Para empezar. Tunupa —también Thunupa o Tonapa en las variantes coloniales— es el dios aymara del rayo y héroe civilizador itinerante del Altiplano andino. Predicaba contra los cultos locales, fue perseguido por los pueblos altiplánicos y arrojado al lago Titicaca; su cuerpo flotó por el río Desaguadero hasta desaparecer en el Salar de Uyuni, donde hoy un volcán de 5.321 metros lleva su nombre. Documentado por Ludovico Bertonio en 1612 y por Alonso Ramos Gavilán en 1621, Tunupa es la figura pre-inca aymara que Thérèse Bouysse-Cassagne y Verónica Cereceda han identificado como sustrato del Wiracocha inca clásico.
| Origen cultural | Pueblos aymaras del Altiplano andino, con núcleo en la cuenca del lago Titicaca (actuales departamentos de La Paz y Oruro en Bolivia, región de Puno en el Perú y sectores del norte chileno); figura pre-inca cuyo culto fue absorbido parcialmente por la teología solar cuzqueña durante el Horizonte Tardío |
|---|---|
| Tipo | Dios aymara del rayo (Thunupa) y héroe cultural civilizador itinerante que enseña agricultura, tejido y ceremonias religiosas; figura anterior al Wiracocha inca cuyo sustrato mitológico habría absorbido |
| Función mítica | Recorrer el Altiplano enseñando técnicas y ritos, predicar contra los cultos locales considerados idolátricos, ser perseguido y arrojado al lago Titicaca sobre una balsa de totora, flotar por el Desaguadero hasta desaparecer en el Salar de Uyuni |
| Atestación | Ludovico Bertonio, Vocabulario de la lengua aymara (Juli, Chucuito, 1612), entrada «Thunupa»; Alonso Ramos Gavilán, Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana (Lima, 1621), libro I; Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo (~1653); síntesis moderna en Thérèse Bouysse-Cassagne, Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, La Paz, 1988) y en Rodolfo Cerrón-Palomino, Voces del Ande (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008) |
| Vigencia hoy | Peregrinación aymara anual al Volcán Tunupa (5.321 m, extremo norte del Salar de Uyuni, departamento de Oruro, Bolivia); culto sincrético triple —Tunupa, Sol inca, Virgen de Copacabana— en la basílica boliviana homónima; recuperación identitaria del nombre en el discurso político aymara boliviano contemporáneo |
Tunupa —también escrito Thunupa por los lingüistas modernos y Tonapa por algunos cronistas coloniales— es el dios aymara del rayo y el principal héroe cultural civilizador del Altiplano andino. Su ciclo mítico lo describe recorriendo el altiplano boliviano y peruano actual, enseñando a los pueblos aymaras la agricultura del maíz y de la papa, el tejido de la lana de camélidos, la cerámica ceremonial y las ceremonias religiosas correctas. Al mismo tiempo predicaba contra los cultos que consideraba idolátricos, especialmente contra los cultos a huacas locales y a divinidades solares antropomorfas, y era por ello perseguido y maltratado por los pueblos que visitaba.
El desenlace del ciclo es constante en las variantes conservadas por los cronistas coloniales del siglo XVII: Tunupa termina siendo apresado en la orilla del lago Titicaca y arrojado a sus aguas atado a una balsa de totora. En lugar de hundirse, su cuerpo flotó milagrosamente hacia el sur por el río Desaguadero —el único desagüe del lago Titicaca— hasta desembocar en el lago Poopó y desaparecer finalmente en las inmensidades salobres del Salar de Coipasa y del Salar de Uyuni, en el actual departamento boliviano de Oruro. En ese extremo sur del recorrido se levanta el volcán Tunupa, montaña de cinco mil trescientos veintiún metros de altura que la tradición aymara identifica con el propio dios convertido en accidente geográfico y que sigue siendo hoy lugar de peregrinación de las comunidades del contorno del salar.
El testimonio escrito más antiguo sobre Tunupa se debe al jesuita italiano Ludovico Bertonio, que en 1612 publicó en Juli, en el pueblo de Chucuito a orillas del Titicaca, su Vocabulario de la lengua aymara. La entrada específica de Thunupa lo define como el dios del rayo aymara y consigna variantes lingüísticas del nombre. Nueve años más tarde, el agustino Alonso Ramos Gavilán publicó en Lima su Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana (1621), donde dedica el libro primero al culto pre-inca en el santuario del Titicaca y consigna la tradición de Tunupa como predicador itinerante. Bernabé Cobo, en su Historia del Nuevo Mundo terminada hacia 1653, sintetiza y amplía las noticias anteriores. En el siglo XX y XXI, los trabajos de la historiadora francesa Thérèse Bouysse-Cassagne y de la antropóloga chilena Verónica Cereceda han renovado por completo la lectura académica del ciclo.
El dios aymara del rayo y héroe civilizador del Altiplano
Índice
El Altiplano andino es la meseta más alta y más extensa del hemisferio occidental fuera del Tíbet: una llanura interior de 3.600 a 4.200 metros de altitud que se extiende por unos ochocientos kilómetros de norte a sur entre las dos cordilleras andinas, ocupando hoy el occidente de Bolivia, el sur del Perú y el noreste de Chile. En esa meseta, la lengua aymara y los pueblos aymaras han sido durante milenios la matriz cultural dominante, con núcleos históricos en Tiwanaku (florecido entre los siglos IV y XI de nuestra era), en los señoríos altiplánicos posteriores al colapso tiwanacota y en las comunidades actuales del contorno del Titicaca y del Salar de Uyuni. La deidad principal del rayo en esa tradición se llama Tunupa, y su nombre aparece con formas ligeramente distintas —Thunupa, Tonapa— en las fuentes coloniales según el criterio de transcripción del cronista.
La función meteorológica de Tunupa como dios del rayo es coherente con la geografía altiplánica. Las tormentas eléctricas del verano austral —entre diciembre y marzo— producen sobre la meseta descargas violentísimas, con récords documentados de intensidad y frecuencia; la llegada del rayo es el signo primario de la temporada de lluvias que hace germinar los cultivos de papa, quinua y cañihua. La correlación funcional entre rayo, agua y vida agrícola convirtió a Tunupa en la deidad responsable directa de la fertilidad estacional, y su nombre —el lingüista Rodolfo Cerrón-Palomino lo derivó en Voces del Ande (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008) de la raíz aymara thunu, que designa el sonido reventado del trueno— confirma la atribución meteorológica primaria. La deidad quechua equivalente del panteón inca es Illapa, con la que Tunupa forma un par etnolingüístico transversal a las dos grandes tradiciones andinas.
El aspecto de héroe civilizador itinerante se superpone a esa función atmosférica básica. En las variantes del ciclo consignadas por Ramos Gavilán, Cobo y otros cronistas, Tunupa aparece recorriendo el Altiplano de norte a sur —desde la región del lago Titicaca hasta el Salar de Uyuni— vestido con hábito largo, calzando sandalias y llevando un bastón. Enseña a los pueblos aymaras las técnicas fundamentales de la vida sedentaria: cómo cultivar la papa en los andenes de altura, cómo tejer la lana de las llamas y alpacas, cómo cocer la cerámica ceremonial, cómo enterrar a los muertos en las torres funerarias llamadas chullpas —de las cuales Sillustani, junto al lago Umayo en Puno, conserva algunas de las más elaboradas. Al mismo tiempo predica contra las prácticas religiosas que considera erróneas: el culto a las huacas antropomorfas, los sacrificios humanos, las ceremonias orgiásticas. Ese doble papel —civilizador técnico y reformador religioso— hace de Tunupa una figura funcionalmente comparable con Bochica muisca colombiano, con Sintana kogi y con el propio Wiracocha inca posterior.
El desenlace del ciclo es paradigmático de la figura del reformador religioso perseguido. Los pueblos altiplánicos, molestos por su predicación y por sus reformas rituales, lo apresan finalmente en las orillas del Titicaca, lo maltratan y lo arrojan al lago atado a una balsa de totora. Es esa balsa la que flota por el Desaguadero y termina en el Salar de Uyuni, cerrando el recorrido con la desaparición del dios en un accidente geográfico. La figura del predicador itinerante castigado que desaparece flotando tiene ecos evidentes con motivos precristianos —el motivo panamericano del héroe cultural que se aleja para volver algún día— y también con la tradición evangelizadora cristiana que los propios cronistas jesuitas y agustinos usarían posteriormente para presentar la conquista española como cumplimiento retardado de la predicación primigenia de Tunupa. Ramos Gavilán es explícito en esa lectura sincrética y llega a sugerir que Tunupa fue en realidad un apóstol cristiano —quizás el propio Santo Tomás— que habría llegado a los Andes en el primer siglo de nuestra era, hipótesis que se enmarca en la corriente colonial de las apologías indianas.
La escuela lingüística jesuita de Chucuito, activa entre finales del siglo XVI y mediados del XVII a orillas del lago Titicaca, produjo el corpus lexicográfico y gramatical aymara más importante de la época colonial. Bertonio publicó allí su Vocabulario en 1612, precedido por su Arte y grammatica muy copiosa de la lengua aymara (Roma, 1603) y acompañado por textos catequéticos y de confesión traducidos entre latín, castellano y aymara. Su obra fue posible gracias a la colaboración de intérpretes aymaras cuyos nombres se han perdido en buena parte del registro colonial, y establece el estándar lexicográfico contra el que se leen hoy todos los términos religiosos del ciclo Tunupa. La entrada específica de Thunupa en el Vocabulario de 1612 lo define como el dios del rayo y consigna las variantes fonéticas del nombre según los dialectos aymaras del Titicaca, del Poopó y del oriente boliviano. Sin ese registro léxico temprano, la etimología aymara del dios habría sido irrecuperable, y la hipótesis Tunupa-Wiracocha desarrollada tres siglos y medio más tarde por Bouysse-Cassagne no habría tenido base filológica firme sobre la que apoyarse.
El ciclo Tunupa y la absorción del panteón inca según Bouysse-Cassagne (1988)
La hipótesis de que Tunupa es la figura aymara pre-inca cuyo material mítico fue absorbido parcialmente por el Wiracocha del panteón inca clásico fue formulada de manera sistemática por la historiadora francesa Thérèse Bouysse-Cassagne en su libro Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, La Paz, 1988), y desarrollada posteriormente por la antropóloga chilena Verónica Cereceda en varios trabajos sobre iconografía aymara y textiles del Altiplano. La demostración se apoya en tres líneas de evidencia distintas —lingüística, iconográfica y ritual— que se refuerzan mutuamente y que permiten reconstruir la genealogía del gran creador inca a partir de la figura aymara anterior. Es una de las revisiones más importantes de la etnohistoria andina contemporánea y ha reorientado buena parte del debate posterior sobre el sustrato pre-inca de la religión imperial cuzqueña.
La primera línea es la lingüística. Rodolfo Cerrón-Palomino ha mostrado en Voces del Ande (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008) que la etimología del nombre Thunupa remite a la raíz aymara thunu, con el significado primario de trueno y rayo, y que la forma quechuizada Tunupa que aparece en varios cronistas registra una adaptación tardía. Wiracocha, por el contrario, tiene una etimología quechua transparente —vinculada a wira, grasa, y qucha, lago o mar—, pero cuya semántica no encaja bien con las funciones creadoras y demiúrgicas que el cronista Juan de Betanzos (1551) y otros atribuyen al dios. La sospecha razonable es que el gran dios inca del Cuzco es en parte una figura importada del Titicaca aymara y renombrada en quechua durante el proceso de consolidación imperial del siglo XV bajo Pachacuti y Túpac Yupanqui.
La segunda línea es la iconográfica. Los petroglifos y estelas altiplánicas anteriores a la expansión inca —notablemente los de Copacabana, de la Isla del Sol y de la Isla de la Luna en el lago Titicaca, y los de Tiwanaku— muestran figuras masculinas con bastón, hábito largo y aureola solar que son formalmente comparables con las representaciones incas posteriores de Wiracocha en el Coricancha del Cuzco descritas por los cronistas. Verónica Cereceda ha analizado en varios trabajos la persistencia de ese tipo iconográfico en los textiles aymaras contemporáneos, donde figuras similares aparecen bordadas en ahuayos ceremoniales y en talegas rituales usadas todavía hoy en fiestas comunitarias del Altiplano. La continuidad visual entre las imágenes prehispánicas y los textiles actuales es uno de los soportes empíricos más sólidos de la hipótesis Tunupa-Wiracocha.
La tercera línea es la ritual y territorial. El santuario de Copacabana, en la península homónima del lago Titicaca del actual lado boliviano, fue un centro de culto pre-inca dedicado a Tunupa antes de la expansión cuzqueña. Los incas, tras anexar la región durante el reinado de Pachacuti o de Túpac Yupanqui en el siglo XV, superpusieron al culto de Tunupa el culto solar dinástico de Inti y de Mama Quilla, transformando la Isla del Sol y la Isla de la Luna en los santuarios oficiales del imperio. La continuidad del culto en el mismo lugar, con superposición de deidades, es la prueba ritual de que los incas reconocían al santuario aymara como sitio sagrado principal del sur del Tawantinsuyu y lo incorporaban antes de reformular su contenido dentro del panteón imperial. Alonso Ramos Gavilán es la fuente colonial que mejor documenta esa continuidad triple —Tunupa, Sol inca, Virgen de Copacabana— en su libro de 1621, y su testimonio sigue siendo el punto de partida obligatorio para toda reconstrucción del santuario.
Los cronistas cuzqueños del siglo XVI presentan a Wiracocha con rasgos que encajan mejor con el sustrato aymara Tunupa que con una tradición quechua estable. Juan de Betanzos, en su Suma y narración de los Incas (1551) —redactada gracias a su matrimonio con una princesa cuzqueña y a su fluidez en el quechua imperial—, describe a Wiracocha como un anciano itinerante con bastón que aparece caminando por el altiplano y creando o transformando los pueblos que encuentra a su paso, hasta desaparecer finalmente en el mar occidental. Cristóbal de Molina, en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas (1573), consigna un ciclo similar. Ambas descripciones son sorprendentemente próximas al ciclo Tunupa que Ramos Gavilán registraría en 1621 con base en fuentes aymaras del Titicaca. La coincidencia narrativa —dejando fuera el vocabulario técnico— es una de las razones por las que Bouysse-Cassagne y Cereceda pudieron plantear la hipótesis de la absorción imperial. El propio Betanzos y Molina, escribiendo en el Cuzco décadas antes que Ramos Gavilán, estaban registrando lo que hoy leemos como material aymara reinterpretado en clave quechua imperial.
El volcán Tunupa, Copacabana y la vigencia aymara contemporánea
El volcán Tunupa se levanta en el extremo norte del Salar de Uyuni, en el departamento boliviano de Oruro, a 5.321 metros sobre el nivel del mar. Es un estratovolcán extinguido cuya silueta simétrica domina el paisaje del salar y cuya cumbre nevada refleja la luz sobre la superficie salina en un espectáculo visual único en el continente. Para las comunidades aymaras del contorno del salar —notablemente los pueblos de Coquesa, Tahua, Jirira y Yonza en el flanco norte, y los ayllus de la provincia de Daniel Campos en el flanco oriental— el volcán es achachila mayor, es decir, ancestro protector del territorio, y su cumbre es lugar de peregrinación ritual anual, típicamente en torno al equinoccio de septiembre, con ofrendas de k’oa (hierba aromática quemada), coca y bebidas fermentadas dedicadas a la Pachamama y al propio dios del rayo.
El santuario de Copacabana, en la orilla boliviana sur del lago Titicaca, es el otro polo territorial del culto Tunupa y presenta una superposición de tres capas religiosas visibles hasta hoy. La capa más antigua es el culto aymara pre-inca al dios del rayo Tunupa, con el santuario original en la actual península de Copacabana y en las islas del Sol y de la Luna. La segunda capa es el culto solar inca instaurado tras la anexión imperial, con las mismas islas como santuarios oficiales del Tawantinsuyu meridional dedicados a Inti y a Mama Quilla. La tercera capa es el culto católico a la Virgen de Copacabana, cuya imagen fue tallada en 1583 por el escultor indígena Francisco Tito Yupanqui y colocada en la iglesia agustina construida sobre los restos del santuario prehispánico; la Virgen de Copacabana fue declarada patrona de Bolivia por el Papa Pío XI en 1925. Ramos Gavilán, en su libro de 1621, documenta explícitamente esa continuidad triple y presenta la Virgen como cumplimiento cristiano de la predicación de Tunupa.
La vigencia contemporánea del culto se manifiesta en varios planos simultáneos. En las comunidades del contorno del Titicaca y del Salar de Uyuni, el nombre Tunupa sigue asociado a rituales agrícolas y meteorológicos, especialmente propiciatorios del rayo y de la lluvia en el inicio de la temporada agrícola de octubre a marzo. En el discurso identitario aymara boliviano contemporáneo, la figura de Tunupa ha sido invocada como emblema pre-inca y anticolonial: el Movimiento al Socialismo del presidente Evo Morales, en el poder entre 2006 y 2019, recuperó explícitamente referencias a Tunupa, a la Pachamama y a las wak’as aymaras en las ceremonias de posesión celebradas en Tiwanaku. Y en las peregrinaciones anuales al volcán Tunupa, las comunidades del salar mantienen ceremonias que sus mayores describen como continuidad ritual con la tradición prehispánica, más allá del sincretismo católico oficial de la basílica de Copacabana.
La reactualización académica del ciclo Tunupa es también parte de esta vigencia. Desde los trabajos fundadores de Bouysse-Cassagne y Cereceda en los años 1980, una nueva generación de investigadores bolivianos y peruanos ha profundizado en la reconstrucción del sustrato aymara pre-inca de la religión andina. Los estudios de Cerrón-Palomino sobre onomástica andina (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008), los trabajos etnográficos sobre las comunidades del contorno del Titicaca, la relectura crítica de Ramos Gavilán y de Bertonio, y la recuperación arqueológica de Tiwanaku como capital pre-inca han puesto a Tunupa en el centro del debate contemporáneo sobre las genealogías divinas del mundo andino. La figura del dios del rayo que caminaba enseñando y era arrojado al lago sigue siendo hoy uno de los ejes explicativos principales de la teología del Altiplano.
El Salar de Uyuni, con sus 10.582 kilómetros cuadrados de superficie, es el mayor desierto de sal del planeta y uno de los ecosistemas más singulares del continente sudamericano. Formado hace unos diez mil años tras la desecación del paleolago Tauca, el salar es a la vez recurso económico —extracción industrial de litio a cargo del Estado boliviano desde 2007—, atracción turística internacional de primer orden y espacio ceremonial de las comunidades aymaras que lo circundan. La peregrinación al volcán Tunupa combina hoy los tres registros: los peregrinos parten de Colchani o de Coquesa por caminos que atraviesan la superficie salada, dedican jornadas al ascenso de las laderas del volcán, celebran ceremonias con k’oa y coca en las cuevas de altura donde reposan momias precolombinas conservadas por la sequedad extrema del aire, y bajan finalmente a Tahua o Jirira. La coexistencia entre economía litio-turística y ritualidad ancestral produce tensiones que las comunidades del salar administran con una autonomía notable, y que sitúan a Tunupa como referente identitario en el debate contemporáneo sobre extractivismo, plurinacionalidad y territorio en la Bolivia posterior a la Constitución de 2009.
Para terminar
Bertonio, Ramos Gavilán y Cobo documentaron entre 1612 y 1653 la figura aymara de Tunupa como dios del rayo y héroe civilizador del Altiplano. Bouysse-Cassagne (1988) y Cereceda propusieron identificar en él el sustrato pre-inca del Wiracocha cuzqueño posterior, y Cerrón-Palomino (2008) confirmó la etimología aymara de thunu. El volcán homónimo del Salar de Uyuni y el santuario sincrético triple de Copacabana son hoy los dos anclajes territoriales del culto, con peregrinaciones aymaras vivas y con presencia en el discurso identitario boliviano contemporáneo. La figura sigue sirviendo como referente organizador del panteón altiplánico, cinco siglos después de que la extirpación colonial intentara borrar su culto.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Tunupa en la religión andina?
Tunupa —también Thunupa o Tonapa según las fuentes coloniales— es el dios aymara del rayo y el principal héroe cultural civilizador del Altiplano andino. Su ciclo mítico lo describe recorriendo el altiplano boliviano y peruano actual enseñando agricultura, tejido, cerámica y ritos religiosos, y predicando contra los cultos considerados idolátricos por su tradición. Fue apresado por los pueblos altiplánicos, arrojado al lago Titicaca en una balsa de totora y flotó por el río Desaguadero hasta desaparecer en el Salar de Uyuni, donde el volcán homónimo lleva su nombre.
¿Dónde aparece documentado por primera vez?
El registro escrito más antiguo se debe al jesuita italiano Ludovico Bertonio en su Vocabulario de la lengua aymara, publicado en Juli (Chucuito) en 1612, que consigna la entrada Thunupa como dios aymara del rayo. Alonso Ramos Gavilán, agustino, publicó en Lima en 1621 su Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana, con el libro primero dedicado al culto pre-inca de Tunupa. Bernabé Cobo sintetizó y amplió estas noticias hacia 1653 en su Historia del Nuevo Mundo.
¿Qué relación tiene con Wiracocha?
La historiadora francesa Thérèse Bouysse-Cassagne propuso en Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, La Paz, 1988) y la antropóloga chilena Verónica Cereceda en trabajos paralelos que Tunupa es la figura aymara pre-inca cuyo material mítico fue absorbido parcialmente por el Wiracocha del panteón inca posterior. La demostración se apoya en argumentos lingüísticos (Cerrón-Palomino, 2008), iconográficos y rituales, especialmente en la superposición de cultos observable en Copacabana y en las islas del Sol y de la Luna del Titicaca.
¿Qué es el volcán Tunupa y por qué es sagrado?
El volcán Tunupa es un estratovolcán extinguido de 5.321 metros de altura situado en el extremo norte del Salar de Uyuni, en el departamento boliviano de Oruro. La tradición aymara lo identifica con el propio dios convertido en accidente geográfico tras desaparecer flotando por el Desaguadero. Es achachila mayor —ancestro protector territorial— para las comunidades del contorno del salar, y lugar de peregrinación anual con ofrendas de k’oa, coca y bebidas fermentadas, típicamente en torno al equinoccio de septiembre.
¿Sigue vigente su culto hoy?
Sí, en tres planos superpuestos. Ritualmente, las comunidades aymaras del Titicaca y del Salar de Uyuni mantienen ceremonias asociadas al volcán y al santuario de Copacabana. Sincréticamente, la Virgen de Copacabana —imagen tallada en 1583 por Francisco Tito Yupanqui y patrona de Bolivia desde 1925 por decreto de Pío XI— absorbe simbólicamente el culto anterior. Políticamente, el discurso identitario aymara boliviano contemporáneo, incluidas las ceremonias del gobierno de Evo Morales entre 2006 y 2019 celebradas en Tiwanaku, ha recuperado la figura de Tunupa como emblema pre-inca del Altiplano.





