Las Guacamayas Cañari, aves fundadoras del pueblo cañari del austro

Lo esencial. Las guacamayas cañari son las dos aves míticas —ara ararauna de plumaje azul y amarillo la primera, ara macao de plumaje rojo la segunda— que en el ciclo fundacional del pueblo cañari del austro ecuatoriano se aparecen a los dos hermanos supervivientes del diluvio universal, Ari y Cusicayo, en las orillas de la laguna sagrada Leoquina, y se transforman en mujeres para tomarlos por esposos y engendrar los diez linajes fundacionales del pueblo. El mito —recogido por primera vez por Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» hacia 1573 en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas, retomado por Miguel Cabello Balboa en la Miscelánea antártica hacia 1586 y por Bernabé Cobo en la Historia del Nuevo Mundo hacia 1653, y reelaborado por el jesuita Juan de Velasco en la Historia del Reino de Quito en la América Meridional terminada en Riobamba en 1789— explica la etimología del autónimo kañari, «descendientes de la serpiente y la guacamaya», y sigue vigente hoy en la fiesta cañari del Killa Raymi —fiesta de la luna del equinoccio de septiembre— celebrada anualmente en la ciudad de Cañar y en las orillas de la Laguna de Culebrillas por las comunidades cañari contemporáneas de las provincias ecuatorianas de Cañar y Azuay.

Origen culturalPueblo cañari (autónimo kañari, «descendientes de la serpiente y la guacamaya»), Andes australes del Ecuador (provincias actuales de Cañar y Azuay); territorio ancestral Cañaribamba conquistado por el Imperio Inca durante Túpac Yupanqui (1470s) y Huayna Cápac (1490s-1520s); capital pre-inca Hatun Cañar y capital imperial inca Tomebamba —actual Cuenca del Azuay— fundada sobre Cañaribamba
TipoAves míticas fundadoras dinásticas; una guacamaya azul-amarilla (ara ararauna) y una guacamaya roja (ara macao) que se transforman en mujeres para tomar por esposos a los dos hermanos supervivientes del diluvio; complejo mítico de aves-mujer paralelo a otras tradiciones aves-fundadoras del NW Amazonas sudamericano
Función míticaAparecer en la casa a orillas de la laguna Leoquina donde se refugian los dos hermanos Ari y Cusicayo; preparar la comida en su ausencia; ser capturadas y transformadas en mujeres; casarse con los hermanos y engendrar los diez linajes fundacionales del pueblo cañari; dar origen al autónimo kañari como «descendientes de la serpiente y la guacamaya»
AtestaciónCristóbal de Molina «el Cuzqueño», Relación de las fábulas y ritos de los Incas (~1573-1574, edición crítica Historia 16, Madrid, 1988); Miguel Cabello Balboa, Miscelánea antártica (~1586); Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo (~1653); Juan de Velasco, Historia del Reino de Quito en la América Meridional (Riobamba, 1789; edición facsímil Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1946); síntesis moderna en Jacinto Jijón y Caamaño, El Ecuador interandino y occidental antes de la conquista castellana (Quito, 1940-1947, 4 vols.); Aquiles R. Pérez T., Los Cañaris (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1978); Frank Salomon, Native Lords of Quito in the Age of the Incas: Ethnohistory of the North Andes (Cambridge University Press, 1986); Julio Idrovo Urigüen, Tomebamba: Arqueología e Historia de una Ciudad Imperial (Banco Central del Ecuador, Cuenca, 2000); Jaime Idrovo Uriguen, Aproximación a la historia de los Cañaris (Universidad de Cuenca, 2004)
Vigencia hoyFiesta cañari del Killa Raymi —fiesta de la luna del equinoccio de septiembre— celebrada anualmente en la ciudad de Cañar y en las orillas de la Laguna de Culebrillas con danzas taqui que incluyen representación de las dos guacamayas fundadoras; movimiento Kañari Kausay de recuperación cultural cañari activo desde 2005; iconografía de las guacamayas fundadoras recuperada por el arte cañari contemporáneo y por la señalética institucional de la provincia de Cañar; sitios arqueológicos Ingapirca (Patrimonio Cultural Nacional Ecuador), Chobshi y Zhalao

En el ciclo mítico fundacional del pueblo cañari del austro ecuatoriano, las dos guacamayas fundadoras —ara ararauna de plumaje azul y amarillo la primera, ara macao de plumaje rojo la segunda— aparecen en la casa que los dos hermanos supervivientes del diluvio, Ari y Cusicayo, encuentran ya construida y con comida servida a orillas de la laguna sagrada Leoquina tras descender del cerro salvador Huacayñán. Preparan la comida en su ausencia; son capturadas por los hermanos después de varios intentos fallidos; se transforman en mujeres y toman a los hermanos por esposos; y de las uniones nacen los diez hijos que darán origen a los diez linajes fundacionales del pueblo cañari. El mito ofrece la explicación etiológica del autónimo kañari, que las fuentes coloniales traducen sistemáticamente como «descendientes de la serpiente y la guacamaya» y que sostiene la identidad étnica cañari desde el tiempo pre-inca hasta el presente contemporáneo.

La fuente colonial central del ciclo es el clérigo español Cristóbal de Molina «el Cuzqueño», establecido en el Cuzco desde los años 1560, cuya Relación de las fábulas y ritos de los Incas —terminada hacia 1573 o 1574 y transmitida manuscrita hasta su primera edición moderna por Thomas Guthrie Payne en 1873, con edición crítica autorizada de Henrique Urbano y Pierre Duviols publicada por Historia 16 de Madrid en 1988— recoge el mito de las guacamayas fundadoras junto con el ciclo del diluvio y de la laguna Leoquina como conjunto etnográfico unitario obtenido de informantes cañaris trasladados al Cuzco por la política de mitmaq o resettlement forzoso practicada por los incas desde Huayna Cápac. Miguel Cabello Balboa retomó el mito en la Miscelánea antártica hacia 1586 —el mismo cronista mestizo al que debemos el ciclo lambayecano de Ñaymlap—, y Bernabé Cobo lo incluyó en la Historia del Nuevo Mundo hacia 1653 con matices propios de la reelaboración jesuita del corpus etnográfico andino.

La versión canónica ecuatoriana del ciclo fue reelaborada por el jesuita quiteño Juan de Velasco en la Historia del Reino de Quito en la América Meridional, obra terminada en Riobamba en 1789 durante el exilio jesuita en Faenza (Italia) tras la expulsión de la Compañía de los territorios españoles en 1767, y publicada en edición facsímil por la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Quito en 1946. Velasco escribía desde una perspectiva criolla ilustrada y con acceso a informantes cañaris de finales del siglo XVIII; su versión del ciclo de las guacamayas presenta algunos matices propios de la etnografía tardocolonial —el énfasis en el carácter divino de las aves-mujer, el número exacto de diez hijos fundadores, la identificación geográfica precisa del cerro Huacayñán en las inmediaciones del cantón Deleg del Azuay— que han pasado al canon narrativo ecuatoriano contemporáneo del mito. La síntesis moderna del ciclo se debe a Jacinto Jijón y Caamaño en El Ecuador interandino y occidental antes de la conquista castellana (Editorial Ecuatoriana, Quito, 1940-1947, 4 vols.) y a Aquiles R. Pérez T. en Los Cañaris (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1978).

Las dos aves fundadoras del pueblo cañari del austro ecuatoriano

El episodio central del ciclo mítico cañari se abre cuando los dos hermanos Ari —el mayor— y Cusicayo —el menor—, únicos supervivientes del diluvio universal que ha cubierto la totalidad del territorio del austro ecuatoriano, descienden del cerro salvador Huacayñán tras la retirada de las aguas y buscan un lugar habitable en el valle. Encuentran a orillas de la laguna sagrada Leoquina —identificada por la etnohistoria moderna con la Laguna de Culebrillas del páramo andino de la provincia de Cañar— una casa que alguien ha construido en su ausencia y en la que hay comida preparada y bebida servida, sin rastro visible del artífice. Sorprendidos por la aparición inesperada del sustento y sin fuerzas para investigar de inmediato, los hermanos comen y beben lo que encuentran, y descansan agotados por el descenso desde la cumbre del Huacayñán. Al día siguiente vuelven a encontrar comida fresca en la mesa y se plantean la incógnita del proveedor invisible.

Deciden entonces esperar escondidos para descubrir quién les proporciona el alimento. Al tercer día ven llegar a dos guacamayas de plumaje esplendoroso —una de plumas azules y amarillas identificada por la ornitología moderna con la especie amazónica ara ararauna, y otra de plumas rojas con la especie amazónica ara macao—, y observan cómo las aves entran en la casa, se posan en el suelo, se transforman ante sus ojos en dos mujeres jóvenes de gran belleza, preparan la comida y la bebida, y desaparecen al terminar retomando su forma alada. Los hermanos intentan capturar a las aves durante varias noches sin éxito; finalmente lo consiguen tras varios intentos fallidos, y las guacamayas, atrapadas en forma humana, aceptan quedarse en la casa a orillas de la laguna y tomar a los hermanos por esposos. De las uniones nacen diez hijos —seis varones y cuatro mujeres según la versión de Juan de Velasco de 1789, número que otras versiones cañaris contemporáneas modifican ligeramente—, que se convierten en los ancestros directos de los diez linajes fundacionales del pueblo cañari del austro ecuatoriano.

La lectura etimológica del autónimo kañari —»descendientes de la serpiente y la guacamaya» en kañari shimi, la lengua originaria del pueblo extinguida hacia 1700— fue registrada por primera vez por Miguel Cabello Balboa en la Miscelánea antártica hacia 1586 y confirmada por Juan de Velasco en 1789 y por los estudios lingüísticos posteriores de Jacinto Jijón y Caamaño en El Ecuador interandino y occidental (1940-1947) y de Aquiles R. Pérez en Los Cañaris (1978). La composición del autónimo remite a dos ancestros míticos —la serpiente asociada al agua sagrada de Leoquina y a la deidad acuática del panteón cañari, y la guacamaya asociada a las dos aves fundadoras del ciclo post-diluviano—, y sostiene el vínculo genealógico entre el pueblo vivo y la pacarina primordial del austro ecuatoriano. La doble ancestría —acuática y alada— explica también la iconografía cañari pre-inca recuperada en los sitios arqueológicos de Ingapirca, Chobshi y Zhalao, donde los motivos de la serpiente y de las aves grandes de plumaje colorido aparecen con frecuencia asociados a piezas rituales de alto rango.

La presencia de las especies ara ararauna y ara macao en el mito fundacional de un pueblo serrano andino situado a 2.500 metros de altitud sobre el nivel del mar es en sí misma un dato etnográfico significativo. Ambas especies son propias de la Amazonía baja y de las zonas de piedemonte andino oriental, no del páramo andino propiamente dicho; su presencia en el ciclo cañari sugiere una memoria mítica de contactos comerciales y culturales tempranos entre el pueblo cañari del austro ecuatoriano y las culturas del Alto Amazonas ecuatoriano —zona de contacto con los pueblos kichwa amazónicos ecuatorianos actuales que veneran a deidades como Amasanga y a la amo del río Sungui, con la deidad agrícola Nunghui, con el complejo Yumbo de los valles interandinos noroccidentales del país, y con figuras achuar como Wengongi y Piatsaw. Los estudios arqueológicos de Jaime Idrovo Uriguen en Aproximación a la historia de los Cañaris (Universidad de Cuenca, 2004) y de Julio Idrovo Urigüen en Tomebamba: Arqueología e Historia de una Ciudad Imperial (Banco Central del Ecuador, Cuenca, 2000) documentan efectivamente rutas comerciales pre-incas entre el austro ecuatoriano y el Alto Amazonas para el intercambio de plumas de guacamaya, de cerámica ritual, de spondylus y de otros bienes de prestigio destinados al consumo ceremonial de las élites cañaris.

El motivo panamericano del diluvio y la reconstrucción del pueblo

El ciclo cañari del diluvio y de la reconstrucción del pueblo a partir de dos supervivientes se inscribe en una constelación panamericana de mitos diluvianos que la etnografía comparada ha documentado sistemáticamente desde el siglo XIX en toda la geografía continental, desde el norte de México hasta la Patagonia argentina y chilena. Konrad Preuss en su expedición etnográfica a la Sierra Madre Occidental de México en 1907 documentó el ciclo wixárika del héroe cultural Watákame, en el que un solo hombre y su perra sobreviven al diluvio construyendo una canoa sagrada y refundan el pueblo tras la retirada de las aguas; el resultado fue publicado en Die Nayarit-Expedition (Teubner, Leipzig, 1912). Los ciclos ye’kwana del Alto Orinoco venezolano centrados en la figura demiúrgica de Kanobo y los ciclos xingüanos del Alto Xingu brasileño organizados en torno al creador Mavutsinim presentan variantes amazónicas del mismo motivo diluviano fundacional. En Mesoamérica, los ciclos mexicas del diluvio de la cuarta era o Nahui Atl —cuarto sol— fueron recogidos por Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino del siglo XVI y por otros cronistas coloniales del mundo nahua. En Europa, los relatos griegos de Deucalión y Pirra, mesopotámicos de Utnapishtim en la Epopeya de Gilgamesh, y bíblicos de Noé constituyen las variantes del Viejo Mundo del mismo esquema narrativo.

La especificidad cañari dentro del corpus continental panamericano se define por dos rasgos claramente distintivos que la separan de las demás variantes conocidas. En primer lugar, los supervivientes del diluvio son dos hermanos varones —Ari y Cusicayo—, no un matrimonio como en el ciclo griego de Deucalión y Pirra o en el mesopotámico y bíblico, no una familia extensa como en el ciclo mesoamericano, no un individuo aislado como en el ciclo wixárika de Watákame. Este rasgo aproxima el ciclo cañari a algunas variantes del NW Amazonas sudamericano donde los supervivientes son también parejas de hermanos varones —el ciclo tikuna de Yoi e Ipi, el ciclo baniwa de los hermanos Kuwai— y sugiere una conexión mítica sur-amazónica más antigua que la contigüidad geográfica actual del pueblo cañari con los pueblos serranos quechuahablantes del centro del Ecuador. En segundo lugar, las esposas post-diluvianas de los dos supervivientes son aves transformadas en mujeres, motivo que conecta el ciclo cañari con las tradiciones amazónicas del NW del continente y con el complejo mítico panamericano de las aves-mujer, sistemáticamente documentado por la escuela estructuralista francesa desde los años 1960.

La lectura estructural del motivo aves-mujer en la mitología sudamericana fue desarrollada por Claude Lévi-Strauss en los cuatro volúmenes de las Mythologiques (Plon, París, 1964-1971) —Le cru et le cuit, Du miel aux cendres, L’origine des manières de table, L’homme nu— a partir del corpus de mitos bororó, ge y tupí-guaraní del Brasil central y meridional. Lévi-Strauss identificó el complejo aves-mujer como una de las oposiciones binarias organizadoras del pensamiento mítico sudamericano —naturaleza contra cultura, cielo contra tierra, salvaje contra doméstico, animalidad femenina contra humanidad masculina— y estableció paralelos estructurales entre el motivo brasileño y las variantes andinas y mesoamericanas. La variante cañari de las guacamayas fundadoras se sitúa dentro de este mapa estructuralista como caso andino austral del complejo panamericano; los estudios posteriores de Peter Roe en The Cosmic Zygote: Cosmology in the Amazon Basin (Rutgers University Press, 1982) y de Lawrence Sullivan en Icanchu’s Drum: An Orientation to Meaning in South American Religions (Macmillan, Nueva York, 1988) han reforzado la lectura pan-continental del motivo con especial atención a las variantes ecuatoriales y andinas.

La reconstrucción del pueblo a partir de dos supervivientes y de dos aves fundadoras dio origen —según el mito— a diez linajes cañaris fundacionales, cifra que otras versiones coloniales elevan a doce o reducen a ocho según la fuente informante. Los diez linajes se establecieron en distintos valles del austro ecuatoriano y dieron nombre a los ayllus pre-incas del territorio, algunos de los cuales conservan su denominación cañari hasta el presente: Hatun Cañar, Deleg, Duran-Cañari, Cañaribamba, entre otros. La estructura decimal del ciclo fundacional cañari es un rasgo etnográfico llamativo compartido con otras tradiciones dinásticas andinas —los diez panacas reales cuzqueños de la dinastía inca, los diez hermanos Ayar del ciclo fundacional cuzqueño, los diez señores lambayecanos de la dinastía de Ñaymlap— y sugiere una gramática numérica común al pensamiento dinástico andino pre-inca e imperial. Los primeros linajes cañaris quedaron bajo la advocación protectora directa de las aves fundadoras y del culto a la laguna Leoquina, sitio de la aparición original.

De Molina (1573) a la vigencia contemporánea del Killa Raymi cañari

Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» recogió por primera vez el mito completo de las guacamayas fundadoras hacia 1573 o 1574 en el contexto de la campaña evangelizadora del clero cuzqueño posterior al Concilio de Lima de 1567, dirigido por el arzobispo Jerónimo de Loayza. Molina —que ejercía como cura doctrinero del Hospital de los Naturales de Nuestra Señora de los Remedios del Cuzco desde 1566 y que tenía acceso privilegiado a informantes indígenas de las provincias del Tawantinsuyu trasladados a la capital imperial por la política de mitmaq heredada del imperio inca— redactó su Relación de las fábulas y ritos de los Incas por encargo directo del virrey Francisco de Toledo en el marco del programa de la Visita General del Perú de 1570-1575. El manuscrito circuló entre las autoridades coloniales durante todo el siglo XVII y fue editado por primera vez en versión impresa moderna por Thomas Guthrie Payne en Londres en 1873. La edición crítica autorizada actual —a cargo de Henrique Urbano y Pierre Duviols, Historia 16 de Madrid, 1988— es la fuente de referencia académica contemporánea.

Doscientos años después, el jesuita quiteño Juan de Velasco reelaboró el ciclo de las guacamayas fundadoras en la Historia del Reino de Quito en la América Meridional, obra terminada en Riobamba en 1789 durante su exilio en Faenza (Italia) tras la expulsión de la Compañía de Jesús de los territorios españoles en 1767. La versión de Velasco introduce matices propios de la etnografía tardocolonial ecuatoriana: enfatiza la belleza física de las aves-mujer, precisa el número exacto de diez hijos fundadores, localiza el cerro salvador Huacayñán en las inmediaciones del actual cantón Deleg del Azuay, y sitúa la ciudad ancestral cañari Hatun Cañar como sede política de los diez linajes fundacionales. La obra circuló manuscrita hasta la primera edición impresa quiteña de 1841-1844 —a cargo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en gestación—, y la edición facsímil moderna definitiva es la de 1946 publicada por la misma Casa de la Cultura Ecuatoriana en Quito bajo la dirección de Benjamín Carrión.

La síntesis académica moderna del ciclo cañari se debe a tres autores principales del siglo XX y XXI: Jacinto Jijón y Caamaño con El Ecuador interandino y occidental antes de la conquista castellana (Editorial Ecuatoriana, Quito, 1940-1947, 4 vols.), obra fundacional de la arqueología ecuatoriana que estableció el marco estilístico y cronológico del austro pre-inca; Aquiles R. Pérez T. con Los Cañaris (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1978), monografía específica sobre el pueblo con recuperación exhaustiva de las fuentes coloniales; y Frank Salomon con Native Lords of Quito in the Age of the Incas: Ethnohistory of the North Andes (Cambridge University Press, 1986), estudio etnohistórico del norte andino ecuatoriano bajo dominación inca con capítulos dedicados al pueblo cañari. A ellos se añaden los estudios recientes de Julio Idrovo Urigüen en Tomebamba: Arqueología e Historia de una Ciudad Imperial (Banco Central del Ecuador, Cuenca, 2000) sobre la capital inca del norte y de Jaime Idrovo Uriguen en Aproximación a la historia de los Cañaris (Universidad de Cuenca, 2004) sobre la trayectoria histórica completa del pueblo del austro ecuatoriano desde la etapa pre-inca hasta el presente contemporáneo.

La vigencia contemporánea del mito de las guacamayas fundadoras se manifiesta con especial intensidad en la fiesta cañari del Killa Raymi —fiesta de la luna del equinoccio de septiembre—, celebración calendárica ancestral recuperada por las comunidades cañaris del Azuay y del Cañar desde los años 1990 y consolidada institucionalmente desde 2005 con el impulso del movimiento cultural Kañari Kausay («vida cañari» en quichua serrano ecuatoriano). El Killa Raymi se celebra el 22 o 23 de septiembre de cada año en la ciudad de Cañar, en las orillas de la laguna sagrada de Culebrillas —identificada con Leoquina mítica—, y en varios sitios ceremoniales asociados a los linajes fundacionales cañaris. La ceremonia central incluye la danza taqui —forma coreográfica cañari pre-inca conservada bajo el nombre quechua colonial— con representación explícita de las dos guacamayas fundadoras a cargo de dos bailarinas vestidas con plumas azul-amarillas y rojas respectivamente, danzas circulares en torno a un fuego ritual, ofrendas de chicha de jora y de granos andinos a la laguna, y cantos ancestrales en kañari shimi reconstruido a partir del vocabulario reunido por Jijón y Caamaño y por Pérez. La ceremonia se enlaza con el resto del calendario ritual andino heredado del imperio inca —el Inti Raymi de junio en honor al sol dinástico Inti, el Kolla Raymi, el Kapak Raymi del solsticio de diciembre— y participa del movimiento continental de recuperación de las tradiciones espirituales indígenas iniciado en los años 1990 en el conjunto de los Andes centrales y septentrionales. Los mitos vecinos del ciclo fundacional cuzqueño de Manco Cápac y Mama Huaco, del creador andino Wiracocha, de la deidad agrícola Pachamama, del héroe civilizador Cuniraya Wiracocha del Manuscrito de Huarochirí, y del Pariacaca serrano central, forman el corredor mítico andino sudamericano dentro del cual la variante cañari de las aves-mujer y del diluvio ocupa hoy un lugar propio y reconocido. El vínculo estructural con la laguna sagrada Leoquina completa el ciclo fundacional del pueblo cañari en toda su extensión narrativa.

Lo que permanece

Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» hacia 1573, Miguel Cabello Balboa en 1586, Bernabé Cobo en 1653, Juan de Velasco en Riobamba en 1789, Jacinto Jijón y Caamaño entre 1940 y 1947, Aquiles R. Pérez T. en 1978, Frank Salomon en Cambridge en 1986, Julio Idrovo Urigüen en 2000, Jaime Idrovo Uriguen en 2004 y los equipos actuales de la Universidad de Cuenca y del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador forman el arco documental completo que sostiene hoy la reconstrucción del ciclo mítico de las guacamayas fundadoras cañaris. Dos hermanos supervivientes del diluvio universal, una laguna sagrada como pacarina primordial, dos aves transformadas en mujeres, diez linajes fundacionales del pueblo del austro ecuatoriano: la estructura narrativa completa del ciclo se mantiene con notable estabilidad a través de cuatro siglos y medio de transmisión escrita, desde el manuscrito cuzqueño de Molina en tiempos del virrey Toledo hasta las danzas taqui del Killa Raymi contemporáneo en las orillas de la Laguna de Culebrillas. Para las comunidades cañaris contemporáneas de las provincias ecuatorianas de Cañar y Azuay —aproximadamente 150.000 personas mayoritariamente quichuahablantes— las dos guacamayas fundadoras siguen siendo el emblema visible del origen mítico del pueblo y el vínculo narrativo con la pacarina primordial. Para la etnohistoria andina académica, el ciclo cañari es el caso ejemplar de una tradición oral austral que sobrevivió a la extirpación colonial y a dos siglos de castellanización lingüística y que la investigación etnográfica y arqueológica de las últimas décadas ha vuelto a poner en su valor histórico completo.

Preguntas frecuentes

¿Quiénes son las guacamayas fundadoras en la mitología cañari?

Las guacamayas fundadoras son las dos aves míticas —una azul-amarilla identificada con la especie amazónica ara ararauna, y una roja identificada con la especie ara macao— que en el ciclo mítico fundacional del pueblo cañari del austro ecuatoriano se aparecen a los dos hermanos supervivientes del diluvio universal, Ari y Cusicayo, en las orillas de la laguna sagrada Leoquina, y se transforman en mujeres para tomarlos por esposos. De las uniones nacen los diez hijos que darán origen a los diez linajes fundacionales del pueblo cañari, y por ellas el autónimo kañari significa «descendientes de la serpiente y la guacamaya».

¿Quién registró por primera vez el mito?

El primer cronista colonial que registró por escrito el ciclo mítico completo de las guacamayas fundadoras cañaris fue Cristóbal de Molina «el Cuzqueño», clérigo español establecido en el Cuzco desde 1566, en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas terminada hacia 1573 o 1574 por encargo del virrey Francisco de Toledo. La obra circuló manuscrita hasta la primera edición impresa moderna por Thomas Guthrie Payne en Londres en 1873. La edición crítica autorizada contemporánea es la de Henrique Urbano y Pierre Duviols publicada por Historia 16 de Madrid en 1988. Miguel Cabello Balboa retomó el mito en la Miscelánea antártica hacia 1586.

¿Qué significa el autónimo kañari?

El autónimo kañari significa «descendientes de la serpiente y la guacamaya» en kañari shimi, la lengua originaria del pueblo cañari del austro ecuatoriano extinguida hacia 1700 y reemplazada por el quechua serrano ecuatoriano. La etimología fue registrada por Miguel Cabello Balboa en 1586 y confirmada por Juan de Velasco en 1789 y por los estudios lingüísticos posteriores de Jacinto Jijón y Caamaño (1940-1947) y Aquiles R. Pérez (1978). La doble ancestría remite a la serpiente asociada al agua sagrada de la laguna Leoquina y a las dos guacamayas fundadoras del ciclo post-diluviano de Ari y Cusicayo.

¿Cuál es la relación con otros mitos diluvianos panamericanos?

El ciclo cañari es paralelo con los grandes mitos diluvianos panamericanos: el wixárika de Watákame con canoa sagrada, el ye’kwana de Kanobo en el Alto Orinoco venezolano, el xingüano de Mavutsinim en el Alto Xingu brasileño, el mexica del cuarto sol Nahui Atl del Códice Florentino, el griego de Deucalión y Pirra, el mesopotámico de Utnapishtim, el bíblico de Noé. La especificidad cañari son dos rasgos distintivos: los supervivientes son dos hermanos varones —no un matrimonio, no una familia extensa— y las esposas son aves transformadas en mujeres, motivo que conecta con las tradiciones amazónicas del NW sudamericano.

¿Cómo se celebra hoy la memoria de las guacamayas fundadoras?

La memoria de las guacamayas fundadoras se celebra en la fiesta cañari del Killa Raymi —fiesta de la luna del equinoccio de septiembre—, celebración calendárica ancestral recuperada por las comunidades cañaris del Cañar y del Azuay desde los años 1990 e institucionalizada desde 2005 con el movimiento cultural Kañari Kausay. La ceremonia central del 22 o 23 de septiembre incluye danzas taqui con representación de las dos guacamayas por bailarinas vestidas con plumas azul-amarillas y rojas, danzas circulares en torno al fuego ritual, ofrendas de chicha de jora a la Laguna de Culebrillas —identificada con Leoquina— y cantos ancestrales en kañari shimi reconstruido.

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