima. Túpac Katari fue capturado, juzgado sumariamente por el brigadier Sebastián Segurola y descuartizado el 14 de noviembre de 1781 en el pueblo de Peñas.

La tradición oral aimara ha conservado hasta hoy la frase que Julián Apaza habría pronunciado antes de morir, atada su cabeza a las patas de cuatro caballos: «Naya sapaki jiwtha, jutirinakax waranqa waranqanakawa kutt’anipxa» — «yo muero solo, pero mañana volveré convertido en millones». Aquella frase, transmitida durante dos siglos de generación en generación en las comunidades del altiplano, une los dos sentidos de Katari: el líder histórico que se levantó contra el orden colonial y la serpiente cósmica cuya cabeza volverá a asomar tras el próximo pachakuti. La historiadora boliviana María Eugenia del Valle de Siles, en su Historia de la rebelión de Tupac Catari 1781-1782 (Don Bosco, 1990), reconstruyó a partir de los expedientes judiciales del Archivo General de Indias los pormenores del sitio y demostró que el nombre Katari fue elegido conscientemente por Apaza como una invocación a la serpiente cósmica del pachakuti — nunca una casualidad ni un capricho onomástico, sino una declaración simbólica plena.

Ese ciclo interpretativo tuvo su tercera vuelta en el siglo XX y en el XXI. En 1979, el intelectual aimara Fausto Reinaga fundó el Partido Indio de Bolivia con un manifiesto en el que llamaba a «cabalgar de nuevo la serpiente Katari» contra el Estado criollo. En 1984, la socióloga descolonial Silvia Rivera Cusicanqui publicó Oprimidos pero no vencidos: luchas del campesinado aymara y qhechwa 1900-1980 (HISBOL), obra pivote que recuperó explícitamente la figura del pachakuti como marco de análisis histórico y que abrió una tradición intelectual continuada más tarde en Ch’ixinakax utxiwa (Tinta Limón, 2010). Y en 2009, el gobierno de Evo Morales proclamó la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia con una ceremonia aimara celebrada en Tiwanaku en la que el propio presidente recibió el báculo ceremonial rematado en cabeza de serpiente. El símbolo político central de aquella ceremonia fue Katari. La gran serpiente cósmica había vuelto a la superficie de la historia, exactamente cuando el ciclo de quinientos años que arrancó en 1532 completaba una vuelta más de la espiral.

Más allá del mito

Katari sobrevive porque nunca ha sido reducible a un relato aislado: es —y sigue siendo— una manera de leer el tiempo. En la meseta que hoy comparten Bolivia, Perú y Chile, más de tres millones de personas siguen hablando aimara, celebrando el Machaq Mara —el año nuevo aimara— cada 21 de junio en el solsticio austral, y esperando el pachakuti que ha de venir. La wiphala, la bandera de cuarenta y nueve cuadros iridiscentes que ondea desde el año 2009 al lado de la tricolor boliviana en todos los edificios públicos del país, contiene los mismos siete colores del arco iris con los que se representa el lomo de la gran serpiente. No es un dato menor: es la prueba de que la serpiente mítica sigue teniendo cuerpo político efectivo en el Estado Plurinacional contemporáneo.

El estudio contemporáneo del mito de Katari ha corrido, en las últimas cuatro décadas, en dos direcciones distintas y complementarias. Por un lado, la etnografía —Xavier Albó desde el CIPCA, Denise Arnold desde el ILCA, Thérèse Bouysse-Cassagne desde el CNRS francés, Nathan Wachtel desde la EHESS de París— ha reconstruido con paciencia el sustrato mítico y ritual que la conquista española intentó extirpar sin conseguirlo del todo, mostrando cómo las creencias sobre el rayo, el arco iris y los ríos subterráneos siguen vivas en las comunidades del altiplano. Por otro lado, la sociología descolonial —Silvia Rivera Cusicanqui, Álvaro García Linera en La potencia plebeya (CLACSO, 2008), Fernando Untoja Choque en El pachakuti y la utopía andina (La Paz, 2001), Waskar Ari en Earth Politics (Duke UP, 2014)— ha explorado el uso político moderno del pachakuti como marco interpretativo de la historia boliviana, mostrando que las categorías aimaras funcionan hoy como instrumentos vivos de análisis contemporáneo, más allá del inventario folklórico.

Entre ambas líneas queda todavía el enigma de fondo: cómo un pueblo pequeño, sometido durante dos milenios sucesivamente a incas, españoles, criollos y militares, ha conseguido mantener viva una figura mítica capaz de refundar su lengua, su bandera y su Estado. La respuesta, quizás, esté en la propia geometría de la serpiente: en su capacidad de enrollarse y esperar, de desaparecer bajo tierra y volver a salir cuando el ciclo lo pide. Katari no muere. Se hunde en el lago, se enrolla en su cueva, y espera la siguiente vuelta. El mito, en ese sentido, es el que dice la última palabra sobre la política — y no al revés.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa exactamente la palabra Katari en lengua aimara?

El diccionario de Ludovico Bertonio (Juli, 1612), primer léxico sistemático del aimara compilado por un jesuita italiano y reeditado en facsímil por ILCA-CERES en 1984, registra la entrada katari como culebra grande o serpiente. La raíz kat- aparece en aimara antiguo en verbos que denotan enroscar, ceñir o envolver, apuntando a un principio geométrico del envolvimiento que va más allá del animal biológico ordinario. En quechua el equivalente lingüístico es amaru, y por eso los cronistas coloniales usan a menudo la fórmula bilingüe Katari-Amaru — sobre todo cuando se refieren al líder Julián Apaza, que en 1781 adoptó el nombre y se autoproclamó Túpac Katari, virrey aimara del altiplano. La palabra sigue viva hoy en las comunidades aimaras de La Paz, Oruro, Potosí, Puno peruano y norte chileno, donde se usa tanto para nombrar a las culebras terrestres ordinarias como para invocar a la serpiente cósmica del panteón antiguo. En Bolivia contemporánea, además, es también el apellido político del segundo intelectual descolonial más citado del país después de Silvia Rivera Cusicanqui: Felipe Quispe, líder aimara conocido como el Mallku, adoptó explícitamente el nombre en los años noventa.

¿Qué es el pachakuti y cada cuánto ocurre según la tradición aimara?

Pachakuti es una palabra aimara y quechua compuesta de dos raíces: pacha, que significa a la vez tiempo y espacio, y kuti, que significa vuelta o retorno. Un pachakuti es por tanto una vuelta del tiempo-espacio, una revolución cíclica que voltea el orden establecido del mundo. La tradición aimara sostiene que los grandes pachakutis ocurren cada quinientos años. Los aimaras cuentan cuatro grandes vueltas hasta hoy: el primero fue la separación del cielo y la tierra en los orígenes; el segundo llegó hacia 1450, cuando los incas del Cusco sometieron el altiplano al Tahuantinsuyu; el tercero se produjo en 1532, con la llegada de Francisco Pizarro y el colapso del imperio inca; y el cuarto está por venir. El levantamiento de Túpac Katari en 1781, la fundación del Estado Plurinacional en 2009 y las movilizaciones aimaras del siglo XXI se han interpretado dentro de este marco como signos preparatorios del cuarto pachakuti anunciado. La historiadora Thérèse Bouysse-Cassagne, en Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, 1988), reconstruyó a partir de las crónicas coloniales del siglo XVI la forma en que los propios aimaras interpretaron la conquista española de 1532 como el tercer pachakuti de su ciclo cósmico, lo cual da profundidad histórica documentada a la doctrina cíclica.

¿Quién fue Túpac Katari y qué relación tiene con la serpiente mítica?

Túpac Katari fue el nombre que adoptó el líder aimara Julián Apaza Nina (1750-1781), un modesto arriero del pueblo de Ayo Ayo, cuando se proclamó virrey aimara del altiplano en marzo de 1781 y puso sitio a la ciudad de La Paz con un ejército de cuarenta mil guerreros. El sitio duró ciento ochenta y cuatro días, en dos oleadas separadas por breves treguas. Julián Apaza fue finalmente capturado por traición interna, juzgado sumariamente por el brigadier español Sebastián Segurola y descuartizado en el pueblo de Peñas el 14 de noviembre de 1781. El nombre Katari no fue elegido al azar: como demostró la historiadora María Eugenia del Valle de Siles a partir de los expedientes judiciales del Archivo General de Indias en Sevilla, era una invocación consciente a la serpiente cósmica del pachakuti aimara. Julián Apaza se veía a sí mismo como el heraldo humano de la gran serpiente que había de voltear el orden colonial y devolver el altiplano a los aimaras. Su frase final —yo muero solo, pero mañana volveré convertido en millones— es hoy la síntesis simbólica de esa identificación entre el líder histórico y la figura mítica primordial, y aparece grabada en monumentos, cabeceras editoriales y billetes bolivianos.

¿Qué relación hay entre Katari y el arco iris kuychi?

En el panteón aimara y quechua el arco iris —kuychi en quechua, kurumi en aimara— es la cabeza visible de la serpiente cósmica cuando asoma por encima del horizonte tras la tormenta. Los cronistas coloniales del siglo XVI —empezando por Cristóbal de Molina en sus Ritos y fábulas de los incas (~1575) y siguiendo por Pablo José de Arriaga en Extirpación de la idolatría del Pirú (Lima, 1621)— documentaron que los andinos consideraban al arco iris una manifestación de la gran culebra subterránea. Todavía hoy en muchas comunidades del altiplano boliviano se enseña a los niños que no deben señalar el arco iris con el dedo, porque es la cabeza de Katari y ofenderla trae desgracia. Es una prohibición ritual viva que la etnógrafa Denise Arnold ha documentado en Qaqachaka (Oruro) y que Xavier Albó ha registrado también en Achacachi (La Paz). El arco iris de siete colores es además la matriz cromática de la wiphala —la bandera aimara de cuarenta y nueve cuadros iridiscentes—, lo cual hace de la serpiente la referencia simbólica última de la emblemática política aimara contemporánea desde su institucionalización oficial en la Constitución Plurinacional aprobada en referéndum el 25 de enero de 2009.

¿Cómo se celebra hoy la figura de Katari en Bolivia?

La figura de Katari se conmemora sobre todo en dos ámbitos: el ceremonial y el político. En el plano ceremonial, cada 21 de junio —solsticio austral, cuando en el hemisferio sur empieza el nuevo año agrícola— las comunidades aimaras celebran el Machaq Mara (año nuevo aimara) en las ruinas de Tiwanaku, en la Isla del Sol del Titicaca y en decenas de sitios sagrados del altiplano; en estas ceremonias los yatiris invocan a Katari junto con la Pachamama, Inti y los apus tutelares. En el plano político, la fecha del 15 de noviembre —aniversario del descuartizamiento de Túpac Katari en 1781— se conmemora en toda Bolivia como Día de la Dignidad Nacional, y la wiphala de siete colores del arco iris ondea desde 2009 junto a la bandera tricolor en todos los edificios públicos del Estado Plurinacional. Existe además una universidad indígena boliviana que lleva el nombre Túpac Katari, inaugurada en 2008 en el pueblo aimara de Warisata, y varias organizaciones sindicales campesinas —empezando por la CSUTCB fundada en 1979 y siguiendo por el CONAMAQ constituido en 1997— reivindican su herencia política e intelectual como parte constitutiva del proyecto plurinacional contemporáneo.

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