Para empezar. Achachila —del aimara achachi, «abuelo», con paralelo femenino awicha, «abuela»— es el ancestro-montaña del panteón aimara del Altiplano andino, espíritu tutelar de las comunidades que habitan la meseta interior entre los actuales departamentos bolivianos de La Paz y Oruro, el departamento peruano de Puno y las regiones norteñas de Chile. El sistema es paralelo pero distinto al de los apu quechuas del Cusco: cada comunidad aimara tiene sus achachila locales del propio territorio, y a nivel supra-regional se reconocen los grandes achachila del Altiplano —Illimani, Sajama, Illampu, Huayna Potosí, Ancohuma, Pomerape, Parinacota. Ludovico Bertonio consignó la entrada en su Vocabulario de la lengua aymara de 1612, y la tradición etnográfica reciente —Thérèse Bouysse-Cassagne, Nathan Wachtel, Xavier Albó, Denise Y. Arnold— ha documentado la vigencia ritual continua del culto a través de la ch’alla (libación) y del k’oa (ofrenda ritual con sahumerio, coca y alcohol) que las comunidades siguen ofreciendo cada primero de agosto y en el equinoccio de septiembre, con oficiantes yatiri activos hoy en El Alto, La Paz, Oruro y Puno.
| Origen cultural | Pueblos aimaras (jaqi, «personas» en la propia lengua) del Altiplano andino, meseta interior de 3.600 a 4.200 metros de altitud que se extiende por el occidente de Bolivia (departamentos de La Paz, Oruro y Potosí), sur del Perú (departamento de Puno) y norte de Chile (regiones de Arica-Parinacota y Tarapacá); comunidades organizadas en ayllus y markas con continuidad demográfica millenaria desde el horizonte Tiwanaku (siglos IV-XI d.C.) |
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| Tipo | Sistema de ancestros-montañas sagradas del panteón aimara; espíritus tutelares territoriales identificados con cumbres nevadas y cerros mayores; oficio paralelo al de los apu quechuas del Cusco, con etimología y elaboración ritual propios |
| Función mítica | Proteger la comunidad desde la cumbre, garantizar la fertilidad agrícola y ganadera, propiciar las lluvias del ciclo agrícola de octubre a marzo, recibir las ofrendas rituales de ch’alla y de k’oa en las fechas mayores (primero de agosto, equinoccio de septiembre, solsticio de junio), acompañar a los muertos del ayllu en su tránsito hacia el ukhupacha |
| Atestación | Ludovico Bertonio, Vocabulario de la lengua aymara (Juli, Chucuito, 1612), entrada específica «achachila»; Alonso Ramos Gavilán, Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana (Lima, 1621); Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo (~1653); tradición etnográfica moderna en Thérèse Bouysse-Cassagne, Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, La Paz, 1988); Nathan Wachtel, Le retour des ancêtres: Les Indiens Urus de Bolivie XXe-XVIe siècle (Gallimard, Paris, 1990; edición española Fondo de Cultura Económica 2001); Xavier Albó, varios trabajos CIPCA-La Paz desde 1979; Denise Y. Arnold, Hacia un orden andino de las cosas: Tres pistas de los Andes meridionales (Hisbol, La Paz, 1992) |
| Vigencia hoy | Peregrinaciones y ceremonias en las cumbres achachila (Illimani, Sajama, Illampu, Huayna Potosí); rituales urbanos de ch’alla y k’oa en El Alto, La Paz, Oruro y Puno; oficio activo de los yatiri (sabios aimaras); sincretismo colonial con la Virgen del Socavón de Oruro (Carnaval de Oruro, Patrimonio Inmaterial UNESCO 2001) y con la Virgen de Copacabana (patrona de Bolivia desde 1925); presencia en el discurso identitario aimara boliviano contemporáneo del suma qamaña («Vivir Bien») |
La geografía sagrada de los pueblos andinos organiza el territorio en un mapa de espíritus tutelares donde las cumbres, los cerros nevados, las lagunas de altura y los volcanes son a la vez accidentes geológicos y personas divinas. Es una tradición pan-andina compartida por las dos grandes matrices lingüísticas del área —quechua y aimara— y con continuidades hacia el norte, entre los muisca del altiplano cundiboyacense, y hacia el sur, entre los mapuche del sur andino. Dentro de esa geografía sagrada, cada tradición cultural elabora el sistema con su vocabulario propio, con su ritualidad específica y con su jerarquía de cumbres mayores y menores. El sistema quechua se organiza en torno al concepto de apu («señor»), difundido desde el Cusco imperial inca a partir del siglo XV y bien documentado por los cronistas coloniales de tradición cuzqueña. El sistema aimara, más antiguo, se organiza en torno al concepto de achachila («abuelo») y se enraiza en la matriz cultural del Altiplano boliviano-peruano-chileno con continuidad demográfica desde Tiwanaku, cuya capital arqueológica floreció al sur del lago Titicaca entre los siglos IV y XI de nuestra era.
La lengua aimara y sus hablantes forman hoy uno de los dos grandes pueblos originarios andinos del continente. Los censos recientes contabilizan aproximadamente dos millones de hablantes de aimara distribuidos entre Bolivia —donde constituyen la segunda lengua indígena del país tras el quechua, con núcleo en los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí—, el sur del Perú —departamento de Puno, principalmente en las provincias del contorno del lago Titicaca— y el extremo norte de Chile, en las regiones de Arica-Parinacota y Tarapacá. Los propios hablantes se autodenominan jaqi («personas») en su lengua, y llaman jaqi aru («lengua de las personas») al idioma. La lengua es tipológicamente aglutinante, presenta un sistema de sufijos verbales complejo y comparte con el quechua algunos rasgos tipológicos —resultado de milenios de contacto areal— sin que ello suponga parentesco genético demostrado; la mayoría de los lingüistas contemporáneos, incluido Rodolfo Cerrón-Palomino en Voces del Ande (Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 2008), tratan aimara y quechua como familias distintas con contacto histórico intenso.
Dentro de ese universo lingüístico y cultural, el sistema achachila cumple una función precisa: nombra al ancestro-montaña que protege a la comunidad desde la cumbre. La etimología es transparente y fue registrada por Bertonio ya en 1612: achachi significa «abuelo» en aimara y la forma achachila añade el matiz reverencial. El sistema está organizado en dos niveles: cada ayllu —la comunidad territorial aimara básica, unidad de parentesco extendido y de propiedad colectiva del suelo— tiene sus achachila locales, típicamente los cerros tutelares del propio territorio; y a nivel supra-regional se reconocen los grandes achachila del Altiplano, cumbres nevadas mayores cuyo culto atraviesa los límites del ayllu individual y de la marka (pueblo aimara mayor) para convocar peregrinaciones desde comunidades distantes. La jerarquía es un espejo religioso preciso de la organización política aimara tradicional, en la que el malku (jefe local, palabra que también significa «cóndor» en aimara) responde al jach’a mallku (gran jefe supra-comunitario) en un orden segmentario documentado por Xavier Albó y por Tristan Platt desde los años 1970.
Los abuelos-montaña del panteón aimara y el sistema de apus paralelo
Índice
El corpus supra-regional de los grandes achachila del Altiplano incluye media docena de cumbres mayores cuya presencia domina el paisaje visual y ritual de los pueblos aimaras. El Illimani, situado en la cordillera Real al sureste de la ciudad de La Paz, alcanza los 6.438 metros y es el achachila tutelar de la sede administrativa boliviana; su silueta triple es visible desde toda la hoyada paceña y desde El Alto, y aparece en la iconografía institucional y turística del departamento. El Sajama, con 6.542 metros, es el volcán más alto de Bolivia; se levanta en el departamento de Oruro cerca de la frontera chilena, dentro del actual Parque Nacional Sajama creado en 1939, el primer parque nacional boliviano. El Illampu, de 6.368 metros, domina la localidad de Sorata, en el norte del departamento de La Paz. El Huayna Potosí, de 6.088 metros, está a apenas veinticinco kilómetros al norte de La Paz y es una de las cumbres más ascendidas por montañistas del mundo. El Ancohuma (6.427 metros), el Pomerape y el Parinacota (dos volcanes gemelos de la frontera Chile-Bolivia) completan la nómina supra-regional principal. Para Illimani y Sajama existen tradiciones míticas locales específicas con narrativa propia recogida por la etnografía contemporánea.
El contraste entre el sistema aimara de achachila y el sistema quechua de apu es una de las claves de la lectura académica del panteón andino en su conjunto. Los apu del Cusco imperial —bien documentados por los cronistas Juan de Betanzos (1551), Bernabé Cobo (~1653) y Cristóbal de Molina el cuzqueño (1573)— son los espíritus de las cumbres andinas oficializados por el estado inca en el sistema de ceques, las líneas rituales que salían del Coricancha de la capital imperial hacia las 328 huacas del territorio circundante. La palabra apu significa «señor» en runasimi (el nombre autóctono del quechua, «boca de la gente») y remite a la autoridad política sacralizada. Los grandes apu quechuas incluyen al Ausangate, el más alto del sur del Perú, y al Salkantay en la ruta a Machu Picchu, con peregrinaciones vivas hoy documentadas por el Qoyllur Rit’i (Patrimonio Inmaterial UNESCO 2011). El sistema aimara de achachila es más antiguo —anterior a la expansión inca del siglo XV— y presenta una elaboración lingüística y ritual autónoma que la extirpación colonial y la sobre-imposición del quechua imperial no lograron desdibujar.
El sistema aimara incluye otras figuras complementarias que forman con los achachila una constelación coherente. El malku, palabra que designa a la vez al jefe humano de la comunidad y al cóndor sagrado que sobrevuela las cumbres, funciona como mediador simbólico entre el mundo humano y el mundo achachila. La pachamama —figura pan-andina asociada a la fertilidad de la tierra y compartida con el quechua— recibe ofrendas paralelas a las de los achachila, típicamente en las mismas fechas rituales. Las illa (piedras sagradas asociadas al ganado y a las cosechas) son ofrecidas a los achachila durante las ceremonias del solsticio y del equinoccio. Y la geografía del cosmos aimara se divide en tres niveles —alaxpacha (cielo superior), kaypacha (mundo de aquí) y ukhupacha (mundo de abajo)— en cuya frontera media residen los achachila como intermediarios entre los vivos y los muertos. La antropóloga Denise Y. Arnold documentó este esquema tripartito en Hacia un orden andino de las cosas: Tres pistas de los Andes meridionales (Hisbol, La Paz, 1992), obra fundadora de la etnografía aimara contemporánea centrada en la comunidad de Qaqachaka (Oruro).
La jerarquía interna del sistema achachila reproduce con precisión la estructura política aimara tradicional. En el nivel más bajo, cada comunidad de ayllu reconoce a los achachila del cerro tutelar local, típicamente uno o dos cerros de mediana altura visibles desde la comunidad; el rito principal es la ch’alla individual o familiar al inicio del ciclo agrícola. En el nivel intermedio, la marka —el pueblo aimara mayor que agrupa varios ayllus— reconoce a los achachila del propio territorio con ceremonias colectivas coordinadas por los jilaqata (autoridades tradicionales rotativas) y por los yatiri (oficiantes rituales especializados). En el nivel supra-regional, los grandes achachila del Altiplano —Illimani, Sajama, Illampu— convocan peregrinaciones desde múltiples markas. El esquema segmentario permite entender por qué el culto achachila ha sobrevivido a cinco siglos de presión colonial, republicana y modernizadora: su base territorial es la propia comunidad, y su reproducción no depende de la existencia de un centro ritual único que la extirpación pudiera destruir de golpe.
De Ludovico Bertonio (1612) a Nathan Wachtel (1990) y Xavier Albó: la construcción del corpus aimara
Ludovico Bertonio, jesuita italiano nacido en 1552 en Rocca Contrada (Marche, Italia) y llegado al Perú en 1581, es la fuente colonial central para la lengua y la religión aimaras. Se instaló en 1585 en el pueblo de Juli, dentro del corregimiento de Chucuito, a orillas del lago Titicaca, y allí residió con interrupciones hasta su muerte en 1625, dedicando cuatro décadas de trabajo lingüístico continuado a la elaboración del corpus jesuita aimara. Publicó primero el Arte y grammatica muy copiosa de la lengua aymara (Roma, 1603), después el Vocabulario de la lengua aymara (Juli, 1612) —bilingüe castellano-aimara y aimara-castellano en dos volúmenes—, y una serie de textos catequéticos, confesionarios y sermonarios trilingües latín-castellano-aimara. La entrada específica de achachila en el Vocabulario lo define como «abuelo o ascendiente» y consigna las formas compuestas asociadas al culto de los cerros ancestros, sentando así el primer registro lexicográfico del sistema. Sin ese registro temprano, la etimología aimara del término no habría podido documentarse con la precisión que hoy permite reconstruir la genealogía del panteón altiplánico.
Los otros cronistas coloniales completan el corpus temprano con referencias fragmentarias. Alonso Ramos Gavilán, agustino, publicó en Lima en 1621 su Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana, donde el libro primero está dedicado al culto pre-inca en el santuario del Titicaca y consigna informaciones sobre el sustrato aimara previo a la superposición imperial cuzqueña —incluida la tradición itinerante del héroe Tunupa, el dios aimara del rayo que caminaba enseñando por el Altiplano. Bernabé Cobo, jesuita también, sintetizó en su Historia del Nuevo Mundo (redactada hacia 1653 aunque no publicada íntegra hasta el siglo XIX) las noticias anteriores y añadió observaciones etnográficas de primera mano sobre las prácticas rituales aimaras del contorno del Titicaca. La documentación de extirpación de idolatrías del siglo XVII —Francisco de Ávila en Huarochirí y sus sucesores en las visitas pastorales del arzobispado de Lima— aporta menciones incidentales al culto de los cerros ancestros que confirma la vitalidad del sistema achachila en pleno período colonial.
La reactualización académica del corpus aimara comenzó en los años 1980 con dos obras fundamentales de la etnohistoria europea. La historiadora francesa Thérèse Bouysse-Cassagne, investigadora del CNRS y de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, publicó en 1988 Lluvias y cenizas: dos Pachacuti en la historia (Hisbol, La Paz), libro que reconstruyó la historia larga de los pueblos aimaras del Altiplano a partir de las fuentes coloniales del siglo XVI-XVII cruzadas con la etnografía moderna. Bouysse-Cassagne demostró la profundidad temporal del sustrato aimara pre-inca y propuso la hipótesis —posteriormente aceptada por buena parte del andinismo— de que la figura de Tunupa habría sido absorbida por el Wiracocha del panteón inca durante el proceso de consolidación imperial del siglo XV. Nathan Wachtel, catedrático del Collège de France, publicó en 1990 Le retour des ancêtres: Les Indiens Urus de Bolivie XXe-XVIe siècle (Gallimard, París; edición española en el Fondo de Cultura Económica, 2001), obra de historia inversa —del presente hacia el pasado— sobre los pueblos urus del contorno del Poopó cuya continuidad con la matriz aimara antigua permitió reconstruir el sistema ritual con una profundidad inaccesible desde las fuentes coloniales aisladas.
La etnografía contemporánea boliviana ha completado el corpus con trabajos sostenidos desde los años 1970. Xavier Albó, jesuita catalán instalado en Bolivia desde 1965, fundó en 1970 el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA-La Paz) y publicó desde entonces una serie extensa de estudios sobre las comunidades aimaras del Altiplano —entre ellos La paradoja aymara: Solidaridad y facciosismo (CIPCA, La Paz, 1979), que se convirtió en referencia obligada para la comprensión de la organización política del ayllu. La antropóloga británica Denise Y. Arnold, radicada en La Paz desde los años 1980, dirige el Instituto de Lengua y Cultura Aymara y ha publicado, además de Hacia un orden andino de las cosas (1992), la obra colectiva The Metamorphosis of Heads: Textual Struggles, Education, and Land in the Andes (University of Pittsburgh Press, 2006) con el lingüista aimara Juan de Dios Yapita. Verónica Cereceda, en varios trabajos sobre iconografía y textiles aimaras, ha demostrado la continuidad visual entre las representaciones prehispánicas del Altiplano y los aguayos ceremoniales aimaras contemporáneos. El conjunto de estos trabajos ha permitido reconstruir el sistema achachila como un objeto etnográfico de continuidad histórica larga y de vitalidad ritual sostenida.
La ch’alla, el k’oa y la vigencia ritual contemporánea en El Alto y La Paz
Los dos rituales centrales del sistema achachila son la ch’alla y el k’oa. La ch’alla es la libación ritual: consiste en derramar sobre la tierra unas gotas de la bebida antes de beberla, en signo de ofrenda a los achachila y a la Pachamama. Puede acompañar cualquier consumo de bebida alcohólica —cerveza, chicha de maíz, alcohol de caña— y es un gesto que se ha extendido más allá del ámbito estrictamente ritual hasta convertirse en marca identitaria del comportamiento social aimara contemporáneo. El k’oa es más elaborado: consiste en la quema ritual, sobre un pequeño brasero de barro, de un conjunto de materiales dispuestos según un orden preciso —sahumerios (copal, incienso, palo santo), dulces figurados o «misterios» de azúcar con formas simbólicas, hojas de coca, grasa de llama, fetos de llama disecados (sullu) y libaciones de alcohol de caña. La ofrenda se prepara sobre un despacho o mesa ritual dispuesto sobre un aguayo —tela ceremonial tejida— y es oficiada típicamente por un paqo (oficiante ritual quechua) o por un yatiri (sabio aimara), quienes distribuyen los materiales según un orden establecido antes de encenderlos y de observar la dirección del humo, que se interpreta como respuesta del achachila.
Las fechas rituales del ciclo achachila están sincronizadas con el calendario agrícola andino y con los grandes marcadores astronómicos. El primero de agosto abre el mes de la Pachamama, con ofrendas colectivas de k’oa en cada familia y en cada comunidad para propiciar el inicio del ciclo agrícola de siembra que comienza en septiembre. El equinoccio de septiembre es la fecha central de peregrinación a los grandes achachila supra-regionales, con ascensiones colectivas a las cumbres nevadas y con ofrendas depositadas en las cuevas de altura donde reposan momias precolombinas conservadas por la sequedad del aire altiplánico. El solsticio de junio marca el Willkakuti o Machaq Mara (año nuevo aimara), celebrado oficialmente desde 1980 en el sitio arqueológico de Tiwanaku con ceremonia amanecer, y elevado a fiesta oficial boliviana desde 2009 por decreto del gobierno de Evo Morales. Y el carnaval, especialmente el Carnaval de Oruro (Patrimonio Inmaterial UNESCO 2001), integra rituales achachila con danzas de la Diablada, de los Morenos, de los Caporales y de las Kullawadas en un ciclo festivo colectivo que dura una semana.
El sincretismo católico colonial es una capa constitutiva del sistema achachila contemporáneo, no un añadido superficial. La Virgen del Socavón de Oruro —imagen que la tradición sitúa como aparecida en el socavón de una mina hacia finales del siglo XVIII— es la patrona de los mineros aimaras y quechuas del departamento y funciona como advocación pública del culto a la Pachamama y a los achachila mineros del Cerro Rico de Potosí y del propio distrito minero de Oruro; el Carnaval de Oruro que la celebra fue reconocido por la UNESCO en 2001 como una de las expresiones patrimoniales inmateriales de la humanidad. La Virgen de Copacabana, cuya imagen fue tallada en 1583 por el escultor indígena Francisco Tito Yupanqui y entronizada en la iglesia agustina construida sobre los restos del santuario aimara pre-inca del propio pueblo de Copacabana, fue declarada patrona de Bolivia por el papa Pío XI en 1925 y absorbe simbólicamente el sustrato aimara previo documentado por Ramos Gavilán en 1621. El sincretismo no encubre el sustrato achachila sino que lo mantiene activo bajo una capa devocional católica que la iglesia colonial y republicana no lograron desmontar por completo.
La ciudad de El Alto es hoy el escenario urbano principal de la vigencia contemporánea del culto achachila. Fundada oficialmente como distrito urbano en 1985 y erigida en ciudad autónoma en 1988, El Alto se extiende sobre la meseta altiplánica a 4.150 metros de altitud —a un desnivel de unos 400 metros sobre la hoyada de La Paz— y ha crecido en cuatro décadas hasta superar el millón de habitantes, la mayoría aimaras o de origen aimara migrado desde las comunidades rurales del departamento. Los rituales achachila urbanos se celebran con intensidad en El Alto en las mismas fechas del ciclo tradicional: la ch’alla del primero de agosto, las ofrendas domésticas de k’oa, la peregrinación al Illimani visible desde toda la ciudad. Los yatiri están oficialmente reconocidos por la Federación Departamental de Yatiris de La Paz y ofician servicios rituales en mercados especializados —notablemente el Mercado de las Brujas de La Paz (calle Linares) y sus equivalentes en El Alto—, con presencia visible en la iconografía urbana y en la ritualidad cotidiana de la sociedad aimara contemporánea. El movimiento político MAS de Evo Morales, en el poder entre 2006 y 2019, invocó explícitamente el discurso achachila-Pachamama como base identitaria del programa del suma qamaña («Vivir Bien»), inscrito en la Constitución boliviana de 2009 como principio ordenador del Estado plurinacional.
Más allá del mito
Bertonio (1612), Ramos Gavilán (1621) y Cobo (~1653) documentaron el sistema achachila en el corpus colonial temprano; Bouysse-Cassagne (1988), Wachtel (1990), Albó (CIPCA-La Paz desde 1979) y Arnold (1992) reconstruyeron su historia larga y su vigencia ritual en la etnografía moderna. El sistema es hoy un rasgo constitutivo de la identidad aimara contemporánea, con base demográfica de dos millones de hablantes entre Bolivia, Perú y Chile y con continuidad ritual activa en el ciclo agrícola, en las fechas mayores del calendario y en el sincretismo católico colonial de la Virgen del Socavón y de la Virgen de Copacabana. Los grandes achachila del Altiplano —Illimani, Sajama, Illampu, Huayna Potosí— siguen convocando peregrinaciones anuales, y los yatiri siguen oficiando la ch’alla y el k’oa en las comunidades del Titicaca, del Poopó y del contorno urbano de La Paz y de El Alto. La figura del abuelo-montaña no es una supervivencia folclórica sino una teología viva en la Bolivia contemporánea del suma qamaña, comparable en vitalidad ritual a los cultos quechuas del sur del Perú documentados en el Qoyllur Rit’i del Ausangate.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los achachila en la tradición aimara?
Los achachila —del aimara achachi, «abuelo»— son los ancestros-montañas sagradas del panteón aimara del Altiplano andino, espíritus tutelares que protegen a las comunidades desde las cumbres nevadas. El sistema es paralelo pero distinto al de los apu quechuas del Cusco: cada comunidad aimara tiene sus achachila locales del propio territorio, y a nivel supra-regional se reconocen los grandes achachila del Altiplano (Illimani, Sajama, Illampu, Huayna Potosí). La palabra fue registrada por Ludovico Bertonio en su Vocabulario de la lengua aymara publicado en Juli en 1612.
¿Cuáles son los grandes achachila del Altiplano?
Los principales achachila supra-regionales incluyen el Illimani (6.438 m, La Paz), tutelar de la sede administrativa boliviana; el Sajama (6.542 m, Oruro), volcán más alto de Bolivia dentro del Parque Nacional Sajama creado en 1939; el Illampu (6.368 m), sobre Sorata en el norte de La Paz; el Huayna Potosí (6.088 m), a veinticinco kilómetros de La Paz; el Ancohuma (6.427 m); y los volcanes gemelos Pomerape y Parinacota en la frontera Chile-Bolivia. Cada uno tiene un ciclo mítico local con narrativa propia y convoca peregrinaciones anuales desde comunidades aimaras del entorno regional.
¿Qué relación tienen con los apu quechuas?
Ambos son sistemas de espíritus tutelares de las montañas dentro del universo andino, pero corresponden a dos matrices lingüísticas y culturales distintas. Los apu quechuas —del runasimi apu, «señor»— fueron oficializados por el estado inca en el sistema de ceques del Cusco imperial y son bien documentados por los cronistas cuzqueños del siglo XVI. Los achachila aimaras son más antiguos, anteriores a la expansión inca del siglo XV, y presentan una elaboración lingüística y ritual autónoma. Cerrón-Palomino en Voces del Ande (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008) trata aimara y quechua como familias lingüísticas distintas con contacto histórico intenso, sin parentesco genético demostrado.
¿Qué son la ch’alla y el k’oa?
La ch’alla es la libación ritual: consiste en derramar unas gotas de bebida sobre la tierra antes de beberla, en ofrenda a los achachila y a la Pachamama. El k’oa es más elaborado y consiste en la quema ritual, sobre un brasero de barro, de un conjunto de materiales —sahumerios, dulces figurados, hojas de coca, grasa de llama, fetos de llama disecados (sullu), libaciones de alcohol— dispuestos sobre una mesa ritual llamada despacho. Los oficiantes son los yatiri (sabios aimaras) y los paqo (oficiantes rituales quechuas). Se celebran especialmente el primero de agosto (mes de la Pachamama) y en el equinoccio de septiembre.
¿Sigue vigente su culto hoy?
Sí, con notable vitalidad. Los rituales achachila siguen activos en las comunidades aimaras del contorno del lago Titicaca, del Poopó y del Salar de Uyuni, así como en las ciudades de El Alto (aproximadamente un millón de habitantes, mayoritariamente aimaras), La Paz, Oruro y Puno. Los yatiri están oficialmente reconocidos por la Federación Departamental de Yatiris de La Paz. El sincretismo católico con la Virgen del Socavón de Oruro (Carnaval Patrimonio UNESCO 2001) y con la Virgen de Copacabana (patrona de Bolivia desde 1925) es una capa constitutiva del sistema. El discurso identitario aimara del suma qamaña («Vivir Bien») ha reactualizado políticamente la figura del achachila en la Bolivia contemporánea.




