Bagua, el océano personificado del ciclo cosmogónico taíno del Caribe

En síntesis: Bagua es el mar universal taíno, la sustancia primigenia surgida cuando la calabaza que Yaya colgó del techo se rompe accidentalmente y sus contenidos —los huesos del hijo asesinado, Yayael— se transforman en peces y en océano. Es el mar mismo, personificado como origen y como palabra taína, sustancia acuática de la que emergen las Antillas. El término bagua sobrevive todavía en topónimos antillanos y en el arahuaco continental que se hablaba desde Cuba hasta el alto Amazonas. La breve Relación de Ramón Pané, escrita entre 1495 y 1498, preserva el episodio íntegro del ciclo Yaya-Yayael-Deminán, uno de los pocos relatos cosmogónicos taínos que llegaron por escrito hasta el presente.

Origen culturalTaíno arahuaco (Antillas Mayores)
TipoOcéano personificado, sustancia primordial
Función míticaExistir como mar universal surgido de la calabaza rota de Yayael
AtestaciónRamón Pané 1498 caps. IX-XI; Bartolomé de Las Casas ~1555; Pedro Mártir 1516
Vigencia hoyPervivencia toponímica en el Caribe (Baguana, Bagüey, Bagua-Grande peruano por difusión arahuaca) y en arte revitalizado taíno contemporáneo

Los taínos fueron el pueblo arahuaco insular que ocupaba las Antillas Mayores —La Española, Cuba, Puerto Rico, Jamaica— y las Bahamas cuando llegaron los primeros barcos españoles en 1492. Su vida ceremonial giraba en torno al cohoba, ritual chamánico con inhalación de un polvo alucinógeno derivado de la Anadenanthera peregrina, y a los cemíes: figuras talladas en madera, piedra o hueso que representaban espíritus tutelares. Su mundo mítico, aunque profundamente marcado por la catástrofe demográfica del siglo XVI, se salvó en parte gracias a la Relación acerca de las antigüedades de los indios que el fraile jerónimo catalán Ramón Pané compiló por encargo directo de Cristóbal Colón entre 1495 y 1498, conviviendo con el cacique Guarionex en el interior de La Española. Ese texto breve pero fundacional es la fuente donde nace Bagua como palabra registrada.

El ciclo cosmogónico taíno se organiza en tres actos narrativos que Pané recoge en los capítulos IX a XI de su Relación. El primero es la historia de Yaya, espíritu supremo cuyo nombre significa aproximadamente «el que da la vida» o «el principio de todo», y de su hijo Yayael («el hijo de Yaya»). Yayael se rebela contra su padre, quiere matarlo, es desterrado durante cuatro meses y finalmente muerto por Yaya, quien guarda los huesos del hijo en una calabaza (higüera) colgada del techo del bohío. El segundo acto introduce a los cuatro hermanos gemelos, huérfanos de Itiba Cahubaba, que descubren la calabaza y la descuelgan por hambre. El tercero es la ruptura y el nacimiento del mar. Cada acto tiene consecuencias cosmogónicas: el filicidio original, la difusión de los hermanos por el archipiélago y el origen del océano que envolverá para siempre a las Antillas.

Al final del segundo acto los cuatro hermanos, sorprendidos por el regreso inesperado de Yaya, intentan colgar de nuevo la calabaza pero no la aseguran bien. Cae. Se rompe. Del interior brota el líquido que anega la tierra y de esa inundación nace el mar universal. Los huesos que Yayael dejó dentro ya se han transformado en peces vivos y salen con el agua para poblar el océano recién formado. El nombre queda fijado desde ese momento: bagua, el mar taíno, sustancia originaria de la que todo el mundo antillano depende. Cristóbal Colón anotó la palabra en su diario y en su carta de 1493, antes incluso de que Pané llegara a las Indias, prueba de que bagua era vocablo cotidiano de los taínos que encontraron los europeos en Guanahaní. El mito preservado por el fraile catalán da a esa palabra corriente su origen cósmico.

Los taínos, Pané y la memoria salvada del ciclo cosmogónico

Los taínos eran, hacia 1492, el pueblo arahuaco más numeroso del Caribe insular. Ocupaban las Antillas Mayores y las Bahamas, y hablaban una lengua de la familia arahuaca cuya rama continental se extendía por buena parte del norte de Sudamérica, desde la cuenca del Orinoco hasta el alto Amazonas. Los estudios de Julian Granberry y Gary Vescelius sobre las lenguas precolombinas antillanas sitúan la migración inicial de los antepasados taínos por el arco de las Antillas Menores en torno al año 500 d.C., desplazando a los ciguayos y macorixes preexistentes. Al final del siglo XV formaban una sociedad estratificada bajo caciques —kasike, palabra que también legaron al castellano— organizados en cinco grandes cacicazgos en La Española: Marién, Maguana, Higüey, Xaraguá y Magua.

Su vida ceremonial giraba en torno al cohoba, ritual de inhalación de un polvo alucinógeno derivado de la Anadenanthera peregrina, mediante el cual los behíques (chamanes) contactaban con los cemíes: figuras antropomorfas talladas en madera, piedra o hueso que representaban espíritus tutelares. Los cemíes principales eran Yúcahu, señor de la yuca y alimento base del pueblo, y su madre Atabey, diosa de las aguas dulces y de la fertilidad. El ciclo cosmogónico incluía también a Yaya, el creador silencioso; a Guabancex, la diosa del huracán, con sus dos heraldos Guataubá (rayo) y Coatrisquie (lluvia torrencial); a Maquetaurie Guayaba, señor del inframundo Coaybay; y a un vasto elenco secundario de espíritus del bosque, del mar y de la enfermedad. Bagua ocupa un lugar propio dentro de ese elenco: no es cemí antropomorfo, es el mar mismo.

De todo ese mundo mítico apenas sobreviven las páginas que Ramón Pané, fraile jerónimo catalán llegado con Colón en el segundo viaje, escribió por encargo directo del Almirante. Pané convivió con los taínos del cacique Guarionex entre 1495 y 1498 en el interior de La Española, aprendió su lengua y compiló la Relación acerca de las antigüedades de los indios, texto perdido en original pero conservado íntegramente en la traducción italiana de Alfonso de Ulloa incluida en la Historia del almirante de Fernando Colón (Venecia, 1571), y parcialmente citado por Bartolomé de Las Casas en su Apologética historia sumaria y por Pedro Mártir de Anglería en las Décadas del Nuevo Mundo. Es el primer texto etnográfico europeo sobre América y la fuente insustituible del mundo mítico caribeño precolombino.

Sin Pané no existiría Bagua como palabra registrada, ni el ciclo Yaya-Deminán, ni la mayoría de los cemíes con nombre propio que conocemos. La brevedad del texto —unas treinta páginas en las ediciones modernas— contrasta con su densidad: en pocos capítulos preserva la cosmogonía completa, los principales rituales, la genealogía de los cemíes, las prácticas funerarias, la relación con el más allá. José Juan Arrom, filólogo cubano que dedicó décadas a reconstruir el mundo taíno, considera la Relación «el primer texto americano nacido del encuentro». Pese a las dificultades de transmisión textual y a la mediación cultural del cronista, sigue siendo el pilar sobre el que descansa todo estudio serio de la mitología antillana precolombina. Bagua es una de las palabras que Pané salvó del olvido, y con la palabra el episodio íntegro de su nacimiento.

El relato de Pané: la calabaza, los huesos y el mar universal

El relato completo del ciclo aparece en los capítulos IX a XI de la Relación de Pané. En la traducción de Ulloa el pasaje central dice: «un día Yaya fue a ver sus posesiones, y su hijo Yayael, que había querido matar a su padre, fue por él desterrado; y así estuvo desterrado cuatro meses, y después su padre lo mató, y puso sus huesos en una calabaza, y la colgó del techo de su casa, donde estuvo mucho tiempo». El detalle del destierro previo al asesinato es narrativamente denso: convierte el filicidio en respuesta legítima a una amenaza fallida, no en violencia arbitraria. Yaya no reprime al hijo rebelde por completo; lo mata, sí, pero lo guarda. La calabaza colgada del techo es tumba y despensa a la vez, contenedor doméstico transformado en cofre cosmogónico.

Cuando el padre y la madre bajan la higüera y miran dentro, según el texto de Pané, «salieron muchos peces grandes y chicos». Los huesos se han vuelto pesca. Bartolomé de Las Casas, medio siglo después, resume esta parte en su Apologética historia sumaria con matices propios: «poseía Yaya en una calabaza grande, colgada del techo de su bohío, los huesos de su hijo Yayael, los cuales se habían convertido en peces». La transmutación es el motor cosmológico del relato. Yaya y su mujer comen algunos peces y vuelven a colgar la calabaza, ignorando aún que ese contenedor doméstico guarda ya la sustancia con la que se hará el mar universal. La escena preserva un rasgo etnográfico taíno básico: la pesca como sustento primordial, y el mar como fuente inagotable de vida material y ceremonial.

El segundo tiempo llega con los cuatro hermanos gemelos, huérfanos de Itiba Cahubaba, mujer que había muerto en el parto por cesárea póstuma. El mayor se llama Deminán Caracaracol —el sarnoso, el de la piel áspera, atributo mítico que marca al héroe cultural con una carga corporal—; los otros tres son innominados en la Relación. Los cuatro, movidos por el hambre y la curiosidad, entran al bohío de Yaya en su ausencia y descuelgan la calabaza. Comen peces. Al oír que Yaya regresa se apresuran a colgarla otra vez, «y por la prisa —dice Pané— no la ataron bien, de manera que cayó en tierra y se quebró». La ruptura no es acto deliberado de rebelión: es torpeza infantil de gemelos huérfanos que actúan por miedo al padre ajeno. Pero la consecuencia cósmica es inmediata y sin retorno.

Del líquido interior brotó el mar: «de aquella calabaza salió tanta agua —cierra Pané la escena— que llenó toda la tierra, y con ella salieron muchos peces». La palabra que los taínos usaban para este océano nacido de la higüera era bagua. Fernando Ortiz, en su Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), observa que bagua es la palabra taína registrada por Pané y por Colón —quien la anotó en su diario y en su carta a Luis de Santángel de 1493, antes de que Pané llegara— y que se conserva en topónimos antillanos como Baguana («lugar del mar») y en el hidrónimo continental Bagua peruano, prueba de la difusión arahuaca desde el continente hacia el arco insular. El mar universal tiene, en el mundo taíno, este nombre y este origen: la calabaza rota de Yayael, la torpeza de los hermanos y el líquido inagotable que anega la tierra.

Sacrificio primordial y paralelos del mar-madre en América

El ciclo Yaya-Yayael-Bagua pertenece al vasto conjunto de mitos amerindios y del mundo en que el mar primordial precede a la tierra habitada y surge de un cuerpo divino roto o sacrificado. José Juan Arrom, en su Mitología y artes prehispánicas de las Antillas (Siglo XXI, 1975/1989), señala que el motivo del hijo asesinado por el padre cuyos huesos se transforman en fuente de alimento es una variante caribeña del tema pan-americano del sacrificio primordial del que nace la fertilidad. Los paralelos abundan más allá del continente: Tiamat, monstruo primigenio babilonio, es partido en dos por Marduk para formar el cielo y la tierra; Nun, océano primigenio egipcio, es la sustancia acuática de la que emerge la primera colina; Nammu, madre sumeria de todas las cosas, es identificada con el mar de agua dulce del que nace el orden del mundo.

En territorio amerindio los ecos son más próximos y sugerentes. Los ye’kwana de la Orinoquia venezolana relatan que Wanadi, hijo del sol, emerge de las aguas cósmicas para poblar el mundo; los uitoto colombianos describen a Nainuema, el padre creador, que extrae la tierra de un mar primordial con un sonajero mágico; en el Popol Vuh k’iche’ el cielo y el mar preexisten a la creación y los dioses acuáticos Tepeu y Gucumatz deliberan sobre las aguas antes de decir «tierra». El taíno Bagua ocupa esta misma posición estructural: es el mar-madre, la sustancia primordial de la que emerge todo lo demás y en la que están inmersas para siempre las islas del Caribe. Ninguna tierra sin mar; ningún mundo antillano sin bagua.

La particularidad caribeña reside en el origen sacrificial doméstico. Bagua no preexiste en absoluto; nace de la ruptura de una calabaza que contiene los huesos-peces del hijo del creador. Antonio Stevens-Arroyo, en Cave of the Jagua: The Mythological World of the Taínos (UNM Press, 1988; reed. 2006), interpreta el episodio como una expresión del principio antillano de que toda vida acuática deriva de un acto originario de violencia contenida seguido de ruptura accidental. La calabaza —higüera de Crescentia cujete— es contenedor doméstico por excelencia en el bohío taíno: recipiente de agua, de semillas, de bebidas fermentadas. Que el mar universal salga de una higüera casera invierte la escala habitual y hace del bohío el escenario cósmico donde nace el mundo. El cosmos taíno es doméstico en su origen material y ritual.

Julian Granberry y Gary Vescelius, en Languages of the Pre-Columbian Antilles (University of Alabama Press, 2004), sitúan bagua en el fondo léxico común arahuaco continental: la palabra deriva probablemente del proto-arahuaco *bakwa («agua grande, mar»), reconstruido a partir de cognados en lenguas arahuacas del norte de Sudamérica como el achagua, el lokono y el guajiro. Esto da al mito una profundidad temporal notable: la palabra bagua es más antigua que las Antillas taínas mismas, y viajó con las migraciones arahuacas desde el continente hacia el arco insular a lo largo del primer milenio d.C. El mar que nace de la calabaza tenía nombre antes de tener origen mítico registrado por escrito. Sebastián Robiou-Lamarche, en su Encuentro con la mitología taína (Punto y Coma, 2006), sugiere que la propia narrativa Yaya-Deminán probablemente fue elaborándose durante siglos en las islas para dar cuerpo mítico a una palabra ya heredada del continente.

Más allá del mito

Cinco siglos después de la caída de la calabaza, bagua sigue vivo como palabra. Sobrevive en el diccionario etimológico del castellano antillano, en topónimos rurales que los institutos cartográficos dominicano, cubano y puertorriqueño continúan registrando en sus mapas oficiales, en el hidrónimo Bagua-Grande peruano que testimonia la difusión arahuaca continental. Es una de las palabras taínas más antiguas conservadas en documento europeo: Cristóbal Colón la anotó personalmente en 1493, en la carta que dirigió a Luis de Santángel para dar noticia de las Indias descubiertas, antes incluso de que Pané llegara a la isla. La memoria del mar taíno viaja con el vocablo que lo nombra, y con el vocablo viaja también el episodio íntegro de la calabaza rota que le dio origen mítico.

El arte taíno contemporáneo, revitalizado desde finales del siglo XX por movimientos culturales en República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, ha recuperado a Bagua como imagen. Pintores como el dominicano Vicente Pimentel y grabadores puertorriqueños han representado la escena de la calabaza rompiéndose y del mar emergiendo, dando forma visual a un episodio que Pané dejó apenas esbozado en pocas líneas. Museos como el Centro León (Santiago de los Caballeros), el Museo del Barrio (Nueva York) y el Museo del Hombre Dominicano (Santo Domingo) exhiben interpretaciones plásticas del ciclo Yaya-Yayael-Deminán que sitúan a Bagua en su papel de sustancia originaria del Caribe. Las diásporas taínas contemporáneas —autoidentificadas como neotaínos en Estados Unidos y en el archipiélago— han hecho del mito parte de su renovación identitaria y de su producción artística visible en ferias, festivales y publicaciones digitales.

Pero quizá el legado más silencioso de Bagua sea meteorológico y cotidiano. Los taínos vivían el mar como fuerza omnipresente y personificada: la palabra bagua describía tanto la superficie oceánica como el elemento primordial. Al heredar el vocabulario, el castellano caribeño heredó también, sin saberlo, una manera de nombrar el océano que no lo trata como paisaje inerte sino como cuerpo con historia. En la voz de un pescador cubano de Baracoa, en el habla de un ganadero del Cibao dominicano cuando cruza un río llamado Baguey, en la memoria de un cronista del siglo XIX que registra topónimos de la costa haitiana, resuena todavía el eco del bohío de Yaya y de la higüera que cayó al suelo hace cinco siglos. Bagua es el mar mismo; y en el Caribe, todo el mundo depende del mar y del nombre antiguo con que sigue siendo nombrado.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente Bagua en la mitología taína?

Bagua es el nombre taíno del mar universal, océano primordial que envuelve las islas del Caribe. Funciona como sustantivo común («mar») y como sujeto mítico: la sustancia acuática nacida de la ruptura de la calabaza donde Yaya guardaba los huesos de su hijo Yayael, ya transformados en peces. No es una diosa antropomorfa como Atabey; es el mar mismo, con carga cosmológica, personificado por tener origen narrativo. Cristóbal Colón anotó la palabra en 1493 y Ramón Pané preservó el episodio íntegro entre 1495 y 1498.

¿Quién relató por primera vez el mito de Bagua?

El fraile jerónimo catalán Ramón Pané, encargado por Colón durante el segundo viaje (1493-1496), recogió el mito. Convivió con los taínos del cacique Guarionex en La Española entre 1495 y 1498, aprendió su lengua y escribió la Relación acerca de las antigüedades de los indios, primer texto etnográfico europeo sobre América. Los capítulos IX a XI contienen el ciclo Yaya-Yayael-Deminán del que emerge Bagua. Bartolomé de Las Casas y Pedro Mártir recogieron después variantes basadas en su obra.

¿Qué relación tiene Bagua con Yayael y Yaya?

Bagua es literalmente el líquido interior del cadáver de Yayael, hijo del creador Yaya. Yaya mató a su hijo por traición —Yayael había querido matar a su padre— y guardó sus huesos en una calabaza colgada del techo del bohío. Cuando la calabaza cayó y se rompió, derribada por Deminán y sus tres hermanos gemelos en huida ante el regreso de Yaya, los huesos ya se habían transformado en peces y el contenido acuoso se expandió sin límite: nació Bagua, el mar universal.

¿Existen paralelos entre Bagua y otras mitologías del mar primigenio?

Sí. El motivo del mar primordial que antecede a la tierra es casi universal. Tiamat en Babilonia, Nun en Egipto, Nammu en Sumeria personifican aguas cosmogónicas rotas para formar el mundo. En América los paralelos abundan: Wanadi ye’kwana emerge de aguas cósmicas; los uitoto describen a Nainuema extrayendo la tierra del mar primordial; el Popol Vuh k’iche’ presenta a Tepeu y Gucumatz deliberando sobre las aguas. La particularidad taína es el origen sacrificial doméstico: Bagua nace de una calabaza colgada en un bohío.

¿Cómo sobrevive hoy la memoria de Bagua?

La palabra bagua se conserva en topónimos antillanos (Baguana en Cuba, Bagüey en República Dominicana) y en el hidrónimo continental Bagua-Grande peruano, testimonio de la difusión arahuaca. Julian Granberry y Gary Vescelius rastrearon su etimología hasta el proto-arahuaco *bakwa. El arte taíno contemporáneo revitalizado en las Antillas y en la diáspora ha recuperado la escena mítica en pintura, grabado y escultura, con obras expuestas en el Centro León y el Museo del Barrio. El castellano caribeño heredó una manera de nombrar el mar.

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