Alicanto, el ave del oro de los desiertos del norte de Chile

Para empezar. El alicanto (grafía chilena moderna estable desde el siglo XIX, con variantes ortográficas alicante en algunas fuentes tempranas y alicanto con acento en la primera sílaba en ciertas transcripciones del norte grande) es un ave mítica del folclore criollo del norte minero chileno que se alimenta exclusivamente de metales preciosos: los ejemplares que comen oro presentan un plumaje que refleja destellos dorados durante la noche, y los que comen plata un plumaje plateado luminoso. La criatura habita el desierto de Atacama (segundo desierto más seco del mundo tras la Antártida, con precipitaciones anuales inferiores a un milímetro en varias estaciones meteorológicas del interior de las regiones de Antofagasta y de Atacama), la puna del altiplano chileno-boliviano-argentino, y las quebradas mineras del norte grande —Iquique, Antofagasta, Calama, Chañaral, Copiapó, Chuquicamata, Potrerillos, El Salvador—. Su función mítica es dual: si un minero honesto y humilde encuentra a un alicanto y lo sigue con astucia sin dejarse ver, el ave lo guía hacia una veta rica de mineral; si un minero codicioso intenta capturarlo o lo persigue con avaricia, el alicanto lo conduce hacia un precipicio o hacia el interior de la pampa desértica donde el hombre se pierde y muere de sed. El motivo del «castigo a la codicia» es muy común en el folclore criollo hispanoamericano y emparenta al alicanto con el Supay-Tío boliviano (dueño de las minas en el corpus quechua-aymara del altiplano), con el Muki peruano (duende minero del centro y sur del Perú), con el Yastay andino (dueño de la vicuña en el noroeste argentino) y con la Coquena del mismo ámbito. La atestación etnográfica central en el ámbito chileno es Oreste Plath, Folklore chileno (Editorial Universitaria, Santiago, ediciones sucesivas desde 1962 hasta 1994) y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1973; reedición del Fondo de Cultura Económica, México, 1983), con complemento en Antonio Acevedo Hernández, Los cantores populares chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1933). Una mención colonial tangencial aparece en fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile (Roma, 1646), que describe brevemente aves luminosas asociadas al oro en las creencias populares de las provincias del norte del reino, aunque sin nombrarlas alicanto.

Origen culturalFolclore criollo del norte grande de Chile —regiones administrativas actuales de Arica-Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y Atacama, correspondientes al territorio histórico de los pueblos atacameños o lickanantay (autónimo, «gente del territorio» en la lengua kunza, actualmente en proceso de revitalización), de los changos (pueblo costero pescador del litoral norte, con aproximadamente 4.700 personas identificadas en el Censo del INE de Chile de 2017 tras el reconocimiento oficial como pueblo indígena por la Ley 21.273 de 2020), de los aymaras del altiplano chileno-boliviano-peruano (con aproximadamente 156.000 personas identificadas como aymara en el Censo del INE de Chile de 2017 y ~1,7 millones en el conjunto de los tres países andinos) y de los quechuas del norte grande (con aproximadamente 33.000 personas identificadas como quechua en el mismo censo chileno); zona de intenso mestizaje colonial y republicano entre las poblaciones indígenas andinas, la población afrodescendiente de la costa norte y las oleadas migratorias posteriores —españoles desde el siglo XVI, chilenos del centro y del sur desde la Guerra del Pacífico (1879-1884), inmigrantes croatas, italianos, chinos, ingleses, alemanes y bolivianos entre finales del siglo XIX y mediados del XX—; el folclore minero del norte grande —con figuras como el alicanto, la añañuca (mujer del desierto), el diablo de la mina, la viuda, el brujo del desierto y el toro invisible— se formó en las oficinas salitreras del ciclo del salitre (1830-1930) y en los campamentos mineros del cobre del siglo XX, con narradores populares transmitiendo las historias en las cantinas, en los almacenes fiscales y en los turnos de trabajo; incorpora sincréticamente elementos aymaras y atacameños prehispánicos (el culto al Tío de la mina, similar al Supay-Tío boliviano del cerro rico de Potosí), elementos andaluces coloniales (el motivo del ave luminosa guía de tesoros, presente en el folclore extremeño y andaluz), y elementos criollos hispanoamericanos del ciclo del oro y de la plata
TipoAve mítica gigante con plumaje metálico brillante que se alimenta exclusivamente de minerales preciosos: los ejemplares que comen oro presentan plumaje dorado luminoso, los que comen plata presentan plumaje plateado, los que comen cobre —variante minoritaria registrada en las oficinas salitreras del ciclo del salitre y en los campamentos del cobre del siglo XX— presentan plumaje cobrizo rojizo; su ojo es fosforescente y produce destellos visibles a distancia en la oscuridad del desierto, motivo que en las versiones nortinas se asocia con la observación real de las huayras o luces fatuas del desierto de Atacama —fenómeno físico atribuible a la combustión espontánea de gas metano acumulado en las quebradas o a fenómenos ópticos atmosféricos del aire enrarecido de la puna—; sus alas producen destellos cuando el ave vuela de noche, y su vuelo es silencioso —a diferencia del vuelo ruidoso del cóndor andino con el que a veces se lo compara—; iconografía tradicional: ave rapaz grande del tamaño aproximado de un cóndor pequeño (envergadura ~2 metros según las versiones más elaboradas), con pico curvado, garras poderosas, plumaje que refleja el metal del que se ha alimentado; función respecto al minero: si el minero honesto y humilde lo encuentra y lo sigue con astucia sin dejarse ver, el alicanto lo guía hasta una veta rica; si el minero codicioso intenta capturarlo o lo persigue con avaricia, el ave lo conduce hasta un precipicio o hasta el interior de la pampa del desierto de Atacama donde el hombre se pierde y muere de sed; motivo del «castigo a la codicia» muy común en el folclore criollo hispanoamericano; cognado del Supay-Tío boliviano, del Muki peruano, del Yastay y de la Coquena del noroeste argentino; en el ámbito comparativo mundial paralelo del Thunderbird norteamericano en tanto ave mítica grande y del Cuervo/Raven de la costa noroeste norteamericana en tanto ave asociada a lo sobrenatural
Función míticaFunción dual del alicanto según la disposición moral del minero que lo encuentra: función benéfica cuando el minero es honesto, humilde y trabajador —el ave lo guía hacia una veta rica de oro, plata o cobre, y el hombre encuentra la fortuna gracias al conocimiento paciente del terreno—; función maléfica cuando el minero es codicioso, ambicioso o violento —el ave lo conduce hasta un precipicio, hasta una quebrada estrecha sin salida o hasta el interior de la pampa desértica donde el hombre se pierde y muere de sed sin agua ni orientación—; la creencia funciona en el mundo minero tradicional del norte grande chileno como advertencia moral contra la codicia y como consuelo mítico para el minero que trabaja durante años sin encontrar la veta —el fracaso podía atribuirse a la falta de encuentro con el alicanto más que a la mala calidad del terreno o a la mala suerte objetiva—; el patrón «castigo a la codicia» es panamericano y aparece en muchas figuras del folclore criollo hispanoamericano: el Supay-Tío boliviano del cerro rico de Potosí exige respeto ritual (velas, hojas de coca, cigarros, alcohol) al minero y castiga la avaricia con accidentes y con muerte en las galerías; el Muki peruano del centro y sur del Perú (Cerro de Pasco, Huancavelica, Puno) es un duende minero pequeño que ayuda al minero respetuoso y castiga al ambicioso; el Yastay del noroeste argentino (Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja) es el dueño de la vicuña y de otros animales de la puna que castiga al cazador excesivo; la Coquena del mismo ámbito es figura análoga; en el corpus mapuche del sur el alicanto es figura ajena, sin correlato directo, aunque la función pedagógica de advertencia moral tiene paralelos genéricos con figuras como el wekufe; los chinches —insectos del desierto— aparecen en algunas variantes como criaturas asociadas al ave (el rastro del alicanto en el desierto se identifica por la presencia de chinches muertos o por marcas específicas en la arena y en el cachiyuyo, planta arbustiva típica del desierto de Atacama)
AtestaciónFuente central del folclore criollo chileno: Oreste Plath (seudónimo de César Octavio Müller Leiva, folclorista chileno 1907-1996), Folklore chileno: manifestaciones orales, aspectos musicales, danzas, danzas alusivas al mar y otros (Editorial Universitaria, Santiago, ediciones sucesivas desde 1962 hasta 1994, con reediciones ampliadas del propio autor), y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1973; reedición del Fondo de Cultura Económica, México, 1983), con recopilación específica de las variantes nortinas del alicanto en las regiones de Tarapacá, de Antofagasta y de Atacama a partir de trabajo de campo del autor y de sus colaboradores en las oficinas salitreras y en los campamentos mineros durante los años 1940-1970; Antonio Acevedo Hernández (dramaturgo y folclorista chileno 1886-1962), Los cantores populares chilenos (Editorial Nascimento, Santiago, 1933), con material sobre el folclore rural y minero incluyendo referencias a las aves míticas del norte; fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile (impreso por Francisco Cavallo, Roma, 1646), primera crónica sistemática sobre Chile por un autor criollo (Ovalle nació en Santiago en 1601), con menciones tangenciales de aves luminosas asociadas al oro en las creencias populares de las provincias del norte del reino, sin nombrarlas alicanto; Antonio de Ulloa y Jorge Juan, Noticias secretas de América (~1749, manuscrito publicado por David Barry en Londres en 1826), informe reservado a la corona española de la expedición geodésica hispano-francesa de 1735-1744, con menciones tempranas de folclore andino-minero de los virreinatos del Perú y de Nueva Granada; Fidel Sepúlveda Llanos, Patrimonio, identidad, tradición y creatividad (Ediciones de la Universidad Católica de Chile, Santiago, 2005), estudios sobre el folclore chileno con capítulos dedicados al norte; producción literaria del norte grande: Nicomedes Guzmán en Los hombres oscuros (Editorial Yunque, Santiago, 1939) y La sangre y la esperanza (Editorial Zig-Zag, Santiago, 1943); Hernán Rivera Letelier en La reina Isabel cantaba rancheras (Planeta, Santiago, 1994), Fatamorgana de amor con banda de música (Planeta, 1998) y El arte de la resurrección (Alfaguara, Santiago, 2010, ganadora del Premio Alfaguara de Novela); Sonia Montecino Aguirre, Mitos de Chile: enciclopedia de seres, apariciones y encantos (Editorial Catalonia, Santiago, 2015)
Vigencia hoyLa figura del alicanto mantiene una presencia muy destacada en el imaginario minero contemporáneo del norte grande chileno, con vigencia oral en Iquique, en Antofagasta, en Calama, en Chuquicamata (campamento minero originalmente construido por la Chile Exploration Company de la familia Guggenheim en 1912 y expropiado por el Estado chileno con la Ley 17.450 de nacionalización del cobre del 11 de julio de 1971), en Chañaral, en Copiapó y en las localidades menores de la pampa del salitre y del cobre; presencia constante en la literatura del norte del siglo XX y XXI: Nicomedes Guzmán, Antonio Acevedo Hernández, Andrés Sabella, Volodia Teitelboim, y sobre todo Hernán Rivera Letelier —minero de profesión durante veinte años en el mineral de Algorta y en otras oficinas salitreras del desierto antes de dedicarse a la escritura— que ha incorporado la figura del alicanto y del imaginario mítico del salitre y del cobre en sus novelas La reina Isabel cantaba rancheras, Fatamorgana de amor con banda de música, Santa María de las flores negras y en El arte de la resurrección —esta última ganadora del Premio Alfaguara de Novela en 2010—; presencia en la cueca minera y en la tonada nortina del cancionero popular chileno; en el turismo cultural del norte —rutas del salitre entre Iquique y Humberstone, ex oficinas salitreras de Humberstone y Santa Laura declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2005, Museo Regional de Antofagasta, Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago con colección permanente sobre las culturas atacameñas y aymaras— la figura del alicanto aparece con regularidad en la interpretación del patrimonio; en la producción audiovisual reciente (documentales de Televisión Nacional de Chile, de Chilevisión, de La Red y de canales independientes del norte); en materiales educativos escolares desde los años 1970 (colecciones de mitos y leyendas de Zig-Zag, Alfaguara Infantil, Editorial Amanuta y del Fondo de Cultura Económica); y en la iconografía de festivales del norte —Festival de La Tirana en la fiesta de La Virgen del Carmen (16 de julio), Carnaval Andino con la Fuerza del Sol de Arica— aunque de forma tangencial

El norte grande de Chile es una de las zonas mineras más importantes del mundo y ha sido escenario de una actividad extractiva ininterrumpida desde el período prehispánico. Los pueblos atacameños o lickanantay del oasis de San Pedro de Atacama y del salar del mismo nombre —lengua kunza, actualmente en proceso de revitalización tras haber sido dada por extinta a mediados del siglo XX— explotaron el cobre local con técnicas de fundición documentadas por la arqueología desde el Formativo (~500 a.C.–500 d.C.), como muestran los trabajos de Lautaro Núñez Atencio del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo R. P. Gustavo Le Paige de la Universidad Católica del Norte en San Pedro de Atacama. Los changos del litoral norte pescaban y comerciaban productos marinos con las poblaciones del interior desde tiempos remotos. Los aymaras y los quechuas del norte grande mantenían el control de los oasis, de las quebradas y de la puna. Con la conquista española del siglo XVI se sumó la explotación colonial de la plata (Huantajaya cerca de Iquique) y del oro (Cachinal y otras zonas).

El ciclo del salitre chileno, que va aproximadamente de 1830 a 1930, transformó radicalmente el paisaje humano del norte grande. La demanda mundial de nitratos —para fertilizantes agrícolas y para explosivos militares— generó la construcción de más de 200 oficinas salitreras en la pampa del desierto de Atacama, con nombres como Humberstone, Santa Laura, La Palma, Alianza, María Elena, Pedro de Valdivia, Chacabuco, San Enrique, Iris. Las oficinas concentraban a decenas de miles de trabajadores —chilenos del centro y del sur desplazados por el desempleo rural, bolivianos y peruanos que llegaron sobre todo antes de la Guerra del Pacífico (1879-1884), inmigrantes europeos y asiáticos— en condiciones laborales muy duras que generaron el ciclo de huelgas y masacres del inicio del siglo XX: Santa María de Iquique (21 de diciembre de 1907, con más de 2.000 muertos según las estimaciones históricas), San Gregorio (febrero de 1921), La Coruña (junio de 1925). En este mundo de trabajo, migración y precariedad se formó el folclore minero del norte, con el alicanto como una de sus figuras centrales.

El ciclo del cobre, que a partir de los años 1910 sustituye progresivamente al ciclo del salitre —desplomado por la síntesis alemana de nitratos artificiales durante la Primera Guerra Mundial y por la Gran Depresión—, mantiene y transforma la matriz cultural del norte grande. La mina de Chuquicamata (construida por la Chile Exploration Company de la familia Guggenheim en 1912, nacionalizada por el Estado chileno el 11 de julio de 1971 con la Ley 17.450 firmada por el presidente Salvador Allende), la mina de Potrerillos y de El Salvador, la mina de El Teniente en la zona central, y desde los años 1980-1990 la mina de La Escondida (la mayor productora de cobre del mundo, propiedad mayoritaria de BHP Billiton) definen el nuevo escenario minero. Los mineros que trabajan en las galerías del cobre heredan y adaptan el folclore del ciclo del salitre: el alicanto sobrevive como figura del imaginario, junto con el Diablo de la mina —figura del Tío boliviano adaptada al norte chileno—, con la Viuda del desierto y con otros seres del corpus. La literatura del norte grande de Andrés Sabella, de Nicomedes Guzmán y sobre todo de Hernán Rivera Letelier —minero durante veinte años en el mineral de Algorta y ganador del Premio Alfaguara 2010 con El arte de la resurrección— documenta y reinterpreta este universo.

El ave de plumaje metálico del desierto minero

La iconografía del alicanto registrada por Oreste Plath en Folklore chileno (Editorial Universitaria, ediciones desde 1962) y en Geografía del mito y la leyenda chilenos (Nascimento, 1973) mantiene una estabilidad considerable entre las variantes recogidas en las regiones de Tarapacá, de Antofagasta y de Atacama. El ave es grande —del tamaño aproximado de un cóndor pequeño, con envergadura estimada en las versiones más elaboradas en unos dos metros—, tiene pico curvado de rapaz y garras poderosas, y presenta un plumaje que refleja el metal del que se alimenta: dorado si come oro, plateado si come plata, cobrizo rojizo si come cobre (variante minoritaria registrada en el ciclo del salitre y en el ciclo del cobre del siglo XX). Su ojo es fosforescente y produce destellos visibles a distancia en la oscuridad del desierto. Sus alas producen luminiscencias cuando el ave vuela de noche, y su vuelo es silencioso, a diferencia del vuelo ruidoso del cóndor andino con el que a veces se lo compara. La criatura no canta —o cuando lo hace es con un sonido bajo apenas audible—, motivo que la distingue de otras aves míticas americanas más ruidosas.

El alicanto vive en las quebradas del desierto de Atacama, en la puna del altiplano chileno-boliviano-argentino, y en las zonas mineras del norte grande. Anida en las oquedades de las rocas, en las cuevas naturales, en las galerías abandonadas de las minas antiguas. Su dieta exclusivamente metálica es el rasgo más singular de la figura: el ave necesita alimentarse de oro, de plata o de cobre para vivir, y por eso frecuenta las zonas de veta mineral. La luz que emite proviene del propio metal digerido, según la explicación mítica popular. Cuando el ave está gorda por haber comido mucho no puede volar bien; cuando está delgada por haber comido poco es rápida y esquiva. El minero experimentado sabe que un alicanto gordo es más fácil de seguir pero también más peligroso, porque su vuelo lento puede llevar al minero por caminos engañosos; un alicanto delgado es más difícil de seguir pero más fiable si el minero consigue no perderlo de vista.

La observación real que subyace a la creencia es un tema de discusión en los estudios folclóricos de Plath y de Fidel Sepúlveda Llanos. Dos fenómenos físicos del desierto de Atacama podrían haber alimentado la imaginación popular. Primero, las huayras o luces fatuas del desierto —destellos luminosos observados de noche en la pampa, atribuibles a la combustión espontánea de gas metano acumulado en las quebradas, a fenómenos ópticos atmosféricos del aire enrarecido de la puna, o a la fosforescencia de ciertos minerales expuestos a la luz de la luna—. Segundo, las bandadas de aves rapaces reales que sobrevuelan las zonas mineras y que en la oscuridad de la noche pueden confundirse con figuras luminosas. La combinación de ambos fenómenos con la memoria oral de los mineros habría fijado en el imaginario del norte grande la figura del ave metálica luminosa. Sonia Montecino en Mitos de Chile (Catalonia, 2015) recoge la discusión y añade que las descripciones detalladas del ave en la literatura de Nicomedes Guzmán y de Hernán Rivera Letelier han contribuido a estabilizar la iconografía en la memoria colectiva del norte.

El rastro del alicanto en el desierto se identifica por marcas específicas que el minero experimentado sabe leer. En algunas variantes registradas por Plath aparecen restos de chinches muertos —insectos del desierto que el ave dejaría al pasar—, huellas peculiares en la arena o marcas en el cachiyuyo (planta arbustiva típica del desierto de Atacama, del género Atriplex, tolerante a la sequía y a la salinidad, muy presente en las quebradas y en las zonas de escaso riego natural). En otras variantes el rastro es luminoso, un reguero de puntos brillantes en la oscuridad que el minero honesto puede seguir con paciencia si tiene la disposición moral adecuada. La lectura del rastro se combina con el conocimiento del terreno —la topografía de la pampa, las quebradas, las huacas (lugares sagrados prehispánicos del ámbito andino, muchas de ellas asociadas a antiguas explotaciones mineras), los cerros que dan sombra al mediodía—, y con la lectura de las señales del cielo —la orientación de las estrellas, la presencia de nubes en la puna, los vientos dominantes—.

El guía del minero honesto y el castigo del codicioso

La función dual del alicanto según la disposición moral del minero que lo encuentra es el rasgo central de la figura y el que la sitúa en el patrón panamericano del «castigo a la codicia». Cuando un minero honesto y humilde —hombre que trabaja durante años en las quebradas sin encontrar la veta, que respeta las tradiciones del oficio, que comparte con sus compañeros, que no roba ni engaña— encuentra a un alicanto por casualidad en el desierto, la actitud correcta según la tradición del norte grande es seguirlo con astucia y sin dejarse ver. El minero debe caminar detrás del ave a distancia prudente, sin hacer ruido, sin gritar de alegría, sin correr. Si consigue mantenerse invisible al ave durante horas o días —el trayecto puede ser largo—, el alicanto lo conduce hasta una veta rica de oro, de plata o de cobre. El minero llega, marca el lugar con piedras o con una cruz de madera, y regresa después con las herramientas para explotar el yacimiento. La fortuna del minero honesto es entonces la recompensa del ave por el respeto y por la paciencia.

Cuando un minero codicioso, ambicioso o violento —hombre que quiere hacerse rico rápido, que engaña a sus compañeros, que roba, que no respeta las tradiciones— encuentra a un alicanto, la conducta habitual es intentar capturarlo, matarlo para quedarse con el oro o con la plata acumulada en el estómago del ave, o perseguirlo a la carrera gritando de emoción. La reacción del alicanto es entonces contraria a la del caso anterior: el ave se aleja del hombre codicioso pero de tal modo que este lo sigue con la ilusión de alcanzarlo, y lo conduce durante horas o días por el interior de la pampa del desierto de Atacama, por quebradas cada vez más estrechas y sin agua, hasta un precipicio o hasta una zona donde el minero se pierde por completo. Sin agua, sin orientación, sin poder regresar por el camino recorrido, el minero muere de sed y de agotamiento en el desierto. Su cuerpo, según la tradición, queda momificado por el clima seco y a veces es encontrado años después por otros mineros que lo reconocen por los restos de la ropa y por las herramientas.

El patrón «castigo a la codicia» a través de una figura sobrenatural asociada a la riqueza minera es panamericano y aparece con paralelos claros en varios ámbitos regionales. En Bolivia el Supay-Tío es el dueño de las minas del cerro rico de Potosí (explotado desde 1545 y símbolo de la extracción colonial americana), figura sincrética entre el Supay quechua-aymara prehispánico (señor del inframundo, categoría distinta a la del «diablo» cristiano) y el diablo cristiano introducido por los frailes españoles; el Tío vive en las galerías subterráneas, exige respeto ritual —velas encendidas, hojas de coca mascadas, cigarros liados con papel, alcohol puro, ofrendas de comida— y castiga la avaricia y la irrespetuosidad con accidentes fatales, con derrumbes o con enfermedades. En el Perú el Muki es un duende minero pequeño de las regiones de Cerro de Pasco, de Huancavelica, de Puno y de otras zonas del centro y sur del país; ayuda al minero respetuoso que le deja ofrendas y castiga al ambicioso con desapariciones y con muertes en la galería.

En el noroeste argentino —provincias de Jujuy, de Salta, de Catamarca, de La Rioja— el Yastay es el dueño de la vicuña y de otros camélidos silvestres de la puna, figura que castiga al cazador excesivo o irrespetuoso; la Coquena del mismo ámbito es figura análoga, con función de guardián de los rebaños silvestres. El motivo del «guía sobrenatural del tesoro que castiga la codicia» tiene también paralelos europeos —el ciclo del duende del tesoro del folclore ibérico, del Kobold minero del folclore alemán, del Knocker del folclore de Cornualles inglés— y probablemente el alicanto chileno del norte grande incorpora elementos de estos ciclos europeos coloniales sobre un sustrato prehispánico de creencias andinas locales. En el corpus mapuche del sur el alicanto es figura ajena, sin correlato directo, aunque en el folclore chilote de Chiloé —geográficamente distante pero cultural y económicamente conectado con el norte por las migraciones internas chilenas— aparecen figuras como el Caleuche que también castigan al codicioso.

El Alicanto en el folclore contemporáneo del Norte Grande

La vigencia contemporánea del alicanto en el imaginario minero del norte grande chileno es muy destacada y supera con mucho a la de otras figuras del corpus. La presencia oral en Iquique, en Antofagasta, en Calama, en Chuquicamata, en Chañaral y en las localidades menores de la pampa del salitre y del cobre se mantiene a través de la transmisión familiar en los campamentos mineros, de la narración en las cantinas y en los almacenes, y de la conversación en los turnos de trabajo. Los mineros que trabajan en las galerías del cobre —trabajadores de la Corporación Nacional del Cobre de Chile (Codelco, empresa estatal creada en 1976 con la fusión de las minas nacionalizadas en 1971) y de las empresas privadas como BHP Billiton, Anglo American, Antofagasta Minerals y otras— heredan y transmiten la figura del alicanto con la misma naturalidad con que transmiten los conocimientos técnicos del oficio. La creencia no es incompatible con la formación técnica moderna; funciona en un registro paralelo, como parte del acervo cultural del mundo minero.

La literatura del norte grande chileno del siglo XX y XXI ha sido determinante en la consolidación pública de la figura del alicanto. Nicomedes Guzmán en Los hombres oscuros (Yunque, 1939) y en La sangre y la esperanza (Zig-Zag, 1943) documenta la vida obrera del ciclo del salitre y del cobre incorporando referencias al folclore. Andrés Sabella en Norte grande (Editorial Ercilla, Santiago, 1944) y en la revista Norte de Chile desarrolla la matriz literaria del norte con el paisaje del desierto y el imaginario del salitre como material central. Volodia Teitelboim en Hijo del salitre (Editorial Austral, Santiago, 1952) narra la historia del líder comunista Elías Lafertte y del movimiento obrero salitrero con paisaje del imaginario nortino. Y sobre todo Hernán Rivera Letelier —minero de profesión durante veinte años en el mineral de Algorta y en otras oficinas salitreras del desierto antes de dedicarse a la escritura— ha construido desde los años 1990 una obra centrada en la vida del ciclo del salitre y del cobre con novelas como La reina Isabel cantaba rancheras (Planeta, 1994), Fatamorgana de amor con banda de música (Planeta, 1998), Santa María de las flores negras (Seix Barral, 2002), y El arte de la resurrección (Alfaguara, 2010, ganadora del Premio Alfaguara de Novela). En esta obra el alicanto aparece con regularidad como parte del paisaje mental del minero.

La cueca minera y la tonada nortina del cancionero popular chileno incorporan referencias al alicanto desde el siglo XX temprano. Compositores como Petronila Orellana, Margot Loyola y Violeta Parra —esta última con recopilaciones sistemáticas del folclore chileno en los años 1950 y 1960— documentaron canciones del norte grande con menciones del ave metálica. En la producción musical contemporánea grupos folclóricos como Illapu (formado en Antofagasta en 1971), Inti Illimani, Quilapayún y otros del ámbito del canto popular chileno mantienen viva la referencia. El Museo Regional de Antofagasta, el Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago con su colección permanente sobre las culturas atacameñas y aymaras, y el Museo del Salitre de Humberstone —oficina salitrera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2005 junto con Santa Laura— incluyen la figura del alicanto en la interpretación del patrimonio cultural del norte grande. El turismo cultural del desierto —rutas del salitre entre Iquique y Humberstone, rutas por las ex oficinas de la pampa, visitas al Valle de la Luna en San Pedro de Atacama— ofrece a los visitantes esta referencia como parte de la identidad cultural regional.

En materiales educativos escolares desde los años 1970 el alicanto aparece en las colecciones de mitos y leyendas chilenos publicadas por Zig-Zag, por Alfaguara Infantil, por Editorial Amanuta, por el Fondo de Cultura Económica y por otras editoriales, con obras ilustradas por artistas chilenos contemporáneos y con textos adaptados para lectores infantiles y juveniles. Alicia Morel, Manuel Peña Muñoz —investigador central en literatura infantil y juvenil chilena—, Marcela Paz y María Silva Ossa han producido versiones del ciclo del alicanto destinadas al público escolar. En la producción audiovisual contemporánea documentales de Televisión Nacional de Chile, de Chilevisión, de La Red y de canales independientes del norte han dedicado programas específicos a los mitos y leyendas del norte grande incluyendo esta figura. La red del sprint 31 puede completarse con otras entradas mapuche del corpus a través de wekufe, kalku, anchimallén y chonchón.

Más allá del mito

Más allá del mito, la figura del alicanto es un observatorio de la historia minera del norte grande chileno desde la explotación colonial de la plata en Huantajaya y del oro en Cachinal hasta la megaminería del cobre de Chuquicamata, El Salvador y La Escondida. La creencia sobrevive porque el minero sigue trabajando en las galerías con incertidumbre sobre la veta —cuánto oro o cobre quedan, cuándo se agotará el yacimiento, si el próximo turno traerá un accidente— y necesita una figura moral que ordene la experiencia. El «castigo a la codicia» a través del ave luminosa que guía al honesto y pierde al ambicioso es una explicación mítica coherente para la desigualdad de suerte que el minero observa día a día: unos hacen fortuna, otros mueren de silicosis a los cuarenta años sin encontrar la veta. El alicanto ordena esa desigualdad y le da un sentido moral. El hub general del pueblo puede consultarse en Pueblo Mapuche de Chile, aunque el ámbito específico del alicanto es el de los pueblos atacameños, changos, aymaras y quechuas del norte grande.

La agenda pendiente sobre el alicanto incluye el registro sistemático de las variantes actuales en las localidades mineras del norte grande, tarea que continúan el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo R. P. Gustavo Le Paige de la Universidad Católica del Norte en San Pedro de Atacama, la Universidad Arturo Prat de Iquique, la Universidad de Antofagasta y la Universidad de Atacama en Copiapó; el trabajo comparativo con las figuras cognadas del ámbito andino —Supay-Tío boliviano de Potosí, Muki peruano de Cerro de Pasco y Huancavelica, Yastay y Coquena del noroeste argentino— que permite leer al alicanto en su contexto regional más amplio; y la profundización del análisis literario de la figura en la obra de Nicomedes Guzmán, de Andrés Sabella, de Volodia Teitelboim y sobre todo de Hernán Rivera Letelier, cuyas novelas constituyen probablemente el corpus contemporáneo más rico sobre el imaginario del norte grande. Otras figuras míticas de aves grandes con función simbólica pueden consultarse en Thunderbird del ámbito norteamericano y en Cuervo/Raven de la costa noroeste norteamericana, aunque el alicanto chileno se distingue de ambas por su vinculación específica con el mundo minero y con el motivo del oro y de la plata.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el Alicanto en el folclore del norte de Chile?

El Alicanto es un ave mítica gigante del folclore criollo del norte grande chileno —regiones de Arica-Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y Atacama— que se alimenta exclusivamente de metales preciosos: los ejemplares que comen oro presentan plumaje dorado luminoso, los que comen plata plumaje plateado, los que comen cobre plumaje cobrizo rojizo. Habita el desierto de Atacama, la puna del altiplano chileno-boliviano-argentino y las zonas mineras del norte grande, y anida en oquedades de las rocas y en galerías abandonadas de las minas. La atestación etnográfica central es Oreste Plath, Folklore chileno (Editorial Universitaria, ediciones desde 1962) y Geografía del mito y la leyenda chilenos (Nascimento, Santiago, 1973), con mención colonial tangencial en fray Alonso de Ovalle, Histórica relación del Reyno de Chile (Roma, 1646).

¿Cuál es la función mítica del Alicanto respecto al minero?

La función del Alicanto es dual según la disposición moral del minero que lo encuentra. Si el minero es honesto y humilde y sigue al ave con astucia sin dejarse ver, el Alicanto lo guía hasta una veta rica de oro, plata o cobre y el hombre encuentra la fortuna. Si el minero es codicioso, ambicioso o violento e intenta capturar o perseguir al ave con avaricia, el Alicanto lo conduce hasta un precipicio o hasta el interior de la pampa del desierto de Atacama donde el minero se pierde y muere de sed. El motivo del «castigo a la codicia» es panamericano y emparenta al Alicanto con el Supay-Tío boliviano de las minas de Potosí, con el Muki peruano y con el Yastay y la Coquena del noroeste argentino.

¿Existe alguna base observacional real para la creencia en el Alicanto?

Dos fenómenos físicos del desierto de Atacama podrían haber alimentado la imaginación popular sobre el Alicanto. Primero, las huayras o luces fatuas del desierto —destellos luminosos observados de noche en la pampa, atribuibles a combustión espontánea de gas metano acumulado en quebradas, a fenómenos ópticos atmosféricos del aire enrarecido de la puna, o a fosforescencia de ciertos minerales expuestos a la luz de la luna—. Segundo, las bandadas de aves rapaces reales que sobrevuelan las zonas mineras y que en la oscuridad de la noche pueden confundirse con figuras luminosas. La combinación de ambos fenómenos con la memoria oral de los mineros habría fijado en el imaginario del norte grande la figura del ave metálica luminosa según recoge la discusión Sonia Montecino en Mitos de Chile (Editorial Catalonia, Santiago, 2015).

¿Qué relación tiene el Alicanto con figuras similares del ámbito andino?

El Alicanto pertenece al patrón panamericano del «guía sobrenatural del tesoro que castiga la codicia» con paralelos claros en varios ámbitos andinos. En Bolivia el Supay-Tío es el dueño de las minas del cerro rico de Potosí, figura sincrética entre el Supay quechua-aymara prehispánico y el diablo cristiano colonial, que exige respeto ritual —velas, hojas de coca, cigarros, alcohol— y castiga la avaricia con accidentes fatales. En el Perú el Muki es un duende minero pequeño de las regiones de Cerro de Pasco, Huancavelica y Puno. En el noroeste argentino el Yastay es el dueño de la vicuña de la puna y la Coquena figura análoga. El motivo también tiene paralelos europeos coloniales —duende del tesoro ibérico, Kobold minero alemán, Knocker de Cornualles— que probablemente se incorporaron al Alicanto sobre un sustrato prehispánico andino.

¿Sigue vigente hoy la figura del Alicanto?

Sí, la figura del Alicanto mantiene una presencia muy destacada en el imaginario minero contemporáneo del norte grande chileno. Presencia oral en Iquique, Antofagasta, Calama, Chuquicamata, Chañaral y localidades menores de la pampa del salitre y del cobre. Presencia constante en la literatura del norte del siglo XX y XXI: Nicomedes Guzmán, Andrés Sabella, Volodia Teitelboim, y sobre todo Hernán Rivera Letelier —minero durante veinte años antes de dedicarse a la escritura, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2010 con El arte de la resurrección—. En la cueca minera y en la tonada nortina del cancionero popular. En el turismo cultural del desierto —rutas del salitre, Humberstone declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2005—. En materiales educativos escolares desde los años 1970 y en la producción audiovisual reciente.

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