Nencatacoa, el dios muisca de los orfebres, tejedores y borrachos

Para empezar. Nencatacoa es el dios muisca patrón de los orfebres, tejedores y pintores corporales, y protector de las fiestas de embriaguez ritual con chicha en el altiplano cundiboyacense.

Origen culturalPueblo muisca (chibcha), altiplano cundiboyacense (Cundinamarca y Boyacá, Colombia)
TipoDios (deidad masculina, patrón de oficios artísticos y del culto de la chicha)
Función míticaGuía a los orfebres en la fundición del oro y del tumbaga; patrón de las fiestas de cosecha y de los rituales colectivos de embriaguez con chicha
AtestaciónFray Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (1626); Piedrahíta, Historia general del Nuevo Reyno de Granada (1688); Fray Bernardo de Lugo, Gramática en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca (1619)
Vigencia hoyIconografía asociada a los tunjos del Museo del Oro (Bogotá) y del Museo del Oro Quimbaya (Armenia); referente de los orfebres artesanales contemporáneos de Mongui y Ráquira

El culto de Nencatacoa aparece descrito con detalle en la cuarta noticia de las Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales de Fray Pedro Simón (1626), y desde entonces ocupa un lugar central en la etnohistoria de la religión chibcha del altiplano cundiboyacense. Piedrahíta lo retoma sesenta años más tarde en su Historia general del Nuevo Reyno de Granada (1688), y el léxico ritual asociado a su culto aparece registrado en la Gramática en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca del dominico Fray Bernardo de Lugo (1619), primera gramática publicada de la lengua muysccubun.

El contexto histórico importa. Cuando los cronistas describen a Nencatacoa, los muiscas ya eran, en la memoria colonial, un pueblo célebre por su orfebrería. La balsa muisca del cacique de Guatavita —hallada en Pasca, Cundinamarca, en 1969, hoy en el Museo del Oro de Bogotá— y los cientos de tunjos votivos recuperados a lo largo de los siglos habían fijado la imagen del altiplano chibcha como territorio del Dorado. Nencatacoa es la figura religiosa que respalda míticamente ese oficio, y a la vez el patrón de las fiestas colectivas donde los objetos rituales se ofrendaban.

La figura del dios interesa por tres razones. Primero, por su patronazgo múltiple: no es solamente el dios de los orfebres, sino también el de los tejedores, los pintores corporales y los borrachos rituales, lo que lo sitúa en el centro de la vida ceremonial muisca. Segundo, por su iconografía distintiva: la piel de oso y el manto rojizo con motivos entretejidos. Tercero, por su vínculo directo con la chicha, bebida cuya centralidad ritual ha sido reconstruida en detalle por la etnohistoria colombiana contemporánea.

El dios de los artistas: orfebres, pintores, tejedores y borrachos

Nencatacoa es descrito por Fray Pedro Simón como el dios «de los pintores y tejedores de mantas y de los borrachos». La formulación es reveladora: reúne bajo una misma deidad tres oficios artísticos y un cuarto rol ritual —el del bebedor de chicha— que en la sociedad muisca no era una desviación, sino una función ceremonial reconocida. El patronazgo múltiple sitúa al dios en el cruce entre la producción material y la vida festiva.

La orfebrería muisca era, según reconstruye Ana María Falchetti en El oro del Gran Zenú (1995) y en trabajos posteriores del Museo del Oro, uno de los oficios de mayor prestigio en el altiplano cundiboyacense. Los orfebres trabajaban el oro puro y el tumbaga, aleación de oro y cobre que permitía piezas más resistentes con menos oro fino. Fundían en crisoles de arcilla, usaban la técnica de la cera perdida para modelar tunjos votivos y elaboraban láminas repujadas para las ceremonias de los caciques. Nencatacoa protegía cada uno de esos pasos: la elección del metal, el modelado en cera, la fundición, el pulido final.

Los tunjos —figuras humanas planas de pocos centímetros, moldeadas en tumbaga, generalmente con cara esquemática y objetos rituales entre las manos— eran ofrendas votivas que los caciques y los sacerdotes (los jeques) depositaban en las lagunas sagradas, en las cuevas y en los altares del altiplano. Clemencia Plazas, en su estudio clásico Los tunjos muiscas del Museo del Oro (1978), documenta cientos de piezas y establece la sistemática iconográfica de la tradición. La cadena que va del orfebre al tunjo y de este al altar tenía a Nencatacoa como garante mítico.

Junto a los orfebres, el dios protegía a los tejedores de mantas ceremoniales. Los textiles muiscas eran soporte de códigos rituales: los colores, los motivos geométricos, los flecos y las cenefas identificaban al portador, marcaban su rango dentro del cacicazgo e indicaban su relación con determinados ciclos festivos. Los pintores corporales, por su parte, decoraban los cuerpos de los danzantes con pigmentos vegetales y minerales durante las fiestas de embriaguez colectiva. Los tres oficios trabajaban con superficies decoradas —el oro, la tela, la piel—, y bajo la misma advocación divina.

La piel de oso y el manto rojizo: iconografía y culto

La iconografía de Nencatacoa es una de las más precisas del panteón muisca. Fray Pedro Simón anota que en las ceremonias dedicadas al dios, los oficiantes se cubrían con «una piel de oso» o con «un manto colorado» cargado de motivos entretejidos. La piel de oso remite muy probablemente al oso de anteojos (Tremarctos ornatus), única especie de úrsido presente en los Andes tropicales y habitante frecuente de los bosques altoandinos del altiplano cundiboyacense entre los 1.500 y los 3.500 metros de altitud.

La asociación no era casual. El oso de anteojos es en varias tradiciones andinas mediador entre el mundo humano y el mundo agreste, y su piel funcionaba como vestimenta ritual capaz de trasladar al oficiante a la esfera del dios. En las ceremonias registradas por Simón, algún jeque o algún danzante encarnaba temporalmente a Nencatacoa cubriéndose con la piel, y en esa condición dirigía las libaciones, los cantos y los pasos coreográficos que estructuraban la fiesta.

El manto colorado —tejido con motivos geométricos entretejidos y probablemente teñido con cochinilla o con pigmentos minerales del altiplano— era la alternativa a la piel de oso cuando esta no estaba disponible. Ambas vestimentas comparten un rasgo iconográfico: el color rojizo. En el análisis de Roberto Lleras Pérez y de François Correa (2005), el rojo se vincula en la religión muisca con la fertilidad, con el fuego de las fundiciones orfebres y con la sangre ritual de los sacrificios. Nencatacoa asocia esas tres dimensiones bajo una sola imagen cromática.

Los tunjos del Museo del Oro de Bogotá permiten reconocer, en varios ejemplares, figuras masculinas con capa o manto y con objetos rituales entre las manos, que la iconografía muisca ha vinculado tentativamente al culto de Nencatacoa. Ana María Falchetti y Clemencia Plazas han sido prudentes al respecto: los tunjos son ofrendas votivas que representan al oferente, no necesariamente al dios, pero la coincidencia de atributos —manto, gestos rituales, elementos de fundición— ha permitido sostener la identificación en varios casos documentados.

El vínculo con la chicha y las fiestas del ciclo agrícola

La chicha —bebida fermentada de maíz, con levaduras específicas y periodos de fermentación prolongados— era el eje material del culto de Nencatacoa. En el altiplano muisca, la chicha ceremonial se preparaba en grandes tinajas cerámicas por las mujeres de la comunidad, se dejaba fermentar durante días y se distribuía en las fiestas colectivas mediante cuencos rituales llamados múcuras. Carl Henrik Langebaek, en La chicha no es sola: ritualidad, contexto de reciprocidad y control social entre los muiscas del siglo XVI (ICAN, 1987), reconstruye el papel central de la bebida en la vida social del cacicazgo y muestra que la producción y el consumo de chicha estaban regulados por normas rituales estrictas.

Las fiestas donde Nencatacoa era invocado se celebraban en momentos clave del calendario agrícola: la siembra del maíz al inicio de las lluvias, la primera cosecha del maíz tierno y la cosecha principal antes de la estación seca. Cada uno de esos hitos exigía libaciones colectivas, danzas prolongadas y la elaboración de mantas y tunjos ofrendados a las lagunas sagradas del altiplano —Guatavita, Iguaque, Siecha, Tota— o depositados en las cuevas rituales de los cerros circundantes.

La embriaguez ritual no era, en el contexto muisca, una desviación individual, sino una función colectiva. Beber en fiesta hasta el agotamiento formaba parte del ciclo agrícola y sancionaba míticamente el paso de una fase productiva a la siguiente. Nencatacoa protegía la ejecución correcta de esas fiestas, y los jeques —los especialistas rituales muiscas— dirigían los cantos y las libaciones bajo su advocación. La chicha, en esa lógica, era el vínculo material entre el trabajo del campo, los objetos rituales producidos por los orfebres y tejedores, y la comunicación con la divinidad.

El léxico ritual asociado al culto —términos como chicha, fapqua (maíz), múcura o los nombres de las fiestas— aparece registrado parcialmente en la Gramática en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca de Fray Bernardo de Lugo (1619). El diccionario del dominico es fragmentario y estaba orientado a la evangelización, pero conserva términos que la lingüística muysccubun contemporánea, en el marco del proyecto de recuperación de la lengua impulsado por los cabildos muiscas de Cota, Suba, Chía y Bosa, sigue trabajando para restituir con precisión.

Lo que permanece

Los tunjos conservados en el Museo del Oro de Bogotá y en el Museo del Oro Quimbaya de Armenia son el testimonio material más directo del culto de Nencatacoa: cada figura fue producida por un orfebre que trabajaba bajo su advocación. La balsa muisca de Pasca, con los oferentes rodeando al cacique en la ceremonia lacustre, prolonga esa memoria en el imaginario del Dorado colombiano, con eco turístico en la Laguna de Guatavita. Los orfebres contemporáneos de Mongui y Ráquira mantienen la tradición del oficio, y los cabildos muiscas actuales trabajan en la recuperación del léxico ritual junto con Sué, Chibchacum y Bochica como parte del panteón muisca heredado.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Nencatacoa en la religión muisca?

Nencatacoa es el dios muisca patrón de los orfebres, tejedores de mantas ceremoniales, pintores corporales y borrachos rituales. Aparece descrito en la cuarta noticia de las Noticias historiales de Fray Pedro Simón (1626) como la divinidad protectora de las fiestas colectivas del ciclo agrícola en el altiplano cundiboyacense.

¿Por qué se representa a Nencatacoa con piel de oso?

Los oficiantes de las ceremonias dedicadas a Nencatacoa se cubrían con una piel de oso —muy probablemente del oso de anteojos (Tremarctos ornatus), especie propia del altiplano cundiboyacense— o con un manto rojizo con motivos entretejidos, según describe Fray Pedro Simón en 1626. La piel del oso funcionaba como vestimenta ritual que trasladaba al oficiante a la esfera del dios y le permitía dirigir las libaciones, cantos y danzas.

¿Qué relación tiene Nencatacoa con la chicha?

Nencatacoa era el patrón de las fiestas de embriaguez ritual con chicha, la bebida fermentada de maíz central en la vida ceremonial muisca. Las fiestas del ciclo agrícola —siembra, primera cosecha del maíz tierno, cosecha principal— se celebraban mediante libaciones colectivas prolongadas bajo su advocación. Carl Henrik Langebaek, en La chicha no es sola (ICAN, 1987), reconstruye el papel central de la bebida en la sociedad chibcha.

¿Dónde se documenta el culto de Nencatacoa?

Las fuentes primarias son la cuarta noticia de las Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales de Fray Pedro Simón (1626), la Historia general del Nuevo Reyno de Granada de Lucas Fernández de Piedrahíta (1688) y la Gramática en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca de Fray Bernardo de Lugo (1619), que registra léxico ritual asociado. Los estudios modernos de Clemencia Plazas, Ana María Falchetti, Roberto Lleras Pérez y François Correa (2005) han sistematizado la información.

¿Cómo se refleja Nencatacoa en el arte muisca contemporáneo?

Los tunjos conservados en el Museo del Oro de Bogotá y en el Museo del Oro Quimbaya de Armenia se asocian iconográficamente al culto de Nencatacoa como patrón de los orfebres. La balsa muisca de Pasca prolonga esa memoria en el imaginario colombiano del Dorado, con eco turístico en la Laguna de Guatavita. Los orfebres artesanales de Mongui y Ráquira mantienen la tradición del oficio, y los cabildos muiscas actuales trabajan en la recuperación del culto como parte del panteón chibcha heredado.

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