En síntesis. Xochiquetzal (‘flor preciosa’ o ‘flor de pluma de quetzal’, de xochitl ‘flor’ y quetzalli ‘pluma preciosa’) es una de las diosas más queridas del panteón mexica registrado por fray Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino (redacción culminada hacia 1577, ediciones modernas de referencia Charles E. Dibble y Arthur J.O. Anderson, School of American Research y University of Utah Press, Santa Fe, 1950-1982, doce volúmenes; y Alfredo López Austin y Josefina García Quintana, Conaculta, México, 2000, tres volúmenes). Es la deidad de las flores, la belleza, el amor sexual, las artes textiles (tejido de huipil y de enredo), las cortesanas o ahuianime y la maternidad joven. Sahagún la describe con detalle en el libro I capítulo 15, en el libro IV capítulo 7 y en el libro X capítulo 15 del Códice Florentino, y aparece con iconografía estable en las láminas 8 y 10 del Códice Borbónico (Assemblée Nationale, París, ca. 1520-1540; edición facsímil ADEVA, Graz, 1974), en el Códice Magliabechiano (Biblioteca Nazionale Centrale, Florencia, ca. 1566) y en el Códice Vaticano A o Códice Ríos (láminas 63v-64v, ~1570). Su fiesta central era el Ochpaniztli (‘barrida ritual’, mes XI del calendario solar xiuhpohualli, correspondiente aproximadamente a septiembre del calendario juliano), en la que las tejedoras y ahuianime de Mēxihco-Tenōchtitlan le ofrendaban flores, cantos y tejidos ceremoniales. Su iconografía prehispánica pasó, vía el sincretismo colonial y el nacionalismo cultural del siglo XX, al muralismo mexicano de Diego Rivera y a la iconografía de Frida Kahlo, y sigue siendo referencia activa para colectivos feministas de Ciudad de México y del área nahua contemporánea.
| Origen cultural | Pueblo mēxihcah (mexica o azteca) de Mēxihco-Tenōchtitlan, capital imperial fundada en 1325 d.C. sobre un islote del lago de Texcoco en la cuenca de México; hablantes de náhuatl (lengua uto-azteca meridional) y herederos del sustrato religioso tolteca-teotihuacano al que sumaron el desarrollo propio de los siglos XIV y XV bajo los huey tlatoani Acamapichtli, Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Itzcóatl, Moctezuma I, Axayácatl, Tízoc, Ahuítzotl y Moctezuma II; sistema calendárico dual con tonalpohualli adivinatorio de 260 días (13×20) y xiuhpohualli solar de 365 días (18×20 + 5 nemontemi) engranados en el ciclo de 52 años del xiuhmolpilli; economía intensiva de chinampas (parcelas cultivadas sobre el lago), agricultura de maíz, frijol, calabaza, chile y amaranto, complementada con tributo de las provincias sujetas; caída de Tenōchtitlan ante Hernán Cortés y los aliados tlaxcaltecas el 13 de agosto de 1521, seguida de la evangelización franciscana desde 1524 y del registro etnográfico sahaguntino a partir de 1547; descendientes contemporáneos identificados como nahuas en Estado de México, Ciudad de México, Puebla, Morelos, Tlaxcala, Veracruz, Guerrero, Hidalgo, San Luis Potosí y Oaxaca, con aproximadamente 1.725.000 hablantes de náhuatl según el Censo INEGI 2020, la lengua indígena con más hablantes de México y una de las más habladas del continente americano |
|---|---|
| Tipo | Diosa mexica de las flores, de la belleza, del amor sexual (por contraste complementario con Tlazolteotl, patrona del sexo transgresor y de la confesión), de las artes textiles (tejido de huipil, enredo, tilma, mantas ceremoniales), de las cortesanas o ahuianime (mujeres del placer ligadas al culto militar) y de la maternidad joven; su nombre en náhuatl significa literalmente ‘flor preciosa’ o ‘flor de pluma de quetzal’ (xochitl ‘flor’ + quetzalli ‘pluma preciosa del ave Pharomachrus mocinno‘); consorte de Piltzintecuhtli (‘señor niño’, aspecto joven-masculino del sol) o de Cinteotl según la variante; consorte de Tlaloc según la Histoyre du Mechique (~1547) antes de ser raptada por Tezcatlipoca; madre virgen de Quetzalcóatl en la variante tolteca conservada por los Anales de Cuauhtitlán del Códice Chimalpopoca (~1558); hermana de Xochipilli (‘señor de las flores’, dios joven de la música, las flores y los juegos); iconografía sahaguntina fija: mujer joven con corona de flores frescas, plumas de quetzal atadas a las trenzas, huipil y falda ricamente tejidos con motivo de flores, sostiene ramo y huso de tejer |
| Función mítica | Preside las flores como categoría ritual mesoamericana (no adorno menor sino ofrenda central, comparable en peso al copalli o incienso y a la sangre de codorniz); rige el amor sexual placentero opuesto al amor transgresor de Tlazolteotl; patrona de las tejedoras (mecapales), de las bordadoras y de las ahuianime ligadas a los cuarteles militares de la Tlatelolco gemela de Tenōchtitlan; protectora de la maternidad joven y del parto (junto con Tlazolteotl, Toci y las Cihuateteo); su función poético-ritual central es presidir el complejo in xochitl in cuicatl (‘la flor, el canto’), difrasismo náhuatl que designaba la poesía y el discurso ritual verdadero, tal como lo estudió Miguel León-Portilla en La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (UNAM, México, 1956) y en Trece poetas del mundo azteca (UNAM, México, 1967); recibía ofrendas mayores en el Ochpaniztli (mes XI, ~septiembre), fiesta compartida con Toci (‘nuestra abuela’), y ofrendas menores en Tepeilhuitl (mes XIII, ~octubre) junto con las deidades de las montañas y las flores; el culto incluía la danza de tocotines (danza floral con sonajas), el canto de las cuīcapicqueh (compositoras rituales) y el ofrecimiento de tejidos elaborados durante todo el año agrícola por las mujeres de las casas mexicas |
| Atestación | Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino, redacción culminada hacia 1577), fuente colonial central: libro I capítulo 15 (descripción como una de las diosas mayores del panteón femenino), libro IV capítulo 7 (fiesta calendárica del día ce xochitl ‘uno flor’ y del signo macuilxochitl ‘cinco flor’ con el que Xochiquetzal comparte campo semántico) y libro X capítulo 15 (funciones sociales relacionadas con las ahuianime y las tejedoras); edición inglesa Dibble-Anderson (School of American Research y University of Utah Press, Santa Fe, 1950-1982, doce volúmenes) y edición castellana López Austin-García Quintana (Conaculta, México, 2000, tres volúmenes); Códice Borbónico (Assemblée Nationale, París, ca. 1520-1540; edición facsímil ADEVA, Graz, 1974), láminas 8 y 10 con Xochiquetzal y con el signo xochitl; Códice Magliabechiano (Biblioteca Nazionale Centrale, Florencia, ca. 1566; edición facsímil Zelia Nuttall, University of California, Berkeley, 1903), sección de deidades femeninas; Códice Vaticano A o Códice Ríos (Biblioteca Apostólica Vaticana, ~1570), láminas 63v-64v; Códice Telleriano-Remensis (Bibliothèque Nationale de France, ~1550), lámina del Ochpaniztli; Histoyre du Mechique traducida al francés por André Thevet (~1547, Bibliothèque Nationale de France), con el mito del rapto de Xochiquetzal por Tezcatlipoca; Anales de Cuauhtitlán del Códice Chimalpopoca (~1558), con la variante tolteca de Xochiquetzal como madre virgen de Quetzalcóatl; Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología (UNAM, México, 1980, dos volúmenes) y Los mitos del tlacuache (Alianza Editorial Mexicana, México, 1990); Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (UNAM, México, 1956) y Trece poetas del mundo azteca (UNAM, México, 1967); Elizabeth Hill Boone, Cycles of Time and Meaning in the Mexican Books of Fate (University of Texas Press, Austin, 2007); Cecelia F. Klein, «The Devil and the Skirt: An Iconographic Inquiry into the Prehispanic Nature of the Tzitzimime» (Ancient Mesoamerica volumen 11 número 1, 2000, páginas 1-26); Rosemary A. Joyce, Gender and Power in Prehispanic Mesoamerica (University of Texas Press, Austin, 2000) |
| Vigencia hoy | La iconografía de Xochiquetzal —mujer joven con corona de flores, plumas de quetzal y huipil tejido— sobrevive vía sincretismo en advocaciones marianas de la geografía nahua contemporánea (Virgen de los Remedios, Virgen de la Asunción, Virgen del Rosario, según la fiesta patronal local) y en el arte plástico mexicano del siglo XX; Diego Rivera la retomó explícitamente en el mural La civilización totonaca (Palacio Nacional de la Ciudad de México, ciclo pintado entre 1929 y 1951) y en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (Museo Mural Diego Rivera, 1947); Frida Kahlo la evocó en autorretratos con corona de flores y tocado de plumas (por ejemplo Autorretrato con collar de espinas y colibrí, 1940, y Diego y yo, 1949) que combinan iconografía prehispánica con la tehuana istmeña; el ballet Xochiquetzal creado por Miguel Sabido para el Teatro Coyoacán (1987) actualizó la figura en la escena teatral mexicana; colectivos feministas contemporáneos de Ciudad de México, del Estado de México, de Cuernavaca (Morelos) y del área nahua de Cuetzalan (Puebla) la invocan como diosa mexica del cuerpo femenino, del placer y de la creación artística; el bordado tradicional nahua de la Sierra Norte de Puebla, del Alto Balsas guerrerense y de la Huasteca veracruzana e hidalguense mantiene el repertorio floral heredado del culto prehispánico documentado por Sahagún; el mercado de flores de la Central de Abasto de Ciudad de México, el mercado de Jamaica y los tianguis semanales de Xochimilco (raíz xochitl–milli ‘sementera de flores’) conservan el peso ritual y económico de la flor en la vida contemporánea nahua-mexicana |
Xochiquetzal es una de las figuras femeninas mayores del panteón mexica documentado por fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco entre 1547 y 1577. Su nombre en náhuatl se compone de xochitl (‘flor’) y quetzalli (‘pluma preciosa del ave Pharomachrus mocinno, quetzal resplandeciente’), y admite traducción como ‘flor preciosa’, ‘flor de pluma de quetzal’ o ‘flor emplumada’. Es la diosa de las flores como categoría ritual, del amor sexual placentero, de las artes textiles, de las cortesanas o ahuianime y de la maternidad joven. En la lógica del panteón mexica registrado por Sahagún, Xochiquetzal opera por complementariedad respecto a Tlazolteotl, patrona del amor transgresor y de la confesión ritual, y forma con Xochipilli (‘señor de las flores’) una pareja hermano-hermana asociada al campo de las flores, la música, los juegos y la juventud.
La documentación de Xochiquetzal en el corpus colonial es amplia. Sahagún la describe en tres pasajes del Códice Florentino: el libro I capítulo 15 la sitúa entre las diosas mayores del panteón femenino junto con Chicomecōātl y Coatlicue; el libro IV capítulo 7 vincula su figura al signo calendárico ce xochitl (‘uno flor’) del tonalpohualli y al día macuilxochitl (‘cinco flor’) asociado a los aspectos alegres y peligrosos de la flor ritual; el libro X capítulo 15 describe las funciones sociales de las tejedoras y de las ahuianime bajo su patronazgo. El Códice Borbónico, pintado por escribanos indígenas hacia 1520-1540 y hoy conservado en la Assemblée Nationale de París, muestra a Xochiquetzal en las láminas 8 y 10 con el signo xochitl del tonalpohualli. El Códice Magliabechiano (Florencia, ca. 1566), el Códice Vaticano A o Códice Ríos (~1570) y el Códice Telleriano-Remensis (~1550) aportan variantes iconográficas coincidentes en los elementos centrales: corona de flores, plumas de quetzal, huipil ricamente tejido.
La historia de la lectura académica de Xochiquetzal recorre casi cinco siglos. El primer registro sistemático es el trabajo etnográfico de Sahagún y su equipo entre 1547 y 1577, con los tres libros mencionados del Códice Florentino. En el siglo XVI se sumaron las variantes de la Histoyre du Mechique traducida al francés por André Thevet hacia 1547 (con el mito del rapto de Xochiquetzal por Tezcatlipoca) y los Anales de Cuauhtitlán del Códice Chimalpopoca hacia 1558 (con la variante tolteca de Xochiquetzal como madre virgen de Quetzalcóatl). Los estudios modernos empezaron con Eduard Seler en Alemania a finales del siglo XIX; en México, la escuela fundada por Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla en los años 1950 la reintegró al canon del pensamiento náhuatl a través del complejo poético in xochitl in cuicatl (‘la flor, el canto’). Desde los años 1980, Alfredo López Austin, Guilhem Olivier, Elizabeth Hill Boone, Cecelia F. Klein y Rosemary A. Joyce han desarrollado la lectura del panteón femenino mexica en clave de género, cuerpo, ritualidad y política sexual.
La diosa mexica de las flores, la belleza y el amor
Índice
La lectura sahaguntina de Xochiquetzal la sitúa como diosa joven arquetípica del panteón mexica. Frente a las diosas madres ancianas como Toci (‘nuestra abuela’) o como las Cihuateteo divinizadas por morir en el primer parto, Xochiquetzal es la mujer joven en plenitud: cuerpo fértil no todavía cansado, sexualidad placentera y no aún reproductiva en sentido pleno, belleza floral fresca y no marchita. Su iconografía sahaguntina es estable en las tres versiones del Códice Florentino. La diosa aparece como mujer joven de pie o sentada, portando corona de flores frescas trenzadas (xochicozcatl, ‘collar de flores’) sobre la frente, con plumas de quetzal atadas a las trenzas laterales, viste huipil y enredo ricamente tejidos con motivos florales (huipilli xochiihcuiliuhqui, ‘huipil pintado con flores’), y sostiene en una mano un ramo de flores frescas y en la otra un huso de tejer con hilo de algodón (malacatl, ‘huso’) o una sonaja ritual de calabaza seca (ayacaxtli).
El campo semántico que preside Xochiquetzal en el panteón mexica se despliega en tres direcciones. Primero, las flores como categoría ritual: en la lógica del culto mexica documentada por Sahagún, las flores no eran adorno menor sino ofrenda central, comparable en peso al copalli (incienso de resina), a la sangre de codorniz (sacrificio doméstico) o al octli (pulque ritual). Los xochimanque (floricultores especializados) cultivaban en las chinampas del lago de Texcoco y del sur de la cuenca de México variedades específicas de cempōhualxōchitl (cempasúchil), omixōchitl (nardo), cacaloxōchitl (plumeria), izquixōchitl (‘flor de maíz tostado’) y decenas de flores más para el culto de los teocalli del recinto ceremonial de Tenōchtitlan. Segundo, la belleza y el amor sexual: Xochiquetzal era la diosa a la que se acudía por asuntos de amor placentero, seducción, matrimonio joven, deseo, atractivo físico. Tercero, las artes textiles: la mujer mexica adulta pasaba una parte sustancial de su vida ante el telar de cintura (tlahuilli, huipilhuahque), tejiendo el huipil, el enredo, la tilma y las mantas ceremoniales, y Xochiquetzal era la diosa que patrocinaba ese trabajo.
La dimensión sexual del culto a Xochiquetzal se leyó durante mucho tiempo en clave moralista, tanto en los cronistas franciscanos del siglo XVI como en algunos historiadores del siglo XIX y principios del XX. Fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán, escribiendo desde una sensibilidad católica postridentina, hablan de las ahuianime como «malas mujeres» o «mujeres del placer» y traducen su función ligada a los cuarteles militares como prostitución sagrada. La lectura más precisa la ha aportado Rosemary A. Joyce en Gender and Power in Prehispanic Mesoamerica (University of Texas Press, Austin, 2000) y Cecelia F. Klein en «The Devil and the Skirt: An Iconographic Inquiry into the Prehispanic Nature of the Tzitzimime» (Ancient Mesoamerica volumen 11 número 1, 2000, páginas 1-26). Las ahuianime mexicas eran mujeres jóvenes vinculadas por juramento ritual al cuidado y al acompañamiento de los guerreros solteros del calmecac y del telpochcalli, con función pública reconocida por el estado imperial mexica y con vestimenta ritual que las identificaba como consagradas a Xochiquetzal.
La red del panteón femenino mexica alrededor de Xochiquetzal es densa. Tlazolteotl, diosa del amor transgresor y de la confesión ritual, es su contrapunto sexual: mientras Xochiquetzal preside el amor placentero legítimo, Tlazolteotl preside el amor prohibido y la limpieza ritual que restituía al culpable. Chicomecōātl y Xilonen, diosas del maíz maduro y del elote joven, comparten con Xochiquetzal el campo de la fertilidad femenina agrícola. Mayahuel, diosa del maguey y del octli (pulque), forma pareja alcohólico-ritual con Xochiquetzal en el complejo festivo de las flores y la bebida. Coatlicue (‘la de la falda de serpientes’), madre de Huitzilopochtli, y las Tzitzimimeh (diosas estelares peligrosas) forman el polo materno-ancestral del panteón femenino que Xochiquetzal complementa desde el polo joven-fértil. La red se completa con Chantico, diosa del hogar doméstico, y con el aspecto masculino-hermano Xochipilli.
Xochiquetzal en el Ochpaniztli y en el complejo flor-canto (in xochitl in cuicatl) de la poesía náhuatl
La fiesta central del culto a Xochiquetzal se celebraba en el mes Ochpaniztli (‘barrida ritual’, mes XI del calendario solar xiuhpohualli de 365 días), correspondiente aproximadamente a septiembre del calendario juliano según las correlaciones de Alfonso Caso en Los calendarios prehispánicos (UNAM, México, 1967) y de Rafael Tena en El calendario mexica y la cronografía (INAH, México, 1987). El Ochpaniztli era una fiesta femenina mayor compartida entre Toci (‘nuestra abuela’), Chicomecōātl (maíz maduro) y Xochiquetzal, con desdoblamientos entre las tres deidades y con ritos de barrida ritual del recinto ceremonial, procesión de mujeres jóvenes con ofrendas florales, comida ritual y comparsa de tocotines (danza floral con sonajas). Sahagún describe el ciclo en el Códice Florentino libro II capítulo 30, y Durán aporta variantes etnográficas en su Historia de las Indias de Nueva España (~1581).
El aspecto propio de Xochiquetzal en el Ochpaniztli consistía en tres momentos rituales. Primero, la ofrenda de tejidos: las tejedoras (mecapales, huipilhuahque) de Tenōchtitlan llevaban al teocalli los mejores tejidos elaborados durante el año agrícola —huipiles bordados con motivos florales, mantas ceremoniales de algodón fino, enredos ornamentados con plumas—, y los depositaban ante la imagen de la diosa. Segundo, la comparsa de las ahuianime: las cortesanas ligadas por juramento ritual al culto militar bajaban en procesión de sus casas junto a los cuarteles del telpochcalli, con vestimenta ritual de Xochiquetzal (corona de flores, plumas de quetzal, huipil floreado) y participaban en la danza ceremonial de la fiesta. Tercero, el canto de las cuīcapicqueh (compositoras rituales, la variante femenina de los cuicapicque masculinos): mujeres de conocimiento cantaban poemas en náhuatl del género xochicuicatl (‘canto de flores’) dedicados a la diosa y a la belleza efímera de la flor y del cuerpo joven.
La conexión más rica entre Xochiquetzal y la cultura mexica se encuentra en el complejo poético llamado in xochitl in cuicatl. Este difrasismo náhuatl —figura retórica que emparejaba dos palabras concretas para nombrar una realidad abstracta— significa literalmente ‘la flor, el canto’, y en la lógica de la poesía prehispánica designaba ‘la palabra verdadera’, ‘el discurso ritual’, ‘la poesía como forma superior del pensamiento’. Miguel León-Portilla dedicó a este complejo poético dos obras mayores: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (UNAM, México, 1956) y Trece poetas del mundo azteca (UNAM, México, 1967, con múltiples reediciones), donde recogió y tradujo poemas de Nezahualcóyotl (huey tlatoani de Texcoco, 1402-1472), Nezahualpilli (hijo del anterior), Cacamatzin, Ayocuan Cuetzpaltzin, Tochihuitzin Coyolchiuhqui y otros poetas del corpus Cantares mexicanos (manuscrito de la Biblioteca Nacional de México, ~1580) y del corpus Romances de los señores de la Nueva España (manuscrito Nettie Lee Benson Latin American Collection, University of Texas at Austin, ~1582).
Los xochicuicatl (‘cantos de flores’) recogidos en los Cantares mexicanos son poemas breves de estructura paralelística en los que la flor —fresca, hermosa, efímera, destinada a marchitarse en pocos días— sirve de imagen central para meditar sobre la belleza de la vida y su finitud. La lógica del xochicuicatl era que la vida humana, la belleza del cuerpo, el amor, la fama guerrera, el poder político, todo tenía la misma condición efímera que la flor cortada: florecía, resplandecía brevemente y se marchitaba. Xochiquetzal presidía este campo como diosa de la flor y como referencia ritual del poeta cuando componía el poema para la fiesta. Nezahualcóyotl, en el poema conservado en los Romances de los señores de la Nueva España folio 3v-4r (traducción de León-Portilla), invoca directamente la lógica floral: «Como una pintura nos iremos borrando, como una flor hemos de secarnos sobre la tierra». La sensibilidad estética mexica, tal como la conservó el manuscrito colonial, gira en gran medida alrededor de la flor como imagen central, y Xochiquetzal era la diosa que consagraba esa imagen.
De la iconografía prehispánica al arte muralista mexicano (Rivera, Kahlo) y a la iconografía feminista contemporánea
La iconografía prehispánica de Xochiquetzal —mujer joven con corona de flores, plumas de quetzal atadas a las trenzas, huipil ricamente tejido con motivos florales, ramo de flores en una mano y huso de tejer en la otra— pasó al arte mexicano del siglo XX a través del muralismo nacionalista posrevolucionario. Diego Rivera (Guanajuato 1886 – Ciudad de México 1957) integró la figura de Xochiquetzal en al menos dos ciclos murales mayores. Primero, en el ciclo del Palacio Nacional de la Ciudad de México pintado entre 1929 y 1951 —donde el panel La civilización totonaca del cubo de la escalera muestra escenas del culto floral con figuras femeninas identificables iconográficamente con Xochiquetzal—. Segundo, en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central pintado en 1947 para el Hotel del Prado y hoy conservado en el Museo Mural Diego Rivera de la Ciudad de México, donde figuras femeninas indígenas con corona de flores y huipil bordado remiten al mismo repertorio prehispánico.
Frida Kahlo (Coyoacán, Ciudad de México, 1907-1954) trabajó de manera más íntima y personal el repertorio iconográfico ligado a Xochiquetzal. Sus autorretratos con corona de flores frescas trenzadas en el peinado (Autorretrato con collar de espinas y colibrí de 1940, Nickolas Muray Collection, Harry Ransom Center, University of Texas at Austin; Diego y yo de 1949, colección privada; Autorretrato con trenza de 1941, Colección Jacques y Natasha Gelman, Museo Jumex, Ciudad de México) combinan la iconografía prehispánica de la diosa mexica de las flores con la vestimenta tehuana del istmo de Tehuantepec (Oaxaca), en un gesto de reivindicación étnico-cultural que era también reivindicación de la sexualidad femenina y de la creatividad artística no dependiente del canon masculino. La historiadora del arte Hayden Herrera en Frida: A Biography of Frida Kahlo (Harper Perennial, Nueva York, 1983) y la crítica Cecelia F. Klein han documentado esta doble filiación (mexica-tehuana) del autorretrato kahliano.
En el arte contemporáneo mexicano, la figura de Xochiquetzal ha sido retomada por el teatro de Miguel Sabido en el ballet homónimo estrenado en el Teatro Coyoacán de la Ciudad de México en 1987, y por artistas plásticas como Yolanda Andrade, Graciela Iturbide (que fotografió en 1979 la serie Nuestra Señora de las Iguanas en Juchitán, Oaxaca, con reminiscencias del repertorio floral prehispánico) y las pintoras de la generación posmuralista Aurora Reyes y María Izquierdo. Los colectivos feministas contemporáneos de Ciudad de México, del Estado de México, de Cuernavaca (Morelos), de Puebla y del área nahua de la Sierra Norte de Puebla (Cuetzalan del Progreso, Zoquiapan) la invocan como referencia de la diosa mexica del cuerpo femenino, del placer y de la creación artística. La producción bordada y tejida de las mujeres nahuas contemporáneas de Cuetzalan, del Alto Balsas guerrerense y de la Huasteca veracruzana e hidalguense conserva el repertorio de motivos florales heredado del culto prehispánico documentado por Sahagún en el Códice Florentino.
La vigencia contemporánea de Xochiquetzal también se lee en la geografía y en el mercado de la Ciudad de México. El barrio de Xochimilco —cuya raíz nahua es xochitl (‘flor’) + milli (‘sementera’) + -co (‘lugar de’), es decir ‘lugar de la sementera de flores’— conserva desde la época prehispánica hasta el presente la producción hortícola-floral que abastecía a los teocalli mexicas y hoy abastece al mercado nacional. El mercado de Jamaica (delegación Venustiano Carranza) es el mayor mercado mayorista de flores del país; la Central de Abasto (Iztapalapa) mueve toneladas semanales de cempōhualxōchitl (cempasúchil) para las fiestas patronales, del Día de Muertos y de las bodas, funerales y bautizos católicos. Los tianguis semanales de la Ciudad de México y del Estado de México siguen incluyendo el puesto de flores como categoría específica del comercio popular. El peso ritual, económico y afectivo de la flor en la vida contemporánea mexicana conserva la centralidad que Xochiquetzal presidía en el Mēxihco-Tenōchtitlan prehispánico.
Lo que permanece
El culto formal a Xochiquetzal desapareció con la evangelización franciscana del siglo XVI y con la destrucción de los teocalli del recinto ceremonial de Tenōchtitlan. Los tlamacazqui del culto floral fueron perseguidos, los códices quemados por Juan de Zumárraga y por sus sucesores, las ahuianime reprimidas como prostitutas por la moral colonial católica, las cuīcapicqueh silenciadas. Pero la iconografía sobrevivió porque el tejido, la flor, el xochicuicatl y la belleza femenina joven eran categorías demasiado centrales de la vida cotidiana para desaparecer con el fin del culto oficial. Pasaron al huipil bordado que la mujer nahua siguió tejiendo cinco siglos, al altar de flores del Día de Muertos heredado del cempōhualxōchitl mexica, a la fiesta patronal católica de septiembre donde la Virgen recibía las mismas ofrendas florales que había recibido Xochiquetzal, y al canto ceremonial de las danzas rurales de la Sierra Norte de Puebla y de la Huasteca.
La lectura académica de Xochiquetzal ha ido enriqueciéndose desde los trabajos de Eduard Seler a finales del siglo XIX hasta la generación de López Austin, Olivier, Boone, Klein y Joyce del último medio siglo. El corpus sahaguntino sigue siendo la fuente colonial de referencia; las ediciones críticas del Códice Florentino por Dibble-Anderson (1950-1982) y por López Austin-García Quintana (2000) han hecho accesible el material en inglés y castellano modernos. La agenda pendiente incluye trabajo etnográfico más denso sobre el bordado floral nahua contemporáneo como continuidad ritual del culto prehispánico, análisis comparativo con el complejo poético maya del Popol Vuh sobre las flores y el canto, y estudio de la lectura feminista de la figura de Xochiquetzal como diosa del cuerpo femenino no reducido a la maternidad. Para el hub general del panteón consúltese Pueblos mexicas: hub, y para las variantes mesoamericanas comparables Ometeotl, Ometochtli, Chac, Huracán, Vucub Camé y Yum Kaax.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Xochiquetzal en el panteón mexica?
Xochiquetzal es la diosa mexica de las flores, la belleza, el amor sexual placentero, las artes textiles y las cortesanas o ahuianime. Su nombre en náhuatl significa literalmente flor preciosa o flor de pluma de quetzal (xochitl flor + quetzalli pluma preciosa). Fray Bernardino de Sahagún la describe en tres pasajes del Códice Florentino redactado entre 1547 y 1577: libro I capítulo 15 (deidades femeninas mayores), libro IV capítulo 7 (signos del tonalpohualli asociados) y libro X capítulo 15 (funciones sociales de las tejedoras y ahuianime bajo su patronazgo). Su iconografía sahaguntina es estable: mujer joven con corona de flores, plumas de quetzal atadas a las trenzas, huipil ricamente tejido con motivos florales.
¿Cuál era la fiesta central de Xochiquetzal?
La fiesta central del culto a Xochiquetzal era el Ochpaniztli (barrida ritual), mes XI del calendario solar xiuhpohualli mexica de 365 días, correspondiente aproximadamente a septiembre del calendario juliano según las correlaciones de Alfonso Caso en Los calendarios prehispánicos (UNAM, 1967). Era una fiesta femenina mayor compartida con Toci (nuestra abuela) y Chicomecōātl (maíz maduro), con desdoblamientos entre las tres deidades. El aspecto de Xochiquetzal consistía en tres momentos: ofrenda de tejidos por las mecapales de Tenōchtitlan, comparsa de las ahuianime en procesión desde los cuarteles del telpochcalli, y canto de las cuīcapicqueh (compositoras rituales) con poemas del género xochicuicatl (canto de flores) dedicados a la diosa.
¿Qué relación tiene Xochiquetzal con la poesía náhuatl in xochitl in cuicatl?
Xochiquetzal presidía como diosa de las flores el complejo poético llamado in xochitl in cuicatl (la flor, el canto), difrasismo náhuatl que designaba la poesía y el discurso ritual verdadero. Miguel León-Portilla dedicó a este complejo dos obras mayores: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (UNAM, 1956) y Trece poetas del mundo azteca (UNAM, 1967), con poemas de Nezahualcóyotl, Nezahualpilli, Cacamatzin y Ayocuan del corpus Cantares mexicanos y Romances de los señores de la Nueva España. Los xochicuicatl (cantos de flores) usaban la flor efímera como imagen central para meditar sobre la finitud de la vida, la belleza y la fama. Xochiquetzal era la diosa que consagraba esa lógica poética.
¿Cómo aparece Xochiquetzal en el arte mexicano contemporáneo?
La iconografía de Xochiquetzal pasó al arte mexicano del siglo XX a través del muralismo nacionalista posrevolucionario. Diego Rivera la integró en el ciclo del Palacio Nacional de Ciudad de México (1929-1951) y en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947, hoy en el Museo Mural Diego Rivera). Frida Kahlo trabajó el repertorio en sus autorretratos con corona de flores y plumas: Autorretrato con collar de espinas y colibrí (1940), Diego y yo (1949) y Autorretrato con trenza (1941). Miguel Sabido estrenó el ballet Xochiquetzal en el Teatro Coyoacán en 1987. Colectivos feministas contemporáneos la invocan como referencia de la diosa mexica del cuerpo femenino y la creación artística.
¿Sigue vigente el culto o la referencia a Xochiquetzal en el México actual?
El culto formal desapareció con la evangelización franciscana del siglo XVI, pero la iconografía sobrevivió vía sincretismo en advocaciones marianas de la geografía nahua (Virgen de los Remedios, Virgen de la Asunción, Virgen del Rosario, según la fiesta patronal local). El bordado floral nahua contemporáneo de la Sierra Norte de Puebla, del Alto Balsas guerrerense y de la Huasteca veracruzana e hidalguense conserva el repertorio heredado del culto prehispánico. El barrio de Xochimilco (raíz náhuatl xochitl-milli, sementera de flores) mantiene desde la época prehispánica la producción hortícola-floral. El mercado de Jamaica de Ciudad de México es el mayor mercado mayorista de flores del país. El peso ritual, económico y afectivo de la flor conserva la centralidad que Xochiquetzal presidía en el Mēxihco-Tenōchtitlan prehispánico.





