En síntesis. El colo colo (también colocolo en la grafía chilena moderna, y colo-colo con guion en algunos folcloristas del siglo XIX) es una criatura híbrida —parte rata, parte serpiente, parte ave— del folclore mapuche y del folclore rural chileno-argentino, nacida excepcionalmente de un huevo de gallo según el patrón mítico panamericano del huevo puesto por un gallo viejo. La criatura vive escondida en las ruka (viviendas mapuche) o en los ranchos criollos, se alimenta chupando la saliva y la respiración de los habitantes dormidos, y provoca que la familia se enferme, adelgace y muera lentamente si el ser no es descubierto y destruido a tiempo. La atestación etnográfica central en el ámbito mapuche es Bertha Koessler-Ilg, Cuentan los araucanos (Editorial Nuevo Extremo, Buenos Aires, tres volúmenes publicados entre 1954 y 1962), corpus recogido en la región lacustre de Neuquén y del sur chileno a lo largo de cuatro décadas de trabajo de campo. La atestación central en el folclore criollo chileno es Oreste Plath, Folklore chileno (Editorial Universitaria, Santiago, ediciones sucesivas desde 1962 hasta 1994) y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1973; reedición del Fondo de Cultura Económica, 1983). Una mención colonial tangencial aparece en fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile (Roma, 1646), aunque sin nombrar a la criatura con el término colo colo. La figura tiene función pedagógica de control social —advertencia contra el desorden doméstico y contra el sueño excesivo— y presenta paralelos claros con el basilisco medieval europeo, con el piuchén chilote y con otras figuras vampíricas del ámbito americano. En el imaginario contemporáneo la palabra colo colo se ha desplazado casi completamente hacia el club deportivo homónimo fundado en Santiago en 1925 —cuyo nombre proviene, sin embargo, del cacique Colocolo del poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla (Madrid, 1569-1589), personaje histórico-literario distinto de la criatura mítica.
| Origen cultural | Pueblo mapuche (autónimo mapuche, «gente de la tierra» en Mapudungun), el pueblo indígena más numeroso del Cono Sur, con aproximadamente 1.700.000 personas identificadas como mapuche en el Censo de Población y Vivienda del INE de Chile de 2017 (12,8% de la población nacional del país) y unas 200.000 en Argentina según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas del INDEC de 2010 en las provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut, La Pampa y Buenos Aires; asentados históricamente entre el río Bío-Bío y el archipiélago de Chiloé en Chile, y en los valles cordilleranos y la meseta patagónica en Argentina; hablantes de Mapudungun (lengua mapuche, familia lingüística aislada o araucana según la clasificación), con dialectos regionales Ngoluche (centro), Huilliche (sur), Pehuenche (cordillera) y Lafkenche (costa); organización social tradicional en lof (comunidad extensa parental) con autoridad del lonko (cabeza), y estructuras políticas contemporáneas de comunidades legalmente reconocidas por la Ley Indígena 19.253 de Chile de 1993 y por la Ley Nacional 23.302 de Argentina de 1985; en el ámbito del folclore criollo chileno la figura del colo colo aparece también en la tradición campesina del Valle Central de Chile (regiones del Maule, del Biobío, de Ñuble y de La Araucanía), en el folclore rural argentino de las provincias fronterizas de Neuquén y del norte del Chubut, y en menor medida en el folclore chilote del archipiélago de Chiloé como figura menor del amplio corpus mítico local dominado por el Caleuche, el Millalobo, el Camahueto y el Piuchén |
|---|---|
| Tipo | Criatura híbrida rata-serpiente-ave nacida excepcionalmente de un huevo de gallo (huevo pequeño que un gallo viejo pondría al final de su vida, motivo mítico panamericano y europeo); ser vampírico de tipo doméstico que habita en las ruka (viviendas mapuche) o en los ranchos rurales criollos, oculto entre las vigas del techo, en los rincones oscuros o en los sótanos; se alimenta chupando la saliva, la respiración y la fuerza vital de los habitantes dormidos, sobre todo de los niños de corta edad; provoca que la familia entera se enferme progresivamente, adelgace y muera si la criatura no es descubierta y destruida; iconografía tradicional: cuerpo de rata alargado del tamaño de un ratón grande, cabeza de culebra ratonera, algunas variantes chilenas del siglo XX le añaden plumas en el lomo por fusión con el basilisco medieval europeo; ojos brillantes en la oscuridad; en algunas variantes emite un canto o silbido que preludia la muerte de un habitante de la casa; la figura es cognada del piuchén del folclore chilote (otro ser vampírico), del basilisco medieval europeo (mismo motivo del huevo de gallo y de la muerte por la respiración), del Yasy Yateré guaraní del rapto infantil y de la Pisadeira brasileña de la parálisis del sueño; en el sistema mítico mapuche más amplio el colo colo ocupa un lugar secundario respecto a las figuras mayores como el wekufe (espíritu maligno genérico), el kalku (brujo o hechicero maligno) o el anchimallén (ser luminoso servidor del kalku), pero es una figura muy conocida en la tradición oral rural |
| Función mítica | Función pedagógica de control social: la creencia en el colo colo funciona en la tradición oral como advertencia contra el desorden doméstico (los huevos anómalos que no se rompen a tiempo generan el ser maligno, por lo que la vigilancia constante del gallinero y del ámbito doméstico se convierte en tarea moral cotidiana), como advertencia contra el sueño excesivo o desordenado (la criatura actúa mientras los habitantes duermen, motivo compartido con muchas figuras de la parálisis del sueño en el corpus mundial), y como explicación mítica de las enfermedades familiares progresivas —la tuberculosis rural, la anemia infantil, la desnutrición crónica— que en el mundo campesino tradicional carecían de causa médica visible; en el corpus mapuche registrado por Koessler-Ilg entre 1920 y 1960 el colo colo es enviado con frecuencia por un kalku (brujo mapuche maligno) contra una familia enemiga, motivo que emparenta al colo colo con el wekufe y con el anchimallén dentro del sistema de la brujería mapuche; el procedimiento tradicional de curación implica al machi (chamán o chamana mapuche, generalmente mujer en la tradición actual) que en un machitún (ceremonia de curación) descubre al colo colo escondido en la ruka, lo captura y lo destruye —típicamente quemándolo en un fuego ritual—; en el folclore criollo chileno registrado por Plath la destrucción del ser suele describirse como el hallazgo del huevo pequeño no eclosionado y su quema o rotura antes de que la criatura salga, patrón coincidente con el ciclo europeo del basilisco |
| Atestación | Bertha Koessler-Ilg, Cuentan los araucanos: mitos, leyendas y tradiciones (Editorial Nuevo Extremo, Buenos Aires, tres volúmenes publicados entre 1954 y 1962), corpus mítico y legendario mapuche recogido por la etnógrafa alemana entre 1920 y 1960 en la región lacustre de Neuquén (San Martín de los Andes y alrededores) y en el sur chileno, con transcripción de narraciones registradas con narradores hablantes de Mapudungun y traducidas al castellano por la propia autora; el corpus de Koessler-Ilg incluye varias versiones del colo colo y de las figuras conexas del sistema de la brujería mapuche; Oreste Plath (seudónimo de César Octavio Müller Leiva, folclorista chileno 1907-1996), Folklore chileno: manifestaciones orales, aspectos musicales, danzas, danzas alusivas al mar y otros (Editorial Universitaria, Santiago, con ediciones sucesivas desde 1962 hasta 1994), y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1973; reedición del Fondo de Cultura Económica, México, 1983); fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile (impreso por Francisco Cavallo, Roma, 1646), primera crónica sistemática sobre Chile publicada por un criollo chileno —Ovalle nació en Santiago en 1601 y era jesuita—, con mención tangencial de creencias populares sobre criaturas maléficas domésticas, aunque sin nombrar al colo colo; Rodolfo Casamiquela, Estudios araucanos y otros trabajos etnográficos (Fundación Ameghino, Buenos Aires, 1988), etnólogo argentino especializado en la región patagónica; fray Félix José de Augusta, Lecturas araucanas (Imprenta de la Prefectura Apostólica, Padre Las Casas, 1910) y Diccionario araucano-español (Imprenta Universitaria, Santiago, 1916), misionero capuchino bávaro que trabajó en La Araucanía chilena entre 1895 y 1935; Louis C. Faron, Hawks of the Sun: Mapuche Morality and Its Ritual Attributes (University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1964), antropólogo estadounidense con trabajo de campo entre los mapuche del centro-sur chileno en los años 1950; Rolf Foerster, Introducción a la religiosidad mapuche (Editorial Universitaria, Santiago, 1993); Antonio Acevedo Hernández, Los cantores populares chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1933); Sonia Montecino Aguirre, Mitos de Chile: enciclopedia de seres, apariciones y encantos (Editorial Catalonia, Santiago, 2015) |
| Vigencia hoy | La figura del colo colo mantiene una presencia oral continua en la tradición rural del sur de Chile y de las provincias cordilleranas argentinas de Neuquén, Río Negro y Chubut, aunque con menor densidad que hace un siglo debido a la urbanización, a la escolarización masiva desde los años 1960 y a la reducción del hábitat rural tradicional; en las comunidades mapuche contemporáneas la creencia aparece registrada en trabajos etnográficos recientes de Ana Mariella Bacigalupo (Shamans of the Foye Tree: Gender, Power, and Healing among Chilean Mapuche, University of Texas Press, Austin, 2007) y en la producción académica del Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de La Frontera (Temuco); en el ámbito escolar chileno la figura aparece en materiales de literatura infantil desde los años 1970 (colecciones de mitos y leyendas del Fondo de Cultura Económica, de Alfaguara Infantil, de Zig-Zag y de otras editoriales), en la obra ilustrada de Alicia Morel, Marcela Paz y María Silva Ossa; en la producción académica en literatura infantil y juvenil de Manuel Peña Muñoz; en el imaginario chileno urbano contemporáneo el término colo colo se ha desplazado casi por completo hacia el Club Social y Deportivo Colo-Colo, fundado en Santiago el 19 de abril de 1925 por David Arellano —cuyo nombre honra al cacique Colocolo (personaje histórico-literario del siglo XVI, distinto de la criatura mítica) inmortalizado por Alonso de Ercilla en La Araucana (Madrid, 1569-1589)—; el club es el más popular del país con aproximadamente el 40% de las preferencias del hincha chileno según las encuestas de opinión de Adimark, Cadem y otras firmas de los años 2000 y 2010, y ha llevado el nombre Colo-Colo al ámbito internacional a través de sus participaciones en la Copa Libertadores (ganada en 1991), en la Recopa Sudamericana y en la Copa Interamericana; la doble referencia —criatura mítica y club deportivo— genera con frecuencia confusiones en el público no informado, situación registrada por Sonia Montecino en Mitos de Chile (2015) |
La primera mención escrita de creencias sobre criaturas maléficas domésticas en el ámbito chileno colonial aparece de forma tangencial en la obra de fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile, impresa en Roma en 1646 en la imprenta de Francisco Cavallo. Ovalle era jesuita nacido en Santiago en 1601, de familia patricia criolla, y su obra —escrita durante su estancia como procurador de la Compañía en Roma— es la primera crónica sistemática sobre Chile publicada por un autor criollo chileno. El libro incluye una descripción del país, de su población indígena, de la fauna y de la flora, de la evangelización y de las costumbres de las provincias del sur —el territorio de Wallmapu aún no sometido a la corona española tras el desastre de Curalaba de 1598—. Ovalle menciona de pasada las creencias populares sobre seres maléficos que acechan a las familias en sus viviendas, pero no nombra al colo colo con ese término y su descripción es genérica.
La documentación etnográfica sistemática del colo colo es un fenómeno del siglo XX. Dos autores concentran la atestación central. Por el lado mapuche, la etnógrafa alemana Bertha Koessler-Ilg (Merzig, Sarre, 1881 – San Martín de los Andes, Neuquén, 1965) recogió entre 1920 y 1960 un corpus muy amplio de narraciones mapuche en la región lacustre argentina y en el sur chileno, publicado en tres volúmenes como Cuentan los araucanos: mitos, leyendas y tradiciones por la Editorial Nuevo Extremo de Buenos Aires entre 1954 y 1962. Koessler-Ilg trabajó con narradores hablantes de Mapudungun, tradujo las narraciones al castellano y las editó con notas etnográficas y filológicas. Su corpus incluye varias versiones del colo colo, generalmente en el contexto del ciclo de las brujerías del kalku y de las figuras auxiliares del brujo mapuche. Es la referencia central para el registro mapuche del ser.
Por el lado del folclore criollo chileno, el folclorista Oreste Plath (seudónimo de César Octavio Müller Leiva, Santiago, 1907 – Santiago, 1996) reunió a lo largo de seis décadas de trabajo el corpus del folclore rural y urbano chileno. Su Folklore chileno: manifestaciones orales, aspectos musicales, danzas, danzas alusivas al mar y otros (Editorial Universitaria, Santiago) tuvo ediciones sucesivas desde 1962 hasta 1994, y su Geografía del mito y la leyenda chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1973; reeditado por el Fondo de Cultura Económica en México en 1983) organiza el corpus por regiones. Plath documentó las versiones campesinas del colo colo en el Valle Central chileno y en la zona sur, con material recogido en las regiones del Maule, del Biobío, de Ñuble y de La Araucanía. Entre Koessler-Ilg para el registro mapuche y Plath para el registro criollo, la figura tiene un fondo documental suficiente para trabajos comparativos posteriores, entre los que destacan los de Rolf Foerster (Introducción a la religiosidad mapuche, 1993), de Sonia Montecino (Mitos de Chile, 2015) y de Manuel Peña Muñoz en literatura infantil y juvenil.
El ave-rata nacida del huevo de gallo
Índice
El colo colo nace, según todas las variantes registradas por Koessler-Ilg (1954-1962) y por Plath (1962-1994), de un huevo de gallo. La creencia popular sostiene que un gallo viejo, al final de su vida, pone excepcionalmente un huevo pequeño —de tamaño mucho menor que el huevo normal de gallina— que si no es descubierto y roto a tiempo eclosiona y da lugar a la criatura maléfica. El motivo del huevo puesto por el gallo es panamericano y también europeo: aparece en el ciclo del basilisco medieval castellano, alemán, italiano y polaco desde los bestiarios latinos del siglo XII (Isidoro de Sevilla, Etimologías, siglo VII, lo menciona brevemente), en el folclore ashkenazi del Basilisk registrado por los folcloristas judíos del siglo XIX, y en versiones americanas del ciclo colonial del basilisco. El patrón folclórico es claro: un huevo excepcional —anómalo por su tamaño, por el sexo del ave que lo pone, por el lugar en que se encuentra— genera al eclosionar un ser peligroso que hay que destruir de raíz.
La iconografía del colo colo mantiene una estabilidad relativa entre las variantes. La criatura tiene el cuerpo de una rata alargada del tamaño de un ratón grande, con la cabeza de culebra ratonera —serpiente pequeña de los ambientes rurales del centro-sur chileno—, ojos brillantes en la oscuridad, y en algunas versiones chilenas del siglo XX plumas cortas en el lomo por fusión con el basilisco europeo. Vive escondida en las vigas del techo de la ruka (vivienda tradicional mapuche) o en los rincones oscuros del rancho criollo, en los sótanos, en el interior de los muros de adobe. De noche baja hasta las camas de los habitantes dormidos y les chupa la saliva, la respiración y la fuerza vital. En algunas variantes emite un canto o un silbido bajo antes de la muerte de un habitante de la casa —motivo del «ave de mal agüero» similar al del chonchón mapuche y al del ratón peludo del folclore chilote—.
El daño que produce el colo colo es progresivo. Al principio uno de los miembros de la familia comienza a sentir cansancio, pierde el apetito, adelgaza. La mujer que amamanta pierde la leche. Los niños de corta edad —principales víctimas según Koessler-Ilg— enferman de decaimiento sin causa aparente. Con el paso de las semanas la enfermedad se extiende a otros miembros de la familia. Si nadie descubre la presencia de la criatura la familia entera puede morir progresivamente. En el contexto rural tradicional del centro-sur chileno y de la Patagonia argentina, en el que la tuberculosis, la anemia infantil, la desnutrición crónica y otras enfermedades de curso lento eran causa habitual de muerte en las familias campesinas, la creencia en el colo colo ofrecía una explicación mítica coherente para el fenómeno observado —el deterioro progresivo de una familia entera sin causa médica visible—.
El procedimiento de descubrimiento y destrucción de la criatura sigue un patrón repetido en las versiones. La familia consulta al machi —chamán o chamana mapuche, generalmente mujer en la tradición actual, formada durante años en el conocimiento ritual y en el manejo del rewe (poste ceremonial escalonado)— que reconoce en los síntomas la presencia del colo colo. El machi conduce un machitún (ceremonia de curación) en el que entra en trance con el sonido del kultrun (tambor ceremonial), rastrea la ubicación de la criatura escondida en la vivienda y la descubre. La destrucción se hace por el fuego: la criatura se quema en un fuego ritual junto con hierbas medicinales, y los restos se entierran lejos de la ruka. En el folclore criollo chileno registrado por Plath el descubrimiento se hace con frecuencia antes de la eclosión, con la rotura del huevo pequeño encontrado en el gallinero, patrón que remite directamente al ciclo europeo del basilisco.
Colo Colo entre el basilisco europeo y las leyendas mapuche
La relación entre el colo colo chileno y el basilisco europeo medieval es una de las cuestiones más discutidas en los estudios folclóricos de Plath, Foerster, Casamiquela y Montecino. El basilisco es una criatura del bestiario medieval latino con atestación desde Etimologías de Isidoro de Sevilla (siglo VII) y en las tradiciones populares castellana, alemana, italiana y polaca del período medieval y del inicio de la Edad Moderna. Nace de un huevo puesto excepcionalmente por un gallo viejo (o por una gallina vieja según otras variantes) e incubado por una serpiente o por un sapo; mata con la mirada, con la respiración o con el veneno; se destruye con un espejo, con una comadreja o con el canto del gallo joven. El motivo del huevo de gallo, la muerte por la respiración a distancia y la iconografía del ser híbrido serpiente-ave son elementos que aparecen también en el colo colo.
La transferencia del ciclo europeo al ámbito americano se produjo con la colonización española desde el siglo XVI. Fray Alonso de Ovalle en Histórica relación del Reyno de Chile (Roma, 1646) menciona creencias sobre seres domésticos maléficos entre los habitantes rurales chilenos de mediados del siglo XVII, contexto en el que el ciclo europeo del basilisco pudo cruzarse con las creencias indígenas mapuche sobre criaturas enviadas por brujos y sobre seres vampíricos domésticos. La hipótesis de Rolf Foerster en Introducción a la religiosidad mapuche (Editorial Universitaria, 1993) es que el colo colo tiene un núcleo indígena mapuche antiguo —la creencia en criaturas enviadas por kalku contra familias enemigas es central en el sistema de la brujería mapuche— sobre el que se superpuso el ciclo europeo del basilisco a partir del siglo XVII, con la incorporación del motivo del huevo de gallo, del huevo pequeño anómalo y de algunos elementos iconográficos como las plumas en el lomo. La hipótesis alternativa —que el colo colo es una importación colonial completa castellanizada— no ha encontrado apoyo mayoritario en la investigación etnográfica reciente porque la figura aparece con nombre y con función en variantes mapuche que preceden al contacto sistemático con el folclore europeo urbano.
Dentro del sistema mítico mapuche el colo colo ocupa un lugar secundario respecto a las figuras mayores. La jerarquía del panteón mapuche tiene en la cima a Chao Ngenechén (el Padre-Dueño-de-los-hombres, dios creador benévolo del cielo, atestiguado desde Ovalle 1646 y desarrollado en detalle por Augusta 1910-1916 y por Faron 1964), y en el polo opuesto al wekufe (categoría genérica de espíritu maligno, con múltiples manifestaciones concretas), al kalku (brujo o hechicero maligno humano que trabaja con wekufe), y a las figuras servidoras del kalku: el anchimallén (ser luminoso), el chonchón (cabeza voladora con orejas alas), el witranalwe (jinete espectral), el huayfilú (culebra grande) y el colo colo mismo. Los colo colo son enviados con frecuencia por un kalku contra una familia enemiga como forma de daño ritual, patrón que Koessler-Ilg documenta con especial cuidado en el volumen segundo de Cuentan los araucanos.
Los paralelos regionales del colo colo son varios. En el ámbito chilote —archipiélago de Chiloé, al sur del canal de Chacao— el piuchén es otro ser vampírico híbrido serpiente-ave que chupa la sangre del ganado y de las personas, y que forma parte del corpus mítico chilote junto con el Caleuche (barco fantasma), el Millalobo (dueño del mar) y el Camahueto (unicornio acuático). En el ámbito guaraní el Yasy Yateré es una figura del rapto infantil con función pedagógica similar. En el ámbito brasileño la Pisadeira es la figura de la parálisis del sueño que «se sienta» sobre el pecho del dormido, motivo mundial documentado en muchas culturas (el Nightmare anglosajón, la Mora eslava, el Alp alemán). En el ámbito norteamericano el Wendigo algonquino y otras figuras del norte comparten el patrón del ser que se alimenta de la fuerza vital humana. Y el Thunderbird de las llanuras norteamericanas, sin ser vampírico, comparte con el colo colo la condición de ave-serpiente híbrida asociada a lo sobrenatural.
Del folclore rural al club Colo-Colo: la homonimia contemporánea
El desplazamiento semántico contemporáneo del término colo colo hacia el ámbito deportivo es un fenómeno que arranca en 1925 y que ha modificado profundamente el uso del nombre en el español chileno del siglo XX y XXI. El Club Social y Deportivo Colo-Colo fue fundado en Santiago el 19 de abril de 1925 por David Arellano y un grupo de jugadores disidentes del Club Magallanes. La elección del nombre honra al cacique Colocolo, personaje histórico-literario del siglo XVI inmortalizado por Alonso de Ercilla y Zúñiga en su poema épico La Araucana (impreso en Madrid en tres partes: 1569, 1578 y 1589), figura central del canto II del poema —el sabio anciano que en la asamblea de caciques mapuches propone la elección de un solo toqui mediante la prueba del tronco de árbol—. El cacique histórico Colocolo fue una figura real del siglo XVI, pero su fama literaria se debe al retrato idealizado de Ercilla que lo presenta como orador sensato y prudente.
La homonimia entre el cacique Colocolo (personaje histórico-literario) y la criatura mítica colo colo es casual pero productiva. Ambos nombres provienen probablemente del término Mapudungun colo con reduplicación, aunque la etimología exacta es discutida; algunos filólogos han propuesto vinculaciones con el nombre de un ave (el colo colo podría referirse en Mapudungun a un tipo de gato montés pequeño o a un tipo de ave rapaz nocturna según variantes dialectales), otros con un topónimo del territorio mapuche precolonial. La confusión entre la criatura y el cacique es antigua y aparece ya en fuentes coloniales tardías, pero se ha reforzado enormemente desde 1925 con la difusión del club deportivo. Sonia Montecino en Mitos de Chile: enciclopedia de seres, apariciones y encantos (Editorial Catalonia, 2015) dedica un apartado específico a aclarar la distinción entre las tres referencias del nombre —criatura mítica, cacique histórico-literario, club deportivo—.
El Club Colo-Colo se convirtió durante el siglo XX en el equipo más popular del fútbol chileno, con una afición estimada en aproximadamente el 40% de los aficionados al fútbol del país según las encuestas periódicas de Adimark, de Cadem y de otras firmas de opinión de los años 2000 y 2010. Su título más significativo es la Copa Libertadores de 1991 —única obtenida por un club chileno hasta la fecha—, además de treinta y dos títulos de la Primera División de Chile, trece Copas Chile y una Recopa Sudamericana. La difusión internacional del nombre a través de las participaciones del club en torneos continentales y en amistosos internacionales ha llevado el término Colo-Colo a un uso globalizado que ha oscurecido casi por completo la referencia folclórica original en el imaginario chileno urbano contemporáneo. Un chileno joven de Santiago o de Valparaíso asocia hoy inmediatamente el nombre con el club, y solo el aficionado a la literatura o al folclore reconoce la criatura mítica o el cacique de La Araucana.
La supervivencia de la figura mítica en el imaginario contemporáneo se mantiene principalmente en el ámbito rural del sur de Chile y de las provincias argentinas de Neuquén, Río Negro y Chubut, en la producción académica etnográfica (trabajos de Foerster, Bacigalupo, Montecino y del Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de La Frontera), en la literatura infantil y juvenil chilena (con obras ilustradas de Alicia Morel, Marcela Paz, María Silva Ossa y Manuel Peña Muñoz en las colecciones de Zig-Zag, Alfaguara Infantil, Editorial Amanuta y el Fondo de Cultura Económica), y en la producción audiovisual reciente de Chilevisión, Televisión Nacional de Chile y del canal La Red que ha dedicado programas culturales a los mitos y leyendas del país. En el fai peu (cuento tradicional mapuche) contado en las comunidades del Wallmapu chileno y argentino la figura sigue viva como advertencia doméstica y como recordatorio del sistema de la brujería tradicional. La red del sprint 31 puede consultarse a través de las entradas conexas de wekufe, kalku y otras figuras del sistema mapuche.
Lo que permanece
Lo que permanece del colo colo tras cuatro siglos de circulación —desde la mención colonial tangencial de Ovalle en 1646 hasta la enciclopedia de Sonia Montecino en 2015— es una función pedagógica estable dentro del sistema de la casa rural. La creencia ofrecía en el mundo campesino tradicional una explicación mítica coherente para el fenómeno observado del deterioro progresivo de una familia entera por enfermedades de curso lento (tuberculosis, anemia infantil, desnutrición crónica), y al mismo tiempo funcionaba como advertencia moral contra el descuido doméstico y contra el sueño desordenado. El colo colo desaparece cuando desaparecen las condiciones que lo hacían útil —cuando la medicina explica las enfermedades sin recurso al mito, cuando la vivienda urbana sustituye a la ruka y al rancho de adobe, cuando el trabajo salarial urbano rompe la unidad familiar extensa—, pero mientras esas condiciones se mantuvieron la figura tenía una función clara. El hub general del pueblo puede consultarse en Pueblo Mapuche de Chile y en Pueblo Mapuche en Argentina.
La agenda pendiente sobre el colo colo incluye tres tareas. Primero, el registro sistemático de las variantes actuales en las comunidades mapuche del Wallmapu chileno y argentino, tarea que ha comenzado el Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de La Frontera y que continúan investigadores como Ana Mariella Bacigalupo en Estados Unidos y Rolf Foerster en Chile. Segundo, el trabajo comparativo con las figuras cognadas del ámbito andino, chilote y patagónico —piuchén, chonchón, pillan, gualicho— que permite leer al colo colo en su contexto regional más amplio y no como figura aislada. Tercero, el trabajo de aclaración pública de la doble referencia entre criatura mítica y club deportivo, tarea que Sonia Montecino inició en 2015 y que sigue pendiente en la educación escolar chilena. Otras entradas de la red pueden consultarse en Ngenechen y en el resto de figuras mapuche del corpus.
Preguntas frecuentes
¿Qué es exactamente el Colo Colo en el folclore mapuche y chileno?
El Colo Colo (también Colocolo en la grafía chilena moderna) es una criatura híbrida rata-serpiente-ave del folclore mapuche y del folclore rural chileno-argentino, nacida excepcionalmente de un huevo de gallo según el patrón mítico panamericano. Vive escondida en las viviendas —ruka mapuche o ranchos criollos— y se alimenta chupando la saliva y la respiración de los habitantes dormidos, provocando el deterioro progresivo de la familia. La atestación etnográfica central en el ámbito mapuche es Bertha Koessler-Ilg, Cuentan los araucanos (Editorial Nuevo Extremo, Buenos Aires, tres volúmenes 1954-1962), y en el folclore criollo chileno es Oreste Plath, Folklore chileno (Editorial Universitaria, ediciones desde 1962) y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Nascimento, 1973).
¿Qué relación tiene el Colo Colo mítico con el club de fútbol Colo-Colo?
Ninguna relación directa. El Club Social y Deportivo Colo-Colo fue fundado en Santiago el 19 de abril de 1925 por David Arellano y su nombre honra al cacique Colocolo, personaje histórico-literario del siglo XVI inmortalizado por Alonso de Ercilla en el poema épico La Araucana (Madrid, 1569-1589), figura central del canto II —el sabio anciano de la asamblea de caciques mapuches—. La confusión con la criatura mítica del folclore es casual: ambos nombres provienen probablemente del término Mapudungun colo con reduplicación, pero refieren a entidades distintas. Sonia Montecino en Mitos de Chile (Catalonia, 2015) dedica un apartado a aclarar las tres referencias del nombre: criatura mítica, cacique histórico-literario, club deportivo.
¿Cómo se protegía tradicionalmente una familia contra el Colo Colo?
La protección tradicional operaba en dos niveles. La prevención consistía en la vigilancia del gallinero para descubrir y romper cualquier huevo pequeño anómalo puesto por un gallo viejo antes de que eclosionara. La cura, cuando la criatura ya vivía escondida en la vivienda y la familia enfermaba, requería la intervención del machi —chamán o chamana mapuche generalmente mujer— que en un machitún (ceremonia de curación) entraba en trance con el sonido del kultrun (tambor ceremonial), rastreaba la ubicación del ser en la ruka, lo capturaba y lo destruía por el fuego junto con hierbas medicinales. El procedimiento es documentado por Koessler-Ilg (1954-1962) y por Plath (1962-1994) con variantes regionales.
¿Es el Colo Colo una figura originalmente mapuche o una importación europea?
La hipótesis mayoritaria en la investigación etnográfica reciente —Rolf Foerster, Introducción a la religiosidad mapuche (Editorial Universitaria, 1993), y Sonia Montecino, Mitos de Chile (Catalonia, 2015)— es que el Colo Colo tiene un núcleo indígena mapuche antiguo sobre el que se superpuso el ciclo europeo del basilisco a partir del siglo XVII con la colonización española. El núcleo mapuche corresponde a la creencia en criaturas enviadas por un kalku (brujo mapuche) contra una familia enemiga, elemento central del sistema de la brujería mapuche. El préstamo europeo aporta el motivo del huevo de gallo, del huevo pequeño anómalo y algunos elementos iconográficos como las plumas en el lomo por asimilación al basilisco medieval.
¿Sigue vigente hoy la creencia en el Colo Colo?
Sí, aunque con menor densidad que hace un siglo. La figura mantiene presencia oral continua en la tradición rural del sur de Chile y de las provincias cordilleranas argentinas de Neuquén, Río Negro y Chubut. En las comunidades mapuche contemporáneas la creencia aparece registrada en trabajos etnográficos recientes de Ana Mariella Bacigalupo (Shamans of the Foye Tree, University of Texas Press, 2007) y del Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de La Frontera (Temuco). En el ámbito escolar chileno la figura aparece en materiales de literatura infantil desde los años 1970. En el imaginario urbano contemporáneo, sin embargo, el término se ha desplazado casi por completo hacia el club deportivo homónimo fundado en 1925.





