En breve. Tutayquiri, cuyo nombre en quechua yauyo significa «el que se cubre de plumas», es el hijo primogénito y más aguerrido del dios Pariacaca en el panteón huarochirano de la sierra de Lima. Uno de los cinco halcones nacidos de los cinco huevos que emergieron de la montaña al principio del tiempo, recibió de su padre la misión de descender por los ríos Rímac y Mala para expulsar a los pueblos yunca (costeros) y fundar los asentamientos Yauyos. Documentado en el Manuscrito Quechua de Huarochirí (~1598-1608) que Francisco de Ávila transcribió durante su campaña extirpadora, sigue siendo hoy figura central de la identidad de unos 200.000 habitantes de la sierra limeña y protagonista implícito de las ceremonias del agua que las comunidades de San Damián, Tupicocha y San Lorenzo de Quinti celebran cada año en los canales que la tradición atribuye a su fundación.
| Origen cultural | Yauyo-Huarochirí (sierra de Lima, quechua yauyo, ~1598-1608 documentación) |
| Tipo | Guerrero-dios, hijo primogénito de Pariacaca, uno de los cinco huevos-halcones |
| Función mítica | Conquistar los valles yunca del sur, fundar los pueblos Yauyos y establecer los canales de agua sagrados (pukyuq) |
| Atestación | Manuscrito Quechua de Huarochirí ~1598-1608; Francisco de Ávila 1621; José de Arriaga 1621 |
| Vigencia hoy | Figura central de la identidad huarochirana contemporánea; presente en las ceremonias del agua (pukyu) de San Damián, San Lorenzo de Quinti y Tupicocha |
Tutayquiri encabeza el linaje guerrero de la sierra huarochirana. Su nombre, que las glosas coloniales traducen como «el emplumado» o «el que se cubre de plumas», conserva la huella morfológica de la raíz quechua yauyo tutay- (ocultar, cubrir) unida al morfema -quiri que remite al plumaje de las aves rapaces. Los transcriptores del Manuscrito de Huarochirí, redactado en las primeras décadas del siglo XVII bajo el encargo del extirpador Francisco de Ávila, lo presentan sin ambages como el más agresivo de los cinco hijos del gran Pariacaca, dios de las nieves que domina la cordillera al este de Lima.
El ciclo mítico en que aparece Tutayquiri pertenece a la tradición oral yauyo, un conjunto de relatos que las comunidades de habla quechua de la actual provincia de Huarochirí conservaron durante los siglos previos al contacto con los europeos y que la Corona española, decidida a erradicar las prácticas rituales prehispánicas, terminó paradójicamente documentando por escrito. El manuscrito, hoy conservado en la Biblioteca Nacional de España como Ms. 3169, constituye la única compilación indígena andina en lengua nativa que ha llegado a la actualidad con esa amplitud narrativa. Sin ese texto de 31 capítulos, la memoria de Tutayquiri probablemente se habría diluido en los siglos coloniales hasta perderse por completo.
Este artículo recorre la figura de Tutayquiri en tres tiempos: el contexto del panteón huarochirano en el que emerge junto a sus cuatro hermanos-halcón; el mito propiamente dicho de la conquista de los valles yunca y la fundación de los pueblos Yauyos; y la lectura etnográfica contemporánea que sitúa al guerrero-dios como memoria persistente del orden ritual del agua en la sierra de Lima. La documentación se apoya en la traducción crítica de Gerald Taylor (1987, IEP-IFEA), la edición inglesa de Frank Salomon y George Urioste (1991, Texas UP) y la historia colonial de Karen Spalding (1984, Stanford UP), tres referencias que hoy vertebran el estudio académico del Manuscrito.
El panteón huarochirano y el ciclo de Pariacaca
Índice
Para comprender a Tutayquiri hay que entrar primero en el ciclo de Pariacaca, la deidad principal del panteón yauyo. El Manuscrito de Huarochirí abre con la memoria de un tiempo antiguo en el que dominaba Huallallo Carhuincho, un dios voraz asociado al fuego y al canibalismo ritual, que exigía que cada familia solo pudiera criar dos hijos y devoraba a uno de ellos. Bajo su régimen prosperaban los pueblos yunca de los valles bajos, agricultores costeros que veneraban ídolos de piedra y practicaban ritos que la memoria yauyo posterior recordaría como aberrantes. Este orden antiguo, según la narración indígena, se sostenía sobre la abundancia térmica de las tierras cálidas y sobre una demografía controlada mediante el sacrificio.
En ese tiempo primordial ocurrió el prodigio que cambió el orden del mundo serrano. En la cumbre del nevado Condorcoto aparecieron cinco huevos. De cada uno de ellos emergió un halcón, y cada halcón, al descender a tierra, se transformó en un guerrero-dios. Los cinco eran hermanos y todos juntos formaban a Pariacaca, la deidad plural que a partir de entonces gobernaría las cumbres nevadas al este de Lima. El primogénito y el más aguerrido de los cinco recibió el nombre de Tutayquiri. Los otros cuatro fueron Chuqui Huampo, Sullca-Ylapa, Pacha-Chuyru y Willca, cada uno con atribuciones específicas relacionadas con el rayo, la lluvia, el granizo y los manantiales.
El primer combate cósmico enfrentó a Pariacaca con Huallallo Carhuincho. La batalla, narrada con detalle en los capítulos VIII y IX del Manuscrito, se libró con lluvias torrenciales, huaycos (aludes de barro y agua) y granizadas que anegaron los valles. Huallallo, derrotado, se replegó a las selvas de la Amazonía por el paso de Caquiyoca, en una huida que la tradición yauyo interpreta como el destierro definitivo del régimen antiguo. A partir de ese momento, el orden Yauyo se impuso en la sierra y comenzó la fase de consolidación territorial que los cinco hermanos-halcón llevarían a cabo mediante la conquista sistemática de los valles bajos, todavía habitados por pueblos yunca residuales.
Karen Spalding, en su estudio pivote Huarochirí: An Andean Society Under Inca and Spanish Rule (Stanford UP, 1984, pp. 47-52), subraya que este ciclo no debe leerse como cronología histórica en sentido estricto, sino como memoria etnogenética: los Yauyos, pueblo de habla quechua que en algún momento entre los siglos XI y XV migró desde las alturas hacia los valles medios de la vertiente pacífica, tradujeron su propia expansión territorial en clave mítica. Pariacaca y sus hijos son la personificación de ese movimiento migratorio y de la imposición de un nuevo sistema de propiedad de la tierra y del agua sobre poblaciones costeras preexistentes.
En este marco, Tutayquiri ocupa un lugar singular. Es el primogénito, pero también es el más activo y el que carga con las misiones más difíciles. Mientras Pariacaca se instala en las alturas nevadas para gobernar desde allí, y mientras los otros cuatro hermanos se distribuyen funciones auxiliares, Tutayquiri desciende: baja por los ríos, atraviesa los pisos ecológicos y confronta cara a cara a las poblaciones yunca. Gerald Taylor observa que «Tutayquiri es el hijo que actúa, el que cumple materialmente la conquista que su padre solo ordena» (Taylor, Ritos y tradiciones de Huarochirí, IEP-IFEA, 1987, p. 132). Esta función ejecutiva lo vuelve el más recordado en la memoria oral de las comunidades huarochiranas contemporáneas, y explica que las fundaciones territoriales concretas —canales, mojones, piedras rituales— se le atribuyan de forma preferente a él y no a su padre.
La conquista de los valles yunca y la fundación de los pueblos Yauyos
El episodio central de Tutayquiri ocupa los capítulos XI y XII del Manuscrito de Huarochirí. Una vez derrotado Huallallo Carhuincho, Pariacaca convocó a sus cinco hijos y les asignó territorios. A Tutayquiri, por ser el primogénito y el más aguerrido, le encomendó la expansión hacia el sur: descender por las quebradas del Rímac y del Mala, expulsar a los pueblos yunca que todavía resistían y establecer las fronteras del nuevo orden Yauyo. La misión no era menor: implicaba atravesar tres pisos ecológicos completos, desde la puna helada de la cordillera hasta las tierras cálidas próximas al océano Pacífico.
Tutayquiri partió acompañado de un ejército peculiar. Sus soldados no eran hombres armados, sino huayras —vientos personificados que soplaban con violencia y aterrorizaban a los defensores— y huayancas, yerbas medicinales dotadas de vida propia que curaban a los guerreros de la enfermedad de la altura cuando descendían a los valles bajos. La composición del ejército revela que la conquista narrada tenía una dimensión climática y ecológica: los Yauyos venían de las alturas frías y llevaban consigo el aire y las plantas de la puna, mientras que los yunca representaban la tierra caliente y sus recursos. El combate no era entre dos ejércitos humanos, sino entre dos maneras de habitar el paisaje andino.
El descenso siguió la ruta natural de las quebradas. Tutayquiri fue fundando pueblos y estableciendo mojones sagrados en cada punto del recorrido: Sisicaya, Cochacaya, Chuyca-Cocha, Tumna. En cada asentamiento distribuyó tierras entre sus descendientes Yauyos y trazó los canales de agua —los pukyuq o manantiales dirigidos— que aún hoy irrigan las chacras de las comunidades de San Damián, San Lorenzo de Quinti y Tupicocha. El sistema hidráulico atribuido a Tutayquiri es, en palabras de Frank Salomon y George Urioste, «la infraestructura sagrada que hace posible la vida agrícola en un paisaje donde el agua es escasa y estacional» (The Huarochirí Manuscript, Texas UP, 1991, p. 74).
El capítulo más célebre del ciclo es el encuentro con Chuqui Suso, una mujer yunca a la que Tutayquiri persiguió por los valles del Mala. Chuqui Suso, cuyo nombre remite al maíz y a la fertilidad femenina de las tierras bajas, resistió el avance del guerrero-dios y le exigió que, antes de poseerla, terminara de abrir el canal de Cocachalla que llevaría agua a las chacras de su gente. Tutayquiri accedió y trabajó sin descanso durante toda la noche cavando la acequia. Al amanecer, cuando volvió a buscarla, Chuqui Suso se había convertido en piedra en el punto exacto donde el canal desembocaba en el campo de cultivo. La roca sigue allí, en el actual distrito de San Lorenzo de Quinti, y las comunidades locales continúan honrándola cada año en la fiesta del champería, la limpieza ritual de los canales que abre la temporada de siembra.
La escena de Chuqui Suso es una pieza clave para entender qué significa la conquista en términos huarochiranos. No se trata de un simple sometimiento militar, sino de un pacto ecológico y sexual: el guerrero serrano solo puede acceder a la mujer costera si primero construye la infraestructura hidráulica que permitirá a las tierras bajas producir maíz. La petrificación de Chuqui Suso sella ese pacto en la piedra y transforma la unión en paisaje agrícola permanente. Antoinette Molinié ha señalado que «el episodio de Chuqui Suso es la carta fundacional del régimen de aguas huarochirano: cada acequia es un cuerpo femenino inmovilizado por el trabajo masculino» (Bulletin de l’IFEA, 2013, pp. 45-46).
El ciclo de conquista terminó con la distribución definitiva de los territorios entre los descendientes de Tutayquiri. Los pueblos actuales de la sierra de Lima —Yauyos, Huarochirí, Mama, Chaclla— conservan hasta hoy la memoria de esos linajes fundadores y los relacionan directamente con las cabeceras hidráulicas que rigen la agricultura comunal. Cada ayllu (unidad de parentesco extendido) reclama descender de un ejército particular de Tutayquiri y ese origen mítico le da derecho preferente sobre determinadas fuentes de agua y determinadas franjas de tierra.
Lectura etnográfica: guerrero fundador y memoria del agua
La antropología andina ha leído a Tutayquiri desde varios ángulos que se complementan entre sí. María Rostworowski, en Estructuras andinas del poder (IEP, 1983, pp. 89-95), lo sitúa en la larga tradición de héroes conquistadores fundadores que abundan en los mitos del área andina central: figuras como Manco Cápac en la tradición inca, Naymlap en la costa norte o los hermanos Ayar en el ciclo cuzqueño comparten con Tutayquiri la función de personificar el origen de un linaje territorial. La diferencia radica en el detalle etnográfico: Tutayquiri no se limita a fundar una capital, sino que traza cada canal, cada mojón y cada frontera de un sistema comunal completo.
Karen Spalding aporta la dimensión histórica. En su análisis de los archivos coloniales de la provincia de Huarochirí (Stanford UP, 1984, capítulos 2 y 3) demuestra que las comunidades de la sierra de Lima mantuvieron durante todo el período colonial y republicano la memoria de los linajes fundadores atribuidos a los hijos de Pariacaca. Los pleitos por tierras y aguas que las comunidades entablaron ante los tribunales españoles se apoyaban frecuentemente en genealogías que remontaban a Tutayquiri o a alguno de sus hermanos. La figura del guerrero-halcón funcionó, en el largo plazo, como título de propiedad simbólico que permitía a las comunidades reivindicar territorios ante el poder colonial y, más tarde, ante el Estado peruano republicano.
Un segundo eje interpretativo procede de la etnología del paisaje. Sabine MacCormack, en Religion in the Andes: Vision and Imagination in Early Colonial Peru (Princeton UP, 1991, pp. 156-160), subraya que los mitos huarochiranos no describen un mundo separado del paisaje real, sino que trazan sobre el terreno una geografía sagrada. Cada roca petrificada, cada manantial y cada cumbre nevada mencionados en el Manuscrito son lugares reales que aún hoy se pueden visitar en la provincia. Tutayquiri no es un personaje que existió en un pasado distante: es la memoria activa que las comunidades proyectan sobre el paisaje agrícola cada vez que abren un canal o siembran una chacra.
Un tercer eje es el de la lectura estructural. Gerald Taylor, cuya traducción del Manuscrito sigue siendo la referencia académica hispanohablante, insiste en que la pentada de hermanos-halcón responde a un patrón organizativo típico de las sociedades andinas prehispánicas: los cinco elementos (fuego, viento, agua, tierra, hielo) o las cinco posiciones (arriba, abajo, izquierda, derecha, centro) que ordenan el espacio ritual. Tutayquiri, como primogénito, ocuparía la posición del hijo mayor que abre camino y asume la agresividad expansiva, dejando a sus hermanos las funciones auxiliares. Este patrón se repite con variaciones en otras tradiciones andinas: los hermanos Ayar del ciclo inca son cuatro, pero con la misma estructura de primogénito activo.
Finalmente, la lectura contemporánea insiste en la vigencia. La provincia de Huarochirí, situada entre los 2.000 y los 5.800 metros de altitud a menos de cien kilómetros de Lima, conserva unas cien comunidades campesinas cuyas fiestas del agua —champería, anyacu, huayllía— siguen invocando de manera implícita la memoria de los canales fundados por Tutayquiri. Los antropólogos que han trabajado la región en las últimas décadas, desde la etnografía clásica de Karen Spalding hasta los estudios recientes sobre gestión comunal del agua, coinciden en señalar que el sistema hidráulico atribuido al guerrero-halcón sigue rigiendo la vida agrícola de unos 200.000 habitantes serranos. La figura mítica pervive porque la infraestructura mítica sigue funcionando.
Más allá del mito
Tutayquiri sobrevive hoy como una memoria territorial más que como un culto explícito. Las comunidades huarochiranas contemporáneas no le rinden ceremonias diferenciadas ni sacrificios específicos, pero cada acequia rehabilitada, cada limpieza colectiva de canal y cada distribución anual del agua entre los regantes reactualizan de manera silenciosa el gesto fundador que el Manuscrito atribuye al guerrero-halcón. En algunas fiestas del champería —celebradas todavía en San Lorenzo de Quinti, San Damián y Tupicocha entre los meses de agosto y octubre— los músicos locales interpretan piezas cuyos títulos remiten a personajes del ciclo de Pariacaca, y los ancianos de las comunidades transmiten oralmente fragmentos del relato de Chuqui Suso a los niños que aprenden a limpiar los canales por primera vez.
La preservación del Manuscrito de Huarochirí, hoy digitalizado y accesible en línea desde la Biblioteca Nacional de España, ha permitido que un ciclo mítico redactado en 1608 para ser destruido por los extirpadores se haya vuelto, cuatro siglos después, herramienta pedagógica en las escuelas rurales de la provincia. Los programas de educación intercultural bilingüe de la Dirección Regional de Educación de Lima Provincias incluyen desde la década de 2010 fragmentos del ciclo de Tutayquiri en los materiales de quechua para primaria. La ironía histórica —un texto que Ávila encargó para conocer y erradicar las prácticas prehispánicas terminó salvándolas del olvido— sigue operando en el presente. Cada nueva generación de niños huarochiranos aprende a leer en la misma lengua yauyo que el manuscrito conservó por accidente, y las voces adultas que les enseñan reencuentran así una memoria que la Corona pretendió borrar.
Para quien visite la sierra de Lima, la geografía sigue siendo el mejor manual del ciclo. La piedra de Chuqui Suso, los canales de Cocachalla, el nevado Pariacaca (5.752 metros) y los caseríos que llevan nombres yauyos del Manuscrito son la prueba visible de que el mito nunca se agotó en la palabra: se hizo paisaje y así continúa. La figura de Tutayquiri, apenas un nombre para el lector externo, es para las comunidades locales el nombre del agua misma que llega cada año a las chacras cuando la temporada de lluvias comienza.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Tutayquiri en quechua yauyo?
El nombre Tutayquiri combina dos raíces del quechua yauyo, la variante hablada en la sierra de Lima durante los siglos XVI y XVII. La raíz tutay- remite al verbo «ocultar» o «cubrir», mientras que el morfema -quiri alude al plumaje de las aves rapaces, especialmente del halcón. Las glosas coloniales del Manuscrito de Huarochirí traducen el nombre como «el que se cubre de plumas» o «el emplumado», una descripción que subraya su naturaleza dual: guerrero-halcón que emergió de uno de los cinco huevos que Pariacaca depositó en la cumbre del nevado Condorcoto. Algunas variantes de la tradición oral huarochirana lo transcriben como Tutaykuri, con una vocal final abierta que remite a la forma quechua sureña. Gerald Taylor, en su edición crítica de 1987, mantiene la grafía Tutayquiri por respeto a la ortografía yauyo original que aparece en el manuscrito Ms. 3169 de la Biblioteca Nacional de España.
¿Cuál es la relación entre Tutayquiri y Pariacaca?
Pariacaca es el padre y Tutayquiri es su hijo primogénito. La tradición huarochirana los presenta como una unidad indisociable dentro de un ciclo de cinco: Pariacaca es la deidad plural formada por cinco hermanos-halcón que emergieron simultáneamente de cinco huevos en la cumbre del nevado Condorcoto. Tutayquiri es el mayor y el más aguerrido de esos cinco. Mientras Pariacaca se instala en las alturas nevadas para gobernar desde allí, Tutayquiri desciende activamente hacia los valles y ejecuta materialmente las conquistas territoriales. Los otros cuatro hermanos —Chuqui Huampo, Sullca-Ylapa, Pacha-Chuyru y Willca— asumen funciones auxiliares vinculadas al rayo, la lluvia, el granizo y los manantiales. La díada padre-hijo primogénito estructura toda la mitología yauyo y refleja un patrón organizativo típico de las sociedades andinas prehispánicas, donde la autoridad superior delega la acción expansiva en la generación siguiente.
¿Qué es el Manuscrito de Huarochirí y por qué es importante?
El Manuscrito de Huarochirí es el único compendio de mitología andina en lengua quechua que ha llegado hasta nuestros días con amplitud narrativa. Fue redactado entre 1598 y 1608 por transcriptores indígenas al servicio del extirpador de idolatrías Francisco de Ávila, quien lo encargó para conocer las prácticas rituales prehispánicas y poder erradicarlas con mayor eficacia. La paradoja histórica es evidente: el texto que debía servir para destruir la tradición yauyo terminó salvándola del olvido. El manuscrito, hoy conservado en la Biblioteca Nacional de España como Ms. 3169, contiene 31 capítulos que narran el origen del mundo huarochirano, los ciclos de Huallallo Carhuincho, Pariacaca, Tutayquiri, Chaupiñamca y otras deidades locales. Las traducciones críticas modernas de Gerald Taylor (1987) y de Frank Salomon con George Urioste (1991) han vuelto accesible el texto a lectores contemporáneos en español, inglés y quechua modernizado.
¿Quién fue Chuqui Suso y cuál es su relación con Tutayquiri?
Chuqui Suso es una mujer yunca —del pueblo costero— cuyo nombre remite al maíz y a la fertilidad femenina de las tierras bajas. En el capítulo XI del Manuscrito de Huarochirí, Tutayquiri la persigue durante su campaña de conquista por los valles del río Mala. Chuqui Suso resiste el avance del guerrero-dios y le exige que, antes de poseerla, termine de abrir el canal de Cocachalla que llevará agua a las chacras de su gente. Tutayquiri accede y trabaja toda la noche cavando la acequia. Al amanecer, cuando vuelve a buscarla, Chuqui Suso se ha convertido en piedra en el punto exacto donde el canal desemboca en el campo de cultivo. La roca sigue en el actual distrito de San Lorenzo de Quinti y las comunidades locales la honran cada año en la fiesta del champería, la limpieza ritual de los canales que abre la temporada de siembra agrícola. El episodio funciona como carta fundacional del régimen hidráulico local.
¿Cuál es la vigencia contemporánea del ciclo de Tutayquiri?
La provincia de Huarochirí, situada entre los 2.000 y los 5.800 metros de altitud a menos de cien kilómetros al este de Lima, conserva unas cien comunidades campesinas cuyas fiestas del agua siguen invocando de manera implícita la memoria de los canales que la tradición atribuye a Tutayquiri. Las champerías —limpiezas colectivas de acequias celebradas entre agosto y octubre— se celebran todavía en San Lorenzo de Quinti, San Damián y Tupicocha con la asistencia de todos los regantes de cada canal. Los programas de educación intercultural bilingüe de la Dirección Regional de Educación de Lima Provincias incluyen desde la década de 2010 fragmentos del ciclo huarochirano en los materiales de quechua para primaria. Antropólogos como Karen Spalding y Antoinette Molinié han documentado que el sistema hidráulico atribuido al guerrero-halcón sigue rigiendo la vida agrícola de unos 200.000 habitantes serranos, lo que demuestra que la memoria mítica y la infraestructura material se sostienen mutuamente en la sierra de Lima contemporánea.





