Para empezar. Tokjuaj (con las variantes ortográficas Thokwjuaj y Tokfwaj, según la comunidad y el sistema de transcripción empleado) es el héroe cultural transformador del pueblo wichí, protagonista central del corpus mítico registrado por Alfred Métraux en Myths and Tales of the Matako Indians (Etnologiska Studier 9, Etnografiska Museet, Göteborg, 1939). La figura reúne dos roles simultáneos: héroe civilizador que enseña a los wichí las artes básicas de la supervivencia en el monte chaqueño (agricultura del maíz, fabricación del arco, uso del fuego, prácticas rituales de la caza) y trickster embaucador cuyos engaños, torpezas y transgresiones reordenan el mundo original. El patrón es equivalente al del Nanabush algonquino de los Grandes Lagos norteamericanos, patrón panamericano que Alfred Métraux había reconocido explícitamente en su prólogo de 1939. Iván Álvarez fijó paralelamente el registro léxico en Vocabulario y frases usuales de la lengua wichí (1930); José Braunstein prolongó la investigación desde los años setenta; Néstor Palmer, en La buena voluntad wichí: una espiritualidad indígena (Grupo de Trabajo Ruta 81, Formosa, 2005), sistematizó el corpus desde el trabajo pastoral anglicano; y Rodrigo Montani ha desarrollado en las últimas décadas el análisis del corpus Tokjuaj en el cruce de cultura material y palabra wichí. El pueblo wichí (autónimo wichí, «gente», frente al exónimo colonial mataco) reúne aproximadamente 50.000 personas en las provincias argentinas de Formosa, Salta y Chaco, con comunidades menores en el sudeste de Bolivia y en el Chaco paraguayo, y habla la lengua wichí-lhamtés de la familia mataguayo (mataco-mataguaya).
| Origen cultural | Pueblo wichí (autónimo wichí, «gente»; exónimo colonial despectivo mataco, impuesto por la administración hispanocriolla y republicana); familia lingüística mataguayo (mataco-mataguaya), junto con el nivaklé, el chorote y el maká; aproximadamente 50.000 personas en las provincias argentinas de Formosa (departamentos Bermejo, Ramón Lista, Matacos, Patiño), Salta (departamentos Rivadavia, San Martín, Orán) y Chaco (departamento General Güemes), con comunidades menores en el sudeste de Bolivia (Tarija) y en el Chaco paraguayo (departamentos Boquerón y Presidente Hayes); lengua wichí-lhamtés; economía tradicional cazadora-recolectora del monte chaqueño (ha’lói), complementada por horticultura estacional y por la artesanía en fibra de chaguar (Bromelia hieronymi) y en talla de palo santo (Bulnesia sarmientoi) |
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| Tipo | Héroe cultural transformador y trickster ambivalente del corpus mítico wichí; figura de rol dual simultáneo: héroe civilizador que entrega a los wichí las artes básicas de la supervivencia (fuego, arco, agricultura del maíz, prácticas rituales de la caza), y embaucador cuyas transgresiones, torpezas y aventuras eróticas reordenan el mundo original; equivalente estructural al Nanabush algonquino (ojibwe, cree, potawatomi), al Weesageechak cree y al coyote de las Grandes Llanuras y del sudoeste norteamericano dentro del patrón panamericano del trickster demiúrgico |
| Función mítica | Roba el fuego a los buitres o al jaguar (según la variante) y lo entrega al pueblo wichí; descubre y transmite el maíz cultivado escondido por otros seres primordiales; fabrica el primer arco y las primeras flechas; establece los procedimientos rituales del cazador ante los dueños del ha’lói (bosque monte chaqueño); protagoniza aventuras eróticas con mujeres transformadas en peces, aves o plantas; sufre torpezas y castigos cómicos (glotonería, vanidad, lujuria) que reordenan irreversiblemente el mundo original; su corpus completo comprende varias decenas de relatos que Métraux (1939) recopiló y que la etnografía posterior ha ampliado y sistematizado |
| Atestación | Alfred Métraux, Myths and Tales of the Matako Indians (Etnologiska Studier 9, Etnografiska Museet, Göteborg, 1939), recopilación de decenas de relatos protagonizados por Tokjuaj entre 1930 y 1935 con trabajo de campo en las misiones anglicanas del Pilcomayo formoseño; Iván Álvarez, Vocabulario y frases usuales de la lengua wichí (1930), registro léxico paralelo; José Braunstein, varios trabajos sobre los wichí publicados desde los años setenta (CONICET, Formosa); Néstor Palmer, La buena voluntad wichí: una espiritualidad indígena (Grupo de Trabajo Ruta 81, Formosa, 2005), lectura desde el trabajo pastoral anglicano; Rodrigo Montani, Los objetos del wichí: cultura material y palabra y otros trabajos contemporáneos sobre iconografía y cultura material wichí |
| Vigencia hoy | Presencia activa en las escuelas de educación intercultural bilingüe (EIB) wichí-lhamtés-castellano de las provincias argentinas de Formosa, Salta y Chaco, en el marco institucional de la Ley Nacional de Educación 26.206 (Argentina, 2006), con material didáctico basado en los relatos recopilados por Métraux (1939); representación figurativa de Tokjuaj en la talla en madera de palo santo (Bulnesia sarmientoi) que las comunidades del Pilcomayo comercializan a través de cooperativas de artesanos, y en los motivos del tejido de fibra de chaguar elaborado por las mujeres wichí, documentados por Rodrigo Montani; incorporación del ciclo en la literatura wichí contemporánea escrita en wichí-lhamtés y en traducción al castellano; coexistencia del corpus con la evangelización cristiana anglicana (Formosa), católica (Salta) y pentecostal (últimas décadas) |
Tokjuaj es el héroe cultural transformador del pueblo wichí, protagonista central del corpus mítico registrado por Alfred Métraux en Myths and Tales of the Matako Indians (Etnologiska Studier 9, Etnografiska Museet, Göteborg, 1939). Su nombre aparece con variantes ortográficas: Tokjuaj, Thokwjuaj y Tokfwaj, según la comunidad y el sistema de transcripción empleado por cada investigador. La figura reúne dos roles simultáneos: héroe civilizador que enseña al pueblo wichí las artes básicas de la supervivencia (agricultura del maíz, fabricación del arco, uso del fuego, prácticas rituales de la caza), y trickster embaucador cuyos engaños y transgresiones reordenan el mundo original. El patrón es equivalente al del Nanabush algonquino de los Grandes Lagos norteamericanos, correspondencia que Alfred Métraux reconoció explícitamente en el prólogo de su recopilación de 1939.
El pueblo wichí (autónimo wichí, «gente», frente al exónimo despectivo mataco impuesto por la administración colonial y republicana) reúne aproximadamente 50.000 personas en el Gran Chaco argentino (provincias de Formosa, Salta y Chaco), con comunidades menores en el sudeste de Bolivia (Tarija) y en el Chaco paraguayo. La lengua wichí-lhamtés pertenece a la familia lingüística mataguayo (mataco-mataguaya), junto con el nivaklé, el chorote y el maká. La economía tradicional wichí es cazadora-recolectora del monte chaqueño (ha’lói), complementada por la horticultura estacional y por la artesanía en fibra de chaguar (Bromelia hieronymi) y en talla de palo santo (Bulnesia sarmientoi), producción comercializada desde los años ochenta a través de cooperativas de artesanos del Pilcomayo y del Bermejo.
La sistematización etnográfica del corpus Tokjuaj tiene tres momentos. Alfred Métraux, en Myths and Tales of the Matako Indians (Göteborg, 1939), recopiló decenas de relatos protagonizados por Tokjuaj entre 1930 y 1935 con trabajo de campo en las misiones anglicanas del Pilcomayo formoseño; Iván Álvarez, en Vocabulario y frases usuales de la lengua wichí (1930), fijó paralelamente el registro léxico. La segunda generación etnográfica, encabezada por José Braunstein desde los años setenta desde el CONICET y prolongada por Néstor Palmer en La buena voluntad wichí: una espiritualidad indígena (Grupo de Trabajo Ruta 81, Formosa, 2005) y por Rodrigo Montani en sus trabajos sobre cultura material y palabra wichí, ha profundizado el análisis desde perspectivas antropológicas y lingüísticas actualizadas. El corpus mítico se transmite hoy en las escuelas de educación intercultural bilingüe y en la producción artística contemporánea del pueblo wichí.
El héroe cultural transformador del pueblo wichí
Índice
Los estudios comparativos de mitología americana han identificado con claridad la posición estructural de Tokjuaj dentro del corpus wichí. Alfred Métraux (1939) fue el primero en señalar la doble función de la figura: por un lado, héroe cultural que entrega a los wichí las artes básicas de la supervivencia (el fuego, el arco, el maíz, las plantas medicinales, el conocimiento del monte chaqueño); por otro, trickster ambivalente cuyos engaños, torpezas y transgresiones reordenan el mundo original y establecen las condiciones actuales de la existencia humana. Los dos roles operan simultáneamente en cada relato del corpus: en el mismo episodio en que Tokjuaj enseña una técnica, puede cometer un error grotesco que altera irreversiblemente el orden natural. La separación moderna entre «héroe» y «trickster» que la etnología decimonónica había establecido no se aplica al corpus wichí sin traicionarlo.
El patrón que Tokjuaj ejemplifica en el Gran Chaco tiene equivalentes estructurales precisos en otras tradiciones amerindias. En el ámbito algonquino de los Grandes Lagos norteamericanos, el Nanabush anishinaabe reúne los cuatro roles que Basil H. Johnston sistematizó para el corpus ojibwe (héroe cultural, transformador cósmico, embaucador y bufón); el Weesageechak cree cumple funciones equivalentes en el corpus algonquino subártico. En las Grandes Llanuras norteamericanas y en el sudoeste, el coyote ocupa la misma posición estructural. Alfred Métraux, formado en la escuela comparatista suiza y familiarizado con la literatura etnológica norteamericana, señaló explícitamente en su prólogo de 1939 la analogía entre Tokjuaj y las figuras tricksters de los pueblos boreales, lo que sitúa el corpus wichí dentro de un patrón panamericano documentado en decenas de tradiciones indígenas del continente.
La ambivalencia moral de Tokjuaj no debilita su función pedagógica: la constituye. Los relatos wichí no presentan al héroe como figura modélica cuyas acciones deban imitarse. Al contrario, muchas de sus aventuras terminan con el propio Tokjuaj castigado por su vanidad, su curiosidad excesiva, su glotonería o su lujuria, y con el mundo transformado por las consecuencias imprevistas de sus errores. Los cazadores wichí aprenden del corpus tanto lo que hay que hacer (respetar a los dueños del ha’lói, guardar las prohibiciones alimentarias, compartir el producto de la caza con la banda familiar) como lo que hay que evitar (el orgullo, la mezquindad, la ruptura del pacto ritual con los seres del monte). El corpus completo comprende varias decenas de relatos que Métraux recopiló entre 1930 y 1935 y que Braunstein, Palmer y Montani han ampliado en las décadas posteriores con material recogido en las comunidades del Pilcomayo y del Bermejo.
El robo del fuego y otros motivos míticos según Métraux (1939)
El motivo mítico más difundido del ciclo Tokjuaj es el robo del fuego, con variantes según la comunidad de origen del relato. En la versión canónica registrada por Métraux en Myths and Tales of the Matako Indians (1939), el fuego pertenece originalmente a los buitres o al jaguar, según la variante, que lo guardan celosamente sin compartirlo con los humanos. Tokjuaj, que ha observado la utilidad del fuego para cocinar los alimentos y ahuyentar a los animales peligrosos, decide arrebatárselo mediante engaño. Se disfraza, se aproxima al campamento de los dueños del fuego bajo pretexto amistoso, roba una brasa aprovechando un descuido y huye con ella escondida entre las plumas o dentro de una caña hueca, mientras los perseguidores lo cazan sin alcanzarlo. Entrega el fuego a los wichí, que desde entonces disponen de él como bien común de la humanidad. El motivo del robo del fuego mediante engaño es paralelo al que otras tradiciones amerindias registran para figuras equivalentes.
El corpus registrado por Métraux (1939) incluye otros motivos mayores. Tokjuaj descubre el maíz cultivado escondido por otros seres primordiales (el zorro, el loro, según variantes) y lo transmite al pueblo wichí junto con las técnicas de siembra y cosecha estacional del monte chaqueño. En otro ciclo, Tokjuaj fabrica el primer arco y las primeras flechas, enseña la técnica del rastreo y la caza colectiva del pecarí y del ñandú, y establece los procedimientos rituales que el cazador debe respetar ante los dueños del ha’lói. Un tercer ciclo lo muestra en aventuras eróticas con mujeres que se transforman en peces, en aves o en plantas, aventuras que Métraux registró con las variantes recogidas posteriormente por Palmer (2005) en las comunidades del Pilcomayo argentino. La función didáctica y la función cómica se combinan en cada episodio sin que ninguna prevalezca sobre la otra.
Los relatos del corpus Tokjuaj que documentan las torpezas del héroe son igual de numerosos que los que celebran sus hazañas civilizadoras. En un ciclo célebre, Tokjuaj queda atrapado en el hueco de un árbol por su propia glotonería, o cae al río y es tragado por un pez gigante del que solo se libera cortándolo desde dentro con un cuchillo; en otro, se disfraza de mujer para engañar a un rival y termina castigado por la ridiculización pública; en un tercero, provoca por descuido la transformación irreversible de algunos animales originales en las especies actuales del monte chaqueño. Braunstein y Palmer han señalado que la función pedagógica del corpus wichí no reside en la ejemplaridad moral del héroe sino en el aprendizaje comunitario que se produce a partir de sus errores documentados y transmitidos oralmente durante generaciones en las bandas familiares y en las comunidades del Pilcomayo y del Bermejo.
Vigencia contemporánea en escuelas bilingües y arte wichí
El corpus Tokjuaj mantiene una presencia activa en las escuelas de educación intercultural bilingüe (EIB) wichí-lhamtés-castellano de las provincias argentinas de Formosa (departamentos Bermejo, Ramón Lista, Matacos, Patiño), Salta (departamentos Rivadavia, San Martín, Orán) y Chaco (departamento General Güemes). Los relatos recopilados por Métraux (1939) y ampliados por la etnografía posterior sirven como material didáctico en los primeros ciclos de la educación primaria, y los maestros wichí (formados en los Institutos de Formación Docente de Formosa y Salta) los adaptan al nivel infantil y juvenil. La Ley Nacional de Educación 26.206 (Argentina, 2006), que consagró la modalidad EIB para los pueblos indígenas del país, dio marco institucional al trabajo que las comunidades wichí venían realizando desde los años ochenta con apoyo de organizaciones eclesiásticas y del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).
La figura de Tokjuaj tiene también presencia sostenida en el arte wichí contemporáneo. Rodrigo Montani, en sus trabajos sobre cultura material y palabra wichí, ha documentado la representación del héroe en la talla en madera de palo santo (Bulnesia sarmientoi) que las comunidades del Pilcomayo comercializan a través de las cooperativas de artesanos, y en los motivos figurativos del tejido de fibra de chaguar (Bromelia hieronymi) elaborado por las mujeres wichí. La literatura wichí contemporánea escrita en wichí-lhamtés y en traducción al castellano, con autores como Alejandro Vilca-Segovia entre otros, incorpora episodios del ciclo Tokjuaj como material narrativo activo, junto con la producción académica de investigadores wichí formados en universidades argentinas (Universidad Nacional de Salta, Universidad Nacional de Formosa, Universidad Nacional de Buenos Aires).
Néstor Palmer, en La buena voluntad wichí: una espiritualidad indígena (Grupo de Trabajo Ruta 81, Formosa, 2005), aportó una lectura de largo aliento del corpus Tokjuaj desde la experiencia del trabajo pastoral anglicano en las comunidades del Pilcomayo formoseño, donde la misión anglicana británica había establecido su base entre finales del siglo XIX y principios del XX. Palmer subraya que el corpus mítico wichí ha coexistido con la evangelización cristiana (anglicana en Formosa, católica en Salta, pentecostal en las últimas décadas) sin ser desplazado. La integración se ha producido en un régimen dual donde Tokjuaj, las figuras del panteón cristiano y los dueños del ha’lói operan en registros complementarios dentro del discurso comunitario contemporáneo, lectura que trabajos posteriores de Montani y de la etnografía académica reciente han refinado con nuevo material de campo.
Para terminar
La figura de Tokjuaj mantiene su lugar central en la vida cultural del pueblo wichí, sostenida por el corpus registrado por Métraux (1939), ampliado por Braunstein, Palmer y Montani, y transmitido activamente en las escuelas de educación intercultural bilingüe y en el arte contemporáneo. La comparación con otros héroes culturales transformadores publicados en este ciclo, entre ellos el Nanabush algonquino y el coyote de las Grandes Llanuras, sitúa a Tokjuaj dentro del patrón panamericano del trickster demiúrgico que Alfred Métraux reconoció explícitamente en el prólogo de su recopilación de 1939.
Otras figuras chaqueñas del sprint publicadas en paralelo permiten completar el panorama comparativo del corpus mataco-mataguayo y guaycurú: Nowet mocoví (dueños plurales de las especies de caza), Kotaa qom, Nanaic pilagá y Ahot wichí. Los pueblos vecinos del norte chaqueño y del este boliviano, como el ayoreo, mantienen ciclos míticos con figuras estructuralmente comparables, mientras que los sistemas de dueños del monte del pueblo qom (toba) y el paralelo tupí del Curupira amazónico completan la constelación regional documentada por la etnografía sudamericana desde el trabajo pionero de Métraux hasta las investigaciones contemporáneas.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Tokjuaj en el corpus mítico wichí?
Tokjuaj (también Thokwjuaj o Tokfwaj, según la ortografía) es el héroe cultural transformador del pueblo wichí (autónimo wichí, «gente», frente al exónimo colonial mataco), aproximadamente 50.000 personas en el Gran Chaco argentino (Formosa, Salta, Chaco) con comunidades menores en Bolivia y Paraguay. La figura reúne dos roles simultáneos: héroe civilizador que entrega a los wichí las artes básicas de la supervivencia (fuego, arco, agricultura del maíz, prácticas rituales de la caza) y trickster embaucador cuyos engaños y transgresiones reordenan el mundo original. La fuente etnográfica central es Alfred Métraux, Myths and Tales of the Matako Indians (Etnologiska Studier 9, Etnografiska Museet, Göteborg, 1939), recopilación de decenas de relatos entre 1930 y 1935.
¿Qué relato del robo del fuego se atribuye a Tokjuaj?
En la versión canónica registrada por Alfred Métraux en Myths and Tales of the Matako Indians (Göteborg, 1939), el fuego pertenece originalmente a los buitres o al jaguar según la variante, que lo guardan sin compartirlo con los humanos. Tokjuaj se disfraza, se aproxima al campamento de los dueños del fuego bajo pretexto amistoso, roba una brasa aprovechando un descuido y huye con ella escondida entre las plumas o dentro de una caña hueca. Los perseguidores lo cazan sin alcanzarlo. Entrega el fuego a los wichí, que desde entonces disponen de él como bien común de la humanidad. Es el motivo mítico más difundido del ciclo Tokjuaj, con variantes paralelas en otras tradiciones amerindias del continente.
¿Por qué Tokjuaj funciona como héroe cultural y trickster al mismo tiempo?
Los dos roles operan simultáneamente en cada relato del corpus wichí. En el mismo episodio en que Tokjuaj enseña una técnica útil (la fabricación del arco, la siembra del maíz, el uso del fuego), puede cometer un error grotesco (glotonería, vanidad, lujuria) que altera irreversiblemente el orden natural. Alfred Métraux (1939) señaló la analogía estructural con los tricksters de los pueblos algonquinos boreales (Nanabush, Weesageechak) y de las Grandes Llanuras (coyote). José Braunstein y Néstor Palmer han señalado que la función pedagógica del corpus wichí no reside en la ejemplaridad moral del héroe sino en el aprendizaje comunitario que se produce a partir de sus errores documentados y transmitidos oralmente durante generaciones.
¿Cuáles son las fuentes etnográficas principales sobre Tokjuaj?
La fuente etnográfica clásica central es Alfred Métraux, Myths and Tales of the Matako Indians (Etnologiska Studier 9, Etnografiska Museet, Göteborg, 1939), recopilación de decenas de relatos protagonizados por Tokjuaj entre 1930 y 1935 en las misiones anglicanas del Pilcomayo formoseño. El registro léxico paralelo se debe a Iván Álvarez, Vocabulario y frases usuales de la lengua wichí (1930). La segunda generación incluye a José Braunstein (varios trabajos desde los años setenta en el CONICET), Néstor Palmer, La buena voluntad wichí: una espiritualidad indígena (Grupo de Trabajo Ruta 81, Formosa, 2005), y Rodrigo Montani sobre cultura material y palabra wichí en trabajos publicados en las dos últimas décadas.
¿Sigue vigente Tokjuaj en las comunidades wichí actuales?
Sí. El corpus Tokjuaj mantiene presencia activa en las escuelas de educación intercultural bilingüe (EIB) wichí-lhamtés-castellano de las provincias argentinas de Formosa, Salta y Chaco, marco institucional consagrado por la Ley Nacional de Educación 26.206 (Argentina, 2006). Rodrigo Montani ha documentado la representación figurativa del héroe en la talla en madera de palo santo (Bulnesia sarmientoi) y en los motivos del tejido de fibra de chaguar (Bromelia hieronymi). La literatura wichí contemporánea escrita en wichí-lhamtés y en traducción al castellano incorpora episodios del ciclo Tokjuaj como material narrativo activo. Néstor Palmer (2005) documentó la coexistencia del corpus wichí con la evangelización cristiana anglicana, católica y pentecostal en un régimen dual complementario.





