Leoquina, la laguna sagrada del panteón cañari del austro ecuatoriano

En breve. Leoquina —también transcrita como Leocuina por algunos cronistas coloniales según la fonética con la que registraron el topónimo desde el kañari shimi, la lengua originaria del austro ecuatoriano extinguida hacia 1700 y reemplazada progresivamente por el quechua serrano— es la laguna sagrada del panteón cañari, considerada pacarina o lugar de origen mítico de los primeros linajes fundacionales del pueblo del austro ecuatoriano. Identificada por la arqueología y la etnohistoria contemporánea con la actual Laguna de Culebrillas, situada a unos 3.900 metros de altitud en el páramo andino de la provincia de Cañar a corta distancia del complejo arqueológico de Ingapirca, Leoquina fue el escenario mítico en el que —según el relato recogido por Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» hacia 1573 en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas y reelaborado por el jesuita Juan de Velasco en la Historia del Reino de Quito en la América Meridional terminada en Riobamba en 1789— dos hermanos supervivientes del diluvio universal, Ari y Cusicayo, descendieron del cerro sagrado Huacayñán y se establecieron a orillas de sus aguas frías para dar comienzo, junto con las dos guacamayas transformadas en mujeres, a las diez estirpes fundacionales del pueblo cañari.

Origen culturalPueblo cañari (autónimo kañari, «descendientes de la serpiente y la guacamaya»), Andes australes del Ecuador (provincias actuales de Cañar y Azuay, con extensión histórica hasta el sur de Chimborazo); territorio ancestral llamado Cañaribamba, disputado por el Imperio Inca durante las campañas de Túpac Yupanqui (1470s) y Huayna Cápac (1490s-1520s)
TipoLaguna sagrada de altitud considerada pacarina o lugar de origen mítico; escenario del episodio fundacional cañari del diluvio; identificada por la etnohistoria y arqueología modernas con la Laguna de Culebrillas del páramo andino de la provincia de Cañar, a unos 3.900 metros de altitud y a pocos kilómetros del complejo de Ingapirca
Función míticaAcoger a los dos hermanos supervivientes del diluvio universal —Ari y Cusicayo— cuando descienden del cerro sagrado Huacayñán; ser el lugar en el que las dos guacamayas fundadoras aparecen y se transforman en mujeres; funcionar como pacarina dinástica desde la que se despliegan los diez primeros linajes fundacionales del pueblo cañari del austro ecuatoriano
AtestaciónCristóbal de Molina «el Cuzqueño», Relación de las fábulas y ritos de los Incas (~1573-1574, edición crítica de Henrique Urbano y Pierre Duviols, Historia 16, Madrid, 1988); Juan de Velasco, Historia del Reino de Quito en la América Meridional (terminada en Riobamba en 1789, edición facsímil Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1946); Miguel Cabello Balboa, Miscelánea antártica (~1586); Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo (~1653); síntesis moderna en Jacinto Jijón y Caamaño, El Ecuador interandino y occidental antes de la conquista castellana (Editorial Ecuatoriana, Quito, 1940-1947, 4 vols.); Aquiles R. Pérez T., Los Cañaris (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1978); Frank Salomon, Native Lords of Quito in the Age of the Incas: Ethnohistory of the North Andes (Cambridge University Press, 1986)
Vigencia hoyLaguna de Culebrillas integrada en el Parque Arqueológico Ingapirca (provincia de Cañar, Patrimonio Cultural Nacional del Ecuador, ~50.000 visitantes anuales); paso obligado del Cápac Ñan o camino inca inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2014; comunidades cañari contemporáneas (~150.000 personas en Cañar y Azuay) que han recuperado la memoria del sitio como lugar identitario tras el movimiento Kañari Kausay de recuperación cultural desde 2005

El pueblo cañari —autónimo kañari, del que las fuentes coloniales derivan la etimología «descendientes de la serpiente y la guacamaya»— ocupó desde época pre-inca los valles interandinos del sur del actual Ecuador, en las provincias contemporáneas de Cañar y Azuay, con una extensión histórica que se prolongaba por el norte hasta el nudo del Azuay y bajaba hasta la ceja de selva oriental. Su territorio ancestral, llamado Cañaribamba por los propios cañaris y transcrito así por los cronistas coloniales, fue disputado por el Imperio Inca durante las campañas militares de Túpac Yupanqui en los años 1470 y de su hijo Huayna Cápac entre los años 1490 y 1520, en el proceso de expansión septentrional del Tawantinsuyu desde el Cuzco hasta Quito. La resistencia cañari fue tenaz y prolongada; los incas terminaron por imponerse militarmente pero decidieron fundar sobre Cañaribamba la ciudad de Tomebamba, que Huayna Cápac convirtió en capital del norte del imperio y en su residencia personal, y en la que nació —según la tradición cuzqueña recogida por varios cronistas— el propio Atahualpa.

La historia colonial del pueblo cañari está marcada por una alianza temprana con los invasores españoles: los cañaris se aliaron con Francisco Pizarro desde 1534 para vengar la derrota infligida por los incas décadas antes, y esta alianza modificó de manera duradera la memoria colectiva regional. Sebastián de Benalcázar fundó en 1557 la ciudad española de Cuenca sobre las ruinas de Tomebamba, dando origen al topónimo colonial que hoy nombra la capital del Azuay. En las décadas siguientes los cañaris fueron reagrupados en reducciones bajo administración de las órdenes religiosas dominica y jesuita, y su lengua original —el kañari shimi— se extinguió progresivamente hacia el año 1700, reemplazada por el quechua serrano ecuatoriano que los incas habían impuesto como lengua administrativa dos siglos antes. Hoy los cañaris son aproximadamente 150.000 personas mayoritariamente quichuahablantes que conservan una identidad étnica distinta de la de los quechuas serranos del centro del país y que reivindican una continuidad histórica con el pueblo pre-inca del austro ecuatoriano.

El mito de la laguna Leoquina —el escenario acuático de la fundación cañari post-diluviana— sobrevivió a la extirpación de idolatrías colonial gracias a un accidente afortunado de la etnografía temprana: Cristóbal de Molina «el Cuzqueño», clérigo español establecido en el Cuzco desde los años 1560, tuvo acceso hacia 1573 a informantes cañaris trasladados a la capital imperial por la política de mitmaq o resettlement forzoso practicada por los incas, y consignó por escrito el ciclo del diluvio y de la laguna en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas. El pasaje fue retomado dos siglos después por el jesuita quiteño Juan de Velasco en la Historia del Reino de Quito en la América Meridional, obra terminada en Riobamba en 1789 durante el exilio jesuita en Italia y publicada en edición facsímil por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1946. La coincidencia entre las dos fuentes —cuzqueña una, quiteña la otra, separadas por doscientos años— sostiene la autenticidad etnográfica del ciclo Leoquina.

La laguna sagrada del panteón cañari del austro ecuatoriano

La Laguna de Culebrillas —identificada por consenso académico contemporáneo con la Leoquina mítica de las crónicas coloniales— se sitúa a unos 3.900 metros sobre el nivel del mar en el páramo andino de la provincia ecuatoriana de Cañar, dentro del actual cantón El Tambo, a poco menos de veinte kilómetros por camino de herradura del complejo arqueológico de Ingapirca. Es una laguna de origen glaciar de forma alargada y sinuosa —de ahí el topónimo colonial Culebrillas, que reemplazó al original Leoquina tras el proceso de castellanización toponímica del siglo XVIII— rodeada por vegetación de pajonal, quinuas de altura y colchones de puya que caracterizan el ecosistema paramero del sur ecuatoriano entre los 3.500 y los 4.200 metros. El agua de la laguna es fría de manera constante durante todo el año, con temperaturas que rara vez superan los cinco grados centígrados incluso en la estación seca de junio a septiembre.

La condición de pacarina —término quechua que designa el lugar de origen mítico de un linaje o pueblo, y que la etnohistoria andinista contemporánea ha estudiado sistemáticamente desde los trabajos de Frank Salomon en Native Lords of Quito (Cambridge University Press, 1986) y de Pierre Duviols en La lutte contre les religions autochtones dans le Pérou colonial (Institut Français d’Études Andines, Lima, 1971)— sitúa a Leoquina en una categoría precisa dentro del universo religioso andino. Cada linaje o ayllu tenía su propia pacarina, entendida como el punto físico del paisaje —cueva, laguna, manantial, cumbre, roca— desde el que el ancestro fundador había emergido al mundo en el tiempo primordial. Las pacarinas eran objeto de ofrendas rituales periódicas y de peregrinaciones estacionales, y sostenían el vínculo genealógico entre el linaje vivo y el territorio sagrado. Que la laguna Leoquina cumpliera este papel para los primeros linajes cañaris —descendientes directos de Ari y Cusicayo, los dos hermanos supervivientes del diluvio— la sitúa entre los sitios sagrados de origen del panteón austral ecuatoriano.

La red de sitios sagrados cañaris del austro ecuatoriano se organizaba en torno a varios puntos jerárquicos del paisaje sagrado, con Leoquina como pacarina acuática principal, el cerro Huacayñán como cerro salvador del diluvio, la cueva de Chobshi —en el actual cantón Sigsig del Azuay, ocupada desde el 8000 a.C. hasta la conquista inca— como sitio funerario dinástico, y el complejo ceremonial de Zhalao como centro de ceremonias astronómicas. Sobre esta red pre-inca se superpuso después el sistema imperial cuzqueño con el establecimiento de Ingapirca como fortaleza y observatorio del Tawantinsuyu septentrional, y con la fundación de Tomebamba —la actual Cuenca— como capital norteña del imperio. La superposición no borró el sitio anterior: Leoquina siguió siendo sagrada para los cañaris incluso durante la ocupación inca, y su culto sobrevivió bajo formas encubiertas durante los primeros siglos de administración colonial española.

La ubicación de Leoquina en el Cápac Ñan —el sistema vial andino inca que unía el Cuzco con Quito atravesando los Andes centrales y septentrionales— explica en parte su persistencia en la memoria colonial. El camino inca pasaba por las orillas de la laguna en su tramo entre Ingapirca y Tomebamba, y los viajeros que recorrían este segmento —peregrinos, oficiales imperiales, ejércitos, comerciantes de larga distancia, mensajeros chasqui— tenían la laguna como referencia obligada del paisaje. Cuando los primeros cronistas coloniales del siglo XVI recorrieron el mismo trayecto encontraron el sitio activo y en uso ritual, y las noticias sobre su condición de pacarina les llegaron directamente de informantes cañaris que aún preservaban la memoria oral del ciclo del diluvio. El Cápac Ñan fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2014 como itinerario cultural transnacional que atraviesa seis países andinos, y el tramo que pasa por Culebrillas y por Ingapirca figura entre los mejor conservados de todo el sistema. La conexión entre Leoquina y otros sitios oraculares andinos —como el santuario costero central de Pachamama o el complejo de Pariacaca en la sierra de Yauyos— se establece precisamente a través de esta red vial imperial.

El mito del diluvio Cañari según Cristóbal de Molina (1573) y Juan de Velasco (1789)

El relato del diluvio cañari recogido por Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas —obra terminada hacia 1573 o 1574 y transmitida manuscrita hasta su primera edición moderna a cargo de Thomas Guthrie Payne en 1873, con edición crítica autorizada de Henrique Urbano y Pierre Duviols publicada por Historia 16 en Madrid en 1988— narra que en el tiempo primordial las aguas cubrieron la totalidad de la tierra austral ecuatoriana. Solo dos hermanos —Ari, el mayor, y Cusicayo, el menor— consiguieron escapar del desastre refugiándose en la cumbre del cerro sagrado Huacayñán, cuyo nombre en kañari shimi significa aproximadamente «camino del llanto» o «camino de los ancestros» según la lectura etimológica propuesta por Aquiles Pérez en Los Cañaris (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1978). Desde la cumbre presenciaron cómo las aguas subían durante días hasta llegar al pie del cerro y cómo después empezaban a descender de manera igualmente prolongada, dejando el paisaje transformado y despoblado.

Cuando las aguas se retiraron por completo, los dos hermanos descendieron del Huacayñán y buscaron un lugar habitable en el valle. Encontraron a orillas de la laguna Leoquina una casa que alguien había construido en su ausencia y en la que había comida preparada y bebida servida, sin rastro visible del artífice. Sorprendidos, decidieron esperar escondidos para descubrir quién les proporcionaba el sustento. Al tercer día vieron llegar a dos guacamayas de plumaje esplendoroso —una de plumas azules y amarillas identificada por la ornitología moderna con la especie ara ararauna, y otra de plumas rojas con la especie ara macao—, y observaron cómo las aves se transformaban en dos mujeres que preparaban la comida y desaparecían al terminar. Ari y Cusicayo capturaron a las guacamayas-mujeres tras varios intentos fallidos y las tomaron por esposas. De las uniones nacieron diez hijos, los diez linajes fundacionales del pueblo cañari, que se establecieron en los valles del austro ecuatoriano y dieron origen a los ayllus pre-incas del territorio. El mito ofrece así una explicación etiológica completa del origen del pueblo cañari, del significado del autónimo kañari —»descendientes de la serpiente y la guacamaya»— y de la sacralidad de Leoquina como pacarina primordial.

Doscientos años después, el jesuita quiteño Juan de Velasco recogió una versión ligeramente distinta del mismo mito en su Historia del Reino de Quito en la América Meridional, obra terminada en Riobamba en 1789 durante el exilio jesuita en Faenza (Italia) tras la expulsión de la Compañía de los territorios españoles en 1767 y publicada en edición facsímil por la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Quito en 1946. Velasco escribía desde una perspectiva criolla ilustrada y con acceso a informantes cañaris de finales del siglo XVIII, y su versión introduce algunos matices propios: enfatiza el carácter divino de las guacamayas-mujeres, presenta el diluvio como castigo divino a una humanidad pre-cañari malvada, y sitúa el cerro salvador Huacayñán en las inmediaciones del actual cantón Deleg del Azuay. La coincidencia estructural entre la versión de Molina y la de Velasco —dos hermanos supervivientes, un cerro sagrado como refugio, una laguna como pacarina, dos aves fundadoras transformadas en mujeres, diez linajes originarios— sostiene el valor etnográfico del ciclo y desmiente la hipótesis de una invención tardía o de una contaminación bíblica.

El motivo del diluvio universal en el mito cañari se inscribe en una constelación panamericana de relatos similares que la etnografía comparada ha documentado desde México hasta la Patagonia. Los ciclos wixárikas de Watákame —recogidos por Konrad Preuss en Die Nayarit-Expedition (Teubner, Leipzig, 1912) y sintetizados por Peter Furst en To Find Our Life (UCLA, 1972)— narran un diluvio salvado por la construcción de una canoa sagrada; los ciclos ye’kwana centrados en Kanobo y los xingüanos organizados en torno a la figura demiúrgica de Mavutsinim presentan variantes amazónicas del mismo motivo diluviano. La especificidad cañari reside en dos rasgos que la separan del resto del corpus continental: los supervivientes son dos hermanos varones —no un matrimonio, no una familia extensa, no un individuo aislado—, y las esposas post-diluvianas son aves transformadas en mujeres, motivo que conecta el ciclo cañari con las tradiciones amazónicas del NW del continente sudamericano y con el complejo mítico de las aves-mujer del delta del Orinoco y de los ríos septentrionales de Colombia y Venezuela.

Ingapirca, Culebrillas y la vigencia turística contemporánea

El Parque Arqueológico Ingapirca —del que la Laguna de Culebrillas-Leoquina forma parte integrante como sitio periférico de alta importancia paisajística y ritual— se sitúa en el cantón Cañar de la provincia homónima del Ecuador, a unos setenta kilómetros por carretera al norte de la ciudad de Cuenca. El complejo fue declarado Patrimonio Cultural Nacional del Ecuador en 1966 por el entonces Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, y desde 2005 está bajo administración del Complejo Arqueológico y Etnográfico Ingapirca, entidad pública descentralizada que gestiona el sitio en coordinación con el Ministerio de Cultura del Ecuador y con la comunidad cañari local. Recibe aproximadamente cincuenta mil visitantes anuales según los datos del propio Ministerio, con una alta concentración en los meses de junio a septiembre, que corresponden a la estación seca del austro ecuatoriano y a los períodos festivos del Inti Raymi —fiesta del sol— y del Killa Raymi —fiesta de la luna cañari.

El sitio arqueológico principal de Ingapirca es un complejo cañari-inca del que las estructuras más visibles hoy corresponden a la ocupación imperial inca de fines del siglo XV, pero cuya base pre-inca es de origen cañari y se remonta al menos al siglo IX o X d.C. según las dataciones radiocarbónicas obtenidas por el arqueólogo ecuatoriano Alicia Martínez Crespo y por los equipos del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador desde los años 1970. La estructura más famosa del sitio es el llamado Templo del Sol o Yurac Rumi —»Piedra Blanca» en quechua—, plataforma elíptica de mampostería inca fina con orientación astronómica precisa hacia el sol de solsticio, construida por los incas sobre estructuras cañaris anteriores durante el reinado de Huayna Cápac. Alrededor del templo se extienden bodegas colca, plazas ceremoniales, viviendas de servidores rituales, canales de agua y varias estructuras cañaris pre-incas que la excavación arqueológica ha documentado con detalle. El camino que une Ingapirca con la Laguna de Culebrillas es un tramo del Cápac Ñan perfectamente conservado —empedrado inca, escalinatas de acceso, muros de contención— y figura entre los itinerarios de trekking más recorridos del sur del Ecuador.

La recuperación de la memoria cañari en torno a Leoquina y a Ingapirca ha sido impulsada de manera sistemática desde el año 2005 por el movimiento Kañari Kausay —»vida cañari» en quichua serrano ecuatoriano—, iniciativa cultural surgida en la ciudad de Cañar como respuesta a la marginación histórica del pueblo cañari en el discurso identitario ecuatoriano dominante, tradicionalmente centrado en las culturas serranas del centro y en la costa. Kañari Kausay ha promovido la enseñanza escolar del ciclo mítico del diluvio en las escuelas de la provincia de Cañar, ha organizado peregrinaciones anuales a la Laguna de Culebrillas durante el Killa Raymi del equinoccio de septiembre —fiesta de la luna cañari con danzas taqui ejecutadas en el borde mismo del agua—, y ha publicado material didáctico y audiovisual en kañari shimi reconstruido a partir del vocabulario reunido por Jacinto Jijón y Caamaño en El Ecuador interandino y occidental (Editorial Ecuatoriana, Quito, 1940-1947) y por Aquiles Pérez en Los Cañaris (1978). La iniciativa cuenta con apoyo institucional del Ministerio de Educación del Ecuador y de la Universidad de Cuenca a través del Instituto de Estudios Interculturales.

La red de sitios sagrados cañaris se enlaza con el resto del corredor mítico andino a través del Cápac Ñan y del sistema de huacas imperial inca. Desde Leoquina el visitante contemporáneo puede acceder por caminos históricos al complejo Chobshi del Sigsig —cueva funeraria cañari ocupada desde el 8000 a.C.—, al sitio ceremonial de Zhalao y a los cerros tutelares del Azuay. En el plano mítico, el ciclo cañari se enlaza con los ciclos andinos serranos centrales del creador Wiracocha, del sol dinástico Inti y del fundador cuzqueño Manco Cápac, con los ciclos del héroe civilizador Cuniraya Wiracocha del Manuscrito de Huarochirí, con la figura de Mama Huaco como fundadora paralela femenina, con Ayar Uchu del ciclo fundacional inca, y con el dios costero norteño Ñaymlap como caso paralelo de dios fundador dinástico llegado por medio acuático. Hacia el sur y el oriente, la mitología cañari se enlaza con las tradiciones vecinas de la Amazonía ecuatoriana kichwa —el dios Amasanga, el amo del río Sungui, la deidad agrícola Nunghui—, con el complejo Yumbo de los valles interandinos noroccidentales, y con figuras achuar como Wengongi y Piatsaw.

Para terminar

Cristóbal de Molina «el Cuzqueño» hacia 1573, Juan de Velasco en Riobamba en 1789, Bernabé Cobo en 1653, Miguel Cabello Balboa en 1586, Jacinto Jijón y Caamaño entre 1940 y 1947, Aquiles Pérez en 1978, Segundo Moreno Yánez en 1976, Frank Salomon en Cambridge en 1986 y los equipos del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador desde los años 1970 forman el arco documental completo que sostiene hoy la reconstrucción del ciclo mítico de Leoquina. La laguna sagrada del panteón cañari del austro ecuatoriano —identificada por consenso académico contemporáneo con la Laguna de Culebrillas—, escenario del episodio post-diluviano de los dos hermanos Ari y Cusicayo y de las dos guacamayas fundadoras, sigue funcionando en el presente como pacarina identitaria para las comunidades cañaris contemporáneas de las provincias de Cañar y Azuay a través del movimiento Kañari Kausay desde 2005 y de las peregrinaciones del Killa Raymi del equinoccio de septiembre. Para el andinismo académico ecuatoriano y para la etnohistoria comparada del diluvio panamericano, Leoquina es hoy el caso ejemplar de una tradición oral austral que sobrevivió a la extirpación colonial gracias a la coincidencia entre la etnografía cuzqueña del siglo XVI y la reelaboración jesuita quiteña del siglo XVIII, y que la investigación de las últimas décadas ha vuelto a poner en su valor histórico completo.

Preguntas frecuentes

¿Qué es Leoquina en la mitología cañari?

Leoquina —también transcrita como Leocuina— es la laguna sagrada del panteón cañari del austro ecuatoriano, considerada pacarina o lugar de origen mítico de los primeros linajes fundacionales del pueblo. Está identificada por consenso académico con la actual Laguna de Culebrillas, situada a unos 3.900 metros de altitud en el páramo andino de la provincia de Cañar, a corta distancia del complejo arqueológico de Ingapirca. En su orilla se establecieron según el mito los dos hermanos Ari y Cusicayo tras el diluvio, junto con las dos guacamayas fundadoras transformadas en mujeres, dando origen a los diez linajes cañaris.

¿Quién fue el primer cronista que registró el mito?

El primer cronista colonial que registró por escrito el ciclo del diluvio cañari con la laguna Leoquina como escenario fue Cristóbal de Molina «el Cuzqueño», clérigo español establecido en el Cuzco desde los años 1560, en su Relación de las fábulas y ritos de los Incas terminada hacia 1573 o 1574. La obra circuló manuscrita hasta su primera edición moderna en 1873 y cuenta con edición crítica autorizada de Henrique Urbano y Pierre Duviols publicada por Historia 16 de Madrid en 1988. Doscientos años después el jesuita quiteño Juan de Velasco recogió una versión reelaborada en la Historia del Reino de Quito de 1789.

¿Dónde queda hoy la Laguna de Culebrillas identificada con Leoquina?

La Laguna de Culebrillas se sitúa en el páramo andino del cantón El Tambo, provincia de Cañar, Ecuador, a unos 3.900 metros de altitud y a poco menos de veinte kilómetros por camino de herradura del complejo arqueológico de Ingapirca. Es una laguna de origen glaciar de forma alargada y sinuosa —de ahí el topónimo colonial Culebrillas—, rodeada de vegetación de pajonal, quinuas de altura y colchones de puya característicos del ecosistema paramero del sur ecuatoriano. Forma parte del Parque Arqueológico Ingapirca, Patrimonio Cultural Nacional del Ecuador desde 1966, y del tramo ecuatoriano del Cápac Ñan inscrito en la UNESCO en 2014.

¿Cuál es la relación entre Leoquina y el diluvio universal cañari?

Según el mito recogido por Molina 1573 y por Velasco 1789, en el tiempo primordial las aguas cubrieron la totalidad del territorio del austro ecuatoriano y solo dos hermanos —Ari, el mayor, y Cusicayo, el menor— se salvaron refugiándose en la cumbre del cerro sagrado Huacayñán. Cuando las aguas se retiraron descendieron del cerro y encontraron a orillas de la laguna Leoquina una casa con comida preparada por dos guacamayas —una azul-amarilla y otra roja— que se transformaban en mujeres. Los hermanos las tomaron por esposas y de las uniones nacieron los diez linajes fundacionales del pueblo cañari.

¿Sigue vigente la memoria de Leoquina en el Ecuador contemporáneo?

Sí, y con creciente intensidad desde 2005. El movimiento cultural Kañari Kausay —»vida cañari» en quichua serrano— ha impulsado la recuperación sistemática de la memoria del sitio como pacarina identitaria del pueblo cañari contemporáneo de las provincias de Cañar y Azuay, que suma aproximadamente 150.000 personas mayoritariamente quichuahablantes. Cada equinoccio de septiembre se celebra en la orilla de la laguna la peregrinación del Killa Raymi —fiesta de la luna cañari— con danzas taqui rituales. Además, el Parque Arqueológico Ingapirca recibe unos 50.000 visitantes anuales y el tramo del Cápac Ñan que pasa por Culebrillas figura entre los mejor conservados del sistema vial inca.

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