Lo esencial. Tatewarí —»nuestro abuelo» en wixárika niukieya, tratándose del abuelo fuego— es la deidad ígnea principal y el primer marakame (chamán-cantador) del ciclo mítico del pueblo wixárika (autónimo, singular; plural wixáritari, «la gente wixárika»; exónimo huichol, hispanización de un etnónimo náhuatl aplicado por los mexicas). Su nombre aparece registrado con las variantes Tatewarí y Tatewari, según la escuela de transcripción de la lengua wixárika, de la familia yuto-nahua (misma familia que náhuatl, cora, tarahumara y pápago). Fuego doméstico perpetuo del hogar, fuego ceremonial de los tukite (templos comunitarios) que no debe apagarse jamás durante las fiestas, guía místico de la peregrinación anual a Wirikuta (desierto sagrado del este de San Luis Potosí), Tatewarí fue registrado por primera vez de forma sistemática por Konrad Theodor Preuss en Die Nayarit-Expedition: Textaufnahmen und Beobachtungen unter mexikanischen Indianern (2 vols., B.G. Teubner, Leipzig, 1912), fruto de la expedición 1905-1907. Ampliado por Robert M. Zingg en The Huichols: Primitive Artists (G.E. Stechert, New York, 1938) y por Peter T. Furst en Rock Crystals and Peyote Dreams (University of Utah Press, 2006), Tatewarí ocupa el papel central en la obra clásica de Barbara G. Myerhoff, Peyote Hunt: The Sacred Journey of the Huichol Indians (Cornell University Press, Ithaca, 1974), monografía dedicada a describir cómo el marakame guía a los peregrinos wixáritari hacia el desierto sagrado en la figura misma del abuelo fuego. Los aproximadamente 50.000 wixáritari de la sierra Madre Occidental mantienen a Tatewarí como fuego perpetuo en los tukite de Tuapurie (Santa Catarina), Tateikie (San Andrés Cohamiata), Wautia (San Sebastián) y Tuxpan, y como guía anual de la peregrinación al desierto sagrado.
| Origen cultural | Pueblo wixárika (autónimo, singular; plural wixáritari, «la gente wixárika»; exónimo huichol, hispanización de un etnónimo náhuatl aplicado por los mexicas); lengua wixárika niukieya, familia yuto-nahua (misma familia que náhuatl, cora, tarahumara y pápago); aproximadamente 50.000 hablantes distribuidos en la sierra Madre Occidental —comunidades históricas de Tuapurie (Santa Catarina Cuexcomatitlán), Tateikie (San Andrés Cohamiata), Wautia (San Sebastián Teponahuaxtlán) y Tuxpan de Bolaños en el norte de Jalisco, con extensiones en Nayarit, Durango y Zacatecas, y comunidades migrantes en Guadalajara, Tepic y el Área Metropolitana de la Ciudad de México—; economía tradicional de coamil (maíz, frijol, calabaza), caza de venado y peregrinación anual a Wirikuta para la recolección ritual del hikuri (peyote); ciclo ritual documentado desde 1912 por Preuss y sostenido hoy en los tukite comunitarios y los xirikite familiares |
|---|---|
| Tipo | Abuelo fuego (Tatewarí = «nuestro abuelo») del panteón wixárika; primer marakame (chamán-cantador) del ciclo mítico y modelo del marakame humano contemporáneo; deidad ígnea principal, fuego doméstico perpetuo del hogar y fuego ceremonial de los tukite que no debe apagarse jamás durante las fiestas; guía místico de la peregrinación anual a Wirikuta; se manifiesta en el fuego mismo, en el muvieri (báculo de plumas del marakame) y en los círculos ceremoniales de piedras del tuki; comparable con Xiuhtecuhtli mexica (dios turquesa del fuego) y con Chantico (fuego doméstico mexica), pero conserva rasgos yutonahuas precoloniales por menor sincretización cristiana; no confundir con Tayaupa (padre sol) ni con Kauyumari (venado azul mensajero) |
| Función mítica | Primer marakame del ciclo mítico y modelo del oficio chamánico contemporáneo; guía las almas de los peregrinos wixáritari hacia Wirikuta a través de las cinco estaciones sagradas; encarna en cada peregrinación al marakame humano que dirige el grupo, quien «es» Tatewarí durante el trayecto; en el mito de origen del fuego se manifiesta como niño abandonado al que solo el tlacuache logra rescatar tras el fracaso de otros animales (búho, ratón, iguana), motivo panamericano compartido con la mitología mexica; enciende y sostiene el fuego doméstico y el fuego ceremonial del tuki; recibe ofrendas de comida cocinada, tabaco (ya), plumas de águila y hikuri; preside la Fiesta del Tambor (Tatéi Neixa) y la Fiesta del Peyote (Hikuri Neixa) del calendario ritual |
| Atestación | Konrad Theodor Preuss, Die Nayarit-Expedition: Textaufnahmen und Beobachtungen unter mexikanischen Indianern (2 vols., B.G. Teubner, Leipzig, 1912), primera etnografía sistemática de cora y wixárika fruto de la expedición 1905-1907; Robert M. Zingg, The Huichols: Primitive Artists (G.E. Stechert, New York, 1938); Fernando Benítez, En la tierra mágica del peyote (Era, México, 1968); Peter T. Furst, «To Find Our Life: Peyote Among the Huichol Indians» en Flesh of the Gods (Praeger, New York, 1972), y Rock Crystals and Peyote Dreams: Explorations in the Huichol Universe (University of Utah Press, 2006); Barbara G. Myerhoff, Peyote Hunt: The Sacred Journey of the Huichol Indians (Cornell University Press, Ithaca, 1974), obra dedicada a Tatewarí como líder místico de la peregrinación; Stacy B. Schaefer y Peter T. Furst (eds.), People of the Peyote (University of New Mexico Press, Albuquerque, 1996); Johannes Neurath, Las fiestas de la Casa Grande (INAH/Universidad de Guadalajara, 2002); Paul M. Liffman, Huichol Territory and the Mexican Nation (University of Arizona Press, Tucson, 2011) |
| Vigencia hoy | Fuego perpetuo en los tukite de las cuatro comunidades históricas de Tuapurie, Tateikie, Wautia y Tuxpan, donde no se apaga jamás durante las fiestas del calendario ritual; encarnado en el marakame humano que dirige la peregrinación anual a Wirikuta (aproximadamente 400 km desde la sierra Madre Occidental hasta el desierto de San Luis Potosí, con paradas en Tateikita, Rapawiyeme, Xapawiyemeta, Hauxa Manaká y Reunar/Cerro Quemado); presente en el material curricular de las escuelas bilingües wixárika-castellano de la Coordinación General de Educación Intercultural Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública; invocado en los pronunciamientos del Consejo Regional Wixárika por la Defensa de Wirikuta desde 2010; representado como motivo iconográfico central en el arte comercial wixárika (tablas de estambre y figuras cubiertas de chaquira), con la escena del fuego rodeado de venados y peregrinos como recurrente |
El pueblo wixárika o huichol es uno de los pueblos yutonahuas de la sierra Madre Occidental mexicana, agricultores de coamil y peregrinos rituales agrupados en la familia lingüística que reúne también al náhuatl, al cora, al tarahumara y al pápago. Los aproximadamente 50.000 wixáritari habitan las cuatro comunidades históricas del norte de Jalisco —Tuapurie (Santa Catarina Cuexcomatitlán), Tateikie (San Andrés Cohamiata), Wautia (San Sebastián Teponahuaxtlán) y Tuxpan de Bolaños—, con extensiones en Nayarit, Durango y Zacatecas y comunidades migrantes en Guadalajara y la Ciudad de México. Mantienen contacto histórico con los rarámuri del sur, con los coras al oeste y con los tepehuanos del norte, y sostienen un ciclo ritual complejo alrededor de la peregrinación anual a Wirikuta, desierto sagrado del este de San Luis Potosí donde se recolecta el hikuri (peyote) que alimenta el año ceremonial.
En el centro de ese ciclo ritual está Tatewarí, el abuelo fuego. Konrad Theodor Preuss (Preußisch Eylau, 1869 – Berlín, 1938), americanista alemán director del Departamento Americanista del Museo Etnológico de Berlín, lo registró por primera vez de forma sistemática durante la Nayarit-Expedition entre 1905 y 1907, cuyos resultados publicó en Die Nayarit-Expedition: Textaufnahmen und Beobachtungen unter mexikanischen Indianern (2 vols., B.G. Teubner, Leipzig, 1912). Preuss transcribió los cantos rituales al fuego en wixárika niukieya, describió el mito de origen del fuego con el tlacuache como héroe rescatador y documentó el papel del marakame (chamán-cantador) como encarnación humana de Tatewarí durante las fiestas del calendario y durante la peregrinación al desierto sagrado. La obra sirve como referencia base para todos los estudios posteriores del panteón wixárika.
La recepción etnográfica del siglo XX profundizó el registro. Robert M. Zingg publicó The Huichols: Primitive Artists (G.E. Stechert, New York, 1938) tras trabajo de campo en Tuxpan en 1934. Peter T. Furst sistematizó décadas de trabajo en Rock Crystals and Peyote Dreams (University of Utah Press, 2006). Pero la obra dedicada casi por entero al abuelo fuego es la monografía clásica de Barbara G. Myerhoff, Peyote Hunt: The Sacred Journey of the Huichol Indians (Cornell University Press, Ithaca, 1974), fruto del trabajo de campo con el marakame Ramón Medina Silva entre 1965 y 1971. Johannes Neurath en Las fiestas de la Casa Grande (INAH/Universidad de Guadalajara, 2002) y Paul M. Liffman en Huichol Territory and the Mexican Nation (University of Arizona Press, Tucson, 2011) completaron la línea con etnografías de Tuapurie y Tateikie en el siglo XXI.
El abuelo fuego y primer marakame wixárika
Índice
El corpus mítico wixárika registrado por Preuss (1912) y ampliado por la etnografía posterior presenta a Tatewarí como abuelo fuego del panteón y como primer marakame del ciclo mítico. Es el fuego doméstico del hogar wixárika, que se mantiene encendido en cada casa y en cada xiriki (adoratorio familiar); es el fuego ceremonial del tuki (templo comunitario), rodeado por un círculo de piedras dispuestas en las cuatro direcciones cardinales, que no debe apagarse jamás durante las fiestas del calendario ritual. Preuss transcribió los cantos rituales en los que el marakame se dirige a Tatewarí con las fórmulas de respeto Nuestro Abuelo, Anciano Fuego, Primero de los Cantadores. La deidad ígnea es también, en la propia estructura del corpus, la primera figura chamánica del panteón: el marakame del que descienden todos los marakate humanos posteriores.
El mito de origen del fuego, registrado por Preuss (1912) y ampliado por Zingg (1938), narra que Tatewarí apareció en el mundo como un niño abandonado. Los animales del monte se acercaron para cuidarlo. El búho lo apagó de puro susto; el ratón quemó la nariz —desde entonces la tiene rosada y pelada—; la iguana lo abrazó y su vientre quedó marcado por las cicatrices que aún hoy se ven en el reptil. Solo el tlacuache (tlacuatzin, opossum) logró llevar el fuego sin apagarlo ni quemarse: lo envolvió con la cola y lo trasladó despacio hasta la casa del primer marakame humano, que pudo encender el hogar de los wixáritari. Es una variante local del ciclo panamericano del tlacuache-héroe cultural que roba o rescata el fuego, presente también en la mitología mexica y en la maya. Furst (2006) recogió variantes en Tuapurie con el mismo esquema.
La materialización ritual de Tatewarí se produce en varios planos simultáneos. En el hogar familiar es el fuego doméstico permanente. En el tuki comunitario es el fuego central del templo, rodeado por el círculo de piedras y alimentado con leña específica (encino, madroño) durante las fiestas. En el muvieri (báculo de plumas del marakame) es la vara con plumas de águila real y de guajolote silvestre que el oficiante empuña como signo de su cargo y como extensión del abuelo fuego. En la peregrinación es el fuego portátil que se encienden con astillas del hogar comunitario antes de la salida y que acompaña al grupo durante las cinco jornadas rituales hasta Wirikuta. Myerhoff (1974) describe cómo el marakame Ramón Medina Silva, al iniciar cada tramo del camino, agitaba el muvieri sobre las llamas del fuego portátil y «hablaba» con Tatewarí, quien le confirmaba mediante la vibración de las brasas la dirección correcta y el momento adecuado para partir.
La equivalencia entre marakame humano y abuelo fuego durante el ritual es central para entender el papel de Tatewarí. El marakame no habla en nombre del abuelo fuego: lo encarna durante el trayecto ceremonial. Cuando el oficiante entona el canto de vigilia, la voz que se oye es la de Tatewarí; cuando distribuye el hikuri en Wirikuta, es Tatewarí quien reparte. La equivalencia se disuelve al término del ritual, cuando el marakame vuelve a su condición humana. Neurath (2002) explica que esta estructura hace del oficio un cargo escalonado: años de aprendizaje con un marakame mayor, cinco peregrinaciones sucesivas antes de la investidura plena, adquisición del muvieri propio y reconocimiento comunitario como Tatewarí encarnado.
Tatewari en la peregrinación a Wirikuta según Myerhoff (1974)
Barbara G. Myerhoff (Cleveland, 1935 – Los Angeles, 1985), antropóloga estadounidense formada en la Universidad de Chicago y radicada como profesora en la Universidad del Sur de California, trabajó con la comunidad wixárika de Ramón Medina Silva —originaria de San Sebastián Teponahuaxtlán y establecida en un ranchería de la periferia de Tepic— entre 1965 y 1971. En 1966 participó como observadora en la peregrinación anual a Wirikuta guiada por Medina Silva como marakame. El resultado etnográfico apareció como tesis doctoral en 1968 y como libro con el título Peyote Hunt: The Sacred Journey of the Huichol Indians (Cornell University Press, Ithaca, 1974). La obra se convirtió en referencia clásica de la antropología religiosa americana y en fuente central sobre Tatewarí como líder místico de la peregrinación.
Myerhoff describe cómo el marakame Medina Silva encendía el fuego en la casa de la comunidad la noche anterior a la salida, hablaba con Tatewarí pidiendo permiso para el viaje, y ataba a los peregrinos con un cordón ceremonial que representaba el hilo del abuelo fuego. El grupo hacía paradas rituales en las estaciones sagradas: Tateikita, Rapawiyeme, Xapawiyemeta (laguna del lago de Chapala), Hauxa Manaká (cerro sagrado en Durango) y Reunar (Cerro Quemado, en San Luis Potosí, donde el sol nació por primera vez). En cada parada, el marakame encendía un fuego pequeño con astillas del hogar comunitario y depositaba ofrendas de tabaco y comida en nombre de Tatewarí, reproduciendo en cada campamento el fuego perpetuo del tuki.
La aportación central de Myerhoff (1974) es haber documentado el sentido preciso en que el marakame «es» Tatewarí durante la peregrinación. No se trata de representación simbólica ni de posesión temporal. Medina Silva le explicó a Myerhoff que el marakame humano, al entrar en el camino peregrinatorio, se convierte funcionalmente en el abuelo fuego: guía a los peregrinos, ordena las paradas, distribuye el hikuri y decide el momento del regreso. El grupo se dirige al marakame con el título de Tatewarí durante toda la peregrinación, y no vuelve a usar su nombre personal hasta la reintegración a la vida cotidiana. Myerhoff comparó esta identificación ritual con estructuras similares descritas por Mircea Eliade para el chamanismo siberiano y por Victor Turner para los ritos de paso africanos.
Más allá de la descripción etnográfica, Myerhoff desarrolló una lectura de la peregrinación como retorno a los orígenes: los peregrinos, guiados por Tatewarí, cruzan el desierto para reencontrar en Wirikuta el lugar donde el sol nació por primera vez y donde los antepasados wixáritari vivieron antes del ordenamiento actual del mundo. El hikuri recolectado en el desierto es el venado Kauyumari transformado en cactus; comerlo es reencontrar el estado primordial. El fuego portátil garantiza la continuidad entre el hogar comunitario y el desierto sagrado. Myerhoff (1974) muestra que Tatewarí es la clave del ciclo completo: sin el abuelo fuego encarnado en el marakame, la peregrinación es un desplazamiento geográfico sin sentido ritual. La obra terminó de imponerse tras la muerte de Ramón Medina Silva en 1971 (asesinado en un conflicto interno de la comunidad, hecho que Myerhoff relata en el epílogo) y sigue siendo referencia sobre el papel de Tatewarí en el ciclo peregrinatorio contemporáneo.
Continuidad ritual: el fuego del tuki hoy
El fuego perpetuo del tuki se sigue manteniendo hoy en las cuatro comunidades históricas del norte de Jalisco. Neurath (2002) documentó el ciclo ritual completo en Tuapurie. El tuki —templo comunitario de planta circular con techo de zacate y cuatro pilares que sostienen el cielo simbólico— alberga en su centro el hogar de Tatewarí, rodeado por el círculo de piedras y por los asientos ceremoniales de las autoridades tradicionales (el tatuwaní o gobernador tradicional, el alguacil, los kawiterutsixi o ancianos consejeros). El fuego se mantiene encendido durante toda la temporada de fiestas, con guardianes que se turnan para alimentarlo con leña de encino y madroño. Apagarlo por negligencia constituye una falta ritual grave que exige ofrendas expiatorias.
La peregrinación anual a Wirikuta sigue partiendo desde las cuatro comunidades históricas y desde las rancherías dependientes. El recorrido de aproximadamente 400 km desde la sierra Madre Occidental hasta el desierto de San Luis Potosí se hace hoy en vehículo hasta un punto próximo al desierto, pero las últimas jornadas se completan a pie para respetar el itinerario ritual clásico. El marakame guía al grupo con el muvieri y con el fuego portátil, siguiendo la estructura documentada por Myerhoff (1974). Las paradas rituales en Tateikita, Rapawiyeme, Xapawiyemeta, Hauxa Manaká y Reunar se mantienen, aunque algunas se han acortado por dificultades logísticas y por la presión de la actividad económica moderna sobre los peregrinos. El hikuri recolectado se lleva de vuelta a la sierra y alimenta el ciclo festivo del año.
La defensa contemporánea del territorio sagrado ha traído a Tatewarí al discurso público del siglo XXI. Cuando el gobierno mexicano otorgó en 2009 y 2010 concesiones mineras a la empresa canadiense First Majestic Silver Corp. sobre 6.326 hectáreas del área natural protegida de Wirikuta, las autoridades tradicionales se reunieron en el Consejo Regional Wixárika por la Defensa de Wirikuta. Paul M. Liffman documentó el proceso en Huichol Territory and the Mexican Nation (University of Arizona Press, Tucson, 2011). En los pronunciamientos del Consejo, Tatewarí es invocado junto con Nakawé, Tayaupa (padre sol) y Kauyumari (venado azul) como fundamento del derecho territorial de los wixáritari. El argumento se incorporó a la demanda de amparo presentada ante los tribunales federales y llevó a la suspensión parcial de las concesiones en 2012.
La comparación con panteones vecinos permite situar mejor a Tatewarí. Frente al fuego mexica de Xiuhtecuhtli (dios turquesa del fuego, patrono del año solar y del hogar imperial), Tatewarí conserva un carácter chamánico que la sincretización cristiana atenuó en el centro de México. Frente al sol mexica de Tonatiuh, la relación wixárika entre Tatewarí y Tayaupa mantiene la primacía ritual del abuelo fuego, quien enseñó al sol el camino a Wirikuta antes del primer amanecer. Los rarámuri del sur, con su panteón encabezado por Onorúame, comparten el sustrato yuto-nahua pero desarrollaron un ordenamiento distinto tras la evangelización jesuita del siglo XVII.
Una mirada final
El abuelo fuego Tatewarí continúa presidiendo el fuego perpetuo del hogar y del tuki, el ciclo peregrinatorio anual a Wirikuta y el discurso público de las autoridades tradicionales del pueblo wixárika en el siglo XXI. El registro etnográfico de Preuss (1912), la monografía de Zingg (1938), el reportaje de Benítez (1968), la obra clásica de Myerhoff (1974), las contribuciones de Furst (1972, 2006) y de Neurath (2002, 2008), y los estudios contemporáneos de Schaefer y Furst (1996) y de Liffman (2011) permiten reconstruir un panteón wixárika donde el abuelo fuego, primer marakame, comparte espacio con Nakawé (abuela primordial), Tayaupa (padre sol), Kauyumari (venado azul mensajero), Watákame (héroe del diluvio) y con las madres específicas del ciclo agrícola.
Recuperar el registro etnográfico preciso —con la distinción clara entre el fuego doméstico permanente, el fuego ceremonial del tuki, el marakame humano encarnado en Tatewarí durante la peregrinación y el mito panamericano del tlacuache rescatador— restituye al abuelo fuego el lugar que ocupa en la tradición wixárika viva. La obra de Myerhoff (1974) sigue siendo la puerta de entrada para comprender el papel del abuelo fuego en el ciclo peregrinatorio, complementada por Neurath (2002) y Liffman (2011) sobre las comunidades del norte de Jalisco. El fuego del tuki sigue encendido en Tuapurie, Tateikie, Wautia y Tuxpan; el marakame sigue guiando la peregrinación anual con el muvieri y las brasas portátiles del abuelo Tatewarí.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Tatewarí en el panteón del pueblo wixárika?
Tatewarí («nuestro abuelo» en wixárika niukieya, tratándose del abuelo fuego) es la deidad ígnea principal y el primer marakame (chamán-cantador) del ciclo mítico del pueblo wixárika (autónimo, singular; plural wixáritari; exónimo huichol, hispanización de un etnónimo náhuatl aplicado por los mexicas a estos vecinos yutonahuas del norte). Fuego doméstico perpetuo del hogar, fuego ceremonial de los tukite (templos comunitarios) que no debe apagarse jamás durante las fiestas, guía místico de la peregrinación anual a Wirikuta (desierto sagrado del este de San Luis Potosí), fue registrado por primera vez de forma sistemática por Konrad Theodor Preuss en Die Nayarit-Expedition (2 vols., Teubner, Leipzig, 1912), fruto de la expedición 1905-1907.
¿Cómo es el mito de origen del fuego según el registro de Preuss y Zingg?
Preuss (1912) y Zingg (1938) registraron que Tatewarí apareció en el mundo primordial como niño abandonado. Los animales del monte se acercaron para cuidarlo. El búho lo apagó con el susto de su mirada; el ratón quemó la nariz —que quedó rosada y pelada—; la iguana lo abrazó y su vientre quedó marcado por las cicatrices que aún hoy se ven en el reptil. Solo el tlacuache (opossum) logró llevar el fuego sin apagarlo ni quemarse: lo envolvió con la cola y lo trasladó despacio hasta la casa del primer marakame humano. El mito es una variante local del ciclo panamericano del tlacuache-héroe cultural rescatador del fuego, presente también en la mitología mexica y en la maya. Furst (2006) recogió variantes en Tuapurie con el mismo esquema.
¿En qué sentido «es» Tatewarí el marakame durante la peregrinación según Myerhoff?
Barbara G. Myerhoff documentó en Peyote Hunt: The Sacred Journey of the Huichol Indians (Cornell University Press, Ithaca, 1974), tras participar como observadora en la peregrinación de 1966 con el marakame Ramón Medina Silva, que el oficiante se convierte funcionalmente en Tatewarí durante todo el trayecto ritual. No es representación simbólica ni posesión temporal: el marakame humano guía a los peregrinos, ordena las paradas, distribuye el hikuri (peyote) y entona los cantos de vigilia como abuelo fuego. El grupo se dirige al oficiante con el título de Tatewarí durante toda la peregrinación y no vuelve a usar su nombre personal hasta la reintegración a la vida cotidiana en la sierra. La equivalencia ritual completa se disuelve al término del ciclo peregrinatorio.
¿Cómo se mantiene hoy el fuego perpetuo del tuki en las comunidades wixáritari?
Neurath (2002) documentó el ciclo ritual completo en Tuapurie. El tuki —templo comunitario de planta circular con techo de zacate y cuatro pilares— alberga en su centro el hogar de Tatewarí, rodeado por un círculo de piedras dispuestas en las cuatro direcciones cardinales y por los asientos ceremoniales de las autoridades tradicionales (tatuwaní o gobernador tradicional, alguacil, kawiterutsixi o ancianos consejeros). El fuego se mantiene encendido durante toda la temporada de fiestas del calendario ritual, con guardianes que se turnan para alimentarlo con leña específica de encino y madroño. Apagarlo por negligencia constituye una falta ritual grave que exige ofrendas expiatorias. Las cuatro comunidades históricas de Tuapurie, Tateikie, Wautia y Tuxpan mantienen el sistema.
¿Qué papel cumple Tatewarí en la defensa contemporánea de Wirikuta?
Cuando el gobierno mexicano otorgó en 2009 y 2010 concesiones mineras a la empresa canadiense First Majestic Silver Corp. sobre 6.326 hectáreas del área natural protegida de Wirikuta, las autoridades tradicionales de las cuatro comunidades históricas del norte de Jalisco se reunieron en el Consejo Regional Wixárika por la Defensa de Wirikuta. Paul M. Liffman documentó el proceso en Huichol Territory and the Mexican Nation: Indigenous Ritual, Land Conflict, and Sovereignty Claims (University of Arizona Press, Tucson, 2011). En los pronunciamientos del Consejo, Tatewarí es invocado como abuelo fuego cuyo camino peregrinatorio hasta Wirikuta constituye el fundamento del año ritual wixárika, junto con Nakawé, Tayaupa y Kauyumari. El argumento se incorporó a la demanda de amparo presentada ante los tribunales federales mexicanos y llevó a la suspensión parcial de las concesiones en 2012.





