En breve. Chía es la diosa lunar del panteón muisca, patrona del ciclo lunar, la fertilidad, las aguas y las cosechas. Su santuario principal se levantó en el actual municipio cundinamarqués que aún conserva su nombre, unos quince kilómetros al norte de Bogotá. Los cronistas del siglo XVII —Fray Pedro Simón, Rodríguez Freyle, Piedrahíta— la describen emparejada con el sol Sué en una pareja divina que ordenaba el calendario ritual del altiplano cundiboyacense.
| Origen cultural | Pueblo muisca (familia lingüística chibcha), altiplano cundiboyacense (Cundinamarca y Boyacá, Colombia); confederación de los cacicazgos del Zipa de Bacatá y el Zaque de Hunza en el momento del contacto español (1537) |
|---|---|
| Tipo | Divinidad femenina lunar; polo nocturno del par divino solar-lunar del panteón muisca |
| Función mítica | Presidir el ciclo lunar y el calendario agrícola; patrocinar la fertilidad femenina, las aguas, las lluvias y las cosechas de maíz y papa; recibir las ofrendas mensuales de mantas de algodón, esmeraldas de Muzo y tunjos votivos de oro batido |
| Atestación | Fray Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (1626), cuarta noticia, cap. 4; Juan Rodríguez Freyle, El Carnero (redactado hacia 1638, publicado en 1859); Lucas Fernández de Piedrahíta, Historia general de las conquistas del Nuevo Reino de Granada (1688), libro I, cap. 3; Fray Bernardo de Lugo, Gramática en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca (1619) |
| Vigencia hoy | Topónimo vivo (municipio de Chía, Cundinamarca); movimiento de resurgencia muisca contemporánea activo desde los años noventa en los cabildos de Cota, Suba, Bosa, Chía y Sesquilé; investigación arqueológica en curso del ICANH y la Universidad Nacional de Colombia sobre el sitio del antiguo templo |
El culto lunar de Chía es uno de los ejes documentados en las Noticias historiales de Fray Pedro Simón (1626) y en El Carnero de Rodríguez Freyle. Ambas obras, escritas por letrados con acceso a informantes muiscas de segunda o tercera generación tras la Conquista, reconstruyen fragmentos del panteón desmantelado por la campaña doctrinera dominica y agustina de las tres o cuatro décadas anteriores. La primera se imprimió en Cuenca en 1626; la segunda circuló manuscrita hasta 1859. Su distinta suerte editorial explica la persistencia de variantes divergentes sobre la misma figura divina.
En las páginas de Simón, Chía aparece emparejada con Sué, el dios solar. Esa pareja no es un ornamento poético: ordena el calendario ritual muisca en dos polos, uno diurno y masculino asociado al poder público de los caciques, y otro nocturno y femenino ligado al ciclo agrícola, a las aguas y a la fecundidad. Rodríguez Freyle añade la variante de la esposa infiel: Chía, casada con Sué, mantuvo relaciones con Bochica —el héroe civilizador— y fue castigada con la transformación en luna. Simón no incluye ese episodio, y muchos especialistas contemporáneos consideran que es una elaboración posterior recogida por el cronista criollo bogotano de fuentes distintas.
Antes de entrar en los relatos conviene fijar tres coordenadas históricas. La primera: el idioma en que se transmitieron los mitos, el muysccubun, apenas dejó registros escritos; solo la Gramática y catecismo en la lengua general del Nuevo Reyno, llamada mosca de Fray Bernardo de Lugo (1619) conservó una descripción sistemática con vocabulario doctrinal. La segunda: los cronistas escribieron entre setenta y ciento veinte años después de la fundación de Santafé de Bogotá (1538), con testigos indirectos y filtro evangelizador. La tercera: los investigadores colombianos y estadounidenses del siglo XX y XXI —Miguel Triana, Sylvia Broadbent, François Correa— han reevaluado esos textos discutiendo qué elementos son sedimento muisca genuino y cuáles reelaboración cristiana posterior.
La luna como esposa transgresora del sol
Índice
Fray Pedro Simón, en la cuarta noticia de sus Noticias historiales (cap. 4), refiere que Chía era hija del cacique de Ubaque y que fue elevada al cielo tras un acto de desobediencia. La versión que reconstruye este cronista dominico combina material muisca con moldes narrativos familiares al lector europeo del siglo XVII: la mujer transgresora que rompe un tabú y es transformada por castigo divino en cuerpo celeste. La sospecha de contaminación literaria pesa sobre la reconstrucción.
La lectura funcional del episodio resulta más elocuente que su literalidad. La pareja Sué–Chía delimita dos jurisdicciones rituales complementarias del calendario muisca. Sué preside el año solar, el ciclo público del cacicazgo y las ofrendas de guerra; Chía marca las lunas y los meses agrícolas, la fertilidad femenina, el nacimiento de los hijos y las lluvias necesarias para el cultivo del maíz y la papa en los altos valles de Cundinamarca y Boyacá. La distribución de esferas es paralela a la que otras tradiciones andinas atribuyen a los pares Inti-Mama Killa en el mundo quechua o Willka-Phaxsi en el mundo aymara.
Rodríguez Freyle, en El Carnero, incorpora la variante de la infidelidad. Chía habría sostenido relaciones con Bochica mientras estaba casada con Sué; el sol, al descubrir la traición, la expulsó del hogar celeste y ella pasó a habitar la noche. François Correa, en El sol del poder (2004), advierte contra la lectura moralizante: la transgresión no es un pecado en clave cristiana sino un dispositivo mítico para explicar por qué Chía ocupa la noche y Sué el día, un procedimiento de separación de esferas que recorre buena parte de los sistemas mitológicos americanos.
El santuario de Chía y las fiestas del ciclo lunar
El templo de Chía se levantó en la sabana que hoy corresponde al municipio homónimo de Cundinamarca, unos quince kilómetros al norte de Bogotá siguiendo el trazado que hoy conocemos como Autopista Norte. La ubicación no era caprichosa: la sabana cundinamarquesa constituía el corazón del cacicazgo del Zipa de Bacatá, y el asentamiento de Chía —cuyo nombre en muysccubun significa luna— actuaba como cabecera ritual del culto lunar dentro de esa jurisdicción. La proximidad al centro político y la centralidad geográfica en el sistema de canales de la sabana explican por qué el santuario alcanzó estatus regional y no meramente local.
Simón describe el templo como un recinto de acceso restringido, atendido por sacerdotes especializados denominados chyquyes que se retiraban al santuario durante largos periodos de ayuno y celibato ritual. La estructura precisa no ha sido documentada arqueológicamente con la nitidez que sí tiene el Templo del Sol de Sogamoso, pero investigaciones recientes de la Universidad Nacional de Colombia y del ICANH desde 2015 han identificado montículos ceremoniales en la vereda Cerca de Piedra que podrían corresponder al complejo original. Los resultados preliminares fueron publicados por el ICANH en 2019 en un informe técnico que confirma la existencia de estructuras precolombinas con material ceremonial asociado.
El ciclo festivo se ajustaba a las fases lunares. Cada luna llena convocaba ceremonias públicas en las que se ofrecían mantas de algodón —principal producto textil muisca—, esmeraldas de las minas de Muzo y figurillas votivas de oro conocidas como tunjos. Muchas de esas figurillas, actualmente en el Museo del Oro de Bogotá, representan mujeres con niños en brazos o con ofrendas en las manos, una iconografía que los investigadores relacionan con el culto lunar de la fertilidad. Sylvia Broadbent, en su estudio The Chibcha Political System (1968), reconstruyó el calendario ritual muisca a partir de las fuentes coloniales: cada veinte días —una luna redonda en el cómputo muisca— se celebraba una fiesta menor; cada cuatro lunas, una fiesta mayor con concurrencia de caciques vecinos.
El santuario funcionaba entonces como centro ceremonial regional al que acudían caciques de Suba, Cota, Facatativá y Zipacón con sus séquitos rituales. El arqueólogo Carl Langebaek, en Noticias de caciques muy mayores (1996), interpreta las concentraciones de tunjos con iconografía femenina próximas a fuentes de agua, montículos ceremoniales y lagunas de la sabana como una red de sitios secundarios subordinados al santuario principal cundinamarqués.
La confusión colonial con Huitaca y el sincretismo mariano
Los cronistas coloniales no siempre distinguieron con nitidez a Chía de otra figura femenina del panteón: Huitaca. Simón las presenta como divinidades diferenciadas, pero Piedrahíta y otros autores posteriores tienden a superponerlas, y en el siglo XIX Ernesto Restrepo Tirado, en sus Estudios sobre los aborígenes de Colombia (1892), llegó a sugerir que Huitaca era simplemente una variante negativa del mismo culto lunar. La discusión reaparece en cada generación de investigadores muiscólogos y sigue sin cerrarse del todo.
François Correa, en un artículo publicado en 2005 en el Journal of Latin American Anthropology, defiende la distinción entre ambas figuras. Chía sería la diosa lunar propiamente dicha, patrona del ciclo agrícola regulado y de la fertilidad legítima; Huitaca, una figura opositora asociada a la embriaguez ritual, al sexo desordenado y a la vida nocturna sin regulación cacical. Ambas son femeninas y nocturnas, pero cumplen funciones diferenciadas dentro del sistema muisca. Correa apoya su tesis en la lectura minuciosa de Simón y en el vocabulario del muysccubun que registra Lugo, donde ambas figuras aparecen con términos distintos: Chía como chié (luna, mes) y Huitaca con formulaciones morales negativas.
El proceso de sincretismo colonial merece una nota aparte. Los misioneros dominicos y agustinos que evangelizaron el altiplano cundiboyacense en el último tercio del siglo XVI identificaron rápidamente a las divinidades femeninas del panteón indígena con advocaciones marianas. El templo de Chía fue sustituido por una capilla dedicada primero a Santa Ana y luego a la Virgen del Carmen; el topónimo original se conservó porque el asentamiento indígena era demasiado importante como para ser desplazado, pero la iconografía sagrada cambió por completo. Los estudios de Diana Bonnett y Fabio Zambrano sobre las doctrinas de indios del arzobispado de Santafé documentan este mecanismo desde los años ochenta del siglo XX.
La sustitución del referente sagrado sin sustitución del lugar resulta recurrente en la evangelización andina; en el altiplano peruano, muchos santuarios lunares aymaras fueron reconvertidos en capillas marianas conservando la topografía y el calendario festivo. En el caso de Chía el procedimiento tuvo éxito hasta el punto de que la memoria del culto lunar quedó reducida a fragmentos de crónica hasta bien entrado el siglo XX, cuando la investigación etnohistórica empezó a reconstruir el sistema original.
Para terminar
El movimiento de resurgencia muisca contemporánea, activo desde la década de 1990 en los cabildos de Suba, Bosa, Cota, Chía y Sesquilé, ha reincorporado a Chía como referente identitario. Las ceremonias de luna llena han vuelto a celebrarse en el cerro de Majuy (Cota) y en Sopó, con participación abierta y sin la restricción sacerdotal del ritual precolombino. Los cabildos han obtenido reconocimiento del Ministerio del Interior colombiano a partir de 2005 y desarrollan programas de recuperación del muysccubun con apoyo académico de la Universidad Nacional. Para el contexto histórico general del pueblo puede consultarse el hub Muiscas: historia, territorio y cultura; para el otro extremo del par solar-lunar, la ficha Sué, el dios solar del panteón muisca. El vínculo con Bochica queda desarrollado en Bochica, el héroe civilizador de la sabana.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa Chía en muysccubun?
En muysccubun, la lengua del pueblo muisca, chié significa luna y por extensión mes lunar. El nombre de la diosa coincide con el sustantivo común y con el topónimo que aún designa al municipio cundinamarqués de Chía, cabecera ritual del culto lunar en época prehispánica. La Gramática de Fray Bernardo de Lugo (1619) recoge el término dentro del vocabulario doctrinal empleado por la evangelización dominica.
¿Dónde se ubicaba el templo de Chía?
El santuario se levantó en la sabana cundinamarquesa, a unos quince kilómetros al norte del actual Bogotá, en el territorio que hoy corresponde al municipio de Chía. Excavaciones del ICANH iniciadas en 2015 han identificado estructuras ceremoniales precolombinas en la vereda Cerca de Piedra, aunque la atribución exacta al culto lunar sigue en discusión académica. El complejo estaba atendido por sacerdotes chyquyes con periodos prolongados de ayuno y celibato ritual.
¿Son Chía y Huitaca la misma diosa?
Fray Pedro Simón, en las Noticias historiales (1626), las presenta como figuras distintas. Ernesto Restrepo Tirado en 1892 sugirió que podían ser variantes de un mismo culto, pero François Correa (2005) defiende la distinción funcional: Chía preside el ciclo lunar agrícola y la fertilidad regulada; Huitaca encarna la nocturnidad transgresora y la embriaguez ritual. La discusión sigue abierta en la investigación muiscóloga contemporánea.
¿Qué relación tenía Chía con Sué?
Chía y Sué formaban la pareja divina que ordenaba el calendario muisca. Sué presidía el día, el poder público del cacicazgo y las ofrendas de guerra; Chía marcaba las lunas, la fertilidad femenina y las lluvias necesarias para el ciclo agrícola. Rodríguez Freyle recoge una variante en la que Chía fue esposa infiel de Sué y aliada de Bochica; Simón no incluye ese episodio. La distribución en esferas complementarias es paralela a los pares solar-lunar quechua (Inti–Mama Killa) y aymara.
¿Se sigue celebrando el culto lunar de Chía hoy?
Sí, en forma restaurada. El movimiento de resurgencia muisca activo desde los años noventa en los cabildos de Suba, Bosa, Cota, Chía y Sesquilé ha reintroducido ceremonias de luna llena en el cerro de Majuy y en Sopó. Los cabildos cuentan con reconocimiento del Ministerio del Interior desde 2005 y desarrollan programas de recuperación del muysccubun con apoyo de la Universidad Nacional de Colombia. Las ceremonias son abiertas y no reproducen la restricción sacerdotal del ritual precolombino.





