En breve. Malinalxochitl, cuyo nombre en náhuatl clásico significa «Flor de malinalli» o «Flor de la enredadera», es la hermana bruja de Huitzilopochtli en la mitología dinástica mexica, hija de Coatlicue y figura ambivalente de la sombra materna abandonada durante la peregrinación desde Aztlán. Documentada en las crónicas de Fray Diego Durán (~1581), Fernando Alvarado Tezozómoc (~1598-1609) y Cristóbal del Castillo (~1595), su relato describe cómo el pueblo mexica la dejó atrás en las montañas del actual Malinalco por sus peligrosos poderes brujeriles, y cómo ella juró venganza y crió a su hijo Copil en el odio hacia su tío Huitzilopochtli. Sigue siendo hoy figura central de la identidad histórica del municipio de Malinalco (Estado de México, unos 28.000 habitantes) y motivo iconográfico recurrente en la literatura chicana contemporánea; el sitio arqueológico local conserva los célebres guerreros-jaguar y guerreros-águila monolíticos que atestiguan la centralidad ritual de aquel enclave todavía en tiempos aztecas tardíos.
| Origen cultural | Mexica (náhuatl clásico, ciclo dinástico Aztlán → Tenochtitlan ~1064-1325 d.C.) |
| Tipo | Hermana bruja de Huitzilopochtli, madre fundadora de Malinalco |
| Función mítica | Ser abandonada por Huitzilopochtli durante la peregrinación por sus poderes brujeriles, jurar venganza y criar a Copil como vengador |
| Atestación | Fray Diego Durán ~1581; Alvarado Tezozómoc ~1598/1609; Cristóbal del Castillo ~1595; Códice Boturini siglo XVI-XVII |
| Vigencia hoy | Figura central de la identidad histórica del municipio de Malinalco (Estado de México); sitio arqueológico visitable con guerreros-jaguar y guerreros-águila monolíticos; motivo recurrente en la literatura chicana contemporánea |
Malinalxochitl encabeza la galería de figuras femeninas peligrosas del ciclo mítico mexica. Su nombre completo en náhuatl clásico —Malinal-xóchitl— se descompone en dos raíces reveladoras: xóchitl significa flor, y malinalli remite tanto a una hierba trenzada como al signo doce del tonalpohualli, el calendario ritual de doscientos sesenta días. Ese signo se asociaba con lo oculto, lo enredado y las prácticas de brujería, de modo que llamarla «Flor de malinalli» equivalía a nombrar a la hechicera vegetal por antonomasia. Los cronistas franciscanos y mestizos que recogieron su historia a fines del siglo XVI y comienzos del XVII coincidieron en presentarla como hija de Coatlicue —la diosa madre de la falda de serpientes— y hermana carnal de Huitzilopochtli, el dios tutelar de los mexicas.
El ciclo mítico en que aparece Malinalxochitl pertenece a la larga narración de la peregrinación mexica desde la isla mítica de Aztlán hacia el Valle de México, un desplazamiento que la cronología tradicional sitúa entre los años 1064 y 1325 d.C. Durante ese trayecto, según Fray Diego Durán en su Historia de las Indias de Nueva España (~1581), Malinalxochitl acompañaba al pueblo mexica dotada de poderes extraordinarios: podía transformarse en cualquier animal, dominaba escorpiones, arañas y serpientes venenosas, y castigaba con enfermedades a quienes la contrariaban. Este poder sobre la naturaleza salvaje la volvió temida por los propios peregrinos, que terminaron suplicando a su hermano Huitzilopochtli que se librase de ella.
Este artículo recorre la figura de Malinalxochitl en tres tiempos: el contexto del panteón mexica y el ciclo de la peregrinación desde Aztlán en el que su nombre irrumpe; el mito propiamente dicho del abandono en las montañas del actual Malinalco y el nacimiento de Copil, el hijo vengador; y la lectura etnográfica contemporánea que sitúa a la hechicera como memoria persistente de la sombra materna expulsada por el linaje victorioso. La documentación se apoya en las crónicas de Durán y Tezozómoc, en la edición crítica de Cristóbal del Castillo preparada por Federico Navarrete (UNAM, 2001), y en los estudios pivote de Alfredo López Austin sobre el panteón nahua y de Susan Gillespie sobre la construcción de la autoridad mexica.
El panteón mexica y la peregrinación desde Aztlán
Índice
Para comprender a Malinalxochitl hay que entrar primero en el marco de la peregrinación mexica desde Aztlán, la isla mítica situada al norte de Mesoamérica desde donde el pueblo azteca salió en busca de la tierra prometida. Este trayecto de más de dos siglos y medio, narrado en las crónicas coloniales y representado gráficamente en códices pictográficos como el Boturini y el Aubin, es una de las grandes narraciones fundacionales de Mesoamérica. La tradición oral mexica, transcrita por los cronistas indígenas y mestizos del siglo XVI, presenta la migración como un desplazamiento guiado por Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra, cuya voz hablaba a los sacerdotes desde un envoltorio sagrado que los aztecas portaban en hombros durante todo el camino.
Junto a Huitzilopochtli caminaban sus hermanos y hermanas, hijos todos de la diosa Coatlicue. Los cronistas coloniales, siguiendo el orden narrativo transmitido oralmente, mencionan a Cinteotl (dios del maíz joven), a los Centzonhuitznahua (los cuatrocientos hermanos del sur asesinados por Huitzilopochtli en el mito de Coatepec), a Coyolxauhqui (la hermana lunar decapitada) y a Malinalxochitl. Esta última irrumpe en las fuentes con una función singular: no es hermana amable ni compañera de camino, sino potencia peligrosa cuya presencia amenaza la cohesión del pueblo peregrino. Alfredo López Austin, en Los mitos del tlacuache (Alianza, 1990/UNAM, 1996, pp. 234-238), observa que Malinalxochitl pertenece a la estirpe de «hijas fatales» del panteón nahua, aquellas figuras femeninas cuya potencia sagrada se experimenta como amenaza más que como bendición y cuya expulsión resulta necesaria para consolidar el orden masculino guerrero.
El asunto de la peregrinación como cronología ritual conviene aclararlo. Fray Diego Durán, dominico que redactó su historia entre 1570 y 1581 con acceso a informantes indígenas todavía próximos al mundo prehispánico, ubicó la salida de Aztlán en el año 1 técpatl (1064 d.C.) y la fundación de Tenochtitlán en el año 2 calli (1325 d.C.). Federico Navarrete, en su estudio pivote Los orígenes de los pueblos indígenas del valle de México (UNAM, 2011, capítulos 3 y 4), demuestra que estas fechas no deben leerse como cronología histórica en sentido estricto, sino como memoria etnogenética elaborada retrospectivamente en el siglo XV para legitimar el poder del imperio azteca. La peregrinación es, así, tanto un recuerdo real de las migraciones chichimecas del Postclásico como una narración simbólica que da fundamento al orden político mexica sobre el Valle de México.
En este marco, Malinalxochitl ocupa un lugar de transición dentro del relato. Aparece en las primeras etapas del viaje —cuando los mexicas apenas habían salido de las tierras del norte— y desaparece en el episodio central del abandono, quedando atrás para siempre en las montañas del actual Malinalco. Su presencia sirve para marcar el momento en que Huitzilopochtli consolida su autoridad exclusiva sobre el pueblo peregrino y elimina a la potencia femenina rival que podría disputarle el liderazgo espiritual. Susan Gillespie, en The Aztec Kings: The Construction of Rulership in Mexica History (Arizona UP, 1989, pp. 118-125), sostiene que este episodio es paralelo estructural del sacrificio de Coyolxauhqui en Coatepec: en ambos casos, Huitzilopochtli neutraliza a una hermana poderosa cuyo poder sagrado femenino habría rivalizado con el suyo. La eliminación de Malinalxochitl inaugura, en la memoria dinástica mexica, la etapa de dominación masculina inequívoca del panteón azteca.
El abandono en Malinalco y el nacimiento de Copil
El episodio central del ciclo de Malinalxochitl ocupa el capítulo III de la Historia de Fray Diego Durán y aparece con variantes en la Crónica mexicana de Alvarado Tezozómoc y en el manuscrito de Cristóbal del Castillo. La escena es una de las más célebres de la mitología mexica y merece reproducirse con detalle. Los peregrinos habían avanzado durante décadas desde Aztlán y se encontraban ya en algún punto del actual territorio del Estado de México cuando el descontento contra Malinalxochitl llegó al límite. La hechicera, con sus poderes de transformación animal y su dominio sobre los reptiles y arácnidos venenosos, había castigado repetidamente a los peregrinos con enfermedades misteriosas. El pueblo se acercó a Huitzilopochtli y le rogó que interviniese.
Huitzilopochtli respondió con una estrategia calculada. En vez de enfrentar directamente a su hermana, esperó a que se durmiera profundamente al caer la noche. Cuando la hechicera cayó en el sueño más pesado, el dios ordenó silenciosamente a los sacerdotes que despertaran al pueblo, recogieran los enseres y las provisiones, y reanudaran la marcha en la oscuridad más completa, dejando atrás a Malinalxochitl. La procesión avanzó sin volver la vista atrás. Al amanecer, cuando la hechicera despertó y descubrió el abandono, comprendió que su hermano la había traicionado y que el pueblo mexica jamás volvería por ella. Fray Diego Durán relata la escena con vívida sequedad: «Y cuando así se vio dejada, comenzó Malinalxóchitl a llorar y a maldecir a su hermano y a jurar que se vengaría de él y de todos los que con él iban» (Durán, Historia, ed. Garibay Porrúa 1967, tomo I, cap. III, p. 30).
Malinalxochitl no se dejó vencer por el abandono. Con los pocos partidarios que la siguieron —familiares y devotos que decidieron quedarse con ella—, descendió hasta un valle fértil rodeado de montañas y allí fundó el pueblo que hoy lleva su nombre: Malinalco. El sitio elegido, en la vertiente sur del valle de Toluca a unos ciento quince kilómetros al suroeste de la actual Ciudad de México, se volvió con el tiempo en enclave ritual de importancia particular dentro del imperio mexica. Los aztecas posteriores, aun descendiendo del linaje que abandonó a la hechicera, terminaron reconociendo la potencia sagrada del lugar y construyeron allí, en el siglo XV, un centro ceremonial monolítico excavado en la roca viva del cerro que aún hoy asombra a los visitantes por su factura escultórica excepcional.
En Malinalco, Malinalxochitl se casó con un hombre local del pueblo que allí habitaba y engendró un hijo al que llamó Copil. La hechicera crió a su hijo alimentándolo desde la cuna con el relato del abandono cruel de Huitzilopochtli y con la exigencia de una venganza futura. Copil creció, según las crónicas, sabiéndose destinado a matar a su tío materno y a castigar al pueblo mexica por la traición cometida contra su madre. Cuando alcanzó la edad adulta, Malinalxochitl le entregó una porción de sus poderes brujeriles y lo envió al Valle de México a cumplir la misión. El destino de Copil ocupa el artículo compañero de este ciclo mítico, pero conviene adelantar que su fracaso trágico y la ejecución de su corazón en el lago Texcoco desembocarían, por ironía última, en la fundación misma de Tenochtitlan sobre el nopal que brotó de sus restos. El linaje de Malinalxochitl, expulsado por Huitzilopochtli, terminaría paradójicamente en el origen material del imperio que la abandonó.
Elizabeth Boone, en Stories in Red and Black: Pictorial Histories of the Aztecs and Mixtecs (Texas UP, 2000, pp. 197-203), destaca que este episodio establece una simetría inversa entre madre e hijo. Malinalxochitl es abandonada en vida y sobrevive fundando un linaje periférico; Copil es asesinado en la juventud y su corazón, arrojado al agua, funda paradójicamente el linaje central que su madre había ayudado a expulsar. La pareja madre-hijo cierra así el ciclo de venganza generacional que la mitología mexica registra con precisión estremecedora, donde ni la traición del hermano ni la venganza del sobrino logran romper el nudo trágico que une a la familia dividida por la peregrinación de Aztlán.
Lectura etnográfica: la hermana expulsada y la sombra de Huitzilopochtli
La antropología mesoamericana ha leído a Malinalxochitl desde varios ángulos que se complementan entre sí. Miguel León-Portilla, en Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (FCE, 1961, pp. 45-52), la sitúa dentro de la larga tradición de «figuras femeninas oscuras» del mundo náhuatl, que abarca también a la Cihuacóatl (la Serpiente-Mujer), a Coyolxauhqui, a las Cihuateteo (las mujeres muertas en parto convertidas en espíritus temibles) y a las Tzitzimimeh (las estrellas femeninas descendientes que amenazan destruir el mundo al fin de cada era). Todas comparten una potencia sagrada ambigua que se experimenta como amenaza para el orden masculino guerrero. Malinalxochitl es, dentro de esa constelación, la figura del abandono: la mujer poderosa a quien el linaje masculino no puede matar directamente pero decide dejar atrás para que el mito absorba su fuerza sin permitirle disputar el poder.
Un segundo eje interpretativo procede de la etnología del poder político. Susan Gillespie ha sostenido que el ciclo Malinalxochitl-Copil funciona como carta genealógica de la dinastía mexica. Cada tlatoani posterior necesitaba legitimar su poder sobre el Valle de México demostrando descender del linaje que había vencido a la hechicera y ejecutado a su hijo. La memoria del abandono y de la muerte de Copil, lejos de ser un episodio marginal, se transmitía en cada ceremonia de entronización real como recordatorio del origen sagrado de la autoridad mexica. Los gobernantes de Tenochtitlan, en especial Moctezuma I e Itzcóatl, invocaban esta genealogía para justificar sus campañas de conquista sobre pueblos rivales del Valle. Gillespie escribe: «El mito de Malinalxochitl y Copil no es un relato antiguo perdido en la memoria oral: era la carta política vigente en el momento mismo de la Conquista española» (Gillespie, The Aztec Kings, Arizona UP, 1989, p. 143).
Un tercer eje es el de la interpretación de género. Cecelia Klein, arqueóloga especializada en iconografía mexica, ha desarrollado la tesis de que las figuras femeninas peligrosas del panteón nahua —Malinalxochitl entre ellas— representan la memoria simbólica del sometimiento de una tradición matrilineal anterior a la consolidación patriarcal del imperio azteca. En sus estudios sobre efigies funerarias femeninas de Tlatelolco (Klein, en Marcos y Rojas eds., Los mexicas del posclásico, INAH 1997, pp. 87-104), sostiene que la iconografía de estas diosas oscuras conserva rasgos formales de un culto femenino anterior que el orden mexica clásico decidió reprimir sin poder borrarlo del todo. Malinalxochitl, expulsada del centro pero fundadora de Malinalco, sería el testimonio simbólico de esa tradición femenina desterrada a la periferia territorial y ritual.
Un cuarto eje, de tipo geográfico y ritual, lo aporta la historia particular de Malinalco. El sitio arqueológico, construido en el siglo XV cuando el imperio mexica ya dominaba la región, es célebre por sus dos monolitos excavados directamente en la roca viva del cerro. El principal, conocido como Cuauhcalli o «Casa de las Águilas», contiene esculturas monumentales de guerreros-jaguar y guerreros-águila que servían de escenario a las ceremonias de investidura de las órdenes militares mexicas. La elección de Malinalco como sede ritual de estas ceremonias no es casual: los aztecas reconocían al pueblo fundado por su tía abuela expulsada un carácter sagrado que ninguna otra locación del valle poseía. David Carrasco, en Quetzalcoatl and the Irony of Empire (Chicago UP, 2000, pp. 156-158), interpreta este dato como muestra de que el mito de Malinalxochitl seguía operando como memoria política activa incluso en la fase imperial tardía del sistema mexica, poco antes de la llegada de los españoles.
Finalmente, la lectura contemporánea de Malinalxochitl se abre a las relecturas de género realizadas por autoras chicanas de las últimas décadas. Gloria Anzaldúa, en Borderlands/La Frontera (Aunt Lute Books, 1987), y otras autoras del feminismo mexicoamericano han recuperado a Malinalxochitl como símbolo de la mujer expulsada por el orden patriarcal y como voz sagrada oculta bajo la historia oficial. Estos usos contemporáneos, ajenos al marco etnográfico estricto, muestran que la figura de la hechicera sigue operando en el imaginario mexicano y mexicoamericano actual como puerta a una tradición femenina que resiste al relato dominante y sigue reclamando su espacio simbólico en la memoria colectiva.
Más allá del mito
Malinalxochitl sobrevive hoy como memoria territorial e identitaria más que como culto ritual explícito. El municipio de Malinalco, con sus aproximadamente veintiocho mil habitantes, mantiene viva la conciencia de haber sido fundado por la hechicera expulsada del linaje mexica. Los guías locales del sitio arqueológico narran a los visitantes la historia del abandono nocturno tal como aparece en las crónicas de Durán, y el mercado semanal de la cabecera municipal exhibe artesanías de barro y textiles que reproducen la iconografía de la Cuauhcalli con sus guerreros-jaguar y sus guerreros-águila. La escuela primaria local dedica cada año una jornada al ciclo mítico y los adolescentes de la escuela secundaria representan escenas del abandono en el auditorio comunitario durante las fiestas patronales de agosto.
Los estudios académicos sobre el ciclo mexica de la peregrinación se han multiplicado en las últimas décadas. La edición crítica de Cristóbal del Castillo preparada por Federico Navarrete (UNAM, 2001) ha vuelto accesible al lector contemporáneo un texto redactado en náhuatl a fines del siglo XVI y prácticamente olvidado durante trescientos años. Las nuevas ediciones de Durán y Tezozómoc, así como la publicación en línea del Códice Boturini por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, han democratizado el acceso a las fuentes primarias del mito y han permitido a nuevas generaciones de estudiantes recuperar la memoria de figuras como Malinalxochitl que la historiografía tradicional del siglo XIX había relegado al margen. La proliferación de traducciones al inglés, al francés y al portugués ha extendido además el interés académico internacional hacia una tradición hasta entonces circunscrita al ámbito mexicano.
Para quien visite Malinalco, la geografía sigue siendo el mejor manual del ciclo. El cerro sagrado de la Cuauhcalli, con su templo monolítico esculpido en la roca viva, y las montañas circundantes donde la tradición sitúa el abandono nocturno son la prueba visible de que el mito nunca se agotó en la palabra. La figura de Malinalxochitl, apenas un nombre para el lector externo, es para los pobladores del actual municipio del Estado de México la madre fundadora del lugar mismo donde viven, la hechicera que un día fue dejada atrás por su hermano el dios solar y que, en el gesto de ser abandonada, dio origen a un pueblo entero que la reconoce todavía como su ancestro directo. La piedra sigue hablando; solo hace falta saber escuchar el nombre que lleva.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Malinalxochitl en náhuatl?
Malinalxochitl es un compuesto del náhuatl clásico formado por dos raíces: malinalli y xóchitl. Xóchitl significa «flor» en náhuatl y aparece con esa acepción en cientos de nombres nahuas femeninos y toponímicos del México central. Malinalli, por su parte, tiene dos significados vinculados entre sí: designa una hierba trenzada o enredadera silvestre (posiblemente el zacate torcido que los mexicas usaban para cordelería ritual) y, al mismo tiempo, es el signo número doce del tonalpohualli, el calendario ritual de doscientos sesenta días. Este signo se asociaba con las prácticas ocultas, con lo enredado, con las hechicerías y con la muerte por ahogamiento o asfixia. Nombrar a la hija de Coatlicue «Flor de malinalli» equivalía a llamarla «flor de la hechicería» o «flor de la enredadera oscura», una designación premonitoria de los poderes brujeriles que las crónicas coloniales le atribuirían más tarde. Las traducciones habituales al castellano oscilan entre «Flor de malinalli» y «Flor de la hierba trenzada», ambas aceptables.
¿Cuál es la relación entre Malinalxochitl y Huitzilopochtli?
Malinalxochitl y Huitzilopochtli son hermanos carnales, hijos ambos de la diosa Coatlicue, la madre de la falda de serpientes. Según las crónicas de Fray Diego Durán y Alvarado Tezozómoc, ambos acompañaban al pueblo mexica durante la peregrinación desde Aztlán hasta el Valle de México. Sin embargo, la relación entre los dos hermanos fue de rivalidad desde el principio: Huitzilopochtli representaba la potencia solar guerrera y el orden masculino del linaje mexica, mientras que Malinalxochitl personificaba la potencia oscura de la hechicería, del dominio sobre reptiles y arácnidos venenosos, y del castigo mediante enfermedades misteriosas. Ante las quejas repetidas del pueblo, Huitzilopochtli decidió abandonar a su hermana en las montañas del actual Malinalco esperando a que se durmiese y ordenando a los peregrinos continuar la marcha silenciosamente en la oscuridad. Malinalxochitl juró venganza y crió a su hijo Copil en el odio hacia el tío materno que la había traicionado. La pareja hermano-hermana es una de las estructuras de rivalidad más importantes del ciclo mítico mexica y comparte patrón con la pareja Huitzilopochtli-Coyolxauhqui, la hermana lunar decapitada en el cerro de Coatepec.
¿Qué fuentes documentan la peregrinación mexica desde Aztlán?
Las fuentes documentales sobre la peregrinación mexica se dividen en dos categorías principales. Las crónicas escritas del siglo XVI y comienzos del XVII incluyen la Historia de las Indias de Nueva España de Fray Diego Durán (~1581), la Crónica mexicana y la Crónica mexicáyotl de Fernando Alvarado Tezozómoc (~1598 y ~1609 respectivamente), la Historia de la venida de los mexicanos de Cristóbal del Castillo (~1595) y algunos capítulos de la Historia general de las cosas de Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún (~1577). Los códices pictográficos de tradición indígena, por su parte, incluyen el Códice Boturini o Tira de la Peregrinación (siglos XVI-XVII), el Códice Aubin (~1607) y el Códice Mendoza (~1540). La confrontación crítica entre estas fuentes permite reconstruir el relato oral prehispánico con relativa precisión, aunque las variantes entre unas y otras revelan que la memoria mítica de la migración se transmitía en múltiples versiones simultáneas. Las ediciones académicas de referencia contemporáneas incluyen la de Miguel León-Portilla, la de Federico Navarrete para Cristóbal del Castillo (UNAM, 2001) y las publicaciones digitalizadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
¿Quién fue Copil y cuál fue su destino trágico?
Copil fue el hijo único de Malinalxochitl y de un hombre local del pueblo de Malinalco donde ella fundó su nueva residencia tras el abandono. La hechicera crió a su hijo desde la cuna con el relato del abandono cruel de Huitzilopochtli y con la exigencia expresa de una venganza futura. Cuando Copil alcanzó la edad adulta, su madre le entregó parte de sus poderes brujeriles y lo envió al Valle de México a cumplir la misión de matar a su tío materno y castigar al pueblo mexica. Copil llegó a las inmediaciones del lago Texcoco cuando los peregrinos mexicas estaban ya asentados en el cerro de Chapultepec, se refugió en la isla del cerro Tepetzinco y reunió alianzas con los pueblos chalcas y tepanecas para el ataque. Pero los sacerdotes mexicas, mediante visión chamánica, descubrieron el plan. Guerreros al mando del propio Huitzilopochtli en apariencia humana capturaron a Copil, lo llevaron a la isla, le cortaron la cabeza y le arrancaron el corazón. Huitzilopochtli tomó el corazón sangriento en las manos, lo levantó al cielo y lo arrojó al lago. De ese corazón brotó el nopal donde el águila devoraría a la serpiente y, con esa señal, la fundación de Tenochtitlan quedaría marcada para la posteridad. El relato completo de Copil ocupa el artículo compañero de esta pareja mítica.
¿Cuál es la vigencia contemporánea del ciclo de Malinalxochitl?
El municipio de Malinalco, situado en la vertiente sur del valle de Toluca en el actual Estado de México, conserva unos veintiocho mil habitantes y mantiene viva la memoria de haber sido fundado por la hechicera expulsada del linaje mexica. El sitio arqueológico local, con la célebre Cuauhcalli o Casa de las Águilas excavada en la roca viva del cerro y sus esculturas monumentales de guerreros-jaguar y guerreros-águila, recibe cada año a decenas de miles de visitantes nacionales y extranjeros que escuchan de boca de los guías locales el relato del abandono nocturno tal como aparece en Fray Diego Durán. Los programas educativos del municipio incluyen desde la década de 1990 una jornada anual dedicada al ciclo mítico y los adolescentes de la escuela secundaria representan escenas del relato durante las fiestas patronales de agosto. La literatura chicana y el feminismo mexicoamericano contemporáneo, con autoras como Gloria Anzaldúa, han recuperado a Malinalxochitl como símbolo de la mujer poderosa expulsada por el orden patriarcal y como voz sagrada oculta bajo la historia oficial, extendiendo la vida de la figura más allá del marco etnográfico estricto hacia el imaginario cultural mexicano contemporáneo.





